Por Galán Madruga
Durante la edición de Amar así en los días del coronavirus, que compartí junto a Denis Fortún, me interesó la distancia que separa las declaraciones de Alaafin de cuanto sus actos revelan. El protagonista habla de independencia, honor y valentía, pero necesita protección, desea reconocimiento y tropieza frente a decisiones que sus convicciones parecían haber resuelto. Esa discordancia ofrece, a mi juicio, la entrada más fecunda a la novela póstuma de Armando de Armas. La aventura sentimental de un escritor de sesenta y dos años y una mujer veintisiete años menor contiene una indagación sobre las justificaciones que fabricamos para convivir sin demasiado escándalo interior junto a nuestras contradicciones. El amor expone al personaje a una prueba que ninguna destreza verbal consigue superar del todo.
Mientras Alaafin intenta convencernos de que domina su existencia, la voz que cuenta deja indicios suficientes para poner esa seguridad en duda. Habla de sus conquistas, interpreta las intenciones ajenas y distribuye elogios o agravios según una escala que casi siempre lo favorece. Sin embargo, cuanto más explica, más revela aquello que quisiera mantener a salvo. Sus celos, su vanidad y su necesidad de afecto aparecen incluso durante las afirmaciones de autosuficiencia. La primera persona cumple así una doble función, pues sirve de defensa y también de testimonio involuntario contra quien la utiliza. No hace falta suponer que miente a cada paso. Basta reconocer que su sinceridad tiene preferencias y que su memoria organiza los hechos según las necesidades del presente.
Si atendemos a la manera en que convierte cada contratiempo en una ocasión para hablar de sí mismo, descubrimos que el interés del libro depende tanto de esa conciencia como de los acontecimientos. Un error de orientación, una discusión sentimental o una visita adquieren extensión porque Alaafin necesita interpretarlos hasta encontrarles un lugar dentro de su imagen personal. El narrador ofrece sus explicaciones, pero el lector conserva el derecho de leerlas contra sus propósitos. Esa distancia evita que la novela quede reducida a una celebración del seductor. Las debilidades que afloran durante el relato vuelven discutible su autoridad y conceden espesor humano a una figura que, sin tales fisuras, podría resultar demasiado satisfecha de su propia excepcionalidad.
Tras la partida hacia Georgia, los regresos a relaciones anteriores y compromisos pendientes impiden que el desplazamiento equivalga a una liberación. La carretera organiza el presente, mientras la memoria explica cuánto pesa sobre los amantes aquello que dejan atrás. El procedimiento tiene consecuencias para nuestra lectura, pues cada retorno modifica el sentido de la felicidad inicial. La pareja viaja unida, pero esa unión procede de una historia que incluye daños, lealtades y renuncias. El movimiento exterior promete una vida distinta sin garantizar una transformación interior. De ahí que el viaje pueda leerse como una tentativa de reorganizar la existencia, sujeta todavía a asuntos que la distancia geográfica no resuelve.
Todavía cerca del comienzo, la frase «Aroma a café y aroma a mujer que aguarda para la aventura de un viaje, la vida como viaje; como carretera» concentra una disposición que atraviesa el libro. El narrador busca razones para vivir mediante los sentidos y concede a las satisfacciones próximas un valor que excede su modestia. Café, compañía y movimiento se convierten en pruebas de que la existencia conserva algo deseable. Esa confianza sensorial cobra relieve frente a la enfermedad y el miedo, porque afirma una continuidad del placer allí donde el personaje percibe amenazas de interrupción. También revela una limitación, pues su entusiasmo suele medir el mundo según cuanto este puede ofrecerle, con menor atención al precio que otros pagan.
Cada vez que Alaafin pregunta si Freya se interesó primero en el hombre o en el escritor, su prestigio pierde parte de la firmeza que él le atribuye. Desea que su obra importe, pero también que el afecto prescinda de ella. Tal exigencia contiene una dificultad que la novela explora sin necesidad de resolverla. El reconocimiento público no garantiza una intimidad satisfactoria, y la admiración literaria puede despertar dudas allí donde parecía prometer ventajas. Freya lo obliga a confrontar esa incertidumbre porque su elección tiene un valor que ningún aplauso sustituye. La diferencia de edad intensifica el conflicto, aunque su alcance no depende solo de los años. También importa el temor a que la figura del escritor haya ocupado el lugar del hombre.
