El placer antropotécnico en Lezama Lima

Paradiso y Oppiano Licario son novelas del placer, pero no en el sentido trivial del entretenimiento, sino en el sentido radical de una poética de la existencia. El placer en Lezama no se limita a la carne, aunque la celebre; no se agota en la palabra, aunque la desborde; no se reduce a la estética, aunque la sublime. Es, en última instancia, el principio que organiza su sistema poético del mundo. A través del placer, Lezama convierte la vida en banquete, la escritura en resistencia, la imagen en eternidad. En un tiempo de censura y dogma, su literatura se erige como testamento barroco de que solo el placer —la voluptuosidad de la imagen, la proliferación de la metáfora, el goce de la palabra— puede vencer a la muerte y ofrecer al hombre una forma de salvación. Paradiso es la iniciación, Oppiano Licario es el testamento, y en ambos la lección es la misma: el placer es la única vía de conocimiento, la única forma de eternidad, el único camino para hacer de la literatura un evangelio alternativo que trasciende el acto mecánico de leer y convierte la vida en un sistema poético del mundo.

Por Galán Madruga

A la antropología del placer le falta todavía su técnica, su entrenamiento y su gramática de los ejercicios. Hablar del placer en la obra de José Lezama Lima equivale a penetrar en el corazón de un universo literario donde la palabra se transforma en cuerpo gozoso y donde la escritura no se limita a narrar sucesos ni a registrar realidades, sino que se abre como un banquete interminable de metáforas. En ese espacio verbal, el placer no figura como tema decorativo ni como gesto accesorio, se erige más bien como la médula misma de un sistema poético que busca transfigurar la vida en arte y el arte en experiencia trascendente. En Paradiso y en Oppiano Licario, los dos grandes pilares de su narrativa, el placer se revela como voluptuosidad de la imagen, como disciplina de la metáfora, como camino hacia un conocimiento que no reconoce límites, como acto de resistencia frente a la censura, y como pedagogía de la vida que eleva lo inmediato hasta la categoría de eternidad. Tal concepción no se agota en la representación del goce sensorial, sino que organiza la respiración misma del estilo, la cadencia de la frase y la expansión de un barroquismo que se entrega a la abundancia con la serenidad de quien reconoce en la palabra el único refugio contra la nada.

Desde el comienzo de Paradiso se percibe la distancia que separa a Lezama de la narrativa convencional. La novela no avanza como un relato lineal ni se ajusta a la economía narrativa, se dilata en imágenes que se superponen, se abre en metáforas que desbordan la anécdota y exigen al lector un pacto de complicidad. Una de las frases que permanecen en la memoria proclama: “El mundo se me abre como una granada madura”. Ese instante condensa la concepción lezamiana del placer como explosión de sentidos, como despliegue que ofrece sus semillas sin agotarse nunca. La infancia de José Cemí, lejos de aparecer como simple serie de episodios de formación psicológica, se presenta como itinerario de placeres microscópicos que ascienden hasta alcanzar valor universal. El timbre de la voz paterna, convertido en música de la memoria, los aromas de la cocina que devienen sinfonía doméstica, la amistad que se transforma en comunión verbal y erótica, todo ello actúa como anuncio de una estética donde cada detalle participa de la revelación de la vida y de la sacralización de lo cotidiano.

La prosa lezamiana no se limita a registrar acontecimientos, construye un espacio donde la sintaxis misma se goza. El barroquismo no comparece como adorno, se erige como ejercicio de voluptuosidad. Cada frase se abre como abanico, cada párrafo se expande hasta ocupar un territorio donde la respiración del estilo se convierte en placer autónomo. Cintio Vitier observó que en Lezama la poesía es lo contrario de la economía del lenguaje, es despilfarro, es derroche. Ese derroche constituye la afirmación de que la escritura no es solamente medio de comunicación, es un cuerpo que se celebra a sí mismo. La estética del placer se inscribe entonces en el gesto de no conformarse con la sobriedad, de preferir siempre la abundancia, de multiplicar los sentidos hasta el infinito.

En este punto la teoría del goce adquiere pertinencia. Lacan distinguía el placer del goce al señalar que el primero se somete a la ley y a la regulación del principio de realidad, mientras que el segundo desborda, traspasa, atraviesa el límite. En Lezama, la escritura parece más próxima al goce que al placer en sentido restringido, ya que la metáfora no se contiene, se desborda, no se modera, se multiplica. La sintaxis de Paradiso es la puesta en acto de un goce verbal que no admite restricciones, que se complace en el exceso y que solo encuentra legitimidad en su propia proliferación. Cada metáfora que se extiende es un gesto de goce, cada frase que se alarga desafía el límite y convierte la escritura en experiencia de intensidad.

