El espacio entre haciendas y plantaciones

Por El Coloso de Rodas

Nos encontramos aún prisioneros del marco del positivismo historiográfico, un modelo que, pese a sus múltiples revisiones y mutaciones teóricas, continúa determinando los modos en que concebimos el pasado y lo narramos. La herencia republicana, sostenida por la ilusión de la objetividad documental y el culto a la fuente primaria, permanece incuestionada, como si el rigor empírico garantizara por sí solo la verdad histórica. La preferencia que se mantiene por figuras como Ramiro Guerra, en detrimento de Fernand Braudel, revela no solo una tradición de pensamiento sino también una resistencia cultural frente a los modelos de interpretación que desplazan el acontecimiento en favor de las estructuras, los ritmos y las temporalidades largas. Aunque algunos discursos recientes intentan revestirse con la apariencia de un aparato teórico más complejo, cercano a la escuela de los Annales o incluso al marxismo estructural, lo cierto es que el método historiográfico cubano continúa siendo tributario de una concepción lineal del tiempo y de una confianza excesiva en la evidencia documental como garantía del sentido.

En lo que concierne a la plantación y a la hacienda como objetos de estudio, predomina un enfoque descriptivo-analítico que pretende agotar la comprensión de la realidad mediante la acumulación de datos y la sistematización de fuentes primarias y secundarias. Este procedimiento, sin duda valioso en su dimensión filológica, resulta insuficiente cuando se trata de aprehender la experiencia del espacio y del tiempo en su dimensión simbólica, antropológica y existencial. Si se contempla la historia desde el prisma de la longue durée, como proponía Braudel, resulta evidente que el positivismo historiográfico cubano ha mostrado una sorprendente capacidad de supervivencia, capaz de absorber las corrientes epistemológicas más disímiles y de integrarlas a su propio cuerpo sin modificar su estructura de fondo. La adaptación, en este caso, no implica renovación, sino persistencia de una forma de pensamiento que privilegia la cronología sobre la duración, el documento sobre la experiencia, el dato sobre la forma de vida.

La historia de la plantación, en consecuencia, continúa abordándose desde una perspectiva que podríamos llamar tecnocrática o archivística, donde los sujetos históricos se reducen a agentes funcionales dentro de un sistema productivo y donde los espacios aparecen despojados de densidad simbólica. Se examina el ingenio, el trapiche, la contabilidad y las rutas del comercio, pero se omite el sentido ontológico del lugar. Los espacios donde los hombres trabajaron, descansaron, comieron, celebraron o padecieron no son vistos como configuraciones del ser, sino como escenarios secundarios de procesos económicos. Sin embargo, si atendemos a la dimensión fenomenológica del habitar, como sugiere Bachelard en La poética del espacio, comprendemos que esos ámbitos —la casa, el bohío, la barraca, la estancia— no son meros contenedores, sino matrices de experiencia donde se forjan las formas sensibles y morales de una comunidad.

La ausencia de una lectura poética del espacio impide comprender la plantación como una totalidad viva, como una forma de mundo en el sentido heideggeriano. Todo análisis que renuncia a la poética del espacio renuncia también a la posibilidad de pensar el modo en que el hombre se inscribe en su entorno y, por tanto, al modo en que ese entorno configura una ética y una estética de la existencia. En este punto resulta pertinente recordar la advertencia de Peter Sloterdijk cuando señala que toda civilización puede entenderse a partir de sus esferas, es decir, de las estructuras inmunológicas que los hombres edifican para sobrevivir simbólicamente al desamparo. En el contexto de la hacienda y la plantación, las verdaderas esferas no fueron las construcciones monumentales, sino los espacios intermedios —los patios, los portales, las estancias— donde se tejía la vida cotidiana. Allí se organizaba el ritmo del trabajo y del descanso, se establecían jerarquías invisibles, se compartía el pan y se afirmaba, aunque de manera precaria, la posibilidad de una comunidad.

