Por El Coloso de Rodas
Poca atención recibió Origen y desarrollo del pensamiento cubano, de Raimundo Menocal y Cueto, entre los historiadores y pensadores nacionalistas de su época, pese a la extensión de sus dos volúmenes, la amplitud documental de la investigación y el carácter polémico de una interpretación que se apartaba de la genealogía patriótica dominante. Publicado por Editorial Lex en La Habana entre 1945 y 1947, el libro permaneció durante décadas confinado a bibliotecas, colecciones privadas y referencias ocasionales, citado algunas veces para respaldar un dato, pero raramente discutido en la amplitud de sus argumentos, acaso debido a que su autor examinaba la nación desde un liberalismo de filiación anglosajona que incomodaba a quienes habían identificado la cubanidad con la herencia hispánica, el antiamericanismo o la interpretación marxista establecida después de 1959.
La responsabilidad de ese desconocimiento no recae únicamente sobre el lector que nunca encontró los dos tomos, ni sobre el estudiante cuyo programa universitario omitió el nombre de Menocal, pues detrás de aquella ausencia actuó una selección historiográfica mediante la cual ciertos autores fueron elevados al rango de fundadores indiscutibles, mientras otros quedaron relegados por no responder a la genealogía política favorecida en cada periodo. Menocal resultaba difícil de acomodar en cualquiera de los relatos dominantes, ya que cuestionaba la tutela estadounidense sin renunciar a los principios constitucionales procedentes de Inglaterra y Estados Unidos, defendía la soberanía cubana desde la tradición del autogobierno, reconocía la importancia intelectual del autonomismo y retiraba a Martí del recinto ceremonial para devolverlo a las incertidumbres, disputas y debilidades de su tiempo.
La magnitud del olvido puede medirse en el prolongado vacío editorial que separó la aparición de la obra de su recuperación en Miami, pues hubo que esperar hasta 1994 para que Editorial Universal realizara una reproducción de los volúmenes, cuando habían transcurrido casi cincuenta años desde la primera edición. Durante ese intervalo, la historiografía oficial cubana reorganizó el pasado de acuerdo con una línea que conducía inexorablemente hacia el triunfo revolucionario, mientras buena parte del exilio, ocupada en preservar los nombres consagrados de la tradición republicana, tampoco convirtió a Menocal en un autor central de sus controversias. Demasiado liberal para los primeros, demasiado irreverente ante determinados mitos para los segundos y demasiado sajón para quienes consideraban sospechosa cualquier influencia procedente de Estados Unidos, el historiador quedó suspendido entre varias exclusiones.
Emilio Ichikawa intentó romper ese silencio en su extenso ensayo “Raimundo Menocal y Cueto, el nacionalismo criticista”, publicado originalmente en 2005 por La Habana Elegante y reproducido años después por Ego de Kaska, donde recuperó a un pensador cuya crítica de la nación no nacía del resentimiento contra Estados Unidos, sino de una apropiación cubana del liberalismo angloamericano. Al señalar que “el elitismo” constituye “uno de los puntos claves” para comprender el pensamiento político de Menocal, Ichikawa reconocía el lugar concedido por el historiador a las minorías intelectualmente preparadas, encargadas de educar, conducir y corregir a una sociedad que todavía no habría alcanzado una madurez cívica suficiente.
La expresión “nacionalismo criticista” permite distinguir a Menocal de aquel nacionalismo sentimental que convierte la pertenencia a la patria en una absolución anticipada, pues su relación con Cuba no le impide examinar los defectos de la formación nacional, la insuficiencia de sus instituciones, la debilidad de sus élites y la persistencia de hábitos coloniales dentro de la República. El amor al país no adopta en él la forma de una veneración destinada a proteger los mitos, sino la de una vigilancia intelectual que interroga la conducta de los cubanos y las condiciones que dificultaron el ejercicio estable de la libertad.
