Cubicherías en el catauro de Fernando Ortiz

Por El Coloso de Rodas

Dentro y fuera de Cuba, dicha con sorna o desprecio, aunque tampoco falte entre amigos, cubiche cambia de intención según la boca que la pronuncia, circunstancia que Ortiz no procura corregir ni ennoblecer cuando la incorpora a Un catauro de cubanismos, publicado en La Habana en 1923, donde aquella voz nacida en el trato popular, y marcada por una ambigüedad que oscila entre la burla propia y la descalificación ajena, termina ocupando un lugar mayor del que en principio podría suponérsele. Al llamar a sus notas «mamotreto de cubicherías lexicográficas» y definir, casi al término del volumen, cubichería como la «condición o cosa propia de los cubiches», apelativo despectivo que los cubanos se dan a sí mismos y que remite, según explica, a la despreocupación, la informalidad y lo poco serio, Ortiz concentra en unas pocas líneas la ironía del libro, su manera de trabajar con el habla popular y cierta interpretación de la cultura cubana.

En la cubierta no figura un nombre indiferente. Un catauro no es una vitrina, ni un casillero, ni el gabinete severo donde cada palabra permanece inmóvil bajo la etiqueta correspondiente. Es un recipiente tejido con fibras vegetales, objeto de uso corriente y factura popular, capaz de admitir frutos distintos y de apretujarlos sin pedirles certificado de pureza. La imagen tiene una modestia deliberada. Frente al diccionario que ordena, sanciona y concede ciudadanía, el catauro recoge. Frente a la línea recta del alfabeto, ofrece la vecindad material de lo heterogéneo. Las voces entran con barro, memoria, procedencias inciertas y cambios de uso. El recipiente vale tanto por aquello que guarda como por la forma criolla que adopta para guardarlo.

En «Al lector», primero de los textos preliminares de la edición, Ortiz advierte que entrega el libro en su «forma deshilvanada», reproducción de los plomos publicados en la Revista Bimestre Cubana durante 1921 y 1922, y llama a sus páginas «simples apuntaciones de un mamotreto lexicográfico». La idea, añade, nació del deseo de reunir en un «cataurito» los frutos recogidos al cruzar la «selva del lenguaje criollo», entre raíces y flores arrojadas al azar por los esclavos africanos.2 Esa confesión de taller explica una escritura que conserva el hallazgo antes de someterlo a la compostura del sistema. Ortiz pensaba preparar otra edición con las papeletas ordenadas alfabéticamente, corregidas y aumentadas. El desorden de 1923 posee, por tanto, una razón material, periodística y provisional, aunque la forma intelectual producida por esa contingencia termine excediéndola. El catauro no niega la clasificación. La demora, la vuelve visible y nos recuerda cuánto debe excluir todo orden para presentarse como natural.

En «El nuevo diccionario de cubanismos», texto que antecede al cuerpo principal, el Vocabulario cubano de Constantino Suárez recibe elogios, reparos y correcciones sin que la discrepancia se convierta en enemistad. Ortiz reconoce el valor del inventario y al mismo tiempo le señala omisiones, etimologías dudosas, insuficiencias comparativas y olvidos africanos.3 Al comenzar luego «Un catauro de cubanismos», insiste en que sus apuntaciones son apenas «acopio de material» y advierte que ni las definiciones deben estimarse definitivas ni las etimologías inconmutables.4 La reseña bibliográfica se desborda hasta convertirse en libro, y cada voz abre un sendero, conduce a otra lectura y descubre un estrato histórico. La lexicografía deja de ser contabilidad verbal. En una palabra pueden sobrevivir la plantación, el puerto, la esclavitud, el juego infantil, el comercio, la cocina, el hampa, el barracón o la travesía atlántica.

Ante el reproche dirigido a Suárez por incluir términos indecentes, Ortiz responde que el estudioso del idioma no puede conducirse como un autor de manuales de urbanidad. El fisiólogo no suprime un órgano porque resulte incómodo, ni el botánico abandona las plantas parasitarias o venenosas. Más adelante formula una idea todavía más fecunda. El lenguaje popular renueva la lengua, mientras los cultismos pueden vestirla con follaje, pero no siempre le proporcionan savia. La metáfora vegetal no adorna una conclusión científica. Declara que la legitimidad de una voz nace del uso y que el pueblo participa en la creación verbal aun cuando las academias tarden en reconocerlo. El idioma vive precisamente porque sus hablantes lo desobedecen, lo deforman y lo acomodan a necesidades que ninguna autoridad consigue anticipar.

