Por Esser Jorge Silva

Una evocación de Jorge Luis Borges, escritor argentino que detestaba, sin despreciar, el puntapié a la pelota, coloca al lector en la ruta de una realidad incuestionable: al hablar de fútbol, estamos ante un fenómeno del que nada ni nadie escapa, mucho menos escritores e intelectuales como los premios Nobel Mario Vargas Llosa, Albert Camus y Gabriel García Márquez, o los no menos célebres Eduardo Galeano, Javier Marías, Roberto Bolaño, Ryszard Kapuściński o Peter Handke.

Esa condición extraordinaria de adhesión múltiple e intensa, que convierte la dependencia colectiva en una pertenencia tribal capaz de liberar al ser humano “del peso de las responsabilidades individuales”, también alimenta la inspiración para comprender el mundo. La importancia atribuida a un juego sostenido en el adiestramiento de los miembros inferiores se elevó de tal manera que llegó a convocar los intereses centrales de la política. La aparente vida desligada de sus ejecutantes y la adhesión de los humildes al espectáculo convocaron rápidamente los mecanismos de fomento de ideologías mediante la manipulación de las multitudes. Estos desposeídos, entregados a la simplicidad del juego, se prestan inconscientemente a la manipulación de los poderes establecidos.

El fútbol se constituyó en un fenómeno de adhesión popular, cuyas reglas simples permiten la participación de todos, unas veces como practicantes y otras como espectadores de un espectáculo cuyo objetivo principal se limita a hacer entrar una pelota en una portería, bajo la ley de los más audaces, es decir, de los más fuertes. A partir de la década de 1930, el juego de once contra once se vio invadido por interferencias de naturaleza política, extrañas a su lógica de entretenimiento.

En particular, el fascismo, en sus diversas vertientes, fue una de las ideologías políticas más eficaces en la captura del fútbol como centro de producción y manifestación de sus consignas y juicios filosóficos. Ya fuera para manipular a las masas, fabricar resultados, apropiarse de los clubes más importantes para difundir ideas y una noción de poder, o someter a jugadores y clubes a dilemas éticos y a elecciones entre la vida y la muerte, el fascismo no escatimó creatividad para afirmarse a través del fútbol.

La exaltación de sus valores supremos, la juventud, como en el himno fascista italiano Giovinezza, la acción, la fuerza y la violencia en sí mismas, encontró en la promoción de la práctica deportiva una forma de educar a los jóvenes para cumplir mejor sus deberes patrióticos, así como una fórmula para promover el carácter y la disciplina que se suponía debía tener un “buen” fascista. Como si se tratara de ofrecer al lector una cronografía, Alemania, España e Italia, países que fomentaron y experimentaron los valores del fascismo hasta el límite, configuran las tres realidades proveedoras de historias que ilustran el punto de partida de la obra.

En el origen fascista se encuentran tres figuras que defendieron el autoritarismo, impusieron el poder total, reprimieron oposiciones y sometieron todo y a todos a la nación. A diferencia de sus congéneres Francisco Franco en España y Adolf Hitler en Alemania, Benito Mussolini, popularizado como “el Duce deportista”, explotaba su imagen de practicante de diversos deportes y no dejaba de afirmar que el deporte era su “único placer”. Aunque la memoria apenas lo localice visualizando un único partido de fútbol, su régimen se dedicó a levantar nuevos estadios, incluido un complejo deportivo dedicado a él mismo, el “Benito Mussolini de Turín”.

Por esa época, en la década de 1930, el fútbol empieza a codearse con otros espectáculos, produciendo su prensa especializada y sus estrellas. Más que “ejemplos a imitar”, estas se convierten en “embajadores del país y del fascismo”, sostenidas por una comunicación social fundada en un lenguaje bélico con vistas a consolidar el prestigio internacional. El fútbol se transforma en vehículo de transmisión de la idea de patria que el fascismo equipara con la identificación con el régimen; se enaltece la pertenencia al grupo, la fidelidad, la disciplina y la subordinación de los intereses personales a los colectivos, obligando incluso a algunos clubes a someterse a sus valores y lógicas ideológicas.

Sobresale aquí el caso paradigmático del Internazionale de Milán, obligado a cambiar su denominación por Società Sportiva Ambrosiana, con el fin de hacer desaparecer la palabra que evocaba la Tercera Internacional Comunista de Stalin y alejar cualquier alusión, aunque fuera imaginaria, al movimiento comunista.