Desde esa posición, Menocal podía censurar el expansionismo norteamericano sin reducir Estados Unidos a una encarnación absoluta del mal, pues distinguía entre la tradición política anglosajona, fundada en la limitación del poder, el respeto a la ley, la responsabilidad individual y el gobierno representativo, y las intervenciones mediante las cuales la nación del norte había negado en Cuba los mismos principios que proclamaba dentro de sus fronteras. Su anglicismo no equivalía a una subordinación imperial, sino que proporcionaba los argumentos con los cuales denunciaba la contradicción entre el liberalismo estadounidense y la tutela ejercida sobre la República cubana.
Aun cuando ese nacionalismo criticista permite abandonar la complacencia patriótica y someter a examen los fracasos de la República, conviene señalar que su vigilancia puede terminar alimentándose de aquello mismo que pretende combatir, pues una crítica nacional empeñada en descubrir debilidades, insuficiencias y deformaciones corre el riesgo de convertir el pasado cubano en un inventario de faltas, desde el cual el historiador, colocado en una altura moral difícilmente justificable, distribuye méritos y culpas sin interrogar la voluntad de mando contenida en su propio juicio. La crítica deja entonces de liberar al pensamiento y comienza a producir una nueva jerarquía, encabezada por quienes se consideran capaces de comprender la nación mejor que la nación misma.
Bajo esa perspectiva, el elitismo deja de ser un rasgo secundario y se transforma en una dificultad central, puesto que la minoría ilustrada no se limita a estudiar la sociedad, sino que se atribuye la facultad de corregirla, educarla y conducirla hacia una madurez definida previamente por los valores de esa misma minoría. El pueblo aparece incapacitado para conferir sentido a su experiencia, mientras profesores, abogados, políticos e historiadores se reservan la autoridad de interpretar sus deseos, convertirlos en conceptos y señalar el camino que debería seguir. La diferencia entre educación y domesticación se vuelve demasiado estrecha, y la defensa del ciudadano autónomo termina descansando, paradójicamente, en la desconfianza hacia la capacidad creadora de los ciudadanos reales.
También resulta necesario preguntarse si la crítica de los males nacionales consigue escapar del resentimiento que atribuye a otras formas de nacionalismo, pues el rechazo de la autocomplacencia puede degenerar en una relación negativa con la patria, dentro de la cual lo cubano solo adquiere presencia a través de sus carencias, derrotas y promesas incumplidas. Cuando la nación es contemplada constantemente desde el modelo de otra cultura considerada más estable, disciplinada o institucionalmente madura, la comparación deja de servir al conocimiento y comienza a establecer una escala de superioridad que obliga a Cuba a justificarse ante valores ajenos.
La influencia anglosajona adquiere en ese punto un sentido ambiguo, ya que proporciona instrumentos valiosos para examinar la limitación del poder, la responsabilidad individual, el gobierno representativo y la fortaleza de las instituciones, pero también puede transformar una experiencia histórica particular en medida universal de toda madurez política. Cuba termina juzgada por aquello que no llegó a ser, mientras sus conflictos, mezclas y formas de sociabilidad son interpretados como desviaciones de un modelo exterior cuyo origen violento, imperial y excluyente recibe una atención menor.
Incluso la exaltación de la estabilidad institucional merece un reparo, pues ninguna institución posee valor por el simple hecho de durar, ni toda continuidad constituye una señal de salud política. Las instituciones pueden proteger la libertad, pero también fijar jerarquías, administrar exclusiones y convertir la obediencia en virtud cívica. Una crítica verdaderamente radical no debería preguntarse únicamente por qué Cuba no consiguió instituciones semejantes a las anglosajonas, sino quiénes habrían obtenido ventajas dentro de ellas, qué formas de vida habrían quedado subordinadas y qué fuerzas buscarían preservarlas después de haber perdido su legitimidad.
