---

Capítulo 7 Nombrar sin decir

Por KuKalambé

La calle se extendía como un corredor vigilado donde incluso el aire parecía reglamentado y la confianza, cuando lograba asomarse, lo hacía de manera tardía y precaria, ya erosionada por la sospecha. Uno aprendía pronto, sin necesidad de aprendizaje explícito, que el barrio no era un conjunto de casas dispuestas por azar, sino una red de oídos atentos, un tejido de ojillos pequeños y húmedos, un adarce de vigilancias mínimas donde cada movimiento, por inocente que pareciera, dejaba yactura. Bastaba un saludo un poco más caluroso de lo habitual, una risa que se prolongaba más de lo permitido, el lampo de una mirada fuera de secuencia, para que el rumor se sintiera autorizado a nacer, crecer y multiplicarse con esa fecundidad obscena de lo que nadie comprueba pero todos administran con disciplina. El barrio no necesitaba hechos concluyentes. Funcionaba por presunción, por acumulación de indicios, por la convicción tácita de que todo exceso debía tener una causa.

En mi casa el control era distinto, menos vistoso y más irrefragable. No hacía falta alzar la voz ni marcar límites con aspereza. Bastaba el silencio de mi madre cuando yo regresaba, ese modo de no preguntar que condensaba todas las preguntas posibles, y el de mi padre, que fingía leer el periódico con una atención exagerada, mientras en realidad registraba mi rostro, la cadencia de la respiración, el polvo adherido a los zapatos, cada detalle mínimo convertido en señal. La familia no vigilaba por crueldad. Vigilaba por mandato. Vigilaba por una forma de afecto que llegaba siempre acompañada de cerrojo, de contabilidad, de una administración preventiva del error. Antes de que algo ocurriera, ya estaba anotado en una lista invisible.

Ese doble cerco, el del barrio y el de la casa, fue estrechando el espacio hasta volverlo transitable solo a condición de fingir. Fingir normalidad, fingir obediencia, fingir transparencia. El cuerpo aprendió pronto a modularse, a reducir el movimiento, a no sobresalir. Aprendió a desplazarse en una zona de baja intensidad donde nada llamara la atención. Pero ese aprendizaje tenía un costo silencioso, una forma de desgaste que se acumulaba sin ruido. Fue entonces cuando el juego apareció, no como una decisión razonada, sino como una respuesta casi física, una manera de recuperar aire sin romper el cerco.

Por eso el juego tuvo que nacer en un lugar donde no pudiera ser señalado. No podía parecer juego. No podía tener nombre estable. Si lo nombrábamos, se fijaba, y todo lo que se fija termina siendo apropiable. Fue necesario inventar un sistema de equivalencias, una isonomía clandestina que permitiera a las palabras circular sin quedar atrapadas en su literalidad. La esquina dejó de ser esquina y pasó a ser la estación. El solar dejó de ser solar y pasó a ser la biblioteca. La reja dejó de ser reja y pasó a ser la frontera. Cada desplazamiento era mínimo, casi irrelevante para quien miraba desde fuera, pero suficiente para abrir una capa paralela de sentido. Renombrar no buscaba embellecer el entorno, sino volverlo opaco, menos disponible para la mirada ajena.

El nombre más difícil fue el nuestro. El barrio se sostiene sobre identidades fijas porque necesita clasificar para vigilar. Uno es siempre el hijo de alguien, el que trabaja en tal lugar, el que antes hizo esto, el que ahora aparenta aquello. Esas designaciones funcionan como clavos. Yo necesitaba aflojarlos, aunque fuera de manera temporal, y convertirme en nadie verificable. No se trataba de inventar una identidad alternativa, sino de suspender la disponible, de quedar en un espacio intermedio donde la pregunta no encontrara una respuesta inmediata.

No nos reuníamos para jugar. Esa formulación habría sido una señal innecesaria. Nos reuníamos para hacer un mandado, para buscar pan, para ver si aparecía fulano, para cualquier acción que sonara a rutina. El plan, aunque todavía no lo llamáramos así, era otro. Un plan sin épica ni banderas, sin promesas de victoria ni ademanes grandilocuentes. Un plan hecho de pasos medidos, de pausas calculadas, de señales mínimas que solo nosotros sabíamos leer. El juego consistía en vivir dos veces en el mismo lugar, pero con coordenadas distintas. Una vida visible, entregada a los ojos que contaban. Otra vida mínima, casi subterránea, reservada al pulso.

La primera regla fue la más simple y la más exigente. No celebrar. En la calle la alegría es delatora. La alegría atrae atención, y la atención convoca preguntas, y las preguntas abren grietas peligrosas. Hubo que aprender a ganar sin cara de ganador, a perder sin cara de víctima, a moverse en esa zona neutra donde nada resulta lo bastante llamativo para ser narrado por otros. Guardar el júbilo como un tesoro hialino que solo brilla en la oscuridad fue un ejercicio prolongado y a veces ingrato. En ese ejercicio comprendí que nuestra libertad no sería una salida espectacular, sino una práctica constante, una repetición sobria, una disciplina sin testigos.