Cristóbal Villalobos Salas, autor de la obra, es profesor de Historia en la Universidad de Málaga y escritor. El reconocimiento obtenido con los premios Jérez Perchet y Málaga Crea 2015 certifica de algún modo su colaboración con la prensa, especialmente su columna en el diario SUR. Salas recurre a los tres casos clásicos para introducir la relación del fascismo con el deporte en general y con el fútbol en particular. Mientras el caso del “calcio fascista frente al mundo” ilustra la realidad italiana, la experiencia del “superhombre nazi” muestra la relación de la Alemania nazi con el deporte. A su vez, el análisis de “un nacionalismo banal y futbolístico” ilustra el modo en que la España franquista se aprovechó del fenómeno futbolístico para consolidarse y llegar a las masas.

La obra gana dimensión y profundidad con la inmersión del autor en los cuatro capítulos restantes, que, más que detallar, ilustran de forma abundante la expresión de poder de “Mussolini y Hitler detrás del esférico”, “la malograda conversión al fascismo” en España y “el fútbol en manos de las dictaduras americanas”. Es en ese cuerpo del libro, mediante cuarenta y dos historias breves sobre acontecimientos muchas veces ya retirados hacia las brumas de la memoria, donde se puede entrar en contacto con realidades que comprueban la tendencia del fascismo a afirmarse y consolidarse a través del fútbol.

Este conjunto de evocaciones permite traer a la superficie particularidades cuya inscripción histórica, en algunas circunstancias todavía presente, hace perdurar antiguas idiosincrasias en acciones visibles en la actualidad. Un breve resumen, no exhaustivo, de algunas de esas historias puede demostrar la pertinencia del cruce entre la cultura fascista y el deporte rey.

El caso italiano surge como soporte primario del fascismo. El robo al Génova, club que solo recuperó su nombre original después de la muerte de Mussolini, Genoa Cricket and Athletic Club, en lugar del artificioso nombre fascista Genoa 1893 Circolo del Calcio, demuestra cómo los resultados podían estar determinados de antemano, fabricando así un campeón, en este caso el Bolonia, club protegido por los camisas negras, grupo paramilitar fascista.

La estrategia de naturalización de jugadores de diversas nacionalidades, pagados a peso de oro para construir una selección italiana campeona del mundo en 1934, aparece como resultado de una batalla futbolística del fascismo, cuyos métodos, amplios e ilimitados, demuestran la tendencia a jugar en todos los tableros. El uso de la violencia alcanzó su apogeo en un partido contra Inglaterra, país entonces considerado superior en cultura futbolística, lo que llevó a Mussolini a disputar y demostrar la supuesta superioridad de la cultura futbolística fascista.

También se evoca la resistencia de Matthias Sindelar, estrella austríaca que marcó uno de los goles que sentenció el partido de despedida de Austria como nación frente a la Alemania anexionista y que, más tarde, se negó a representar a la selección alemana. Por ello fue prohibido de jugar y apareció muerto, junto con su esposa, en una intoxicación causada por una fuga de gas.

El libro muestra igualmente las contradicciones humanas expresadas en la cesión de los jugadores polacos que, debido a la división de su territorio entre la Unión Soviética y Alemania, pasaron a representar a Alemania. Más tarde, su suerte cambió cuando, a partir de 1942, con el deterioro alemán ya notorio, comenzaron a ser enviados a campos de concentración, mientras otros, por aparecer en fotografías de la selección alemana dominadas por la esvástica, quedaron impedidos de regresar a su Polonia natal.

Otro episodio es el dilema ético del árbitro y del partido de Sarnano, que bien pudo haber inspirado a John Huston en la película Escape a la victoria. El partido, realizado a pedido de los alemanes para elevar la moral de sus tropas, dejó al equipo de jóvenes italianos sin saber qué hacer. Después de marcar un gol y ante la manifiesta inoperancia del adversario, los italianos hicieron todo lo posible para “ayudar” a los alemanes a marcar, en un partido que ningún italiano quería ganar para no ofender el ego germánico y convocar así el poder bélico real de los teutones.

También se analiza la construcción política de una rivalidad en Roma entre la AS Roma, club nacido de una fusión de varias agrupaciones impuesta por Mussolini, y la Lazio, club resistente a la fusión y del cual el Duce se haría socio. De un lado, la Roma diversa e inclusiva, capaz de albergar la diferencia, incluso un sector comunista. Del otro, la Lazio, club con fama de fascista, cuya hinchada, los Irreductibles, aparece como la más fascista, racista, homofóbica y antisemita, capaz de cantar en un partido contra su rival: “Auschwitz es vuestra patria”.

