Por Galán Madruga
Cuando vuelvo sobre el acervo historiográfico cubano y me interno en la lectura de las Memorias de Gerardo Machado y Morales no lo hago movido por el impulso de una rehabilitación tardía ni por la tentación inversa de la condena automática que suele funcionar como atajo moral sino por una sospecha más persistente y acaso más incómoda que es la de que en ese texto largamente postergado y casi siempre leído con prevención ideológica se encuentran claves estructurales para comprender no solo un período específico de la República sino una modalidad recurrente del ejercicio del poder en Cuba que atraviesa décadas y regímenes sin agotarse del todo.
El hecho de que las Memorias hayan permanecido durante años en una suerte de confinamiento archivístico dentro del ámbito familiar del expresidente y que solo vieran la luz en 1982 en Miami bajo el sello de Ediciones Históricas Cubanas gracias al empeño de su bisnieto Francisco Santeiro y bajo la orientación intelectual de Lidia Cabrera no es para mí un simple dato editorial sino un signo elocuente del modo en que ciertas zonas de la memoria nacional han debido desplazarse fuera del territorio para poder ser leídas sin mediaciones doctrinarias ni silencios impuestos.
Desde las primeras páginas advierto con claridad el tono que organiza todo el libro y que se articula alrededor de una idea central que Machado repite con variaciones y matices a lo largo del texto cuando afirma que «nunca aspiré al poder por ambición personal. Lo acepté como se acepta una carga cuando la patria lo exige y cuando el desorden amenaza con devorarlo todo». Esta frase que podría despacharse con facilidad como un lugar común del repertorio autoritario adquiere sin embargo una densidad mayor cuando se la lee en continuidad con el resto del relato porque no funciona solo como coartada retórica sino como principio organizador de una visión del poder entendido como fatalidad histórica más que como voluntad individual.
A medida que avanzo en la lectura comprendo que las Memorias no buscan tanto absolver a su autor como inscribirlo dentro de una lógica estructural que excede su biografía personal y que remite a una concepción profundamente escéptica de la República cubana entendida como forma política prematura asentada sobre una sociedad que a juicio de Machado carecía de los hábitos cívicos necesarios para sostenerla cuando escribe que «la República nació con instituciones modernas, pero sin ciudadanos formados para sostenerlas». En esta afirmación se condensa una crítica que no se limita a justificar su propio autoritarismo sino que apunta a una falla de origen que reaparece de manera recurrente en la historia política cubana bajo distintos lenguajes y con diferentes protagonistas.
Esa desconfianza hacia la ciudadanía atraviesa todo el texto y se articula con una concepción del orden como principio rector del Estado que Machado formula sin rodeos cuando sostiene que «gobernar no es un ejercicio de sentimentalismo. Cuando la autoridad vacila, el país se precipita en la anarquía». Aquí la política deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en una técnica de contención donde la legalidad aparece subordinada a la preservación del orden y donde la coerción se presenta como instrumento legítimo frente a un cuerpo social percibido como inestable y proclive al desbordamiento.
No puedo leer estos pasajes sin advertir la racionalidad instrumental que los sostiene y que inscribe la violencia dentro de una lógica de necesidad histórica donde el gobernante no se piensa como verdugo sino como operador de un mal menor que considera inevitable. Las Memorias no disimulan esta ética dura del mando sino que la exponen con una franqueza que resulta hoy particularmente reveladora porque permite comprender cómo el autoritarismo modernizador se pensó a sí mismo en la Cuba republicana sin el ropaje moralizante ni el lenguaje redentor que caracterizaría a discursos posteriores.
Paralela a esta justificación del orden se despliega una narrativa centrada en la modernización material entendida como forma de legitimación retrospectiva del poder. Machado insiste una y otra vez en la obra pública como legado tangible y como prueba de eficacia cuando afirma que «podrán discutirse mis métodos, pero nadie podrá negar las obras que transformaron el país y lo sacaron del atraso». Esta formulación revela una ética utilitarista en la que el progreso visible opera como compensación histórica frente a la violencia política y donde el fin tiende a absorber y neutralizar el juicio sobre los medios empleados.
Esta concepción del Estado como agente modernizador que se arroga el derecho de actuar por encima de la legalidad cuando esta es percibida como obstáculo no me parece anecdótica ni circunscrita a un solo gobierno sino profundamente enraizada en la tradición política cubana y latinoamericana en general. Las Memorias permiten así leer a Machado no como una anomalía sino como un síntoma de una lógica más amplia donde la eficacia sustituye a la legitimidad y donde la obra reemplaza a la ciudadanía como fuente de validación del poder.
Otro aspecto que considero especialmente revelador es el tratamiento que el texto da a la relación con Estados Unidos que Machado aborda desde un pragmatismo desprovisto de grandilocuencia cuando escribe que «Cuba no podía darse el lujo de ignorar a los Estados Unidos, pero tampoco podía gobernarse como un apéndice suyo». En esta frase se expresa una conciencia clara de los márgenes reales de soberanía de la isla y una comprensión del juego hemisférico que escapa tanto al servilismo como al antiimperialismo retórico que dominaría etapas posteriores del discurso político cubano.
Hacia el final del libro el tono de las Memorias se vuelve más reflexivo y adquiere una dimensión casi metahistórica cuando Machado reconoce el peso de la pasión en la escritura del pasado al afirmar que «el odio ha escrito muchas páginas de nuestra historia, y no siempre las más justas». No leo aquí una absolución implícita sino una observación lúcida sobre el modo en que la memoria política tiende a fijar imágenes rígidas que resisten la complejidad y el matiz y que terminan sustituyendo el análisis por el afecto.
La reflexión más densa llega cuando aborda su caída y reconoce que el poder no se sostiene únicamente por la fuerza cuando escribe que «un gobierno cae cuando deja de ser creído, aun cuando conserve la fuerza». Esta frase que funciona como cierre conceptual del libro introduce una distinción crucial entre coerción y legitimidad y revela una comprensión tardía pero no trivial del límite estructural del autoritarismo cuando la adhesión simbólica se erosiona y el poder queda reducido a mera imposición.
En la lectura de las Memorias no siento que Machado haya quedado ni absuelto ni definitivamente condenado sino más bien inscrito en una trama histórica de mayor alcance donde el autoritarismo la modernización y la desconfianza hacia la ciudadanía aparecen como constantes que reaparecen bajo distintas formas. Que este texto haya sido publicado fuera de Cuba refuerza mi convicción de que la memoria nacional no puede ser administrada desde un único centro ni bajo una sola ortodoxia y que el exilio ha cumplido un papel decisivo en la preservación de zonas incómodas del pasado que resultan imprescindibles para una comprensión menos empobrecida de nuestra historia.
Leer hoy las Memorias de Gerardo Machado y Morales me parece por todo ello un ejercicio necesario de acribia y despojamiento crítico no para reivindicar ni para demonizar sino para entender y para aceptar que la historia cubana está hecha de contradicciones irreductibles donde progreso y violencia orden y represión modernización y autoritarismo conviven sin solución limpia y sin síntesis moral tranquilizadora.