Tales reparos no anulan la importancia de Menocal ni la recuperación emprendida por Ichikawa, pero impiden transformar el nacionalismo criticista en una garantía automática de lucidez, puesto que la crítica también necesita ser criticada cuando oculta orgullo bajo la modestia, voluntad de mando bajo la educación o desprecio de las mayorías bajo la defensa de la ciudadanía. Ninguna mirada queda fuera de las fuerzas que examina, y quien pretende juzgar a la nación debe comenzar por interrogar el lugar desde el cual pronuncia su sentencia.
Aunque Menocal procede mediante las herramientas de la historia intelectual y organiza una parte considerable de su investigación alrededor de personalidades sobresalientes, su propósito rebasa la sucesión de biografías, pues detrás de Francisco de Arango y Parreño, el obispo Espada, Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Rafael Montoro, Enrique José Varona y José Martí intenta descubrir una continuidad interior, formada por preguntas que cada generación recibe sin resolver y entrega a la siguiente bajo circunstancias diferentes. La independencia, considerada desde esta perspectiva, no comienza con el levantamiento armado ni con la declaración solemne que transforma al súbdito en ciudadano, sino con una modificación menos visible, mediante la cual determinados criollos dejan de pensar la Isla como una dependencia intercambiable del imperio y empiezan a examinarla como una realidad que exige respuestas propias.
Antes de que la nación pudiera afirmarse políticamente, había comenzado a diferenciarse en el terreno económico, educativo y cultural, de modo que las primeras manifestaciones de esa conciencia todavía no podían expresarse mediante un lenguaje separatista, puesto que surgían dentro de una sociedad cuyos sectores dominantes deseaban ampliar el comercio, modernizar la agricultura, reformar la enseñanza y obtener mayores facultades administrativas sin romper necesariamente con España. Esa zona inicial, en la cual la defensa de los intereses cubanos coexistía con la fidelidad a la monarquía, permite a Menocal evitar la cómoda tentación de encontrar independentistas anticipados en todos los reformadores del siglo XVIII y de las primeras décadas del XIX.
Francisco de Arango y Parreño ocupa un lugar decisivo dentro de ese desplazamiento, en la medida en que sus análisis de la economía azucarera, el comercio, la agricultura y las relaciones con la metrópoli descubren una sociedad cuyos intereses materiales comenzaban a separarse de las disposiciones peninsulares, aunque la modernización que defendía descansara sobre la expansión de la esclavitud y la trata. Aquella contradicción, mediante la cual una élite reclamaba libertad comercial mientras conservaba la servidumbre de miles de africanos, no constituye una anomalía lateral, sino una de las fracturas sobre las cuales se formó la nacionalidad cubana, obligada desde sus orígenes a conciliar un vocabulario ilustrado con una economía que negaba la condición humana a quienes sostenían la riqueza insular.
Menocal reconoce la centralidad de ese problema, pero lo contempla principalmente a través de los documentos producidos por hacendados, políticos, economistas y reformadores, lo que reduce la presencia de los esclavos, los negros libres y las sociedades de color a la condición de objetos de una discusión económica, demográfica o moral concebida por otros. Bajo ese procedimiento quedan en un segundo plano las formas de pensamiento que no adoptaron el tratado, el discurso parlamentario o la lección académica, aunque se manifestaran mediante fugas, conspiraciones, rebeliones, prácticas religiosas, asociaciones y modos de solidaridad que también modificaron el sentido de la libertad en Cuba.
La renovación impulsada por el obispo Espada y desarrollada en el Seminario de San Carlos permite que la narración abandone paulatinamente el predominio económico y se interne en la reforma de la enseñanza, mediante la cual el razonamiento, la observación científica y el examen crítico comenzaron a disputar el espacio ocupado por la repetición escolástica. No se trataba todavía de una revolución política, pero sí de una alteración en la relación del individuo con la autoridad, puesto que el estudiante educado para comprobar una proposición, en lugar de aceptarla por el prestigio de quien la pronunciaba, adquiría una disposición intelectual que podía trasladarse al análisis de las leyes, las instituciones y los privilegios coloniales.