Epicuro había concebido el placer como principio y fin de la vida feliz, aunque bajo la forma de serenidad y ausencia de dolor. En Lezama esa lección se transmuta en exceso, en proliferación, en acumulación interminable. Allí donde el jardín epicúreo recomendaba la moderación, la pluma lezamiana levanta un universo de saturación. No se trata de un hedonismo vulgar que se conforme con la satisfacción inmediata, se trata de un hedonismo poético que reconoce en el exceso una vía hacia lo trascendente. La amistad entre Cemí, Fronesis y Foción funciona como campo experimental de esta estética. Sus interminables conversaciones, cargadas de erudición, humor y sensualidad, son al mismo tiempo ejercicio intelectual y banquete verbal. En esas tertulias, la palabra se abre como fuente inagotable, y la vida se concibe como festín. Ese hedonismo de la escritura se convierte en camino de formación, en pedagogía barroca donde la existencia se piensa en clave de abundancia.

Freud describió el principio del placer como pulsión que tiende a reducir tensiones y que se enfrenta al muro del principio de realidad. En Lezama esa definición se transmuta. La cultura no regula el placer, la cultura se erige como sistema de placer. La metáfora se convierte en técnica que transforma la represión en banquete. Paradiso puede leerse como psicoanálisis barroco, pues el inconsciente no se limita a confesarse, se multiplica en imágenes. El placer no se reduce a tensión biológica, se convierte en metáfora inagotable. La novela no relata lo reprimido, lo transfigura en proliferación de sentidos. El goce lezamiano consiste precisamente en esa capacidad de transformar la falta en exceso, la carencia en banquete, la herida en metáfora que no cicatriza, sino que se abre y se multiplica.

Nietzsche proclamó la afirmación del cuerpo y de la sensualidad como única respuesta posible frente a la moral ascética. Lezama retoma esa afirmación y la proyecta en la imagen. Donde Nietzsche anunciaba la muerte de Dios, Lezama respondía con la resurrección de la palabra. En Paradiso, el eros se manifiesta como vía de conocimiento. La célebre escena homoerótica entre Cemí y Fronesis, tantas veces censurada, se convierte en epifanía que revela que el placer corporal no degrada, eleva. El contacto de los cuerpos se transfigura en metáfora universal, la carne se convierte en escritura, el deseo en revelación. En La cantidad hechizada se lee que la imagen es la única posibilidad de vencer a la nada, y puede añadirse que el placer constituye la energía que permite a la imagen persistir. Así, el hedonismo lezamiano se distancia del simple goce sensorial y se convierte en experiencia metafísica, en afirmación de la vida mediante la escritura.

La sintaxis lezamiana encarna este principio. Cada frase se prolonga como si quisiera eternizarse, cada oración se convierte en espacio donde el lector debe demorarse. La ausencia de economía verbal no es descuido, es técnica del exceso. El placer de la escritura se convierte en mandato estético. Eliseo Diego afirmó que leer a Lezama era asistir a un banquete, y en ese juicio se resume la experiencia de quien se enfrenta a sus páginas. El lector no avanza con ligereza, se deja arrastrar por un ritmo que impone lentitud, que reclama contemplación, que transforma la lectura en un rito de iniciación.

En Oppiano Licario, publicada de manera póstuma, el placer adquiere un matiz distinto. Allí se convierte en disciplina espiritual. La novela resulta más hermética que Paradiso, más austera, aunque en ella el goce de la imagen se refina en búsqueda de eternidad. Oppiano encarna al sabio que reconoce en la imagen el único acceso a lo perdurable. Si en Paradiso el placer se celebraba como descubrimiento y como banquete, en Oppiano Licario se convierte en método, en camino hacia lo inmortal. La amistad, el eros y la conversación se transfiguran en ejercicios de conocimiento. Lezama afirma que la eternidad es la persistencia de la imagen, y en esa afirmación se condensa la convicción de que el placer, trabajado y disciplinado, puede vencer a la muerte.

