Por El Coloso de Rodas

He llegado a aceptar, no sin cierta resistencia interna, que toda forma de cultura, incluso la más subversiva, nace de una regla. Hay en el gesto cultural, incluso en el más espontáneo o marginal, una secreta obediencia. No se trata, claro está, de sumisión al poder ni de adhesión a una autoridad exterior, sino de algo más hondo, una forma de fidelidad a un orden interno, a una exigencia que no se impone desde fuera, sino que arde desde adentro.
La cultura, por más libre que se proclame, es una trama de restricciones. Una línea de versos obedece al ritmo; una sinfonía al compás; una obra de pensamiento a la lógica, o al menos a una coherencia que le da forma y sentido. Quien crea, obedece. No al público, no al régimen, no al mercado. Obedece al lenguaje, a la música, a la forma. A ese invisible patrón que dicta cuándo algo se sostiene y cuándo se desmorona por exceso de ruido. Esto lo he comprendido a través del fracaso. De los textos que no lograron decir nada, de las páginas torcidas por el exceso de libertad mal entendida. Porque sin límite no hay dirección. Y sin dirección no hay obra.
No hablo de moral ni de censura. Hablo de estructura. Hablo de la necesidad interna que tiene el arte de no caer en el capricho. Incluso cuando se vuelve contra sí misma, la cultura sigue obedeciendo a la necesidad de negarse con precisión. Se puede romper una regla, sí. Pero sólo si se conoce. Lo contrario no es rebeldía, es ruido. En este tiempo de dispersiones donde todo parece valer lo mismo se ha debilitado la idea de rigor. Ya no se exige que una obra responda a una forma, sino apenas que genere impacto. Se confunde expresión con exterioridad. Y se celebra la inmediatez como si fuera profundidad.
Sin embargo, en lo íntimo de toda obra perdurable hay un núcleo de orden. No como imposición, sino como fidelidad. Un poeta no obedece a nadie, pero escucha una música que no puede traicionar. Un pensador no repite, pero tampoco improvisa. La cultura verdadera, si es que aún podemos hablar así, exige una entrega a la regla, una humildad frente a la forma. Y es eso, tal vez, lo que hoy se llama crisis, la dificultad creciente para aceptar que la libertad verdadera empieza cuando uno se somete a una necesidad que no elige. La necesidad del ritmo, del argumento, de la imagen precisa. El deber silencioso que impone el lenguaje cuando se lo toma en serio. No se trata de obedecer ciegamente sino de saber dónde empieza el sentido. No todo vale. No todo comunica. No todo es cultura. Y hay que tener el coraje de confesarlo.
Por eso afirmo, sin querer parecer dogmático, que en la raíz de toda cultura hay una voluntad de forma. No una forma impuesta, sino descubierta, hallada en el proceso mismo de creación. Lo que parece espontáneo ha sido muchas veces trabajado hasta la extenuación. Lo que se presenta como libre ha obedecido a un orden íntimo. Y es ese orden, secreto, inapelable, el que otorga valor. Dese luego, crecí creyendo que la cultura era libertad. Que todo acto creativo era, por definición, un escape. Con los años entendí que no hay verdadera creación sin disciplina, sin renuncia, sin obediencia a un patrón que a menudo nos antecede. El artista, el pensador, incluso el que escribe desde la rebeldía, responde a una ley que no ha escrito pero que reconoce como propia.
Me es claro ahora que esa ley no es una limitación, sino una fuente. El lenguaje impone su gramática, pero también abre caminos. La música impone su escala, pero también sugiere lo inédito. La filosofía exige claridad, pero también permite el vértigo. Lo que parece regla es en verdad posibilidad. Lo que parece traba es en verdad impulso.
Y si insisto en esta confesión es porque he sentido la tentación de lo contrario. De soltarme, de escribir sin freno, de crear sin marco. El resultado ha sido siempre el mismo, confusión. No hay fuego sin estructura que lo contenga. No hay intensidad sin forma que la sostenga. No hay cultura sin obediencia a un orden, aunque ese orden sea, a veces, apenas un susurro. Hoy, cuando todo se presenta como válido, cuando la consigna es liberar sin preguntar, cuando se habla de autenticidad como sinónimo de espontaneidad sin medida, siento la necesidad de decir esto, la cultura no es cualquier cosa. No todo lo que se expresa merece el nombre de obra. No todo grito es canto. No toda ocurrencia es pensamiento.
