Triada histórica en el pensamiento de Alberto Lamar

Por Ángelo Goicochea

Pensar a Alberto Lamar Schweyer exige una disposición poco frecuente, una paciencia que no se conforma con clasificar ni con absolver, porque su obra no fue escrita para tranquilizar conciencias ni para confirmar pertenencias ideológicas, sino para introducir una inquietud persistente en el corazón mismo de la vida política y cultural cubana. Lamar no escribe desde la serenidad del sistema ni desde la seguridad de una doctrina, sino desde una zona de fricción donde la historia se presenta como proceso orgánico, la política como fenómeno vital expuesto a la enfermedad y la nación como forma simbólica siempre amenazada por su propia hipertrofia. Esa incomodidad, que atraviesa tanto sus ensayos como su novela Vendaval de los cañaverales, explica en buena medida la dificultad de su recepción posterior y el modo en que fue reducido, con una ligereza que roza la pereza intelectual, a la etiqueta de reaccionario.

Conviene advertir desde el inicio, con la precisión que exige cualquier lectura honesta, que Alberto Lamar Schweyer no llegó a conocer ni a leer la obra de Henri Lefebvre ni la de Edgar Morin, cuyas formulaciones centrales pertenecen a un tiempo posterior y a un horizonte intelectual distinto. No hay filiación directa, ni influencia demostrable, ni continuidad doctrinal. Lamar escribe desde la Cuba republicana de las primeras décadas del siglo XX, desde un archivo propio, desde conflictos históricos que no son los de la Francia de posguerra ni los de la crisis epistemológica del pensamiento tardomoderno. Cualquier intento de inscribirlo retroactivamente en esas tradiciones sería anacrónico y empobrecedor. Y, sin embargo, la coincidencia existe. No como préstamo ni como anticipación profética, sino como convergencia estructural de pensamiento, como llegada independiente a una misma zona crítica desde caminos históricos distintos.

La dificultad para leer a Lamar proviene, en gran medida, de su negativa sistemática a pensar la realidad histórica en términos binarios. En su obra no hay una oposición simple entre democracia y tiranía, entre patria y antipatria, entre progreso y reacción. Hay, en cambio, una insistencia casi obsesiva en mostrar cómo esos términos se contaminan, se desplazan y, al absolutizarse, producen exactamente lo contrario de lo que prometen. Lamar no piensa en términos de superación dialéctica ni de reconciliación final. Piensa en términos de tensión, de desgaste, de desajuste entre planos que ya no logran articularse.

Esa forma de pensar puede comprenderse con mayor precisión si se la aborda desde una lógica trialéctica, entendida no como teoría formal ni como método importado, sino como una forma de percepción histórica. Aunque Lamar no utiliza ese término, su obra opera constantemente con tres planos simultáneos que no se subordinan unos a otros y cuya desarticulación genera patología histórica. Existe un plano estructural donde se inscriben el Estado, la economía, las instituciones, los mecanismos de coerción y administración. Existe un plano simbólico donde circulan la nación, el patriotismo, las ideologías, los relatos legitimadores y las ficciones cívicas. Y existe un plano vivido donde se aloja la experiencia concreta de la sociedad, la vida cotidiana, los hábitos, los miedos, las frustraciones y los afectos colectivos. Lamar no concede prioridad ontológica a ninguno de estos planos. Lo decisivo es la relación entre ellos, y sobre todo los efectos destructivos que aparecen cuando uno pretende erigirse como totalidad.

En Biología de la democracia, Lamar formula una de sus intuiciones más radicales al afirmar que la democracia no puede ser pensada como una forma jurídica abstracta ni como un ideal moral autosuficiente, sino como una función vital de la colectividad, sujeta a procesos de crecimiento, agotamiento y enfermedad. Allí sostiene, en términos inequívocos, que una democracia puede conservar intacta su arquitectura institucional mientras ha perdido su capacidad de expresar y organizar la vida social. La metáfora biológica no es un adorno conceptual, sino un instrumento crítico que le permite describir la política como organismo y no como sistema cerrado. Lamar insiste en que la democracia vive o enferma según el medio social que la sustenta, y que cuando ese medio se degrada, las formas políticas sobreviven como carcasa vacía.

Ese diagnóstico introduce una sospecha decisiva frente a toda fetichización institucional. La ley, el procedimiento, el ritual electoral no garantizan por sí mismos la vitalidad democrática. Pueden incluso funcionar como dispositivos de ocultamiento, sustituyendo la experiencia social real por una representación formal que simula normalidad. Lamar observa que, en esos casos, la política continúa operando en el plano concebido mientras se ha roto el vínculo con el plano vivido, y que esa disociación no se corrige con más legalidad ni con más retórica, sino que tiende a profundizarse hasta producir una crisis abierta.

Esa lógica se despliega con particular claridad en Cómo cayó Machado, texto que no debe leerse como crónica política ni como ajuste de cuentas personal, sino como análisis de un proceso de descomposición. Lamar no se detiene en el momento espectacular de la caída del régimen, sino que reconstruye el desgaste previo, la lenta separación entre un poder que sigue funcionando formalmente y una sociedad que ya no se reconoce en él. El Estado continúa ejerciendo coerción, la administración sigue operando, las leyes se aplican, pero el plano simbólico se ha vaciado y el plano vivido se ha desprendido. Lamar describe cómo el régimen persiste en la abstracción mientras se desmorona en la experiencia cotidiana.