Entre las tentaciones que rodean el estudio del habla cubana, Ortiz identifica aquella que convierte en indígena cualquier palabra oscura y la bautiza siboneyismo, inclinación nacionalista a fabricar raíces autóctonas donde quizá existen préstamos castellanos, andaluces, africanos, franceses o ingleses. Su cautela etimológica es uno de los mejores antídotos contra la cubanidad entendida como esencia incontaminada. Las palabras usadas en Cuba no tienen que haber nacido en Cuba para participar de su historia. El habla insular aparece como resultado de desplazamientos, contactos y sedimentaciones. Años antes de formular el concepto de transculturación, Ortiz ya observa en el vocabulario aquello que después explicará de manera más amplia en la cultura. Ningún elemento llega intacto, ninguno permanece enteramente ajeno y ninguna mezcla cancela por completo las marcas de sus procedencias.

Cuando reprocha a Suárez y a otros lexicógrafos el olvido de numerosas etimologías africanas, Ortiz descubre un vacío que no era solamente filológico. Borrar la procedencia de las palabras equivalía a borrar la experiencia de quienes habían sido transportados a la isla con sus cuerpos sometidos, pero también con sus lenguas, religiones, músicas y conocimientos. El Catauro enumera voces vinculadas con bailes, alimentos, creencias y prácticas sociales, y reconoce la dificultad de fijar genealogías seguras después de siglos de violencia y transmisión oral. Su mirada conserva limitaciones propias de la ciencia de su época, aunque da un paso fundamental al situar la contribución africana dentro de la formación del habla cubana. La nación deja de ser una descendencia única y comienza a revelarse como conversación conflictiva entre memorias desiguales.

Las largas travesías a vela, la permanencia de las flotas en La Habana, los arsenales y las bahías dejaron dentro del habla una abundancia de marinerismos que Ortiz examina con particular atención. El léxico criollo guarda así una geografía que no coincide con las fronteras políticas. Andalucía, las Antillas, África y los puertos americanos aparecen comunicados por rutas comerciales, militares y esclavistas. Por esa razón, el autor admite que muchas voces llamadas cubanismos circulan igualmente en Puerto Rico, Santo Domingo, Sevilla u otras regiones. Incluso propone, en ciertos casos, llamarlas antillanismos. Su nacionalismo lingüístico no levanta murallas. Reconoce usos locales sin inventar una propiedad absoluta sobre las palabras.

Al corregir a Suárez porque consideraba festiva la cubichería, Ortiz recuerda que la palabra también puede contener desprecio, pero enseguida se apropia del agravio y lo convierte en método de autorrepresentación. Llama cubicherías lexicográficas a sus apuntes porque los juzga informales, volanderos, quizá poco serios, y esa falsa rebaja encubre un desafío. Lo que el saber solemne desprecia puede contener materiales indispensables para una investigación futura. El diminutivo moral que pesa sobre lo cubiche es respondido mediante una acumulación exuberante de pruebas. La cubichería se ríe de sí misma antes de que otro la condene, aunque no queda reducida a una gracia. Nombra la precariedad, la improvisación y cierta libertad frente a la compostura oficial.

Ortiz anuncia que el Catauro será el tomo menos valioso de su Colección Cubana y lo compara con un rastro de ropavejeros donde alguien acaso encuentre un trasto digno de ser retocado. La frase puede leerse como cortesía de época, aunque también contiene una teoría del residuo. Aquello que una cultura abandona conserva información sobre sus jerarquías. Las palabras descartadas por vulgares, indecentes, deformadas o extranjeras permiten reconstruir zonas enteras de la experiencia social. El lexicógrafo se vuelve trapero del idioma. No trabaja únicamente con joyas verbales, sino con fragmentos que han pasado de boca en boca y cuya suciedad constituye parte de su verdad. La modestia y la ironía dejan entonces de ser simples recursos retóricos y sostienen una forma de conocimiento.

El recipiente donde las voces se alojan, se rozan y reciben su sentido de la proximidad con otros objetos culturales permite advertir, desde la lectura contemporánea, resonancias con Gaston Bachelard o Michel Foucault, siempre que la afinidad retrospectiva no sea presentada como influencia inexistente. A la vez, el libro muestra que clasificar nunca es una operación inocente. Elegir qué merece entrada, separar lo cubano de lo común, distinguir el error de la innovación y fijar una etimología son actos que distribuyen autoridad. Ortiz no formuló estos problemas con el vocabulario filosófico de la segunda mitad del siglo XX, pero su práctica los hace perceptibles. El mérito se encuentra menos en haber anticipado una teoría posterior que en haber pensado desde un objeto cubano una dificultad universal del conocimiento.