En Félix Varela encuentra Menocal el momento en que esa reforma pedagógica comienza a producir consecuencias políticas, no solo por la posterior adhesión del sacerdote a la independencia, sino por haber incorporado a la enseñanza cubana una concepción del conocimiento que vinculaba el ejercicio de la razón con la responsabilidad del ciudadano. La Cátedra de Constitución, al introducir la discusión sobre la soberanía, la representación política, los derechos individuales y las limitaciones del poder, permitió imaginar una figura prácticamente desconocida dentro del orden colonial, la del individuo que no se reduce a obedecer las leyes, sino que se pregunta por su legitimidad y por la autoridad de quienes las establecen.
El desplazamiento de Varela desde la esperanza reformista hasta la convicción independentista no debe interpretarse como una revelación inmediata, sino como el resultado de una experiencia histórica en la cual la restauración absolutista, el fracaso del constitucionalismo español y el exilio demostraron la imposibilidad de transformar la colonia mediante concesiones otorgadas desde Madrid. La independencia adquiría así una significación que rebasaba la separación territorial, pues exigía una reforma moral capaz de impedir que los hábitos de obediencia, intolerancia y arbitrariedad heredados del colonialismo reaparecieran dentro de las instituciones republicanas.
Ese vínculo entre libertad política y formación moral, que Menocal encuentra en Varela y prolonga mediante la figura de José de la Luz y Caballero, constituye uno de los ejes más persistentes de la obra, en la cual la educación no aparece como una actividad secundaria, situada al margen de los grandes acontecimientos, sino como el lugar donde comienza a prepararse el individuo que alguna vez deberá gobernarse sin la vigilancia de una autoridad extranjera. Luz, cuya obra no adopta la forma de un sistema filosófico cerrado, desplaza el interés desde la acumulación de conocimientos hacia la formación del carácter, convencido de que ninguna República podría sostenerse mediante ciudadanos incapaces de someter sus intereses inmediatos a una responsabilidad pública.
José Antonio Saco ocupa un lugar particularmente complejo dentro de esta genealogía, puesto que su oposición a la trata, sus investigaciones sobre la población y la economía, su resistencia al anexionismo y su defensa de la personalidad cubana no desembocaron en una adhesión inmediata al separatismo. Menocal evita juzgarlo desde una posición retrospectiva que convertiría toda cautela en cobardía, pues comprende que el anexionismo, el reformismo y la independencia constituían soluciones históricas enfrentadas, cuyos resultados no podían ser conocidos por quienes debían escoger entre ellas.
La negativa de Saco a aceptar la incorporación de Cuba a Estados Unidos adquiere una importancia mayor cuando se recuerda que la anexión podía presentarse, para determinados grupos criollos, como una salida capaz de garantizar la prosperidad económica, conservar temporalmente la esclavitud e incorporar la Isla a un sistema político que ofrecía libertades desconocidas bajo la administración española. Al oponerse a esa alternativa, Saco defendía una nacionalidad que todavía carecía de Estado, pero que no debía desaparecer dentro de una federación más poderosa, con lo cual introducía una diferencia decisiva entre el acceso a ciertas instituciones liberales y la conservación de la personalidad histórica de Cuba.
Con la Guerra de los Diez Años, las discusiones desarrolladas durante varias décadas abandonan el espacio relativamente protegido de las aulas, los periódicos y las sociedades culturales, para someterse a la prueba de la acción, dentro de una contienda que obligaba a decidir si la proclamación de la libertad cubana podía convivir con la esclavitud, si la dirección civil debía controlar al mando militar y si los intereses regionales podían subordinarse a una finalidad nacional. La incorporación de negros y mulatos al Ejército Libertador amplió el contenido de la nación, aunque no eliminara los prejuicios raciales, mientras la Constitución de Guáimaro expresó el deseo de impedir que la independencia concluyera bajo una dictadura militar.