La segunda regla fue el lenguaje. No podía decir nos vemos porque nos vemos implicaba una afirmación innecesaria. Decía paso, cruzo, caigo. El verbo funcionaba como un puente y los puentes, cuando se vuelven demasiado visibles, atraen ocupación. Había que debilitarlos, rodearlos, hacerlos parecer accidentales. Aprendí a hablar de más para decir menos, a llenar la frase de ruido para proteger el núcleo. Un día, entre varios, surgió la idea de llevar dos nombres. Uno visible y otro de juego. El visible era el que imponían desde fuera. El otro era el que soltaba por dentro. Ese bautismo sin iglesia marcó un punto decisivo. Allí empezó de verdad el Plan de la calle. Entendí que el cerco no se rompe con fuerza, sino con astucia, y que la astucia compartida termina volviéndose una forma discreta de cuidado mutuo.

Con el tiempo el juego se volvió más fino. Ya no necesitaba reuniones evidentes ni coincidencias explícitas. Bastaba una variación mínima en el recorrido, un cambio de ritmo al caminar, una detención injustificada frente a un escaparate sin interés. Cada acción era doble. Para el barrio resultaba insignificante. Para nosotros era una señal precisa. Esa doble lectura del entorno fue afinando la percepción. Empecé a notar detalles antes ignorados, la forma en que ciertas miradas se demoraban más de la cuenta, la cadencia particular de ciertos saludos, el modo en que algunas preguntas llegaban envueltas en una cortesía excesiva.

Aquella tarde la calle siguió siendo la misma. Los mismos balcones con plantas que parecían ornamentales pero funcionaban como puntos de observación. Las mismas sillas en la acera ocupadas por cuerpos que decían descansar mientras contaban. La misma mujer que aparentaba tejer y en realidad llevaba la contabilidad moral del barrio. El mismo hombre que decía buenas noches con una entonación que sonaba a registro. Nada había cambiado en la superficie. Sin embargo, debajo de esa capa visible, algo se había desplazado. No fue un milagro ni una revelación. Fue una técnica aprendida con paciencia. Habíamos encontrado el modo de existir sin entregarnos completos, de cumplir sin quedar fijados, de responder sin abrir el centro.

Esa rendija, pequeña y frágil, se volvió esencial. Entendí entonces que en un sistema de control no hay puertas evidentes, pero sí fisuras. Y una fisura, cuando se la reconoce y se la cuida, puede ampliarse lo suficiente para permitir el aire. El juego no me sacó de la calle. Me enseñó a habitarla de otro modo, a recorrerla sin ofrecer el núcleo, a estar presente sin quedar definido del todo.

Con el paso de los días entendí también que el mayor riesgo no provenía del exterior, sino de la tentación de explicarlo todo, de volver explícito lo que solo funcionaba en estado latente. El juego exigía reserva, o al menos una palabra desplazada. Nombrar sin decir se convirtió en una ética mínima, una forma de sostener la vida sin regalarla al primer interrogatorio.

Regla añadida al Plan, nunca escrita, aprendida en silencio y confirmada por repetición, por ensayo y por error, por la observación atenta de los otros sin necesidad de nombrarlos. Si me preguntaban qué hacía, respondía siempre la verdad menor, nunca la verdad central. Descubrí pronto que la verdad menor no era una coartada ni una falsedad deliberada, sino una superficie aceptable, una frase suficiente para cerrar la pregunta sin abrir otra. Decir que iba a buscar algo, que pasaba por allí, que mataba el tiempo, bastaba para calmar la curiosidad inmediata y devolver la escena a su cauce ordinario.

La verdad central, en cambio, no admitía reparto. Decirla era exponerla, volverla manejable, ponerla a circular en un espacio donde todo lo que circula termina siendo clasificado, registrado, devuelto en forma de juicio o advertencia. Aprender a distinguir entre ambas verdades fue la lección más lenta del juego y también la más exigente. Me obligó a vigilarme, a contener el impulso de explicarme, a resistir esa inclinación aprendida a justificar cada movimiento. Vi cómo otros, sin decirlo nunca, operaban del mismo modo, cómo ofrecían respuestas justas, medidas, sin fisuras, y cómo esa sobriedad los mantenía a salvo. No se trataba de volverme hermético ni de desaparecer, sino de regular la transparencia, de entregar solo aquello que podía ser visto sin consecuencias.

Con el tiempo entendí que esa economía del decir no empobrecía la vida, sino que la densificaba. Al reservar el centro, al no ponerlo en palabras disponibles, ese centro ganaba consistencia y respiraba mejor. Así el juego dejó de ser un recurso ocasional y se convirtió en una manera estable de estar, de cruzar la calle, la casa y las miradas ajenas sin quedar nunca del todo expuesto, acompañado por otros que jugaban lo mismo sin necesidad de reconocerse en voz alta.

Total Page Visits: 513 - Today Page Visits: 2