El caso español, resultante de las consecuencias de la Guerra Civil y de la institución de un dictador militar nacionalista que se impuso por la fuerza de las armas entre 1936 y 1939, pone en escena no solo la realidad del poder del generalísimo Francisco Franco, sino también la resistencia al dictador que, a través del fútbol, va apareciendo aquí y allá. Sin embargo, como en Italia, el fútbol se revelará como un instrumento excelente de manipulación de las masas. En el cuadro español no faltan algunos encuentros con las líneas de la dictadura portuguesa en varias de las pequeñas historias reunidas por el autor.

Una de ellas muestra cómo la supervivencia mediante la comedia transforma al personaje en persona. Disfrazado de “cruel Gálvez” para sobrevivir en un Madrid dividido por la guerra civil, el poeta Pedro Luis Gálvez, usando actitud y voz de autoridad, consiguió liberar a Ricardo Zamora, el excelso guardameta y gran jugador internacional de fútbol que muchas veces le había dado de comer en el Madrid bohemio. Liberado bajo los besos del poeta, Zamora pudo salir de España y terminar su carrera en Francia. El poeta moriría fusilado después de un juicio en el que el tribunal tomó por verdadera su inventiva biografía de criminal.

Otra historia es la odisea de la selección vasca, denominada “equipo de fútbol de la República de Euskadi”, errante por el mundo en misión propagandística después de la caída vasca en manos franquistas. Su gira por países como Francia, Checoslovaquia, Polonia, Suecia, Noruega y Finlandia dio visibilidad a la causa vasca. Tras dañar la imagen de la España nacionalista, los franquistas no descansaron hasta conseguir dos deserciones en la selección de Euskadi. Con el declive llegó el fracaso, aunque el equipo acabó sus días disputando el campeonato mexicano, donde terminó subcampeón en la temporada 1938-1939.

El rojo desapareció en dos partidos de selecciones disputados en 1937 y 1938 entre España y Portugal, el primero jugado en Vigo. Allí se popularizó el término “encarnado” para designar al Benfica y evitar connotaciones con los “rojos” comunistas. El segundo partido quedó marcado por la desobediencia de tres jugadores de la selección portuguesa a realizar el saludo fascista: Quaresma mantuvo los brazos abajo, mientras Azevedo y Amaro cerraron los puños en alto. España perdió los dos partidos, pero el franquismo ganó en propaganda.

Además de quedar sometida a la esfera militar, la intromisión de la política franquista en los clubes españoles siguió la lógica de los premios. La lealtad de Navarra hacia los rebeldes resultó en la tentativa de ascenso del Osasuna. El Athletic de Madrid fue transformado en Atlético de Aviación, así como el Recuperación de Levante. En 1941, tal como ocurrió en la Alemania nazi, la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda obligó a varios clubes a adoptar una fórmula española: el Athletic pasó a ser Atlético de Bilbao, el Sporting se convirtió en Deportivo de Gijón y el Fútbol Club Barcelona pasó a llamarse Club de Fútbol Barcelona.

Justo después de la Guerra Civil, España vivió un período necesitado de afirmación internacional. Un partido contra Inglaterra en el Mundial de 1950, disputado en Brasil y ganado por Uruguay en el célebre Maracanazo, sirvió para elevar el estatus exterior y animar a las huestes internas españolas. Una victoria por un gol a cero contra la “pérfida Albión”, según un dirigente federativo de entonces, animó al Caudillo. Franco acabó enviando un telegrama para felicitar el “emocionante encuentro y brillante triunfo”. El cuarto lugar obtenido, considerado una hazaña, fue celebrado en la película España en Brasil, que consideró la victoria sobre Inglaterra “un nuevo episodio en la lucha histórica contra Albión”.

La fuerte conmoción mezclada con un enorme sentimiento de orgullo provocada en 1955 por la victoria del Real Madrid en la primera edición de la Copa de Clubes Campeones Europeos hizo que, tras cinco victorias consecutivas en la competición, el Real Madrid pasara a ser el mejor embajador de España y del régimen. La recepción de los madridistas en todo el mundo pasó a ser una victoria publicitaria del franquismo.

El debate sobre la identidad madridista y sus vínculos con el régimen franquista admite varias explicaciones. Desde la posibilidad de que las opciones personales de los representantes históricos del club se transformaran en una visión generalizada del Real Madrid como representante del régimen, hasta el hecho de que el Caudillo y sus dignatarios se aficionaran al equipo. También se señala la circunstancia de que todos los clubes sirvieron, de alguna manera, para centralizar las emociones de los trabajadores y mantenerlos alejados de las reivindicaciones políticas, llevándolos simultáneamente a vivir entre el franquismo y los nacionalismos. En el caso del Real Madrid, a pesar de ser una marca internacional de prestigio incuestionable, no deja de ser considerado históricamente un equipo del régimen.

