Por Alma Rubén
Nunca he dejado de experimentar una íntima repulsión frente a cierto tratamiento terapéutico del pensamiento, esa forma contemporánea de convertir la cultura en una suerte de bálsamo emocional para una subjetividad empobrecida, donde la lectura se prescribe como una forma de higiene mental, el arte se administra como placebo para las crisis existenciales y la filosofía queda reducida a una gimnasia leve del espíritu, todo ello en nombre de una sensibilidad impostada que disfraza la evasión con ropajes de profundidad, como si pensar fuera una actividad orientada únicamente a calmar la ansiedad y no, como yo lo entiendo, un ejercicio que implica riesgos, rupturas, violencia interna, dislocación de las certezas, es decir, un verdadero trabajo del alma.
En esta operación discursiva se realiza una liquidación progresiva del pathos del pensamiento, de su dimensión trágica e incalculable, y se lo reconduce hacia zonas seguras, funcionales, adaptativas, donde la vida interior ya no se concibe como un campo de batalla sino como un espacio de regulación emocional, como una cámara de eco de las propias fragilidades, como un refugio climatizado, perfectamente iluminado por la lógica de la autoayuda. A este proceso, que ya no pertenece a una escuela de pensamiento sino más bien a un clima epistémico y afectivo dominante, lo he llamado en más de una ocasión positivismo terapéutico, no porque contenga una doctrina coherente, sino porque responde a una racionalidad blanda, pragmática, eficaz, que transforma toda inquietud espiritual en demanda de equilibrio, todo drama de conciencia en déficit de autoestima y toda disonancia cognitiva en oportunidad de bienestar emocional.
Al volver a Jorge Mañach, especialmente a su ensayo La crisis de la alta cultura en Cuba, no pude evitar reconocer en sus reflexiones una intuición premonitoria de este fenómeno, aunque expresada en términos propios de su época y de su sensibilidad intelectual, más cercana al clasicismo que a la sospecha posmoderna. Lo que Mañach denuncia en ese texto, más allá de su preocupación por la pérdida de referentes culturales, es una transformación profunda del sujeto, un cambio en la estructura misma del alma, un proceso por el cual la cultura deja de ser una potencia formativa, una exigencia ética, una llamada al ascenso, para convertirse en ornamento, en adorno espiritual, en mercancía simbólica o en coartada para la simulación. Su crítica no es académica ni doctrinaria, sino elegíaca, escrita desde un sentimiento de pérdida, desde un extrañamiento radical frente a su país y a su tiempo, desde una conciencia que no ha encontrado ya un lugar habitable en la realidad circundante y que por eso mismo habla con la dignidad de quien ha sido arrojado fuera de su propia época.
No se trata simplemente de un lamento por la caída del nivel cultural, sino de una meditación sobre el eclipse de una idea fuerte de formación, sobre la desaparición de una aspiración vertical que daba sentido a la vida interior y que hoy parece diluirse en una cultura del entretenimiento espiritual, donde la experiencia estética se transforma en consumo liviano y la lectura en pasatiempo elegante. Sin embargo, y aquí reside la paradoja que me sigue interpelando, el propio Mañach, en su lucidez crítica, no logra desprenderse del todo de la matriz ilustrada de la cual proviene el mismo positivismo que hoy muta en su versión terapéutica. Hay en él una fe residual en que la cultura puede seguir funcionando como instrumento de restauración moral, como vehículo de elevación espiritual, como forma de redención civilizatoria, como eidos regulador de la vida común.
Este residuo, que podríamos calificar como una herencia no del todo disuelta del positivismo histórico decimonónico, se manifiesta en su confianza en la perfectibilidad del sujeto mediante el saber, en la posibilidad de ordenar la vida a través del pensamiento metódico, en la función normativa de la cultura como una especie de pedagogía del espíritu. En ese sentido, Mañach diagnostica el síntoma pero no rompe completamente con la lógica que lo produce. Aun cuando advierte la banalización creciente de la alta cultura, su apuesta por salvarla descansa en una idea de sujeto que, en el fondo, sigue articulada por un optimismo racionalista que presupone que el saber esclarece, que la razón ordena, que el espíritu, una vez disciplinado, puede elevarse. Y es precisamente esta fe lo que vuelve trágica su posición, porque habla desde una conciencia que ya no encuentra condiciones históricas para realizar lo que proclama, pero tampoco puede renunciar a ello sin traicionarse.
