Por Galan Madruga
No he dejado de experimentar cierta repulsión, mezcla de ironía y desencanto, frente a esa persistente inclinación que tenemos, tanto ingleses como cubanos, de dotar a los débiles de un supuesto excedente espiritual, como si no tener poder fuese en sí una virtud, como si la impotencia nos ennobleciera, como si la falta de incidencia en el mundo implicara automáticamente una profundidad interior, y esta idea, tan elegante en la superficie como tóxica en el fondo, ha servido durante más de un siglo para justificar el abandono de toda exigencia real de eficacia, pues bajo ese manto de espiritualidad lo que hemos cultivado es una especie de aristocracia del fracaso, una mitología del alma vencida, celebrada por quienes no se han atrevido nunca a tomar el timón ni a empujar una piedra cuesta arriba, refugiados en una estética del alma herida que convierte la parálisis en nobleza y la marginalidad en pedestal moral.
Aquí empieza una de nuestras contradicciones más persistentes, articulada no como una disputa sino como una indecisión larvada, la que disuelve la acción en intención, la que convierte la eficacia en sospecha, la que eleva la nobleza moral por encima de cualquier impulso transformador, y el pensamiento cubano, educado en la elocuencia de la pérdida, ha preferido contemplar esta fractura como parte de su identidad, envolviéndola en la liturgia del sufrimiento y no en el cálculo del cambio, y el darwinismo, tan ajeno a nuestras categorías de consuelo, fue desplazado menos por razones de doctrina que por su carácter intratable, por esa pedagogía que exigía adaptación, eficacia, voluntad, todo aquello que contradecía nuestra inclinación a encontrar en la derrota una forma de excelencia y en el sufrimiento un equivalente de la inteligencia.
El resultado de esta deriva, repetida y refinada por generaciones de intelectuales bienintencionados, ha sido una cultura que recela de la técnica, del sistema, del cálculo, como si el pensamiento, al volverse operativo, traicionara su esencia, y hemos aprendido a mirar con desconfianza cualquier forma de habilidad que se proponga incidir en el mundo con herramientas concretas, porque la astucia nos parece degradante, el poder obsceno, la destreza una vulgaridad incompatible con la pureza del alma, y en lugar de aceptar que toda transformación exige una maquinaria específica de pensamiento y acción, hemos preferido refugiarnos en una metafísica de la interioridad que convierte la fe en valor último, en promesa sin fecha, en certeza flotante que todo lo espera de una fuerza misteriosa, pero que rara vez desciende a la tierra con rostro y con manos.
Y sin embargo, la habilidad, cuya palabra cargada de esfuerzo, repetición, experiencia y riesgo, es la condición previa de toda transformación que pretenda encarnar una visión en estructura, un deseo en forma, una intuición en sistema, y lo sé porque intenté resistirme a esa verdad y fracasé en todos los planos, pues uno no accede al acto mediante la sinceridad, ni basta con tener una causa o un ideal, y toda imagen, cuando no encuentra un dispositivo que la transporte al mundo, se convierte en letra muerta, en exaltación sin consecuencia, en estética del consuelo, por eso me resulta cada vez más evidente que la creencia no constituye el motor sino el eco, no la chispa sino la resonancia, no el origen sino la sombra que a veces queda flotando después del gesto.
En este punto se abre un terreno más resbaladizo, el de las múltiples formas de espiritualidad consoladora que han recorrido el pensamiento cubano como un hilo persistente, no como sistema unificado, sino como sensibilidad compartida entre discursos que se presentan como opuestos, y amplios sectores, tanto religiosos como seculares, tanto revolucionarios como restauradores, han edificado una retórica que presenta la fe como garantía y promesa, y dentro de esa lógica la acción queda suspendida, pospuesta, despojada de legitimidad hasta que el alma se purifique, la conciencia se alinee, el espíritu se reordene, pero la historia, en su curso brutal, no se detiene a esperar esos ajustes, no reposa frente a nuestros procesos interiores, no se conmueve por la delicadeza de nuestras dudas ni por la profundidad de nuestras heridas, porque el mundo se mueve con o sin nosotros, y el reloj que lo regula no ha sido construido con la madera de la esperanza.
