La cultura como riqueza de problemas: Aristocracia, alta cultura y nivel artístico

Alcibíades, un albinero antiguo, héroe helénico, representa en su caminar por encima de la ciudad de Atenas, una metáfora elocuente del poder y la virtud, recreada en la aristocracia, la alta cultura y el desarrollo artístico.

Por Galán Madruga

La «cultura es riqueza de problemas», dijo una vez Egon Friedell para señalar que a la cultura no le atañe ninguna independencia sobre otra, sino la libertad para problematizar temas de estudios. Cuando intentamos decir, por ejemplo, que la cultura popular tradicional es independiente y separada de la alta cultura, incurrimos en el error de no saber dónde estamos parados a la hora de ejercicio un juicio.

Al comienzo del capítulo IV de Historia de la cultura moderna, titulado «La Rinascita», Egon Friedell introduce una de las ideas más penetrantes de toda su obra. Una cultura no alcanza su grandeza por la cantidad de respuestas que acumula, por la seguridad de sus conocimientos ni por la eficacia de sus instituciones, sino por la riqueza de los problemas que es capaz de engendrar y sostener. La cultura superior no sería, por tanto, aquella que ha resuelto definitivamente las preguntas fundamentales, sino aquella que todavía posee fuerzas para formularlas de nuevo.

Friedell comienza distinguiendo los dos polos entre los cuales se mueve la actividad intelectual humana, el problema y el hecho. Llamamos problema a cuanto todavía no sentimos como una realidad establecida, mientras concedemos el nombre de hecho a aquello que ha dejado de inquietarnos. Sin embargo, esta diferencia nunca es definitiva. Todo problema aspira a convertirse en hecho, del mismo modo que todo hecho termina, tarde o temprano, por regresar a la condición de problema. La historia del espíritu sería ese movimiento incesante mediante el cual las preguntas se cristalizan en respuestas y las respuestas, envejecidas por el tiempo, vuelven a disolverse en nuevas preguntas.

Esta observación permite a Friedell desconfiar de la arrogancia de las épocas que se consideran dueñas de verdades definitivas. Los conocimientos científicos y filosóficos de una civilización, aquellos que sus contemporáneos contemplaron como conquistas indestructibles, suelen parecernos después frágiles, incompletos o ingenuos. Lo que permanece vivo no es siempre la respuesta encontrada, sino la intensidad espiritual de la pregunta. Las doctrinas desaparecen, los sistemas pierden autoridad y las certezas se convierten en curiosidades históricas, pero la inquietud que las produjo puede atravesar los siglos y fecundar inteligencias que viven bajo cielos completamente distintos.

Friedell llega entonces a su afirmación decisiva. La altura de una cultura no debe medirse por sus «verdades», sus conquistas positivas o las parcelas de conocimiento que ha conseguido ordenar, sino por la intensidad de su metabolismo espiritual, por la movilidad de sus partes, por su capacidad de adaptación y por la inestabilidad creadora de su equilibrio. En una palabra, por su riqueza de problemas.

La frase contiene una crítica anticipada contra la civilización que confunde cultura con información. Una sociedad puede disponer de universidades, laboratorios, bibliotecas, estadísticas y máquinas admirables y, sin embargo, padecer una profunda esterilidad espiritual. Puede saber cada vez más acerca de las cosas y comprender cada vez menos el sentido de su propia existencia. La acumulación de hechos no produce necesariamente una cultura. Puede producir una administración competente del mundo, pero no una interpretación capaz de transformarlo.

Para Friedell, las épocas verdaderamente creadoras no son las más tranquilas, sino aquellas en las que las certezas han comenzado a vacilar sin desaparecer por completo. La cultura vive de esa tensión. Necesita respuestas provisionales, aunque también requiere preguntas que las perturben. Cuando una civilización supone haberlo explicado todo, su inteligencia se inmoviliza. El equilibrio perfecto, lejos de constituir una señal de plenitud, puede anunciar la muerte. Solamente permanece vivo aquello que todavía puede desequilibrarse.

De ahí que el Renacimiento sea presentado como una época privilegiada. Su grandeza no radica únicamente en Leonardo, Miguel Ángel, Rafael o Maquiavelo, sino en la multitud de contradicciones que estos nombres encarnan. El hombre renacentista se descubre como individuo y, al mismo tiempo, pierde la seguridad del universo medieval. Recupera la Antigüedad, pero no puede regresar verdaderamente a ella. Exalta la belleza mientras separa lo bello de lo bueno. Amplía el conocimiento del mundo y convierte ese conocimiento en instrumento de conquista. Proclama la dignidad humana mientras contempla cómo esa misma humanidad se entrega a la guerra, la intriga y la crueldad.

La cultura renacentista es rica debido a que sus problemas no admiten una solución sencilla. Cristianismo y paganismo, fe y razón, belleza y moral, libertad y autoridad, individuo y comunidad se enfrentan sin que ninguno de esos términos consiga eliminar al contrario. De esa oposición nace su fecundidad. El Renacimiento no es para Friedell una respuesta, sino una inmensa pregunta formulada mediante ciudades, pinturas, tratados, descubrimientos y vidas excepcionales.

Su interpretación también permite comprender por qué las grandes obras artísticas y religiosas sobreviven a las conclusiones científicas de su tiempo. Friedell no desprecia la ciencia, aunque considera que sus resultados se incorporan a nuestra existencia de una manera casi utilitaria. Recibimos sus descubrimientos como recibimos el pan o las frutas, con satisfacción y gratitud, pero sin que necesariamente se transforme nuestra vida interior. La obra artística, en cambio, no facilita la existencia. Con frecuencia la vuelve más ambigua, aumenta nuestras dudas y destruye la tranquilidad con que aceptábamos el mundo. Precisamente por ello permanece viva.