El cine, la cultura de evasión y el fútbol fueron armas que el franquismo no dejó de utilizar para difundir su ideología. Convertidos en modelos, los futbolistas pasaron a ser modelos de ciudadanos. La historia de Kubala, húngaro transformado en español y huido del comunismo, llegó al cine en Los ases buscan la paz. Se trataba de un argumento anticomunista que evocaba la humildad, el espíritu de sacrificio y la lealtad, en el que Kubala muestra su reconocimiento por el acogimiento de una España idílica.

A pesar de la conocida política de las tres efes, “fútbol, fado y Fátima”, António de Oliveira Salazar, el dictador portugués, detestaba el fútbol. Pero Eusébio, más que un jugador de fútbol, se convirtió en un valioso símbolo del país. No tanto por haber sido el máximo goleador del Mundial de 1966, sino por el hecho de poder ser presentado como prueba de la posibilidad de ascenso social de los individuos provenientes de las colonias. Ante una posible transferencia al extranjero, el dictador comunicó a Eusébio que tal cosa no podía ocurrir teniendo en cuenta su condición de “Patrimonio del Estado”.

En 1960, Francisco Franco ordenó a la selección española faltar a una eliminatoria contra la Unión Soviética para la fase final de la Copa Europea de Naciones. No quería que su selección jugara contra “comunistas”. Con los soviéticos campeones europeos, Pravda escribió que “el régimen fascista español temía al equipo del proletariado soviético”. Cuatro años después, en 1964, Franco reparó su decisión y España no solo organizó el campeonato europeo de selecciones, sino que llegó a la final precisamente contra la Unión Soviética. En la final ganó por dos goles a uno. El momento, conmemorativo de los veinticinco años de la Guerra Civil, sirvió para exaltar no a los jugadores campeones, sino “al verdadero artífice de la victoria y de la paz”.

En 1975, el fusilamiento de cinco miembros de ETA provocó una ola de indignación en todo el mundo. Con el final de la dictadura ya a la vista, algunos jugadores se manifestaron con símbolos de luto. Ya muerto el Generalísimo, en diciembre de 1976, el partido entre el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad de San Sebastián presentó una escena inusitada: los dos equipos entraron al campo sosteniendo la ikurriña, rompiendo así el tabú de la prohibición de la bandera vasca.

La manipulación del fútbol tampoco escapó de las manos de prácticamente todas las dictaduras americanas. El carácter patrio y las características de la forma más simple de evocación nacionalista encontradas en el fútbol constituyeron una motivación más que suficiente para la apropiación del deporte por parte de las dictaduras.

Acuñado por el periodista polaco Ryszard Kapuściński, “Guerra del Fútbol” es el nombre con que se conoció el conflicto entre Honduras y El Salvador ocurrido en 1969. La verdad es que el fútbol no fue causa de ningún conflicto. Pero fue la eliminatoria para el Mundial de 1970 en México, jugada en tres partidos entre los dos países, la que recibió el sobrenombre de un conflicto entre vecinos marcado por una desestructuración demográfica y económica. Dueños de cerca de la mitad de las propiedades agrícolas hondureñas, los salvadoreños residentes allí fueron expropiados por una reforma agraria y expulsados hacia su tierra bajo el grito: “Hondureño, toma un leño y mata a un salvadoreño”. Nació así la “guerra de las cien horas”, en la cual las dos partes se acusaban mutuamente de la responsabilidad de su origen, lo que implicó la exacerbación de los nacionalismos y una activa participación de los aficionados de ambos países. Rotas las relaciones, estas fueron restablecidas diez años después, como no podía dejar de ser, con la organización de un amistoso de fútbol.

El “partido fantasma” es la historia de una eliminatoria de clasificación para una de las dieciséis plazas del Mundial de 1974, jugado en Alemania. Los chilenos pretendían dar una apariencia de normalidad mientras en su país, en pleno Estadio Nacional de Santiago, se torturaba a más de cuarenta mil personas. En la Unión Soviética, frente a un adversario comunista situado en las antípodas de Pinochet, el partido de ida terminó empatado a cero. Para el partido de vuelta, los soviéticos intentaron que el encuentro se realizara en campo neutral. Con la negativa de la FIFA, la eliminatoria debía sentenciarse en el estadio militarmente vigilado donde se cree que había miles de presos detenidos en los sótanos. Los soviéticos optaron por no comparecer y el partido terminó con la victoria chilena gracias a un gol simbólico, marcado por el capitán Chamaco Valdés, para siempre conocido como el gol marcado contra nadie.