Quisiera que no se entendiera esto como elitismo. No lo es. Es respeto. Respeto por la palabra, por la forma, por la tradición que nos habla desde atrás. Respeto por el lector, por el espectador, por el otro. Respeto por la dificultad. Porque sólo en la dificultad se prueba la necesidad de lo que se dice. He aprendido a dudar de lo fácil. A sospechar del efecto inmediato. A desconfiar del aplauso prematuro. Lo que vale tarda. Lo que perdura resiste. Y en medio de la fugacidad de nuestros días, sólo aquello que obedece a una necesidad íntima tiene alguna posibilidad de quedar.
Por eso vuelvo, con humildad y sin resignación, a la idea de regla. No como cárcel, sino como camino. No como dogma, sino como punto de partida. La regla no oprime, delimita. Y en ese límite se despliega todo lo que vale la pena pensar, sentir, decir o escribir. Y si esta confesión ha servido de algo, que sea para recordar que la cultura no es ruido. Es forma. Es exigencia. Es obediencia lúcida a algo más grande que nosotros mismos, el lenguaje, la belleza, el pensamiento. Eso que nos da forma mientras intentamos, torpemente, formar algo.
He llegado también a intuir que la obediencia en la cultura no es capricho ni tradición, sino respuesta a un pacto no escrito. Ese pacto es simple y a la vez inquebrantable. Si hablamos, si creamos, si expresamos algo, es porque compartimos un suelo común. El suelo es la regla. La palabra sólo dice algo si hay otro que pueda entenderla. Esa es la verdadera obediencia, la que hace posible que el sentido emerja y no se disuelva en la confusión. No es una imposición externa, es el acto de sostener el puente entre uno y el otro. El gesto de decir algo que pueda ser escuchado sin perderse en el ruido. Y eso, aunque no siempre se vea, es una forma de obediencia.
En la medida en que la cultura persiste como forma, incluso en su mutación, en su transgresión o en su crítica, se hace evidente que no puede escapar al hecho de que hay condiciones para que una obra sea tal. Lo que se recibe como cultura no es el simple testimonio de una interioridad sino la manifestación de una voluntad que ha sabido organizarse, que ha podido someterse a una estructura, a un código, a una sintaxis, a una música, a una arquitectura del decir. La obra cultural no se improvisa. Se construye. Y esa construcción no es azarosa sino rigurosa. Está hecha de elecciones, de negaciones, de silencios, de énfasis. Cada gesto tiene peso. Cada omisión también.
El que crea, crea en sociedad. Y esa sociedad, aunque sea imaginada, se rige por reglas. Incluso cuando se rompe con ellas. Romper sin conocer es destruir sin saber. Pero romper sabiendo lo que se rompe puede ser un acto de lucidez. La verdadera innovación no es arbitraria, es consciente. La verdadera originalidad no ignora, transforma. Y esa transformación, para que tenga sentido, necesita una referencia. Necesita una ley que se pueda transgredir con inteligencia. Esa es la paradoja de la cultura. Que para poder avanzar necesita conservar. Que para poder decir algo nuevo necesita haber escuchado lo antiguo. Que para poder liberarse necesita antes haber obedecido.
En este punto, acaso sea legítimo preguntarse cómo sería recibido hoy, en medio del ruido y la banalidad, un ensayo como La crisis de la alta cultura en Cuba de Jorge Mañach. ¿Sería comprendido en su rigor, en su exigencia, en su vocación de forma y sentido, o sería archivado como una reliquia elitista de un tiempo en el que la cultura todavía se atrevía a exigir obediencia a la forma? Y si acaso alguien respondiera, ¿no habría que preguntarse primero si no es ya en sí misma una tautología la expresión «crisis de la alta cultura», como si la alta cultura pudiera, en verdad, sobrevivir sin ese temblor constante que le da sentido?
Estas son señales conspicuas, de las que hablaremos en otro momento.