Esa tensión entre la crítica y la fidelidad, entre el diagnóstico y la nostalgia, entre el desencanto y la lealtad al ideal, es lo que da a su ensayo su fuerza persistente, porque no se entrega ni al cinismo ni a la complacencia, porque no se vuelve un reaccionario ni un pragmático, porque mantiene abierta una pregunta radical sobre la posibilidad misma de una vida intelectual digna en medio de una sociedad que ha convertido el pensamiento en un bien de consumo más. Su voz incomoda porque exige, porque no se acomoda, porque no promete alivio. Leerlo hoy, en un contexto donde la subjetividad se gestiona emocionalmente, donde la lectura es recomendada como práctica de mindfulness, donde el pensamiento crítico se desactiva por su presunta negatividad, significa resistir al imperio del bienestar como criterio absoluto.
Mañach no ofrece recetas, pero tampoco se retira en el silencio; su escritura es una forma de intervención, una afirmación de que la cultura no puede perder su dimensión trágica, su carácter problemático, su capacidad de herir y transformar. Si he vuelto a él es porque su gesto —aun con sus límites— representa una forma de fidelidad a lo que considero irrenunciable: la cultura como trabajo de sí, como formación ética, como riesgo, como intensidad. Frente al positivismo terapéutico que todo lo convierte en superficie pulida, Mañach nos devuelve el vértigo de la altura.
La tensión es evidente. Por un lado, Mañach deplora con una fuerza casi profética el deterioro de la cultura en una Cuba que se desliza hacia la trivialización estética y la funcionalidad técnica. Pero por otro lado, permanece anclado a una idea de la cultura que sigue portando la promesa de claridad, de forma, de consistencia. Esa confianza en la alta cultura no se rompe, aunque se vea amenazada. Y esa paradoja no lo debilita, al contrario, lo vuelve más verosímil, más trágico, más humano. Habida cuenta que su discurso no nace de una posición de exterioridad total frente al objeto criticado, sino de una pertenencia desgarrada. Habla desde adentro, desde el mismo núcleo que ve resquebrajarse, con la voz de quien no se ha exiliado espiritualmente del mundo que examina, sino que aún lo habita con una mezcla de desilusión y fidelidad.
Y aquí radica lo que todavía hoy me conmueve. Mañach no escribe desde el confort de quien contempla la decadencia desde una torre blindada, sino desde la intemperie de quien ha sido formado por esa misma cultura que ahora se desvanece. No hay en él cinismo ni complacencia, sino una melancolía activa, un pathos intelectual que no cede al resentimiento ni se disuelve en retórica. Lo que está en juego para él no es un canon, no es un prestigio, no es una forma elitista de consumo simbólico. Es el destino mismo del sujeto que piensa, que se forma, que lucha por conservar una vida interior ante el empuje demoledor de la exterioridad espectacular. Y es en esa fidelidad sin ingenuidad, en esa lucidez sin amargura, donde reside su fuerza.
Ese empuje, hoy, ha mutado. Ya no se presenta con la crudeza de una barbarie antiintelectual, sino con la dulzura pegajosa de lo que seduce y adormece. La cultura se ofrece como terapia, el arte como mindfulness, el pensamiento como coaching. Se nos dice que pensemos, sí, pero sin incomodar, sin interrumpir, sin alterar. Y se nos persuade de que toda exigencia es violencia, de que toda forma de severidad es autoritarismo, de que todo pathos es disfuncional. En ese contexto, la voz de Mañach suena casi anacrónica, pero también necesaria, como un llamado a reconstituir el espacio perdido de la cultura como exigencia y como riesgo. Leerlo es recordarse que hubo un tiempo en que pensar dolía, en que pensar implicaba enfrentarse con uno mismo, en que pensar era una forma de ponerse en juego.
