Por KuKalambé

Apoyé los brazos sobre la reja oxidada del estadio. La estructura seguía en pie, pero ya no respondía a la función que le daba sentido. A mi lado, Carlos sostenía un cigarro apagado. No fumaba. Sólo lo mantenía entre los dedos como un gesto que lo vinculaba con otro tiempo. Hablaba sin desviar la mirada del terreno:

—Este lugar fue un centro de cohesión simbólica. Aquí se concentraba la narrativa de país, el relato compartido de pertenencia. Cada juego constituía un acto litúrgico. Cada jugador representaba una figura de acceso colectivo a lo épico. El estadio producía sentido. Era un dispositivo de fe.

El deterioro no lo afectaba tanto por razones estéticas. Lo que le dolía era la pérdida de una gramática común. Ya no había reglas compartidas para interpretar lo que sucedía. Me describió la escena de la noche anterior. Un partido de fútbol interrumpido por una obra de teatro. Aplausos sin motivo deportivo. Entradas y salidas de actores confundidos con los jugadores. El público sin criterio para distinguir el evento. Concluyó:

—Esto no es un evento cultural. Es una colisión de formatos. No hay jerarquía, no hay intención clara. Es un simulacro de pluralidad en estado de dispersión. Una polis desprogramada.

Entonces apareció Mariela. Llevaba un cuaderno de notas, gafas desajustadas y una expresión de entusiasmo metódico. Afirmó que el estadio había evolucionado. Que ya no se restringía al deporte, sino que operaba como un espacio de articulación comunitaria. Enumeró actividades; fútbol, teatro, arte, danza, política, talleres de alfabetización. Dijo que se trataba de un modelo integrado de participación ciudadana. Llamó al estadio “la polis viviente”.

Carlos rechazó la idea. No por rechazo al arte ni al uso colectivo del espacio, sino por lo que identificaba como una disolución de criterios. Mencionó la presencia simultánea de un lector de poesía militante, una multitud repitiendo consignas, y niños jugando con aplicaciones digitales. Definió la situación como un fenómeno de saturación simbólica. Dijo:

—Esto no es una polis. Es una interfaz de confusión. Un sistema sin prioridades. La acumulación no es un valor en sí mismo. La simultaneidad sin dirección no genera significado, sólo ruido.

Mariela defendió su posición. Sostuvo que la multiplicidad es una forma de libertad. Que el pueblo necesita espacios abiertos al lenguaje múltiple, sin estructura hegemónica. Habló del estadio como “laboratorio de sentidos”. Carlos, en respuesta, planteó que la libertad sin orientación puede derivar en parálisis interpretativa. Dijo que el estadio funcionaba ya como una plataforma bipolar. Cada actividad cancelaba o neutralizaba a las otras. Y que ese ruido celebratorio enmascaraba una incapacidad estructural para elegir.

En ese momento pasó un niño. Tenía un balón desinflado y un libro de poesía. Tropezó, cayó, se levantó, y dijo sin énfasis: “¿Y si el estadio solo quiere ser niño, y jugar sin decidir qué es?” Ninguno de los tres supo responder. La frase, pese a su ambigüedad, capturaba una verdad: el espacio había perdido su identidad funcional sin adquirir una nueva.

Carlos repitió su preocupación central, el béisbol. No como deporte, sino como ritual nacional. Como evento de cohesión emocional. Lo que extrañaba no era el juego, sino la certeza de una experiencia compartida que no requería explicación.

Llegó entonces el Capitán Hernández. Uniforme planchado, botas limpias, lenguaje protocolar. Su discurso fue una síntesis del enfoque institucional. Aceptó el valor histórico del béisbol, pero argumentó que la Revolución exigía adaptabilidad. Habló de deporte, arte, pensamiento estratégico, como componentes de una cultura integral. Planteó que el estadio debía convertirse en un núcleo multifuncional. Lo llamó “la democracia castrense”.

Carlos ironizó con la idea. Propuso, con mordacidad, que se convirtiera el estadio en zoológico temático, para exhibir al turista la fauna política nacional. Dijo: “Esto ya no es un estadio. Es un dispositivo de agitación con agenda cultural”. El Capitán no desmintió. Admitió la posibilidad de una identidad bipolar. Afirmó que esa condición era síntoma de vitalidad. Que en la mezcla contradictoria residía la fuerza adaptativa de la nación.

Mariela reforzó el argumento. Rechazó la noción de bipolaridad y propuso otra: multifacética. Dijo que Cuba debía asumirse como un sistema de disonancias. Un coro que no busca armonía sino convivencia. Que la contradicción no era un error, sino una propiedad estructural. Carlos no respondió. Miró el campo vacío, y comprendió —o tal vez sólo formuló— que el malestar no venía del cambio, sino de no haber podido intervenir en su dirección. Dijo:

—Extraño saber, sin palabras, qué era eso que nos hacía vibrar.

El Capitán concluyó. Sin solemnidad, sin énfasis. Dijo:

—Seguimos aquí. Vibrando. No sabemos si de fiebre o de fe. Pero seguimos.

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