Por Rafael Vilches Proenza –
El hueco, novela de Ana Rosa donde además de contar una historia terrible, descubre, detrás de la misma, la maquinaria secreta que la hizo posible.
En El hueco el asunto visible es la infancia de Gustavo en un mundo rural cubano atravesado por la pobreza, el abandono y la violencia familiar. Pero su asunto verdadero es aún más incómodo: cómo una violencia puede convertirse en herencia, cómo el daño pasa de una generación a otra y cómo una familia termina reproduciendo en su interior las fracturas de una sociedad.
Publicada ahora por Rincón de Ana, El hueco no es, en rigor, una novela sobre la pobreza. La pobreza es su paisaje material, el cotidiano, pero no su centro. Lo que Ana Rosa Díaz Naranjo persigue es el desamparo: aquello que sucede cuando una persona nace dentro de una estructura de la que no puede escapar y aprende demasiado pronto que los adultos encargados de protegerla son, en ocasiones, quienes más daño pueden hacerle.
En el centro está Gustavo, un muchacho sin padres, sometido a la autoridad brutal de su tío Gervasio y a la dureza de su abuela Filiberta. Su refugio es una pequeña imagen de la Virgen de la Caridad escondida en un hueco. Allí habla cuando no puede hablar con nadie. Allí deposita sus miedos, sus deseos y sus fantasías de fuga. Pero el hueco es mucho más que un escondite. Es confesionario, refugio, memoria y finalmente abismo. El agujero físico termina convirtiéndose en la imagen de una familia que ha acumulado durante años aquello que nadie quiso o pudo nombrar: abusos, resentimientos, culpas, secretos, muertes. Lo que empieza siendo el escondite de un niño acaba revelándose como la cavidad moral de una genealogía. Y ahí comienza la verdadera novela.
Una familia como país
Ana Rosa Díaz Naranjo organiza el relato en cuatro movimientos —El inicio, Advenimiento, Amasijo y Venganza— precedidos por un epílogo que funciona, paradójicamente, como principio. Gustavo está ya lejos de aquel mundo cuando cree reconocer a su madre entre la multitud de un supermercado habanero. La novela introduce así, desde el comienzo, una pregunta cuya respuesta tendremos que reconstruir: ¿qué tuvo que suceder para que aquel niño necesitara marcharse de casa? La respuesta no llega de una vez. Se acumula.
Filiberta, Gervasio, María, Gustavo, Beneda, Fefi, Luisa y los demás personajes forman una genealogía de abandonos. Cada cual posee su propio hueco. Gustavo es el centro gravitatorio, pero no el único depositario del sufrimiento.
La novela acierta especialmente cuando se resiste a dividir a sus personajes entre verdugos y víctimas. Gervasio ejerce una violencia intolerable, pero también pertenece a una cadena anterior de violencia. Filiberta puede resultar cruel hasta la exasperación y, al mismo tiempo, ser una mujer moldeada por privaciones, resentimientos y supervivencia. Beneda es víctima de una historia que, desde su inmovilidad, continúa reproduciendo odio. Fefi ama a su hijo y simultáneamente se siente asfixiada por las obligaciones que ese amor comporta.
Ana Rosa Díaz Naranjo no juzga ni señala quién tiene la culpa. Su intención es mucho más perturbadora: ¿qué ocurre con una persona cuando aquello que la destruyó termina formando parte de su manera de relacionarse con los demás? La novela no absuelve a nadie mediante la explicación psicológica. Comprender el origen de una crueldad no equivale a justificarla. Esa es una de sus decisiones morales más inteligentes.
El campo cubano después del costumbrismo
Es difícil regresar literariamente al campo cubano sin que aparezca la sombra de Onelio Jorge Cardoso. Pero El hueco no intenta recuperar aquel campesinado desde la nostalgia ni desde el costumbrismo. Su campo pertenece a otro tiempo, es ahora.
Hay hambre, alcohol, violencia doméstica, violaciones, deterioro físico, trabajos precarios, familias rotas y una infancia obligada a crecer demasiado pronto. Pero también hay computadoras, teléfonos, internet, videojuegos, Tetris y PlayStation. El zinc y el barro conviven con la pantalla. Las gallinas hechas con la malangueta conviven con la tecnología. Ese contraste resulta fundamental.
