Grupo cultural Ego: ¿el crepúsculo del renacimiento literario en Guantánamo?

Por Negrofino

Texto escrito hace varios años y rescatado de la catacumba de la memoria

Allí subyace un problema de enfoque. Y cuando digo problema, no me refiero a que la hipótesis ande mal enfocada. Enfoque es, por naturaleza, ente apriorístico y presumiblemente preestablecido; de ahí consiste los problemas de todas las cosas.

Pedro Deschamps Chapeaux y Juan Pérez de la Riva iniciaron, a principios de la década del 60 en Cuba, en plena efervescencia revolucionaria, un proyecto etno-antropológico de «historiografía subalterna», el cual encontró la feliz concreción, unos pocos años después (1964), en la edición de un volumen por la Editorial Ciencias Sociales bajo el título Contribución a la historia de la gente sin historia.

Sin historias, no por el simple hecho y único de considerarse a la gente, a los protagonistas, herejes del poder (¿marginados?, por el colonialismo y el esclavismo), sino también, creyeron efusivamente los autores, por motivos de errancia escolástica o de ninguneo historiográfico republicano.

Dicho esto, cabe significar otro hecho editorial reciente, producido en la isla en peso. Un año después, la editorial provincial de Guantánamo El mar y la Montaña, cumpliendo con las ordenanzas del «Premio Boti, 2014», publicaría el ensayo Cartas desde el insilio: la construcción de la herejía desde la subalternidad, de la autora Carelsy Falcón Calzadilla, cuya investigación se enmarca dentro de los llamados «estudios postcoloniales» bajo el mismo y atinado enfoque estructuralista y determinista sujeto/poder. Con este instrumental de la sociología y la antropología estructuralista (foucaulteana por demás), Carelsy intentan escudriñar en los intríngulis poéticos de la subjetividad de los actores que protagonizaron, en el umbral de la década del 80, un «insilio de posible otredad» o una «islita dentro de una isla».

La investigación llevada a cabo por Carelsy gira, como era de esperar, en torno al proyecto cultural Ego, desempeñado este por una docena de jóvenes al mando del escritor, poeta y promotor cultural Augusto Lemus Martínez. ¿Por qué llamarlos «herejes» y «subalternos» como referentes al poder, al centro, a la institucionalización cultural? ¿En qué sentido el «ego intelectual» enfrenta el poder? El enfoque del cual parte Falcón lo determina así: tarde o temprano, «la anatomía de los proyectos fallidos revela, en su fragilidad, las corrientes dominantes de la época o, con más exactitud, el clima general y sus tendencias fundamentales». ¡Nada más absoluto!

 Cuando Pedro Deschamps y Pérez de la Riva dieron a conocer los resultados de las investigaciones en la Contribución…  los factores del proceso institucional de la cultura cubana pasaron por alto que las hacendosas gradaciones no siempre pasan por las reglas del poder.  Fuerzas operantes de relieves, no aristocráticas, partidistas, ideológicas, sino thimoticas (orgullo y avidez) permanecieron latentes, ocultas, en la subjetividad de un pueblo llamado a liberarse del mal peso del nacionalismo. Estos fenómenos colaterales siempre escapan a la gnoseología y se alejan de poder captarse a través de torpes arañazos con una tesis instrumentada por la idea del poder en el plano de la recurrencia histórica.

 

Está por verse hasta qué punto estas gradaciones thimoticas rosan y abrazan variantes del poder que únicamente pueden considerarse en un plano de la verticalidad subjetiva. ¿Ego no rinde los frutos de un producto renacentista en la dinámica de la cultura guantanamera? ¿Por qué al caminar varios de ellos miraban al cielo?

Esperemos que en lo adelante el Dr. Callejas extraiga de estos comentarios un compendio plausible, una aproximación palmaria que revele cuáles fueron los estímulos coadyuvantes para que se produjese en una atípica temporalidad un fenómeno como grupo Ego, de literatura guantanamera.

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