Si algo supo Mañach, incluso con sus ambigüedades, fue que la cultura no es consuelo. No es anestesia. No es refugio blando. Es espacio de transfiguración. Es fuerza crítica. Es ascesis interior. Y toda cultura que renuncia a ese núcleo innegociable no es más que espectáculo de sí misma. Por eso lo leo no para consolarme, sino para incomodarme. No para volver a una forma de pasado idealizado, sino para encontrar las huellas de un combate espiritual que hoy parece desactivado por completo. Y, sin embargo, todavía late bajo la superficie. La tensión que él vivió entre crítica y esperanza, entre advertencia y compromiso, entre herencia y ruptura, es la misma que atraviesa a quienes no quieren resignarse a que el pensamiento se convierta en una forma amable de distracción.
Mañach intuyó que el deterioro de la alta cultura no era solo un asunto de contenidos, sino de sujetos. Que lo que estaba desapareciendo era una forma de vida exigente, un tipo humano que encontraba en el cultivo de sí una tarea vital. Y aunque su análisis no emplea las categorías actuales, aunque no nombra el fenómeno como lo hacemos hoy, se aproxima a lo que llamamos positivismo terapéutico. Esa racionalidad afectiva, sin conflicto, sin dramatismo, sin heridas, que convierte el pensamiento en instrumento de bienestar. Esa tendencia que no es teoría sino atmósfera, que no impone un dogma sino una sensibilidad, que no manda pero persuade, que no prohíbe pero disuelve. El pensamiento, en ese clima, ya no se lanza contra el mundo, ni contra sí mismo, sino que busca acompasar, regular, moderar. Y en ese gesto se vuelve decorativo, inofensivo, autocomplaciente.
Mañach, sin nombrarlo así, ya lo presentía. Denunciaba la sustitución del ethos por el gusto, del rigor por la astucia, de la inquietud por el estilo. Percibía que la alta cultura comenzaba a desfigurarse en prestigio social, en simulacro de profundidad, en coartada para el esnobismo ilustrado. Pero al mismo tiempo, seguía creyendo que la cultura podía salvar, que aún era posible una pedagogía del espíritu, que el pensamiento, si se le devolvía su severidad, podía cumplir una función regeneradora. Y es aquí donde asoma otra ambivalencia que no conviene esquivar. El propio Mañach, con toda su penetración crítica, no se desprendió del todo del legado ilustrado del que brota en parte la lógica terapéutica que ahora rechazamos. En su concepción de la cultura como instrumento de formación hay un eco del viejo positivismo histórico, esa fe decimonónica en la perfectibilidad del ser humano a través del saber, esa confianza en que el orden del conocimiento puede convertirse en orden de vida, esa esperanza en que la claridad pueda redimir al sujeto de su confusión.
No hay en ello una contradicción total, sino una tensión no resuelta. La crítica que Mañach dirige a la decadencia cultural tiene lugar dentro de un horizonte que aún cree en la función normativa de la razón, en la posibilidad de una restauración espiritual mediante la educación del gusto, la disciplina del pensamiento y la elevación de la sensibilidad. Y si bien ese ideal parece hoy desfasado, también puede ser visto como una reserva ética frente al cinismo contemporáneo. Tal vez lo que necesitamos no es renunciar a esa herencia, sino despojarla de sus ilusiones ingenuas, de sus automatismos pedagógicos, de su confianza en el progreso lineal. Tal vez lo que se impone es recuperar la gravedad del pensamiento sin convertirlo en receta, sin reducirlo a una pedagogía de la calma. Tal vez leer a Mañach sea una forma de ensayar esa recuperación.
Y por eso vuelvo a él. No por nostalgia. No por tradición. No por patriotismo. Sino porque en su voz mantine una exigencia que no hemos sabido reemplazar. Hay algo irreductible en su incomodidad. Desde luego, su fidelidad no fue servil y su crítica no fue rencorosa. Porque supo escribir desde el lugar difícil de quien pertenece a aquello que denuncia. Mañach supo sostener la tensión sin traicionar ni claudicar. Entendió que pensar no es aliviar. Es abrirse a la incomodidad de no saber del todo quién se es ni hacia dónde se va. Y porque si algo sigue teniendo sentido en este tiempo blando, es esa forma de valentía. La valentía de pensar sin buscar consuelo.
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