El paso de Paradiso a Oppiano Licario demuestra la coherencia del sistema lezamiano. El placer no es accidente narrativo, es principio ontológico. Primero aparece como celebración, luego como disciplina. Primero se experimenta en la carne y en la palabra, después se convierte en sabiduría y en testamento. No existe contradicción, existe pedagogía. El placer enseña, inicia, salva. En un contexto donde la Revolución imponía sacrificio y ascetismo, Lezama respondió con banquete barroco. Allí donde se pedía realismo socialista, ofreció cosmos poético. Allí donde se reclamaba obediencia, desplegó exceso. Su estética del placer fue resistencia política y espiritual.

Roberto González Echevarría señaló que Paradiso es novela de la memoria y del cuerpo, que busca convertir la experiencia individual en alegoría universal. Esa universalidad se logra mediante el placer. El cuerpo de Cemí se convierte en cuerpo de la novela, y el placer de ese cuerpo se expande como placer de escritura. Rafael Rojas observó que Paradiso levantó un evangelio de la imagen frente al evangelio marxista que la Revolución pretendía imponer. Ese evangelio es, en última instancia, evangelio del placer. La imagen no se contenta con describir, se goza en su proliferación. Ese goce transforma la literatura en resistencia.

En los ensayos lezamianos también aparece esta dimensión. En La expresión americana sostiene que lo real maravilloso no consiste en acumular prodigios, sino en la capacidad de descubrir en la realidad el germen de lo poético. Ese descubrimiento constituye una forma de placer intelectual, un goce contemplativo que transforma lo banal en revelación. En La cantidad hechizada define la poesía como intento de fijar lo inasible, de atrapar lo que se escapa. Ese intento se vuelve placer, ya que implica disfrutar de lo imposible, encontrar alegría en la persecución de lo que huye siempre. La poética lezamiana convierte el placer en método metafísico. Gozar equivale a atrapar lo inasible, vivir significa multiplicar imágenes que salvan del vacío.

En definitiva, el placer en Lezama Lima no se reduce a tema ni a motivo. Es estética de la escritura. Organiza la sintaxis, da forma al barroquismo, convierte cada palabra en fiesta. Paradiso y Oppiano Licario son novelas del placer, pero no de un placer trivial, sino de un placer que se eleva como sistema poético del mundo. En ellas, la escritura se afirma como cosmos de abundancia, como disciplina de la metáfora, como pedagogía del goce. Lezama enseña que la literatura no debe ajustarse a la sobriedad, que la única manera de alcanzar la eternidad consiste en multiplicar imágenes, que la única forma de vencer a la nada es entregarse al banquete de la palabra.

La sintaxis lezamiana encarna este principio. Cada frase se prolonga como si quisiera eternizarse, cada oración se convierte en pasillo donde el lector debe demorarse y contemplar. La ausencia de economía verbal no es descuido, es técnica de exceso, método de abundancia, pedagogía de la dilatación. El placer de la escritura se impone como mandato. Eliseo Diego comentó alguna vez que leer a Lezama equivalía a asistir a un banquete, y en ese juicio se resume la experiencia de quien enfrenta esas páginas. El lector no avanza con rapidez, se deja arrastrar por un ritmo que exige lentitud, que reclama contemplación, que convierte la lectura en ritual, en ceremonia de ingreso a un templo verbal. Cada metáfora funciona como un plato servido, cada adjetivo como especia que se derrama, cada imagen como brindis que prolonga la fiesta. El goce de la escritura se manifiesta en la acumulación, en la proliferación que desborda cualquier intento de contención.

En Oppiano Licario, publicada de manera póstuma, el placer adquiere un matiz distinto. Allí se convierte en disciplina espiritual, se refina en búsqueda de eternidad. La novela, más hermética que Paradiso, más austera, sin embargo mantiene intacta la energía voluptuosa de la imagen. Oppiano, figura central, encarna al sabio que reconoce en la imagen el único acceso a lo perdurable. Si en Paradiso el placer se celebraba como descubrimiento y como banquete, en Oppiano Licario se convierte en método, en camino hacia lo inmortal. La amistad, el eros y la conversación se transfiguran en ejercicios de conocimiento. En una frase memorable, Lezama declara que la eternidad es la persistencia de la imagen, y en esa afirmación se condensa la convicción de que el placer, trabajado y disciplinado, puede vencer a la muerte.