Mediante las bromas que culminan en «¡Que se maduren los mangos!», la relación introduce una ternura capaz de suspender las exigencias del personaje. Alaafin acepta el trato infantil que recibe de Freya porque ese juego le concede descanso frente a la obligación de parecer fuerte. El guerrero imaginado necesita que alguien tolere sus caprichos y celebre su desmesura. La escena importa menos por su gracia aislada que por lo que revela sobre la pareja. Ella posee una autoridad afectiva que corrige, ampara y participa de sus excesos, mientras él encuentra una forma de dependencia que puede aceptar sin sentirla como derrota. El amor establece un acuerdo tácito para proteger ciertas fragilidades sin exigir que desaparezcan.
Incluso durante las evocaciones más exaltadas de Freya, el lector puede reconocer que la divinización procede de una necesidad del amante. Su nombre nórdico y las referencias míticas elevan el encuentro sobre la rutina, hasta convertir a la mujer deseada en promesa de revelación. Esa operación enriquece el lenguaje amoroso, pero abre una pregunta sobre el lugar que queda para la persona real. Freya tiene obligaciones, deseos y decisiones que no siempre coinciden con la imagen que Alaafin necesita. Su condición de diosa pertenece a la mirada de él; su capacidad de contrariarlo confirma una existencia propia. La tensión entre ambas dimensiones evita que la exaltación erótica resulte del todo estable.
Durante los pasajes que recurren a jardines, perfumes y aguas del Cantar de los cantares, el deseo busca una legitimidad que trascienda el apetito. El vocabulario religioso concede al cuerpo una dignidad asociada al conocimiento y la celebración de la vida. La franqueza sexual responde a ese propósito, aunque su eficacia varía según la extensión de cada episodio. Allí donde la imagen descubre un vínculo inesperado, la prosa gana intensidad; si insiste demasiado sobre un efecto ya conseguido, el impulso pierde fuerza. Esa desigualdad merece señalarse porque forma parte de la experiencia del libro. Su riqueza verbal nace de una abundancia que el narrador rara vez desea contener y que puede ofrecer hallazgos o fatiga.
A medida que las asociaciones sonoras prolongan una ocurrencia y las bromas desvían el relato, se vuelve visible una resistencia a concederle al miedo toda la autoridad. «El hombre moderno cada vez más pierde el sentido del humor por el sentido del horror», afirma Alaafin. La frase explica parte de su conducta verbal, pues la risa le devuelve cierta iniciativa frente a aquello que amenaza con someterlo. Sin embargo, el humor también puede protegerlo de una revisión incómoda de sus actos. Una salida ingeniosa permite eludir preguntas que merecerían una respuesta menos brillante y más honrada. La lectura gana profundidad si reconoce ambas posibilidades, sin confundir cada provocación con una victoria del pensamiento.
Frente a la admiradora que pregunta cómo afrontar el coronavirus, la recomendación del Decamerón sitúa la experiencia amorosa junto a una tradición literaria de convivencia entre placer y mortalidad. La alusión aporta, by the way, algo más que una prueba de erudición. Sugiere que la lectura, la conversación y el deseo conservan su valor incluso durante una catástrofe. El malentendido cómico que acompaña el consejo impide que la referencia se convierta en una exhibición solemne. Alaafin pretende responder como escritor, pero su interlocutora devuelve las palabras a la incertidumbre de cualquier conversación. La cultura ofrece recursos para interpretar la vida sin asegurar que los demás reciban esos recursos según nuestras intenciones.
Apenas las puertas del motel quedan clausuradas, la pandemia deja de ser una materia de discusión para alterar las condiciones del encuentro amoroso. Ese detalle explica más sobre la vulnerabilidad de la pareja que muchas de las acusaciones del protagonista. La intimidad necesita espacios, tiempo y cierta libertad de movimiento; su aparente separación del mundo público depende de circunstancias muy concretas. El cierre revela esa dependencia sin necesidad de formular una teoría. Alaafin interpreta las restricciones mediante su experiencia cubana y su rechazo de la autoridad, pero el alcance literario del episodio excede sus conclusiones. Lo que parecía una posesión privada, el derecho a encontrarse, resulta sujeto a decisiones ajenas.
Tras la afirmación «A mí se me ha discriminado por ser anticastrista, cuando casi todo el mundo era castrista, y ahora por no ser como los nuevos anticastristas», se percibe una identidad que necesita preservar su diferencia incluso frente a posibles aliados. El personaje defiende una independencia reconocible, pero parece hallar también cierta confirmación de sí mismo en el desacuerdo. Su resistencia merece examen porque contiene tanto una exigencia de libertad como una dificultad para aceptar la pertenencia. Leer esas palabras como expresión de Alaafin, sin convertirlas en dictamen de la novela, conserva la complejidad del conjunto. La ficción ofrece una conciencia situada, marcada por experiencias y agravios, cuya intensidad no vuelve infalibles sus juicios.