He llegado a pensar que toda esta arquitectura ideológica se sostiene menos en doctrinas y más en hábitos afectivos, en disposiciones que privilegian la inmovilidad como forma de pureza, la pasividad como forma de altura, el silencio como forma de inteligencia, como si toda acción fuera una forma de corrupción o una amenaza a la integridad de la conciencia, y en lugar de correr el riesgo de hacer, preferimos conservar la dignidad de no haber actuado, y esa moral del gesto inmóvil ha producido figuras elocuentes como la de Roberto Agramonte, cuya proyección pública crece cada vez que se busca legitimar una ética nacional basada en el deber abstracto, el sacrificio íntimo, la fidelidad a una verdad no demostrada, y su discurso, amalgama de marxismo sentimental, positivismo fatigado y épica criolla, nunca formuló una estrategia ni propuso herramientas, sino que instaló una estética del deber sin mundo, un idealismo sin engranajes, una devoción que se basta a sí misma y no reclama resultados.
Más provocadora, en cambio, resulta la figura de Alberto Lamar Schweyer, cuya perspectiva desplaza el foco desde la espiritualidad sufriente hacia una concepción activa del poder, porque su pensamiento se articula a partir de una voluntad de afirmación que no se justifica en la moral ni se somete al consuelo, y en su mirada aparece lo que en tantas otras tradiciones se ha intentado evitar, aparece el conflicto, la tensión, la selección, el cuerpo como campo de fuerzas y la cultura como sistema de supervivencia, y Lamar, lector fervoroso de Nietzsche y ensayista de una biología política, no buscó glorificar la debilidad ni poetizar la renuncia, sino formular una metafísica de la fuerza, una ética sin redención, una voluntad que atraviesa la historia sin esperar salvación, y aunque su visión cayó en excesos, aunque su estilo se entregó a la retórica y su pensamiento a veces se disolvió en gestos altisonantes, su intuición permanece como un núcleo aún vigente, porque señaló que la cultura, lejos de fundarse en esencias inmóviles, se sostiene mediante la selección de formas activas, y que el pensamiento, cuando no se organiza como estrategia, se degrada en monólogo, y esa degradación, tan presente en nuestros discursos más celebrados, no es otra cosa que la voz de la inteligencia cuando ha sido apartada de toda exigencia real y convertida en eco lírico de una voluntad ausente.
Ninguno de los dos, sin embargo, logró articular un método. Ni Agramonte, con su pureza sacrificial, ni Lamar, con su grandilocuencia aristocratizante. Y nosotros, sus lectores, seguimos atrapados en ese laberinto sin salida, sin mapa y sin consigna. El problema, me temo, no reside en la escasez de ideas, sino en la imposibilidad de convertirlas en engranaje. Lo que nos falta no es inspiración, es sistema, es el saber moverse dentro del mundo como quien conoce sus trampas y, sin embargo, no se abstiene de cruzarlas. Es la política del medio, no la metafísica del fin. Por eso el discurso cultural cubano, incluso cuando alcanza la lucidez, fracasa como intervención en lo real. Le falta estrategia, no como cálculo banal o táctica oportunista, sino como el arte mayor que es saber posicionarse, elegir el terreno, reconocer el ritmo del combate y no del deseo.
Y si de genealogías se trata, habría que volver a Enrique José Varona, ese escéptico ilustrado que advirtió, quizá como ningún otro, que la educación racional no era una vía de ascenso sino el único antídoto contra el delirio. Varona no fue místico ni sentimental ni profeta de ninguna identidad: fue un hombre que desconfiaba de los entusiasmos sin pruebas, de los ideales sin método, de las verdades sin trabajo. Su escepticismo no descendía al cinismo, sino que alcanzaba, en cambio, una lucidez exigente que interpelaba los dogmas sin necesidad de oponerles otro. En medio de la euforia republicana y del mito de la regeneración, insistió en la modestia del saber, en la precariedad de nuestras certezas, en la necesidad de formar sujetos capaces de pensar sin convertirse en creyentes. En su filosofía no hay espacio para el consuelo ni para ese fervor nacionalista que convierte la emoción en ideología. Hay, en cambio, una pedagogía de la duda que desagrada a quienes buscan en la cultura no un riesgo, sino un refugio. Varona, a pesar de ser citado como patriarca, ha sido desplazado por esa tradición cubana que prefiere el grito a la pregunta, el símbolo al argumento, la fe al examen. Pero su sombra persiste, discreta y obstinada, recordándonos que una inteligencia sin duda es apenas una superstición con diploma.
