No se han gastado tantas palabras como entonces en las miles de parsimonias y ceremonias que configuraron la explicación de un fenómeno que, hay que reconocerlo, fue una gran operación de marketing. Ni se han bajado tanto los pantalones y las faldas en una adoración rayana con la más supina imbecilidad.
El Pop refleja una maquiavélica verdad: para ser un movimiento que acabó con la separación entre alta y baja cultura, es decir, en conseguir hacer más asimilables y asequibles los supuestos mensajes del arte, basándolos en la televisión, el cómic y la publicidad, no concita más que un vacío aterrador, no sé si por hartazgo o por falta absoluta de interés.
Muchas son las obras de autoría del gran gurú de este circo, Andy Warhol, cuyo coeficiente intelectual —dato auténtico y comprobado— llegó tan alto o terminó tan bajo que nadie fue capaz de verlo ni sondearlo. La producción del resto de norteamericanos sigue a la par, sin ton ni son. ¿Qué es lo que uno se encuentra? Plagios, copias, reciclados, imitaciones; ni emoción, ni pasión, ni ideas, ni sorpresas, ni planteamientos talentosos, ni imaginarios delirantes, ni fantasía, ni misterio, ni magia ni expresividad alguna. Es lo inocuo y anodino por antonomasia. Lo cierto es que tantas latas aburren, son todas iguales y además ni se pueden beber.
Pero se han etiquetado dentro de este movimiento a artistas españoles como Gordillo, Genovés, Darío Villalba y demás, que están muy por encima de tales banalidades y vulgaridades. Y la incorporación de algún alemán o inglés no parecen ir más que de relleno. De todas formas, no se apuren porque seguramente estoy equivocado y voy a tener que castigarme volviendo a una revisión histórica desde Lucas Cranach y Hans Baldung Grien (por no decir otros).
Gregorio Vigil-Escalera
Miembro de las Asociaciones Internacional
y Española de Críticos de Arte (AICA/AECA)