Respecto de Eléonore, las explicaciones del protagonista exigen una cautela adicional, pues la mujer llega hasta nosotros mediante la voz del antiguo compañero. Sus diferencias políticas y el desgaste de la convivencia reciben una interpretación que dispone de escaso contrapeso. Esa desigualdad forma parte del problema literario y obliga a escuchar también lo que el relato deja sin desarrollar. Las visitas a prisión, sin embargo, introducen actos que complican cualquier condena sumaria de Alaafin. Conserva obligaciones pese a la ruptura y responde a una historia compartida que todavía lo compromete. Su conducta reúne resentimiento y lealtad sin ofrecer una síntesis cómoda, lo cual vuelve más interesante al personaje que una absolución o un reproche absolutos.
Gracias a Dacia, el acceso a la madre enferma enfrenta a Alaafin a una dependencia que sus declaraciones de autonomía no habían previsto. Necesita conocimientos, ayuda y cuidados que no puede procurarse solo. La imagen de «fantasmas enfrascados en la cura de otros fantasmas» expresa el extrañamiento del hospital, pero también la impotencia de quien observa una tarea decisiva sin dominarla. Dacia ocupa aquí un lugar que excede la historia sentimental. Su capacidad de asistir devuelve al protagonista a una medida más modesta de sí mismo. El episodio descubre una forma de valor menos vistosa que el desafío, sostenida por acciones de cuidado que no requieren proclamaciones heroicas.
Si el disparo contra el búcaro de gladiolos amenaza con quedar absorbido por la gracia del relato, las consecuencias materiales impiden olvidar su violencia. La escena plantea un límite a la versión festiva de las aventuras del seductor. Los agravios tienen duración y las personas no desaparecen de una historia porque otra relación haya ocupado el centro del deseo. El narrador intenta conservar el dominio mediante la teatralidad, pero su destreza para contar no elimina lo ocurrido. Algo semejante sucede durante la sátira del ambiente literario del exilio. Su agudeza descubre vanidades reales o verosímiles, sin eximirlo de las competencias que critica. También él necesita audiencia y reconocimiento.
Cerca de las evocaciones de Mercedes Sandoval y Lydia Cabrera, las referencias a Orunmila y las prácticas religiosas amplían las formas de interpretar la experiencia. Los acontecimientos admiten señales, presagios y vínculos que Alaafin considera decisivos. Esa disposición ayuda a comprender la cercanía que establece entre deseo, destino y conocimiento. La aparición del hijo que no nació pertenece a ese horizonte, aunque su fuerza literaria depende también de una culpa que el personaje no logra cancelar. La visión concede presencia a una posibilidad perdida y evita que el embarazo interrumpido quede reducido a un episodio concluido. Aquello que no ocurrió conserva efectos sobre la vida de los amantes.
Después de la confesión «Una cosa es un principio y otra pasar la prueba de ese principio», las convicciones de Alaafin quedan sometidas a una exigencia que sus polémicas públicas podían aplazar. El alivio ante una decisión contraria a sus ideas lo obliga a reconocer una comodidad difícil de justificar. Ese pasaje introduce, after all, una de las tensiones más hondas del libro, porque el personaje dispone de argumentos para discutir con otros y carece de una respuesta suficiente frente a sí mismo. La novela alcanza ahí una severidad que no necesita castigos añadidos. Basta la conciencia de haber deseado una solución incompatible con aquello que se afirma defender.
Hacia Georgia continúan, pero la promesa de otra vida no cancela las responsabilidades que el relato ha puesto al descubierto. Prefiero leer la enseñanza de esta novela en esa persistencia de los vínculos, antes que extraer de sus episodios una colección de consejos. La libertad de Alaafin depende de personas que tienen deseos propios; sus principios necesitan actos que los sostengan; su amor debe aceptar límites que la exaltación no suprime. El deseo conserva una fuerza capaz de desafiar el miedo y los años, sin conceder inocencia a quien lo experimenta. Todavía queda carretera y una mano busca respuesta en el asiento contiguo, quizá porque ninguna edad nos libra de esa necesidad ni nos exime de aprender a cuidar lo que amamos. El escritor nunca tiene edad para el amor.