Como no sabemos hacerlo, celebramos la inmovilidad. Decoramos la parálisis con palabras solemnes. Llamamos pureza a la incapacidad. Elevamos el fracaso a la categoría de integridad. Y así seguimos, como si la salvación proviniera de una iluminación repentina, no de una estructura precisa. Como si bastara el espíritu. Como si el alma, por sí sola, pudiera accionar los mecanismos de la historia. No lo hace.
Quizá la única salida consista en renunciar a esa superioridad melancólica, dejar de observar el mundo desde una altura moral ficticia que apenas oculta la impotencia. Tal vez haya que aprender la técnica, no como enemiga del alma, sino como su prolongación. Comprender que sin cuerpo no hay verdad, que sin habilidad no hay fe que se sostenga, que sin método toda espiritualidad se convierte en un consuelo que se repite.
Y sin embargo, me resisto a renunciar del todo a esa espiritualidad que me acompaña como una sombra educada. No lo hago por fidelidad a una tradición, ni por gratitud hacia su insistencia, sino porque, más allá de sus deformaciones, me ha ofrecido una lengua, una sensibilidad, una cierta manera de articular el mundo que no he logrado reemplazar. No la he elegido. Me ha formado. Me ha sostenido. Y en los momentos más oscuros, ha funcionado como un ritmo interior que me permitía seguir avanzando cuando todo alrededor se convertía en barro. Lo que rechazo no es su presencia, sino su absolutización, esa pretensión de monopolizar el sentido. Lo que cuestiono es su uso como coartada para la impotencia, como máscara piadosa del fracaso. Pero no puedo prescindir, todavía, de su posibilidad.
La habilidad no es solo una destreza, ni un recurso técnico, ni un conjunto de maniobras ante el obstáculo. Es, antes que todo, una disposición ética, un modo de estar en el mundo sabiendo que el mundo resiste a quienes no lo saben leer, que hay que entender sus reglas incluso cuando se busca subvertirlas. Esa comprensión no nace del púlpito ni de la pureza, ni de la proclamación abstracta de ideales sin consecuencias. Nace del roce con lo real, del fracaso ensayado, de la capacidad de intervenir sin disolverse. Porque intervenir es también exponerse, es abandonar el lugar del juicio cómodo, es dejar de hablar solo para los afines y atreverse a ser refutado por los contrarios. Intervenir es, en última instancia, aceptar que la verdad no es un enunciado sino una fricción, una herida, una tensión viva que jamás se clausura.
Hay figuras que nos ayudan a pensar este impasse. Emilio Roig de Leuchsenring, con toda su erudición y su fervor patriótico, representa el gesto de quien conmemora sin transformar. No se trata de negar la importancia de su archivo ni de su impulso nacionalista, sino de advertir la esterilidad que resulta de convertir la historia en altar. Martí, Maceo, Céspedes: nombres repetidos como mantras, como emblemas de una grandeza pasada que se invoca sin consecuencias. Roig no propuso una política del presente, sino un culto al pasado. Y en ese culto hay algo de narcisismo, algo de incapacidad para lidiar con lo que duele ahora, con lo que exige respuesta en el presente.
Más complejo fue Fernando Ortiz, cuya noción de la transculturación tuvo el poder de dinamitar los esencialismos identitarios. Sin embargo, su legado fue reciclado por una pedagogía del folclore que lo convirtió en símbolo inofensivo. La palabra sobrevivió, el método murió. Se invoca a Ortiz en congresos culturales, en prólogos académicos, en efemérides, pero rara vez se piensa con él. Su propuesta fue replegada hacia la retórica celebratoria. Y en esa operación se perdió lo más valioso: el intento de comprender la cultura como campo de tensiones, como dinámica conflictiva y no como repertorio de símbolos decorativos.