La coherencia entre ambas novelas muestra que el placer no es accidente narrativo, es principio ontológico. Primero aparece como celebración, luego como disciplina. Primero se encarna en la carne y en la palabra, después se convierte en sabiduría y en testamento. No existe contradicción, existe pedagogía. El placer enseña, inicia, salva. El tránsito de Paradiso a Oppiano Licario marca la evolución de un goce que no se abandona nunca, que simplemente se transforma. En la primera obra la palabra es banquete, en la segunda la palabra es método de eternidad. Lezama nunca abandona el exceso, aunque lo disciplina, nunca renuncia al goce, aunque lo ordena.

El goce en Lezama se concibe como última realidad, como principio absoluto que organiza su sistema poético del mundo. Frente a un Estado que exigía sacrificio, que imponía ascetismo y obediencia, Lezama levantó un banquete barroco como forma de resistencia. Frente a la exigencia de realismo socialista, respondió con cosmos poético. Frente a la severidad del dogma, ofreció la exuberancia de la metáfora. En ese gesto se percibe una conciencia plena de que el placer no es solo estética, sino también política, porque elegir la abundancia frente al dogma implica un acto de libertad.

Roberto González Echevarría señaló que Paradiso es novela de la memoria y del cuerpo. Su ambición consiste en convertir lo individual en alegoría universal. Esa universalidad se logra a través del placer. El cuerpo de Cemí se convierte en cuerpo de la novela, y el placer de ese cuerpo se expande como placer de escritura. Rafael Rojas subrayó que Paradiso construyó un evangelio de la imagen frente al evangelio marxista que pretendía imponer la Revolución. Ese evangelio es, en esencia, evangelio del placer. La imagen no se contenta con describir, se goza en su proliferación. Ese goce convierte la literatura en resistencia, en refugio, en territorio de libertad frente a la norma.

Los ensayos de Lezama confirman esta visión. En La expresión americana afirma que lo real maravilloso no consiste en acumular prodigios, sino en la capacidad de descubrir en la realidad el germen de lo poético. Ese descubrimiento es placer intelectual, goce contemplativo que transforma lo banal en revelación. En La cantidad hechizada define la poesía como intento de fijar lo inasible, de atrapar lo que se escapa. Ese intento es placer, pues implica disfrutar de lo imposible, encontrar alegría en la persecución de lo que siempre huye. La poética lezamiana convierte el placer en método metafísico. Gozar significa atrapar lo inasible, vivir significa multiplicar imágenes que salvan del vacío.

El goce como última realidad atraviesa todos los géneros de su escritura. En la poesía, Lezama multiplicaba imágenes que buscaban apresar lo inefable, como si cada verso fuera red que tratara de capturar un pez imposible. En la prosa ensayística, el goce se manifestaba en la asociación libre, en la digresión que no teme desviarse, en el rodeo interminable que construye conocimiento por acumulación. En la narrativa, el goce se encarnaba en la voluptuosidad del estilo, en la respiración barroca que convertía la frase en celebración. La obra entera se sostiene en la convicción de que la literatura no es disciplina de la sobriedad, sino arte de la abundancia.

La teoría del hedonismo puede iluminar esta poética. Epicuro proponía un placer entendido como ausencia de dolor, como serenidad que no se inquieta. En Lezama, en cambio, el hedonismo se transforma en apuesta por la saturación. No se busca la calma, se busca el exceso. No se busca la serenidad, se busca la multiplicación de lo sensible. El placer se convierte en sistema poético que no teme a la desmesura. Y sin embargo, ese exceso no es caos, es orden barroco, es disciplina de la abundancia. En el universo lezamiano, el hedonismo se alía con la metafísica y el goce se transforma en última realidad.

Freud había distinguido el principio del placer como pulsión que reduce tensiones, siempre limitada por el principio de realidad. En la escritura de Lezama, ese principio se amplifica hasta desbordar cualquier límite. La metáfora no obedece a la economía de la tensión, sino a la proliferación. La cultura no regula el placer, la cultura se construye como placer. En ese sentido, Paradiso puede leerse como un psicoanálisis barroco: el inconsciente no se confiesa, se multiplica en imágenes. El placer no se domestica, se transfigura en metáfora infinita. El goce es aquí última realidad, experiencia que no necesita justificación externa, fundamento mismo de la escritura.

Nietzsche había exaltado la afirmación del cuerpo como única vía frente a la moral ascética. Lezama llevó esa exaltación al terreno de la imagen. En Paradiso, la célebre escena homoerótica entre Cemí y Fronesis no representa pecado ni transgresión banal, es revelación de un principio metafísico: el cuerpo se convierte en palabra, el deseo en metáfora, el placer en conocimiento. La resurrección de la imagen es también la resurrección del goce. La última realidad se manifiesta en la carne que se eleva a palabra, en el estilo que convierte el exceso en disciplina, en la metáfora que vence a la nada.