Una tragedia de Shakespeare no nos entrega una solución para los celos, la ambición, el poder o la muerte. Nos devuelve esos problemas enriquecidos, multiplicados y convertidos en experiencias que ya no podemos contemplar con inocencia. La ciencia procura reducir las dificultades del vivir; el arte y la religión pueden aumentarlas. Para Friedell, esa complicación no constituye un defecto, sino la reserva secreta de la vitalidad espiritual.

La tesis resulta seductora, aunque no está exenta de peligros. Llevada al extremo, podría convertir el conocimiento científico en una actividad inferior y glorificar toda crisis por el mero hecho de producir inquietud. No todos los problemas son fecundos ni todas las respuestas empobrecen. Existen problemas nacidos de la ignorancia, el prejuicio o la injusticia cuya desaparición representa un progreso indudable. La medicina pierde una pregunta cuando descubre el origen de una enfermedad, pero gana la posibilidad de salvar vidas. La cultura no necesita conservar artificialmente cada incertidumbre para permanecer creadora.

Tampoco conviene oponer con tanta rigidez la ciencia al arte. Las revoluciones científicas han modificado profundamente la imaginación humana. Copérnico, Darwin, Einstein y Freud no se limitaron a añadir conocimientos útiles. Alteraron la imagen que el ser humano poseía de sí mismo y abrieron preguntas que todavía continúan activas. La ciencia también puede producir esa inestabilidad fecunda que Friedell reserva principalmente para el arte y la religión.

Sin embargo, estas objeciones no destruyen su intuición fundamental. Una cultura comienza a empobrecerse cuando sustituye los problemas por consignas, cuando responde antes de escuchar la pregunta y cuando transforma sus verdades provisionales en dogmas administrativos. La abundancia material no puede compensar la pobreza de interrogaciones. Tampoco la especialización, por necesaria que sea, garantiza una vida espiritual intensa.

La riqueza de problemas no significa confusión permanente, sino capacidad para mantener abiertas las preguntas esenciales sin apresurarse a clausurarlas. Significa reconocer que una respuesta verdadera puede serlo durante cierto tiempo y bajo determinadas condiciones, pero que ninguna formulación humana agota por completo la realidad. La cultura vive en ese intervalo entre lo que sabemos y aquello que todavía nos obliga a pensar.

Friedell ofrece, al comienzo de «La Rinascita», algo más que una definición de cultura. Formula una ética de la inteligencia. Nos pide desconfiar de las épocas demasiado satisfechas con sus hechos, de los sistemas que prometen haber resuelto la condición humana y de las sociedades que miden su grandeza por la cantidad de respuestas almacenadas. Una civilización permanece joven mientras conserva la valentía de convertir sus hechos en problemas. En cuanto deja de hacerlo, puede continuar produciendo objetos, estadísticas y adelantos, pero habrá comenzado a perder su alma.

Tres niveles

Aristocracia

No sabemos representar por qué hay una separación temática de la cultura en la forma y funcionamiento. Entonces, para llenar la brecha y poner el parche, aparece el concepto o constructo de alternativo. Lo independiente ahora es alternativo y posible. Así funcionan las cosas en el siglo XXI. Nuestros espacios son alternativos, pero no independientes.

La cuestión de cómo mantener la resistencia elevada dentro del ser humano, aparece como el gran problema de la aristocracia intelectual y la alta cultura que ocupará a la humanidad en los días que corren y que vienen. Si se elimina la región más alta, no se sabe cómo conservar interiormente esa resistencia elevada. Goethe dijo que «toda vida es movimiento y extensión» y, por añadidura, «una voluntad de crecimiento».

Alta cultura

En la tensión histórica, temporalmente acumulativa, acuden espíritus condenados a depender de la descendencia hereditaria y de clase, lo cual no juega ningún rol aristocrático y de alta cultura, si lo miramos desde las perspectivas helenísticas. Ningún burgués transformado en empresario modernizado constituye una ecuación sine qua non aristocrática. Como ningún intelectual transformado en erudito, maestro y sabio, en boca de la otredad, se condiciona en sí misma, si la circunstancia a la que acede está separada entre   areté y vitud.

Cuando la región más alta (desprovista de atuendo, poses, acumulación, proyección destinal), actúa como atracción natural, la voluntad de crecimiento se ve signada entre «querer más, querer poder más» y «rendir más» en el nivel más alto para ser superado.

Artístico

Esta contracultura del poder y la virtud de la aristocracia cultural se resume literariamente en dos relatos, uno de Kafka y otro de Thomas Mann. Del trapecista del cuento Primer dolor, que según Kafka pierde el contacto con el mundo del suelo y en la altura del primer trapecio disuelve el vínculo artista/burgués en virtud de una región más alta, solicita un segundo trapecio.

Como el afán de incrementar el poder, inherente al arte, Mann en La muerte de Venecia sugiere en boca de la trapecista la expresión de elevar el nivel del ejercicio, cuya operación representa lo imposible como realizable.

Estas operaciones artísticas, cuyos esfuerzos dependen del entrenamiento y la disciplina de uno mismo, posibilitan el arqueo infranqueable para que, desde el barrio, desde lo más intricado y recóndito, el ser humano se proyecte sin cortapisas, escalar las regiones más altas de la ciudad.

Alcibíades, un albinero antiguo, héroe helénico, representa en su caminar por encima de la ciudad de Atenas, una metáfora elocuente del poder y la virtud, recreada en la aristocracia, la alta cultura y el desarrollo artístico.

Total Page Visits: 928 - Today Page Visits: 2