Juan Marinello, Chacón y Calvo, otros nombres de la república letrada, vivieron atrapados entre la nostalgia por una cultura clásica en retirada y la incomodidad ante un presente que ya no obedecía a las jerarquías antiguas. Chacón, elegante hasta el luto, evitó nombrar lo que se descomponía ante sus ojos. No fue cobarde, pero fue esteta. Y eso, aunque no invalida su obra, limita su alcance. Porque hubo un momento, quizá en los años treinta, en que el pensamiento cubano debió formular con más claridad la necesidad de una epistemología del conflicto. No bastaba con describir la decadencia. Había que interrumpirla. No bastaba con narrar la pérdida. Había que actuar sobre sus causas. Y eso no se hizo. O se hizo tímidamente, con pudor, con miedo de perder la compostura.
Desde entonces nos repetimos que somos profundos, que tenemos alma, que conservamos una herencia invisible que nos redime. Y sin embargo no ganamos. Ni siquiera intentamos ganar. Sospechamos del que lo intenta. Lo acusamos de pragmatismo, de oportunismo, de haber traicionado algo inefable. Confundimos dignidad con inmovilidad. Convertimos la ética en estrategia de defensa, no de ataque. Y en ese espejismo del espíritu, en esa zona tibia donde todo parece tener sentido pero nada se transforma, nos instalamos con cierta comodidad. Lo digo con culpa. Lo digo porque me reconozco en ese gesto. He habitado ese lugar. He admirado la lucidez sin consecuencias. He justificado la parálisis con argumentos estéticos. Y sin embargo, cada vez que alguien se atreve a ganar, siento una mezcla de admiración y vergüenza. Porque ganar exige renunciar a ciertas coartadas. Exige exponerse. Exige decidir.
No nos equivoquemos. Pensar no basta. Tener razón no basta. Creer, menos todavía. Lo que importa es convertir esa razón en fuerza. Esa fuerza en decisión. Esa decisión en proyecto. Lo demás es consuelo. Lo demás es literatura. Por eso me inquieta esa frase latina que apenas se cita: increscunt animi, virescit vulnere virtus. La virtud crece en la herida. El ánimo se fortalece en el golpe. ¿Y nosotros? Nosotros soñamos con una virtud sin prueba. Con una herida que no duele. Con una cultura que consuela sin exigir. Con una espiritualidad que se admira pero no se compromete.
Y sin embargo, no todos han sido así. Hubo quienes comprendieron que el pensamiento sin praxis es una forma de evasión. Fernando Lles, por ejemplo, intentó una filosofía encarnada. No desde el sistema, ni desde la academia, ni desde el poder cultural, sino desde una especie de intemperie teórica. Su propuesta de una razón atravesada por la historia, por la fricción de los hechos, por la violencia de lo real, sigue siendo una rareza valiente. No idealizó el alma. La llevó al límite. La enfrentó con el cuerpo, con el hambre, con el poder. Lles sabía que la verdad es un forcejeo, no una iluminación.
Lo mismo puede decirse de Enrique Serpa. Su narrativa no construyó altares. Mostró la brutalidad sin filtro. Enseñó que una espiritualidad que no se ensucia con el mundo es una máscara hueca. Su lenguaje, abrupto y seco, anticipó lo que muchos aún se niegan a aceptar: que el alma necesita del cuerpo, que el pensamiento necesita de la experiencia, que sin riesgo no hay visión. Labrador Ruiz, por su parte, eligió el pensamiento sin ornamento. Su estilo, seco y directo, fue una forma de honestidad. Y Lino Novás Calvo encarnó el gesto último del escritor que escribe no desde la autoridad, sino desde la intemperie, donde la única habilidad que cuenta es la de no desaparecer.
Frente a ellos, frente a esos gestos de riesgo, la espiritualidad cultural de muchos de nosotros parece un gesto de supervivencia simbólica. Y no se trata de renegar de eso. Pero sí de comprender que una espiritualidad sin eficacia es una forma de autoengaño. Que el alma que no toca el mundo acaba flotando en la irrelevancia. Que la cultura no debe ser una reserva moral, sino una estrategia de intervención. Que la virtud que no sangra es una ficción piadosa.
Y lo que más duele no es haber creído. Lo que más duele es haber creído sin consecuencias. Es haber pensado sin atreverse a actuar. Es haber amado la inteligencia sin darle cuerpo. Y por eso, sin poder renunciar del todo a esa espiritualidad que me formó, me veo obligado a herirla. Porque solo en la herida puede crecer algo. Porque solo en el desgarramiento puede nacer otra forma de estar en el mundo. Y si alguna esperanza queda, no será un consuelo. Será una herramienta. O no será nada.