Durante la tregua posterior al Pacto del Zanjón, el autonomismo elaboró la respuesta intelectualmente más compleja al problema colonial, puesto que aspiraba a reconocer la personalidad cubana mediante un gobierno insular dotado de amplias facultades, aunque permaneciera dentro de una monarquía española transformada. Rafael Montoro, cuyo pensamiento recibió una atención particular de Menocal, no aparece como una figura carente de patriotismo ni como un instrumento pasivo de España, sino como el representante de una tradición liberal que confiaba en la reforma, la legalidad y la discusión parlamentaria.
Al concederle al autonomismo una seriedad que la historia independentista tendió a negarle, Menocal introduce una saludable incomodidad dentro del relato nacional, pues admite que la guerra de 1895 no había sido escrita desde el comienzo de la colonia ni constituía la única respuesta concebible. Las reformas descentralizadoras, si hubieran llegado antes y con garantías suficientes, acaso habrían modificado el curso de los acontecimientos, pero fueron concedidas cuando la desconfianza se había hecho prácticamente irreversible y cuando el movimiento separatista disponía de una organización capaz de iniciar la contienda.
José Martí aparece en esa zona final del proceso, no como una figura providencial que corrige desde una altura moral los errores de todos sus predecesores, sino como el heredero de preguntas que la tradición anterior no había conseguido resolver. De Varela recibe la relación entre libertad y conciencia; de Saco, la defensa de una personalidad cubana que no debía ser absorbida por Estados Unidos; de Luz, la preocupación por el carácter del ciudadano; de la Guerra de los Diez Años, la lección de una desunión capaz de destruir la causa independentista; y de su experiencia norteamericana, una comprensión del liberalismo, la modernidad económica y los peligros del expansionismo.
Menocal se aparta de la hagiografía al presentar a Martí como un hombre sometido a contradicciones, ambiciones, impaciencias y debilidades que no disminuyen su importancia, sino que permiten comprender la dificultad de su tarea. Martí necesitaba reconciliar a los veteranos de 1868 con una generación que no había participado en aquella contienda, obtener el apoyo de los trabajadores emigrados, evitar que los caudillos militares se apropiaran de la futura República, neutralizar las rivalidades regionales y conferirle a la guerra un sentido político que impidiera reducirla a la expulsión de España.
Dentro de ese proyecto, el Partido Revolucionario Cubano no fue concebido como una organización destinada a sustituir perpetuamente a la sociedad ni como el propietario de una verdad que todos los ciudadanos debían obedecer, sino como un instrumento creado para preparar la independencia, coordinar los recursos de la emigración y asegurar que la fuerza militar permaneciera vinculada a una finalidad civil. La diferencia entre esa concepción y el partido único establecido después de 1959 resulta esencial, pues mientras Martí organizaba un partido para hacer posible una República plural, el totalitarismo transformó el partido en una instancia situada por encima de la República y de los ciudadanos.
La guerra tampoco aparece en Martí como una experiencia deseable por sí misma ni como una ceremonia purificadora, sino como el resultado de la prolongada incapacidad española para reconocer los derechos políticos de Cuba. Su legitimidad dependía de la República que debía fundar, de la generosidad con que tratara al adversario, de la integración racial que promoviera y de la subordinación del mando militar a un proyecto civil, condiciones que muestran hasta qué punto el pensamiento martiano se encontraba alejado de una exaltación abstracta de la violencia.
Menocal conserva, no obstante, una distancia crítica que le permite preguntarse por las alternativas rechazadas, sin convertir la necesidad de la guerra en una verdad religiosa situada fuera del examen histórico. La muerte de Martí en Dos Ríos dejó sin respuesta cuestiones decisivas, entre ellas la relación que habría mantenido con el gobierno de la República en Armas, la manera en que habría enfrentado las discrepancias con Máximo Gómez y Antonio Maceo, su posición ante la intervención estadounidense y el papel que habría desempeñado dentro de la futura República.
Aquella ausencia favoreció la transformación de Martí en una autoridad invocada por proyectos incompatibles, puesto que autonomistas tardíos, liberales republicanos, nacionalistas, revolucionarios y gobernantes de signos diversos pudieron seleccionar fragmentos de su obra para presentarlo como precursor de sus respectivas posiciones. Menocal se resiste a semejante apropiación al devolverle a Martí su condición histórica, mediante la cual la grandeza no depende de una perfección sobrehumana, sino de la capacidad para actuar dentro de circunstancias que no ofrecían soluciones enteramente satisfactorias.