Ana Rosa Díaz Naranjo no presenta una Cuba rural detenida en el pasado. Presenta una Cuba rural que ha entrado en la modernidad sin haber podido abandonar determinadas formas arcaicas de supervivencia. Gustavo puede contemplar en una pantalla un mundo infinitamente más amplio que aquel en el que vive, pero continúa encerrado en un espacio físico y familiar del que apenas puede salir. Quizá por eso el Tetris adquiera, leído desde esta perspectiva, un valor casi secreto. Las piezas caen, buscan encajar y desaparecen cuando consiguen formar una línea. La vida de los personajes funciona exactamente al contrario: las piezas no terminan de encajar y aquello que debería desaparecer permanece.
La escuela representa para Gustavo una posibilidad de futuro. El trabajo, el hambre y la violencia representan el presente. Entre ambos mundos está el niño.
La violencia como herencia
La verdadera estructura de El hueco no es familiar sino genealógica. La violencia circula por ella como una corriente subterránea. Gervasio la ejerce sobre Gustavo y María, sus sobrinos. Erasmo la ejerció sobre Beneda. Filiberta reproduce otras formas de violencia sobre quienes dependen de ella. Las víctimas de ayer aparecen convertidas, en ocasiones, en agentes del daño de mañana.
La historia de Beneda constituye uno de los centros ocultos del libro porque obliga a mirar hacia atrás. Su memoria reconstruye una vida marcada por Erasmo, Gilberto y una estructura familiar en la que el amor, la dependencia, la culpa y la violencia han terminado confundidos. Aquí Ana Rosa Díaz Naranjo encuentra uno de sus mejores territorios narrativos: el pasado no funciona como explicación tranquilizadora.
El pasado continúa actuando. Gustavo puede compadecer a su abuela y desear su muerte. Beneda puede recordar a la mujer que fue y odiar aquello en lo que se ha convertido. Fefi puede querer a su hijo y sentirse atrapada por él. Los personajes viven en esa zona moral donde las contradicciones no se resuelven y donde ninguna etiqueta —víctima, culpable, inocente— consigue contenerlos por completo. Es, probablemente, el lugar más adulto de la novela.
La mirada de un niño
El gran riesgo de una novela como esta consiste en convertir el sufrimiento infantil en un mecanismo de sentimentalismo. Ana Rosa Díaz Naranjo evita buena parte de esa trampa gracias a la mirada de Gustavo. El muchacho no posee el lenguaje conceptual para nombrar el horror. Lo interpreta mediante los objetos que conoce: animales, videojuegos, soldados de juguete, santos, enfermedades, dibujos, perros, lluvia. Precisamente por eso la violencia resulta más perturbadora.
Gustavo no necesita comprender completamente lo que está ocurriendo para que el lector lo comprenda. La novela establece una distancia inquietante entre lo que el niño sabe y lo que nosotros sabemos.
Cuando el niño Frank juega con su abuela Beneda como si fuera un muñeco, el episodio contiene una forma de humor negro que termina siendo más dolorosa que cualquier explicación. El niño no comprende la vejez, la enfermedad ni la inmovilidad. Solo conoce las reglas del juego. Ese procedimiento aparece también en Gustavo: intenta ordenar un mundo incomprensible con las herramientas de una infancia que se resiste a desaparecer.
Una novela de voces heridas
El hueco tampoco se construye como un relato de una sola conciencia. Las voces se desplazan. La narración entra en diferentes subjetividades, alterna diálogos, recuerdos y monólogos interiores y permite que cada personaje construya su propia versión de la desgracia. Nadie posee la historia completa.
Gustavo conoce lo que ve. María conoce lo que padece. Fefi conoce lo que recuerda. Beneda conoce secretos que los demás ignoran. Filiberta posee su propia explicación de la familia. El pueblo aporta rumores y silencios. De ese modo, la novela adquiere una dimensión casi detectivesca: la verdad aparece por capas.