La historia del Mundial de Argentina en 1978, cargada de manipulaciones, sospechas, contradicciones, represiones y ausencias, constituye un perfecto libelo de la acción de la dictadura militar, en la cual no faltó siquiera la victoria de Argentina en la final contra Holanda. Fue la victoria de un país de presos políticos, empeñado en parecer normal mediante la comunicación, la propaganda y la capacidad de manipulación del régimen. Años después, el entrenador Menotti y jugadores como Osvaldo Ardiles y Ricardo Villa reconocieron que fueron usados como elementos de distracción del pueblo. La manipulación contó incluso con la colaboración de la FIFA, al aceptar que el último partido entre Brasil y Polonia, decisivo para determinar al finalista, se jugara horas antes, lo que permitió a los argentinos saber que necesitaban marcar seis goles a Perú para llegar a la final. Ese día, el vestuario de Argentina recibió la visita del general Videla acompañado de Henry Kissinger y, más tarde, la prensa denunció el desbloqueo de créditos peruanos en el Banco Central de Argentina.

También la dictadura militar de Uruguay, en el poder desde el golpe de Estado de 1973, tuvo su momento. Sin embargo, lo planeado resultó contradicho y, al final, las consecuencias fueron paradójicas. Con un Mundialito, denominado Copa de Oro, en el que participaron todos los equipos hasta entonces campeones del mundo, con excepción de Inglaterra, cuya negativa provocó la invitación a Holanda, organizado para celebrar la victoria de la dictadura en un referéndum convocado para sustituir la Constitución de 1967, los militares fueron sorprendidos con su derrota electoral. De repente, los estadios se convirtieron en las primeras concentraciones masivas autorizadas por los militares, donde se cantaba: “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Por haber sido una organización manipulada, la vergüenza del Mundialito subsiste de tal modo que no aparece en la página web de la FIFA ni en la página web de la Federación Uruguaya.

Adilson Monteiro Alves, sociólogo, poco o nada sabía de fútbol. Pero su contribución a la formación política de Sócrates Brasileiro Sampaio de Sousa Vieira de Oliveira fue determinante para que la sociedad brasileña comprendiera los principios de la democracia directa. La experiencia tuvo lugar en el Corinthians, club de fútbol donde todas las decisiones resultaban del voto. Adonde fuera, el club de São Paulo llevaba el mensaje: “ganar o perder, pero siempre en democracia”. Solo en 1989 Brasil eligió un presidente mediante sufragio universal, pero la “democracia corinthiana”, con el médico-futbolista doctor Sócrates a la cabeza, se convirtió en una iconografía de la afirmación política por parte de ciudadanos futbolistas.

Más allá de la idea básica de que se trata apenas de un espectáculo destinado exclusivamente a entretener a las masas, este libro constituye una contribución muy pertinente para comprender el fenómeno futbolístico desde puntos de vista generalmente apartados de las discusiones. Aunque existen varias dimensiones todavía por explorar en los estudios sobre el fútbol, la manipulación política del deporte futbolístico, aunque conocida y varias veces mencionada en discusiones dispersas, necesita trabajos sistematizados mediante la recopilación histórica. Los ejemplos que Villalobos Salas recoge y ofrece al lector parecen provenir de un fotorama que, paso a paso, va lanzando fragmentos que componen una imagen nítida, sólida y geográficamente amplia del modo en que el fascismo se sirvió del deporte rey en varias partes del mundo.

Como se señala desde el comienzo, la obra convoca a varios escritores e intelectuales que no se escudaron en mirar el fútbol como uno de los fenómenos más importantes y graciosos del siglo XX. La lectura de Fútbol y fascismo convoca de inmediato el trabajo de Franklin Foer, ex periodista de la prestigiosa revista The Atlantic, cuyo libro How Soccer Explains the World: An Unlikely Theory of Globalization también explora el fenómeno futbolístico, que, más que un estilo de vida, constituye un fenómeno sin fronteras. No solo se sumerge en la construcción de la realidad, sino que explica odios religiosos, muestra su fuerza para hacer caer regímenes políticos, convoca, por ejemplo, el coraje de las mujeres iraníes y resiste en sus particularidades locales e identitarias durante la desintegración de la ex Yugoslavia. En el fondo, el fútbol, a pesar de la globalización, consiguió mantener sus idiosincrasias regionales y hacer prevalecer su cultura alrededor de razones grupales y clubistas, de donde no faltan sus apasionados aficionados.

Referencias

Foer, F. How Soccer Explains the World: An Unlikely Theory of Globalization. Nueva York: Harper Collins, 2004.

Salas, C. V. Futebol e fascismo. Lisboa: Edições 70, 2021.

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