En ese análisis aparece una idea que atraviesa toda su obra, formulada de distintos modos, a saber, que los poderes no caen cuando dejan de ser fuertes, sino cuando dejan de articular sentido. La fuerza puede mantenerse durante un tiempo, incluso intensificarse, pero cuando el poder ya no logra organizar los planos simbólico y vivido, su caída se vuelve cuestión de tiempo. Lamar no describe la historia como una sucesión de golpes, sino como un proceso orgánico de desgaste, donde la ruptura visible es siempre posterior a una descomposición invisible.

Aquí la coincidencia con Henri Lefebvre resulta especialmente significativa, aunque Lamar no haya tenido acceso a su obra. Cuando Lefebvre publica La production de l’espace en 1974, sostiene que el espacio social es un producto histórico articulado en espacio percibido, espacio concebido y espacio vivido, y que toda dominación moderna intenta imponer el espacio concebido como totalidad abstracta, aplastando las prácticas y la experiencia. Lamar describe un fenómeno análogo en el campo político. El poder machadista se convierte en pura forma concebida, desligada de la vida cotidiana, sostenida por la abstracción institucional y la fuerza. No hay influencia, pero hay afinidad estructural.

En Crisis del patriotismo, Lamar desplaza el análisis hacia el plano simbólico con una lucidez que explica tanto la potencia como la incomodidad de ese texto. Allí sostiene que el patriotismo puede transformarse en una palabra vacía, repetida sin conciencia, y que ese vaciamiento no se manifiesta en la desaparición del símbolo, sino en su proliferación. Cuanto más se repite el nombre de la patria, más evidente resulta la pérdida de una experiencia nacional compartida. El símbolo se autonomiza, se administra, se ritualiza, y en ese proceso deja de articular la vida social.

Lamar no denuncia una carencia de patriotismo, sino su hipertrofia abstracta. Observa que el amor a la patria puede convertirse en mecanismo de sustitución, donde la consigna ocupa el lugar del vínculo, y la retórica reemplaza a la experiencia. La nación persiste como representación mientras se disuelve como forma de vida. Esa disociación produce un efecto perverso, porque el símbolo, lejos de debilitarse, se vuelve instrumento de neutralización de la crítica y de clausura del conflicto.

En este punto, la coincidencia con La vie quotidienne dans le monde moderne de Lefebvre, publicado en 1968, resulta evidente. Lefebvre advierte que las ideologías modernas colonizan la vida cotidiana cuando ya no logran transformarla, que el discurso sustituye a la experiencia y que la representación reemplaza a la práctica. Lamar observa ese mismo proceso en la Cuba republicana, donde el lenguaje nacionalista se autonomiza mientras la vida social se fragmenta, se empobrece y se vacía de sentido. No se trata de influencia, sino de una misma sensibilidad crítica frente al reduccionismo simbólico.

La radicalidad del pensamiento de Lamar alcanza una densidad particular en La rosca de Patmos, texto que desborda los géneros y que no puede ser reducido ni a alegoría ni a extravagancia literaria. Allí la historia aparece como un movimiento circular que promete revelación y produce repetición. Cada intento de clausura del sentido engendra una nueva forma de encierro. No hay iluminación final ni reconciliación. Hay reorganizaciones parciales que reproducen el límite bajo nuevas formas. Lamar describe un mundo donde la promesa de verdad se convierte en mecanismo de reiteración.

Esa concepción de la historia como proceso no resolutivo encuentra una afinidad notable con Edgar Morin, aunque Lamar no haya conocido su obra. Cuando Morin desarrolla El Método entre 1977 y 2004, insiste en que todo sistema contiene simultáneamente orden, desorden y reorganización, y que eliminar uno de esos términos conduce a una comprensión mutilada de lo real. La historia no progresa de manera lineal ni se purifica mediante rupturas absolutas. Se reorganiza arrastrando residuos, errores y zonas de sombra. Lamar piensa la historia de ese modo, sin promesa de síntesis final.

La novela Vendaval de los cañaverales prolonga esta reflexión en clave narrativa. El cañaveral no aparece como simple paisaje económico, sino como espacio vivido, como cuerpo social sometido a fuerzas que lo exceden. El vendaval no inaugura un nuevo orden. Arrasa, descompone, deja restos. La violencia no es anomalía ni accidente, sino consecuencia estructural de un sistema que ha perdido articulación entre producción, símbolo y vida. La novela dramatiza, sin teoría explícita, la misma lógica trialéctica que atraviesa los ensayos de Lamar.

Por todo ello, Lamar ha sido considerado reaccionario. Y lo es, si se entiende por reacción una respuesta crítica frente a la ilusión moderna de que la historia puede ser gobernada por abstracciones. No es liberal, porque no cree en el progreso automático ni en la neutralidad de las instituciones. No es de derecha, porque no defiende la restauración del orden ni la jerarquía como principio. Su reacción se dirige contra el pensamiento que separa forma y vida, símbolo y experiencia, poder y sociedad.

Advertir que Lamar no leyó a Lefebvre ni a Morin no debilita esta lectura. La fortalece. Permite comprender su obra como pensamiento autónomo que, desde otro tiempo y otro lugar, toca el mismo nervio crítico. No se trata de filiación, sino de afinidad estructural. No de influencia, sino de coincidencia profunda. Lamar, Lefebvre y Morin reaccionan contra el mismo impulso reductivo de la modernidad, cada uno desde su archivo, su lengua y su conflicto histórico.

Ahí reside la vigencia de Lamar y también la razón de su incomodidad persistente. Su obra no sirve para legitimar proyectos. Sirve para desarmarlos. Y en un campo intelectual acostumbrado a exigirle al pensamiento que confirme pertenencias, Lamar sigue siendo una figura irreductible, una voz que no se deja domesticar, un diagnóstico que no ofrece consuelo.

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