El escritor nunca tiene edad para el amor

Por Galán Madruga

Dos amantes, un cargamento de armas y una suma de dinero poco apropiada para unas vacaciones salen de Miami hacia las montañas de Georgia. El escritor que conduce tiene sesenta y dos años, presume de conocer los peligros del mundo y reconoce sus dificultades para entender un mapa. La mujer que ocupa el asiento contiguo, veintisiete años menor, acaricia, bromea y pregunta, sin concederle demasiado tiempo para descansar de sus celos. Alaafin y Freya transportan también sus relaciones anteriores, sus obligaciones y una felicidad que ninguno posee del todo. Durante el trabajo de edición que compartí junto a Denis Fortún, esa partida de Amar así en los días del coronavirus, la novela póstuma de Armando de Armas, me ofreció una entrada a las aventuras y contradicciones de sus personajes.

Mientras el lector acomoda la mirada sobre la carretera, una cafetería interrumpe el trayecto y abre un pequeño teatro de insinuaciones. Alaafin compra café y huevos revueltos, observa a las dependientas y escucha palabras que dicen más de lo que aparentan. Freya, pendiente de cuanto alcanza a ver desde el automóvil, prepara las preguntas que prolongarán el episodio. Armando recoge gestos, olores y movimientos sin corregir la conducta de nadie, atento a una muñeca que gira, un cuerpo entrevisto y una expresión cuyo doble sentido depende de la voz que la pronuncia. Hasta la preparación de una bebida admite una comparación armamentística, acorde a las obsesiones del hombre que cuenta.

Todavía persiste el sabor del café en su boca mientras Alaafin encuentra una declaración suficiente para justificar su entusiasmo. «Aroma a café y aroma a mujer que aguarda para la aventura de un viaje, la vida como viaje; como carretera», escribe, y la frase reúne placeres que no dejará de perseguir. El olor, la amada y el movimiento alimentan una felicidad necesitada de comprobación. Freya puede desarmarlo mediante una sonrisa, pero también mediante una ausencia, de modo que su seguridad depende de algo tan incierto como la voluntad ajena. Debajo del seductor satisfecho empieza a reconocerse un hombre que necesita amparo y procura ocultarlo tras la celebración de sus facultades.

Basta verlo aparcar de un golpe de timón, ponderar un arma y reconstruir sus conquistas para descubrir cuánto esfuerzo dedica a representarse. Cada gesto reclama un testigo capaz de confirmar su singularidad. Sin embargo, el GPS lo desespera, una dirección equivocada lo lleva a un almacén de pinturas y las mujeres suelen responder de manera distinta a la prevista. Armando le concede espacio para exhibirse y ocasiones suficientes para enredarse, hasta que sus tropiezos resultan tan reveladores como sus proezas. La vanidad produce humor sin abolir una vulnerabilidad que él preferiría administrar mediante el silencio, recurso poco compatible con su necesidad de contarlo todo.

Durante una presentación de libros, entre solicitudes de amistad y encuentros posteriores, Freya entra en su vida y despierta una pregunta examinada mediante una atención interesada. ¿Se fijó primero en el hombre o conocía ya su condición de escritor? Alaafin desea creer que fue escogido sin el auxilio de sus publicaciones, pese a la satisfacción que le proporciona el prestigio literario. La insistencia revela una necesidad de confirmación que sus declaraciones de suficiencia no consiguen ocultar. Todavía quiere que una mirada lo prefiera sin consultar su bibliografía, inquietud capaz de acercarlo incluso a quien encuentre excesivos sus alardes o poco convincentes sus explicaciones sobre el arte de seducir.

Las bromas sobre la edad llevan a Freya a tratarlo como un niño, hasta que la conversación junto a Mercedes Sandoval desemboca en el delicioso mandato de «¡Que se maduren los mangos!». Él acepta encantado los regaños y esa protección maternal que contradice su figura de guerrero. Ella celebra sus travesuras, lo cuida y participa de sus aventuras mediante una decisión que impide reducirla a acompañante. El pacto amoroso admite juego y dependencia, pues ambos encuentran una manera de hacerse necesarios en los papeles que representan. Su diferencia de edad produce menos distancia que ocasiones para un intercambio donde la autoridad cambia de manos sin anunciarlo.

Freya tiene empleo, familia, preocupaciones y un nombre que introduce a una diosa nórdica en las calles de Miami. Los felinos Bygul y Trjegul comparecen junto a los automóviles y los mensajes telefónicos, sin exigir una explicación que concilie tales procedencias. La mujer sentada a su lado puede participar de un orden sagrado y conservar sus obligaciones cotidianas, según la mirada de Alaafin, que atribuye a sus manos, su cabello y sus gestos una capacidad de revelación. Esa veneración contiene una fragilidad muy humana. La diosa también puede dejar de contestar el teléfono, y ninguna invocación garantiza que vuelva a hacerlo.

