Por Héctor A. Rodríguez, PhD
Me vienen a la mente las acciones emprendidas durante décadas por el gobierno comunista de Cuba para transformar no solamente las instituciones del país, sino también la manera en que los cubanos debían entenderse a sí mismos.
Desde los primeros años de la Revolución se habló insistentemente de crear un «hombre nuevo» y unas «nuevas generaciones». Para conseguirlo se modificaron la educación, las instituciones, la propiedad, las relaciones sociales y hasta el lenguaje. La enseñanza quedó sometida a una orientación ideológica que fue desplazando buena parte de la educación cívica anterior y sustituyéndola por valores determinados por el nuevo sistema político.
La transformación alcanzó también a las creencias religiosas. La Iglesia católica sufrió particularmente durante los primeros años del proceso revolucionario: fueron nacionalizadas las escuelas religiosas, numerosos sacerdotes y religiosos abandonaron el país o fueron expulsados y los creyentes padecieron durante años diferentes formas de discriminación institucional.
Las UMAP constituyeron quizá uno de los episodios más dolorosos de aquella política. Entre 1965 y 1968 fueron enviados a esos campamentos de trabajo forzado ciudadanos considerados incompatibles con el modelo social que se pretendía construir: religiosos, homosexuales y otros grupos señalados por el poder.
La cultura tampoco escapó a esa transformación. En 1961 quedó formulada una de las expresiones que definirían durante décadas la relación entre el poder político y la creación artística:
«Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada».
Aquella frase no fue solamente una consigna. Delimitó el espacio dentro del cual escritores, artistas e intelectuales podían desarrollar su obra sin entrar en conflicto con el Estado.
Pero existe otro aspecto menos visible de esa transformación: el lenguaje mediante el cual comenzamos a definir nuestra identidad.
No pretendo afirmar que términos como «latinoamericano» o «afrocubano» hayan sido inventados por la Revolución cubana. No lo fueron. «Latinoamérica» tiene una historia que se remonta al siglo XIX, y «afrocubano» fue empleado mucho antes de 1959 por investigadores de la importancia de Fernando Ortiz.
La pregunta que me interesa es otra:
¿Qué ocurre cuando esas denominaciones parciales terminan desplazando la condición común de cubanos?
Cuba pertenece geográfica e históricamente a un espacio americano de lengua y cultura fundamentalmente hispánicas. Puede llamársele latinoamericano, hispanoamericano, iberoamericano o caribeño según el contexto. Ninguna de esas categorías, sin embargo, debería sustituir nuestra condición nacional.
Antes que cualquier prefijo, somos cubanos.
Lo mismo ocurre cuando analizamos nuestra cultura.
Nuestra música constituye uno de los ejemplos más extraordinarios de mestizaje cultural de América. En ella confluyeron elementos españoles, africanos, franceses, caribeños y posteriormente norteamericanos, pero el resultado de esa mezcla adquirió en Cuba una personalidad propia.
Tomemos el danzón.
Miguel Faílde y Pérez, nacido en Matanzas, está asociado históricamente con la creación del género. Las alturas de Simpson, compuesta en 1877 y estrenada públicamente en Matanzas en 1879, quedó vinculada al nacimiento de un género que terminaría convirtiéndose en una de las expresiones musicales características de Cuba, y su baile nacional.
¿Cómo debemos llamarlo entonces?
Yo prefiero decir simplemente: música cubana.
Porque cuando una cultura transforma diferentes influencias y crea con ellas algo nuevo, llega un momento en que el resultado deja de pertenecer exclusivamente a cualquiera de sus fuentes originales.
Lo africano forma parte indiscutible de Cuba. También lo español. También lo francés, lo chino, lo canario, lo árabe y muchas otras corrientes humanas que llegaron a nuestra isla.
Pero el resultado histórico de esa mezcla tiene un nombre:
cubano.
Fernando Ortiz lo comprendió de manera extraordinaria cuando recurrió a la imagen del ajiaco para explicar la formación de la cubanidad. Los ingredientes podían proceder de muchos lugares, pero después de siglos hirviendo juntos había surgido algo diferente.
Por eso me preocupa la tendencia contemporánea a colocar constantemente prefijos delante de nuestra identidad.
Afrocubano.
Eurocubano.
Cubanoamericano.
Latino.
Cada una de esas palabras puede resultar útil en determinados estudios históricos, antropológicos o sociológicos. El problema surge cuando dejan de describir una procedencia o una influencia y comienzan a convertirse en fronteras entre ciudadanos de una misma nación.
¿Dónde terminaríamos?
¿Tendríamos que clasificar cada manifestación cultural según el origen remoto de alguno de sus componentes?
¿Sería española una décima escrita en Cuba?
¿Africano un ritmo ejecutado por músicos cubanos?
¿Francés aquello que llegó desde Haití?
¿Chino lo que introdujeron los inmigrantes asiáticos?
Seguir ese camino hasta sus últimas consecuencias terminaría descomponiendo la cultura cubana en innumerables fragmentos.
Algo parecido ocurre con las religiones de origen africano desarrolladas en Cuba. Sus raíces históricas se encuentran principalmente en pueblos de África occidental y fueron preservadas y transformadas por generaciones de africanos y descendientes de africanos en la isla.
Su existencia y su importancia histórica no deben negarse.
Pero tampoco debería utilizarse ninguna religión como prueba exclusiva o privilegiada de cubanidad.
Cuba es también la Virgen de la Caridad del Cobre, las iglesias católicas, las denominaciones protestantes, las tradiciones espiritistas, las religiones de origen africano y las creencias —o la ausencia de ellas— de millones de ciudadanos.
Ninguna posee el monopolio de ser cubana.
Lo mismo debe decirse de la raza.
He conocido desde mi infancia cubanos blancos, negros y mestizos con quienes compartí exactamente la misma condición nacional. Eso no significa negar que hayan existido prejuicios y discriminaciones raciales en nuestra historia. Significa afirmar algo diferente: que el ideal hacia el cual debemos caminar no puede consistir en sustituir una separación por otra.
Un racista lo es independientemente del color de su piel.
No debemos combatir el racismo creando nuevas categorías raciales permanentes, sino defendiendo la igualdad de todos los ciudadanos.
Y ahí llegamos al centro de mi preocupación.
Después de más de seis décadas de revolución, exilio, emigración, enfrentamientos políticos y nuevas clasificaciones sociales, corremos el peligro de olvidar aquello que estaba por encima de todas esas diferencias.
La cubanidad.
Una nación no es una raza.
No es una religión.
No es una ideología.
No es un partido político.
Tampoco es un prefijo.
Una nación es una memoria compartida, una cultura formada durante generaciones, una lengua, determinados símbolos, costumbres, dolores, alegrías y una voluntad de reconocernos como parte de una misma comunidad histórica.
Podemos estudiar perfectamente nuestras raíces españolas y africanas. Podemos reconocer las influencias francesas, chinas, norteamericanas o caribeñas. Podemos discutirlas, celebrarlas e incluso discrepar sobre su importancia.
Pero después de reconocer todas esas raíces, queda el árbol.
Y ese árbol se llama Cuba.
Por eso mi pregunta inicial quizá deba formularse de otra manera:
¿Hemos perdido los cubanos nuestra nacionalidad?
No.
Pero corremos el peligro de fragmentar nuestra identidad.
Y recuperarla exige algo muy sencillo y, al mismo tiempo, extraordinariamente difícil: dejar de preguntarnos constantemente qué clase de cubanos somos para volver a reconocernos, sencillamente, como cubanos .