La futura ordenación alfabética anunciada en las páginas preliminares desaconseja presentar la edición de 1923 como una insurrección completa contra el diccionario. Ortiz respeta la técnica filológica, reclama comparaciones más rigurosas y desea ampliar las fuentes. Su irreverencia opera dentro de la lexicografía, no fuera de ella. Quiere corregir prejuicios y abrir el registro a sectores de la lengua que el decoro había excluido. La tensión entre ciencia y mamotreto, entre papeleta y fruto, entre catálogo y monte enmarañado, sostiene la originalidad del volumen. Si se elimina el polo científico, queda una celebración romántica del caos que no pertenece al autor. Si se elimina el polo imaginativo, queda un repertorio de curiosidades y se pierde el modo en que Ortiz transforma una tarea auxiliar en interpretación de Cuba.

En la página 108 aparece el chivo cubano o cubiche dentro de una genealogía popular vinculada con el chivo entendido como negocio sucio o malversación.5 Hacia el final, cubichería recibe su definición cultural más amplia. El desplazamiento entre chivo, cubiche y cubichería demuestra que la palabra no avanza por una línea etimológica limpia. Se contamina con anécdotas, usos políticos, deformaciones y bromas. Precisamente por ello conviene evitar una genealogía demasiado segura que la haga proceder de una hoja de tabaco o de una supuesta musicalidad amistosa sin documentación suficiente en el libro reseñado. El Catauro enseña una prudencia que debe aplicarse también al comentarlo. La buena imaginación crítica comienza por no atribuir al archivo aquello que el archivo no dice.

Han pasado cien años y Un catauro de cubanismos conserva una juventud incómoda, no porque todas sus etimologías sigan vigentes ni porque su terminología haya escapado al tiempo, sino porque obliga a escuchar el idioma antes de administrarlo. Su Cuba no cabe en una definición ceremonial. Está hecha de hablas cultas y populares, memorias africanas, residuos coloniales, préstamos marineros, juegos, insultos, comidas, oficios y corruptelas. La identidad no aparece al final de una purificación, sino en el trato continuo con materiales mezclados. Incluso la palabra nacional se vuelve provisional, porque aquello que llamamos cubano puede ser también antillano, andaluz, africano o americano.

Al final, lo reunido bajo el nombre de cubichería no entrega una esencia del carácter cubano, sino una conciencia verbal que sabe cuánto se contradice, exagera, se burla y adopta palabras ajenas hasta volverlas íntimas. El desorden puede ser una etapa fértil del conocimiento, pues antes de clasificar hay que recoger y antes de dictar una norma conviene escuchar. En el catauro las voces no pierden sus asperezas. Permanecen revueltas, pero no mudas. Cada una trae un mundo y ninguna acepta del todo el lugar que el catálogo quisiera asignarle. Ese es el hallazgo perdurable de Fernando Ortiz. Haber comprendido que Cuba podía estudiarse no sólo en los archivos del Estado o en las grandes narraciones históricas, sino en las palabras menores con que sus habitantes nombraron el trabajo, el placer, la vergüenza, el engaño y la risa.

Notas

1. Fernando Ortiz, Un catauro de cubanismos. Apuntes lexicográficos, La Habana, 1923, p. 247. La definición presenta cubichería como condición o cosa propia de los cubiches y subraya su carácter despectivo, además del festivo.

2. Ortiz, «Al lector», en Un catauro de cubanismos, páginas preliminares sin numerar, pp. 10-11 del archivo PDF. Allí aparecen las expresiones «forma deshilvanada», «simples apuntaciones de un mamotreto lexicográfico», «cataurito» y «selva del lenguaje criollo».

3. Ortiz, «El nuevo diccionario de cubanismos», en Un catauro de cubanismos, pp. 9-15. El texto había sido publicado en la Revista Bimestre Cubana en enero y febrero de 1921.

4. Ortiz, «Un catauro de cubanismos», en Un catauro de cubanismos, pp. 17-18. El autor presenta sus notas como acopio y niega carácter definitivo a definiciones y etimologías.

5. Ortiz, Un catauro de cubanismos, p. 108. El autor examina allí el paso del chivo al chivo cubano o cubiche dentro de una explicación de carácter popular y conjetural.

Bibliografía

Bachelard, Gaston. La poética del espacio. México, Fondo de Cultura Económica.

Foucault, Michel. Las palabras y las cosas. México, Siglo XXI Editores.

Ortiz, Fernando. Un catauro de cubanismos. Apuntes lexicográficos. La Habana, 1923.

Pichardo, Esteban. Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas. Matanzas, 1849.

Suárez, Constantino. Vocabulario cubano. La Habana, 1920.

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