Las escenas sexuales se extienden mediante jardines, perfumes, sellos y aguas vivas que proceden del Cantar de los cantares, junto a expresiones corporales descritas sin reserva. El amante invoca a la hermana y a la esposa, celebra, ruega y reconoce aromas, convencido de que la carne ofrece una experiencia que otros saberes han perdido. Armando aproxima el vocabulario de la oración a prácticas cuya crudeza no busca disculpas. Las reiteraciones pueden fascinar o fatigar, según la disposición del lector, pero responden a una obstinación precisa. Alaafin necesita atribuir al deseo un alcance superior a su satisfacción inmediata, hasta imaginarlo capaz de abrir una comunicación con lo divino.

Una palabra llama a otra durante esas descripciones, el sonido prolonga una broma y el nombre de la amada admite variaciones que desvían la anécdota. La prosa se demora, se escucha y regresa a sus asuntos cargada de asociaciones. «El hombre moderno cada vez más pierde el sentido del humor por el sentido del horror», dice Alaafin, y esa observación ayuda a comprender la defensa que levanta frente a cuanto teme. La risa le ofrece un recurso incluso si el chiste dura demasiado. Escuchar su voz exige aceptar reincidencias y desvíos, como ocurre frente a un interlocutor cuya conversación posee brillo, pero rara vez sabe conceder la última palabra.

Una admiradora que lo reconoce durante el trayecto pregunta qué hacer frente al coronavirus, y el escritor recomienda el Decamerón, el retiro en buena compañía y el vino. Ella confunde el título y deja la erudición a merced de un malentendido cómico, fiel a un mundo donde cualquier solemnidad puede terminar bajo una broma. Boccaccio entra mediante esa conversación callejera, asociado a otra peste y a unas formas de habitar la amenaza que todavía seducen al protagonista. La recomendación funciona, by the way, como una declaración de sus preferencias, pues responde al miedo mediante un libro donde la compañía y los relatos conservan el derecho a disfrutar de la vida.

Las cintas amarillas y la hojarasca reciben a los amantes frente al motel Polvo de estrellas, cuyas habitaciones Alaafin conoce pese a las burlas que dedica a sus decoraciones. Habían acordado verse y encuentran una puerta clausurada. Tienen tiempo, voluntad y deseos, pero les falta el sitio donde depositarlos, circunstancia que concede a la pandemia una eficacia narrativa superior a muchas de las acusaciones del personaje. La intimidad necesita condiciones materiales que rara vez recordamos hasta perderlas. El cierre obliga a buscar otro refugio y revela cuánto depende una relación de lugares modestos, habitaciones alquiladas y ayudas que ningún discurso amoroso puede sustituir.

Las calles vacías despiertan en Alaafin recuerdos de coerción que su experiencia cubana le ha enseñado a detestar. La sospecha orienta sus juicios y lo lleva a interpretar el presente mediante una historia personal de enfrentamientos. «A mí se me ha discriminado por ser anticastrista, cuando casi todo el mundo era castrista, y ahora por no ser como los nuevos anticastristas», afirma. Su disidencia necesita renovar adversarios para conservar la singularidad que tanto aprecia. El personaje desea independencia, pero también parece necesitar una disputa que la confirme, hasta volver difícil su pertenencia incluso a grupos capaces de compartir algunas de sus razones.

Eléonore aparece en el recuerdo bajo el signo de una admiración que la convivencia terminó por desgastar. Haitiano-francesa, culta y próxima a posiciones políticas contrarias a las de Alaafin, había compartido una vida que todavía conserva derechos sobre el presente. Él explica los desacuerdos mediante abundantes argumentos, pero escuchamos a la mujer por boca de su adversario sentimental. Esa desigualdad exige cuidado sin privarnos de cuanto ofrece la confesión. Un hombre puede reconocer su dolor y ser injusto respecto de la persona a la que atribuye sus causas, sobre todo si dispone de toda la extensión del relato para defenderse y de escasa voluntad para concederle una réplica.

Las visitas a prisión, durante el encarcelamiento de Eléonore, descubren una fidelidad menos vistosa que las declaraciones de honor. Alaafin conserva obligaciones que dificultan su relación con Freya y establece límites respecto de aquello que considera aceptable hacer en la vivienda compartida. El antiguo vínculo no desaparece mediante una declaración de ruptura. Su conducta admite responsabilidades que él cumple incluso bajo el resentimiento, pero el arresto alimenta también su sensación de amenaza. Los peligros reales y las interpretaciones que los amplifican empiezan a confundirse, hasta que el protagonista encuentra motivos para pensar que las acciones dirigidas contra otra persona buscan alcanzarlo a él.