Bajo esa interpretación de Martí, así como en la concepción general de la obra, puede reconocerse un pensamiento anglosajón que no siempre se manifiesta mediante citas explícitas, pero que interviene en los criterios utilizados por Menocal para valorar la madurez política de una sociedad. La importancia concedida al consentimiento de los gobernados, la protección de los derechos individuales y la limitación del poder aproxima su pensamiento al liberalismo contractual, mientras su confianza en el desarrollo gradual de las instituciones, en la continuidad entre generaciones y en la imposibilidad de fundar una libertad duradera mediante la simple destrucción del orden anterior revela una sensibilidad conservadora que no debe confundirse con inmovilismo.
El valor atribuido a la educación, la discusión pública, la individualidad y la diversidad de opiniones confirma ese trasfondo, sin el cual el ciudadano quedaría reducido a una extensión pasiva de la autoridad. El propio título del libro, construido alrededor de las nociones de origen y desarrollo, permite advertir una concepción evolutiva de la historia según la cual las sociedades avanzan desde formas menos diferenciadas hacia instituciones y conciencias más complejas, mientras reformismo, autonomismo e independentismo tienden a organizarse como momentos sucesivos de una evolución nacional cuyo punto más elevado se encontraría en la síntesis martiana.
Esa perspectiva proporciona unidad al conjunto, pero introduce también una orientación retrospectiva que reduce la incertidumbre de cada periodo, pues cuando las corrientes anteriores se consideran etapas necesarias dentro de un camino que conduce a Martí y a la independencia, las posibilidades derrotadas parecen simples demoras de un resultado inevitable. La historia pierde entonces parte de su contingencia, mientras el separatismo adquiere la condición de culminación natural y el autonomismo queda relegado a la función de transición, aun cuando para sus protagonistas hubiera representado una alternativa completa.
El componente anglosajón se revela además en la importancia concedida a las instituciones, puesto que Menocal no mide la madurez de una sociedad únicamente por la elevación de sus discursos, sino por su capacidad para establecer escuelas, periódicos, asociaciones, partidos, parlamentos y constituciones que conviertan las ideas en prácticas estables. La libertad no descansa sobre la virtud excepcional de un dirigente, sino sobre hábitos públicos capaces de limitarlo, aunque esta defensa institucional conviva con la confianza elitista en minorías preparadas para orientar a una mayoría que todavía no habría alcanzado suficiente educación cívica.
Estados Unidos representa, dentro de esa perspectiva, una realidad doble, puesto que ofrece un modelo de autogobierno, iniciativa individual y estabilidad constitucional, mientras su política hacia Cuba manifiesta una voluntad imperial incompatible con los principios que decía defender. La intervención de 1898 y la imposición de la Enmienda Platt demostraron que una nación podía practicar determinadas libertades en su territorio y negarle a otra comunidad la capacidad de gobernarse sin tutela, contradicción que Menocal examina mediante las mismas categorías liberales procedentes del mundo anglosajón.
Martí había conocido esa dualidad durante sus años de residencia en Nueva York, cuando admiró la energía intelectual y material de una sociedad abierta a la iniciativa individual, al mismo tiempo que observaba el racismo, la desigualdad, la corrupción política y el crecimiento de una voluntad expansionista que podía extenderse sobre las Antillas. Menocal hereda esa doble mirada, mediante la cual comprender a Estados Unidos no supone someterse a su influencia ni denunciar su imperialidad obliga a negar la importancia de su tradición intelectual.
La República surgida en 1902 sometió a prueba todo el legado anterior, pues la soberanía jurídica no consiguió eliminar el clientelismo, el caudillismo, la corrupción administrativa, las desigualdades sociales ni la dependencia económica. Los hábitos criticados por Varela, Luz, Saco, Varona y Martí sobrevivieron dentro de instituciones formalmente republicanas, demostrando que la expulsión del poder colonial no garantizaba la desaparición de las prácticas políticas formadas bajo su dominio.