El riesgo de leer a José Lezama Lima desde un ángulo puramente esteticista es reducir su concepción del placer a un exceso verbal, a un barroquismo sin finalidad más allá de sí mismo. Esa lectura, frecuente entre quienes lo exaltan como genio de la metáfora, pierde de vista que en Lezama el goce no se limita a ornamento, sino que se inscribe en un horizonte donde lo humano se forma y se disciplina a través de la escritura. Sin un aspecto antropotécnico, la poética lezamiana corre el peligro de ser entendida como puro lujo, como retórica desligada de la vida.

En Paradiso, los placeres que atraviesan la infancia de Cemí no se reducen a experiencias sensoriales. La voz paterna, los olores de la cocina, la amistad convertida en comunión erótica y verbal son ejercicios de iniciación. El goce no es aquí un regalo caprichoso, es entrenamiento. Sin embargo, una lectura reduccionista podría detenerse en la voluptuosidad del estilo y olvidar que detrás de cada metáfora hay una técnica de formación: aprender a demorarse, aprender a resistir el vértigo de la imagen, aprender a vivir en exceso como quien entrena la mirada para soportar lo inasible.

Oppiano Licario lo muestra con mayor claridad. Allí el placer se disciplina hasta convertirse en método espiritual. La frase lezamiana “la eternidad es la persistencia de la imagen” apunta a una técnica de permanencia, a un ejercicio de constancia frente al tiempo. Si se reduce ese principio a estética del exceso, se pierde la dimensión práctica de la obra: su propuesta de un modo de vida basado en la perseverancia del goce. El placer no es aquí un lujo pasajero, es práctica formativa, entrenamiento de la memoria y del espíritu.

Los ensayos refuerzan esta idea. En La cantidad hechizada, cuando Lezama define la poesía como intento de fijar lo inasible, lo que plantea no es un juego retórico, sino una técnica de resistencia frente a la nada. Ese intento implica disciplina, repetición, esfuerzo. Sin atender a este aspecto, se corre el riesgo de convertir a Lezama en un esteta aislado, en un dandy tropical que hace de la metáfora un exceso sin responsabilidad vital.

El reduccionismo del placer como pura estética ignora que en Lezama hay también un proyecto antropotécnico, una visión de la literatura como práctica que transforma al sujeto. Leer su obra no es solo contemplar imágenes, es participar en un régimen de entrenamiento verbal que educa la sensibilidad y que propone una manera de habitar el mundo. El goce no es fuga, es disciplina.

Criticar ese reduccionismo significa rescatar la dimensión formativa de su poética. El placer en Lezama no se agota en el banquete verbal, es camino hacia la última realidad, pero solo en tanto práctica de vida, en tanto técnica de resistencia. Sin este reconocimiento, se falsea su obra y se la reduce a ornamento, cuando en verdad pretendía erigir una pedagogía del goce como fundamento del ser.

La escritura lezamiana se ofrece al goce con total entrega. Cada frase se prolonga como si quisiera eternizarse, cada metáfora se abre como abanico que no se cierra. El goce de la escritura no es medio para otra cosa, es finalidad en sí misma. El banquete verbal se convierte en última realidad. En Paradiso el goce aparece como descubrimiento, en Oppiano Licario como disciplina, en los ensayos como método metafísico. En todos los casos, Lezama reconoce en el goce la clave de la existencia. Ofrecerse al placer de la escritura equivale a reconocer que la única eternidad posible se encuentra en la persistencia de la imagen.

En definitiva, el placer en José Lezama Lima es estética de la escritura y última realidad de su sistema poético. No se limita a tema ni a motivo, organiza la respiración del estilo, da forma al barroquismo, convierte cada palabra en fiesta. Paradiso y Oppiano Licario no son simples novelas, son celebraciones del goce que resisten a la nada. En ellas, la escritura se afirma como cosmos de abundancia, como disciplina de la metáfora, como pedagogía del placer. Lezama nos enseña que la literatura no debe obedecer a la sobriedad, que la única manera de alcanzar la eternidad consiste en multiplicar imágenes, que la única forma de vencer a la muerte es entregarse al banquete de la palabra y al goce de la escritura como última realidad.

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