Dacia facilita las visitas a su madre enferma y lo conduce hacia un ámbito donde la provocación dispone de menos espacio. La mujer que alguna vez fue su pareja posee ahora el conocimiento y los accesos necesarios para que pueda llegar hasta una cama hospitalaria. Su madre necesita cuidados y puede morir, circunstancia que obliga al hijo a reconocer una dependencia ajena a sus preferencias. El hombre orgulloso de su autonomía debe aceptar una mediación para acercarse a un cuerpo amado. La relación revela entonces un valor que excede la seducción, pues el auxilio llega de alguien cuya historia junto a él tampoco está libre de conflictos.

El traje protector, los pacientes y los equipos reciben una descripción que aproxima la sala al inframundo. Alaafin resume la experiencia mediante una imagen perturbadora, «fantasmas enfrascados en la cura de otros fantasmas», donde su inclinación visionaria expresa también el desamparo del visitante. Dacia lo guía, atiende y hace posible el encuentro, hasta que ella misma enferma y la asistencia cambia de dirección. El cuidado circula sin esperar una reconciliación perfecta. Las personas pueden hacerse necesarias pese a sus desacuerdos, y el protagonista recibe una lección de dependencia que su conversación suele resistirse a formular con la sencillez de los hechos.

Los gladiolos que lleva para celebrar la recuperación de Dacia terminan dispersos entre agua y cristales, tras el disparo contra el búcaro sostenido sobre su cabeza. Ella conoce la relación con Freya y responde mediante una violencia que el narrador intenta dominar con un gesto teatral. La gracia de la escena no elimina el peligro. Sus aventuras dejan agravios cuya duración excede la satisfacción del instante, y las mujeres recuerdan promesas que no caben en su leyenda de seductor. Armando permite que el humor acompañe una amenaza concreta, sin conceder a Alaafin el derecho de quedar intacto solo por haber encontrado una buena manera de contarla.

Los actos literarios, las fotografías y las intervenciones del Despingador y del doctor Mollejas dejan reconocer una sociabilidad del exilio sostenida por afectos y competencias. Alaafin participa de ella con la misma energía que dedica a ridiculizarla, sin quedar libre de las vanidades atribuidas a los demás. Mercedes Sandoval y la evocación de Lydia Cabrera aparecen cerca de unas tradiciones religiosas que continúan vivas fuera de Cuba. Orunmila, los oráculos y las ceremonias intervienen en decisiones concretas. La necesidad de interpretar una señal atraviesa su vida cotidiana, pues el protagonista supone que los acontecimientos admiten sentidos que la mirada ordinaria no alcanza a descubrir.

Freya habla del embarazo interrumpido y deja a Alaafin frente a una contradicción que sus argumentos no resuelven. Ambos defienden principios contrarios al aborto, pero las circunstancias conducen a una decisión recibida por él con alivio y culpa. «Una cosa es un principio y otra pasar la prueba de ese principio», admite. La confesión introduce, after all, una severidad que sus adversarios no necesitan añadir, pues sus palabras descubren la distancia entre la convicción pública y el deseo privado. La aparición del hijo que no nació conserva esa herida, incorporada a una historia amorosa que no puede explicarse solo mediante el entusiasmo de sus encuentros.

La mano que Alaafin busca en el asiento contiguo ofrece una medida más exigente de su libertad que muchas de sus proclamas. Necesita que Freya responda, que Dacia ayude, que un amigo abra una puerta, de modo que la autonomía deseada descansa sobre vínculos que también imponen deberes. Si alguna enseñanza deja la novela, nace de esa dependencia que el protagonista reconoce a medias. La rebeldía pierde valor cuando sirve de excusa para eludir responsabilidades, y el amor exige algo más difícil que desafiar una prohibición. Exige admitir que la vida ajena no es una prolongación de nuestros deseos.

Hacia Georgia continúan, sin que la promesa de una cabaña pueda devolverles cuanto han perdido ni librarlos de las decisiones tomadas. Alaafin y Freya llevan consigo el recuerdo de otros cuerpos, otras lealtades y una ausencia que no cabe en el equipaje visible. Amar puede sostener a una persona durante el miedo, pero no vuelve inocente cada uno de sus actos. Los principios necesitan probarse fuera del discurso, el cuidado exige responder del daño propio y la felicidad reclama una entrega que ninguna conquista garantiza. Todavía queda carretera, todavía una mano busca la otra, todavía el deseo desmiente los años. El escritor nunca tiene edad para el amor.

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