Menocal escribió su obra en un momento en que la Constitución de 1940 ofrecía uno de los proyectos jurídicos más avanzados de la historia cubana, mientras la experiencia cotidiana revelaba la distancia entre la formulación legal y la conducta de los gobiernos. El regreso al siglo XIX no respondía, por tanto, a una curiosidad arqueológica, sino a la búsqueda de una tradición capaz de explicar por qué la República había realizado solo parcialmente las aspiraciones morales e institucionales que acompañaron su nacimiento.
La amplitud del proyecto no impide reconocer sus silencios, entre los cuales destaca la escasa presencia concedida a las mujeres, los afrodescendientes, los trabajadores, las religiones de origen africano y las formas de pensamiento transmitidas oralmente. La nación de Menocal continúa expresándose mediante hombres letrados, generalmente blancos y vinculados a sectores ilustrados, mientras otras experiencias aparecen subordinadas a los problemas formulados por esa élite.
Una historia contemporánea del pensamiento cubano tendría que incorporar esas voces sin desechar la contribución de Menocal, ampliando el concepto mismo de pensamiento para incluir no solo tratados, discursos y sistemas filosóficos, sino también prácticas sociales, asociaciones, rebeliones, comunidades religiosas y lenguajes populares mediante los cuales diversos sectores elaboraron su comprensión de la libertad, la justicia y la pertenencia nacional. Tal ampliación no destruiría la continuidad estudiada en el libro, pero impediría confundir la historia de las élites intelectuales con la totalidad de la conciencia cubana.
Leída después de 1959, la obra adquiere una significación que su autor no podía prever, puesto que la tradición plural reconstruida en sus páginas contradice cualquier pretensión de identificar la nación con una ideología exclusiva. Cuba no fue pensada por una sola corriente ni se formó mediante la obediencia a una organización única, sino mediante controversias entre reformistas, autonomistas, anexionistas, independentistas, liberales y críticos republicanos, cuyas discrepancias no constituyeron un obstáculo accidental, sino una parte sustantiva del proceso nacional.
La apropiación de Martí por el discurso totalitario resulta particularmente problemática bajo esta perspectiva, pues el organizador de un partido creado para fundar una República plural fue transformado en precursor de un partido encargado de sustituirla, mientras la defensa martiana de la independencia se utilizó para justificar la eliminación de libertades individuales sin las cuales aquella independencia perdía una parte considerable de su sentido. El Martí histórico, sometido a dudas y contingencias, quedó oculto detrás de una figura construida para conferir legitimidad al poder.
Entre sus inclinaciones elitistas, sus omisiones sociales y la tendencia a presentar la historia como desarrollo continuo, Origen y desarrollo del pensamiento cubano conserva una importancia que rebasa la época de su publicación, pues muestra que la nacionalidad comenzó a formarse cuando los habitantes de la Isla adquirieron la capacidad de examinar sus propios problemas sin aceptar pasivamente las respuestas de la metrópoli. Pensar a Cuba fue el primer acto de su independencia, antes de que esa independencia pudiera traducirse en guerra, Constitución y Estado.
La mayor lección del libro no reside, por ello, en la consagración de una genealogía de próceres, sino en la evidencia de que la cubanidad surgió mediante la discusión, la rectificación y el conflicto entre proyectos diferentes, de manera que ningún gobierno, partido o ideología puede presentarse como culminación definitiva de una tradición cuya vitalidad dependió precisamente de no quedar clausurada. Mientras Cuba conserve el derecho a discutir su historia, sus mitos y sus autoridades, continuará perteneciendo a la conversación iniciada por aquellos hombres; cuando una sola voz pretenda hablar en nombre de todos, regresará bajo otra forma la antigua pretensión colonial de decidir desde arriba qué pueden pensar los cubanos.