El libro que ahora nos ocupa, Entre haciendas y plantaciones, de Mercedes García Rodríguez, como tantos otros que lo preceden, reproduce sin advertirlo esa visión fragmentaria y despoetizada del mundo. Su aparente neutralidad científica termina borrando la experiencia humana que constituye el núcleo de toda historia. Al ignorar la perspectiva esferológica, es decir, la manera en que los espacios producen envolvimientos afectivos, respiratorios y simbólicos, se deja fuera la posibilidad de entender la hacienda y la plantación como universos de sentido, donde cada estancia representa una célula del habitar colectivo. La ausencia de esta mirada no es una mera omisión teórica, sino una pérdida epistemológica que empobrece el relato histórico y reduce la existencia a un inventario de hechos.

Reintroducir el enfoque poético y esferológico no significa renunciar al rigor documental, sino trascenderlo. Implica reconocer que la historia no se limita a describir acontecimientos, sino que debe reconstruir las formas del estar en el mundo. Las estancias, los lugares donde los hombres descansan o conversan después del trabajo, constituyen núcleos de sentido tan relevantes como el ingenio o el trapiche, pues en ellos se gestan las imágenes que sostienen la vida cotidiana y los mitos que justifican el esfuerzo. En la plantación, esos espacios eran los únicos donde el esclavo, el obrero o el mayoral podían recuperar una cierta interioridad frente a la maquinaria productiva. Eran, por tanto, las verdaderas esferas de inmunidad en el sentido sloterdijkiano, zonas de resguardo ante la intemperie moral del sistema.

La historiografía cubana, al permanecer anclada en el positivismo republicano, ha sido incapaz de asumir plenamente esta dimensión. La prioridad concedida al archivo, a la estadística y a la descripción institucional deja fuera aquello que otorga espesor al tiempo histórico: la respiración del lugar, la densidad del gesto, la poética del habitar. La longue durée de Braudel, lejos de ser un simple método de análisis estructural, puede ser entendida también como una forma de percepción ampliada del tiempo, una invitación a considerar los ritmos vitales que atraviesan las generaciones y que dejan huellas en el espacio. Pero esa durée, para volverse inteligible, requiere ser traducida al lenguaje de la experiencia, y es allí donde el enfoque poético se vuelve indispensable.

Repensar la plantación desde la esferología significa restituirle su carácter simbólico y existencial. La casa del mayoral, la barraca del esclavo, la cocina, el camino entre los cañaverales, el patio donde se reza o se conversa, son partes de un mismo sistema respiratorio, un conjunto de espacios interdependientes que conforman la atmósfera vital del ingenio. Solo al integrar esa lectura poética y fenomenológica podemos comprender el verdadero alcance histórico del mundo colonial y poscolonial.

Persistir en el positivismo historiográfico equivale a seguir leyendo la historia con los ojos del notario, mientras la realidad exige los ojos del poeta. La ciencia histórica no puede reducirse a la administración del pasado, sino que debe abrirse al misterio de la forma de vida que lo habita. Si la hacienda y la plantación fueron las estructuras económicas que definieron un orden social, las estancias fueron los microcosmos donde ese orden se interiorizó, se ritualizó y, a veces, se resistió. En ellas se condensaba la humanidad posible dentro de un sistema de dominación, y allí radica precisamente la dimensión poética que el historiador, atrapado en la red del documento, suele pasar por alto.

De ahí que sea necesario reorientar el estudio histórico hacia una fenomenología del espacio y del tiempo social, capaz de articular la precisión documental con la comprensión simbólica. Solo entonces podrá romperse el círculo del positivismo que, bajo la apariencia de objetividad, sigue imponiendo una lectura mutilada del pasado. Comprender la historia de la plantación y de la hacienda exige, por tanto, una arqueología del habitar, una lectura del ritmo vital que las sostuvo, y un reconocimiento de que los verdaderos protagonistas de la historia no fueron las instituciones ni los héroes, sino los espacios mismos donde la existencia se hacía posible.

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