Los secretos relacionados con Beneda, Erasmo, Gilberto, Carmen, la filiación, María y Luisa modifican progresivamente aquello que el lector creía saber. La novela no avanza únicamente porque sucedan acontecimientos. Avanza porque los acontecimientos cambian de significado. Esa es una diferencia importante. Una novela puede sorprender porque revela un dato. Una novela mejor consigue que, después de conocer ese dato, el pasado entero tenga que ser leído de otra manera.
La Virgen y el hueco
La Virgen de la Caridad introduce una segunda novela dentro de la primera. Para Gustavo, aquella pequeña imagen no constituye una decoración religiosa ni una pieza de folclore. Es una interlocutora. Una presencia ante la cual puede decir aquello que no puede decir a los vivos.
La religión adquiere así una función narrativa y psicológica. Gustavo no tiene poder sobre su mundo: no puede recuperar a su madre, proteger siempre a María, enfrentarse a Gervasio ni decidir su futuro. Solo puede hablar. Y habla con la Virgen. Ana Rosa Díaz Naranjo mantiene aquí una ambigüedad que conviene preservar. ¿Es la Virgen quien protege al muchacho o es el muchacho quien descubre, al hablarle, una fuerza que desconocía poseer? La novela no responde. Es mejor que no lo haga. Porque la fe, en El hueco, no aparece como una doctrina que ordena el mundo sino como una forma íntima de resistencia contra el caos. Para un niño al que los adultos le han negado casi todos los espacios de intimidad, aquel pequeño hueco se convierte en una habitación interior.
Del refugio al abismo
El título alcanza su verdadero significado en las páginas finales. El hueco que había protegido a Gustavo termina convirtiéndose en el lugar donde convergen las historias ocultas de la familia. El refugio se transforma en abismo. Lo que parecía proteger del mundo acaba revelando el mundo. No haré spoiler. Basta señalar que las confesiones, las muertes, la violencia y la huida modifican definitivamente el significado de aquel espacio. Gustavo contempla el hueco desde arriba. La imagen tiene una claridad casi elemental: para salir de allí hay que ascender.
Pero Ana Rosa Díaz Naranjo tampoco concede una redención fácil.
El encuentro con la posibilidad de recuperar a la madre en La Habana queda suspendido entre el reconocimiento y la duda. Gustavo cree verla, cree reconocer sus ojos. Después la multitud se la lleva. La esperanza aparece, pero no como certeza. Y esa diferencia salva al final de caer en el sentimentalismo. La novela es intensa. Su principal virtud: la novela tiene una mirada. Y una mirada literaria no es poca cosa.
Una escritora tocada por Dios
Ana Rosa Díaz Naranjo escribe desde un territorio difícil: allí donde la literatura puede convertirse fácilmente en denuncia, sociología o melodrama. El hueco escapa de esas tres tentaciones cuando confía en sus personajes y en la capacidad de la ficción para revelar aquello que un discurso político o sociológico apenas podría enumerar. Su materia es cubana, pero sus preguntas son universales. ¿Qué hacemos con la violencia que heredamos? ¿Qué sucede cuando la familia, que debería ser el primer refugio, se convierte en el lugar del peligro? ¿Puede una persona escapar de una historia que parece escrita antes de su nacimiento? Gustavo parece encontrar una respuesta elemental: huir. Huir del rancho, del miedo, de la violencia.
Salir y huir, finalmente, del hueco. Pero las mejores novelas saben que huir no significa necesariamente quedar a salvo.
Tal vez por eso el título termine funcionando como una imagen de la historia que cuenta. El hueco está en la tierra, pero también en la familia; está en la memoria, pero también en una sociedad que ha dejado a demasiados de sus individuos viviendo en el borde de la intemperie. Y aquí aparece la razón última por la que Ana Rosa Díaz Naranjo merece ser leída más allá del territorio de la literatura cubana. No porque haya escrito una novela sobre Cuba. Sino porque ha conseguido convertir una historia cubana en una pregunta humana que nos compete a todos.
Eso es lo que distingue a una escritora que cuenta una desgracia de una escritora que consigue convertirla en literatura. Quizá por eso el lector abandona El hueco con una sensación incómoda: Gustavo ha salido, pero el hueco permanece. También dentro de nosotros.