La izquierda de Mañach y el problema del poder

por Galán Madruga

Nunca antes había recibido la atención que merece «Final sobre derechas e izquierdas», el artículo que Jorge Mañach publicó en Bohemia el 29 de julio de 1945. Se lo ha citado para decidir si su autor era de derecha o de izquierda, una pregunta que el propio texto vuelve insuficiente. A Mañach le interesa menos obtener un lugar en el reparto de las etiquetas que averiguar por qué una idea generosa puede terminar sirviendo a un gobierno autoritario y por qué un hombre partidario de las reformas puede desconfiar de ciertos métodos revolucionarios. La discusión nace de una réplica a Manolo Braña, pero Mañach comprende que su defensa personal toca un problema de mayor alcance.

En la parte conservada del artículo, la distinción comienza en el terreno de los valores. Las izquierdas expresarían una «confianza generosa en el hombre», vinculada a la posibilidad de mejorar su condición; las derechas mostrarían desconfianza ante los ideales igualitarios y concederían mayor legitimidad a lo ya conseguido que a las aspiraciones de quienes reclaman un cambio. Mañach no habla todavía de programas económicos ni de alianzas partidistas. Busca la disposición humana que precede a cada posición política. Desde ese punto de vista, su simpatía por la izquierda resulta clara, pues no acepta que la historia de los privilegios deba valer más que las demandas de quienes los padecen.

Sin embargo, apenas establece esa diferencia, introduce otra que complica el juicio. Una cosa es la filosofía política y otra el modo de actuar. Las derechas suelen apelar al orden; las izquierdas, al entusiasmo y a la agitación. Entre ambas inclinaciones aparecen personas que desean reformas, pero retroceden ante la violencia con que se les propone realizarlas. Mañach observa que hay adversarios de una revolución que rechazan sus «precipitaciones y violencias», no necesariamente sus ideales. La precisión conserva toda su fuerza, pues impide convertir una objeción al procedimiento en prueba de hostilidad hacia la justicia social.

Su argumento adquiere mayor interés cuando advierte que filosofía y método pueden separarse. Los fascismos habían utilizado procedimientos de movilización y ruptura para llevar al poder ideas contrarias a la igualdad. En sentido inverso, escribe que algunos movimientos de izquierda adoptan, para conservar el gobierno, «estilos gubernativos rígidamente autoritarios, como el comunismo ruso actual». La frase merece una lectura cuidadosa. Mañach no dice simplemente que el comunismo soviético sea una derecha oculta. Señala una contradicción entre sus propósitos declarados y su ejercicio del poder. Su formulación más precisa llega poco después, cuando reprocha a sus contemporáneos confundir «la filosofía política con el método político; el estilo con la sustancia».

Ahí reside el aporte principal del artículo y también una dificultad que Mañach no resuelve por completo. Si las ideas expresan las aspiraciones de un movimiento, pero sus métodos determinan la vida de quienes quedan sometidos a él, ¿durante cuánto tiempo puede mantenerse intacta la supuesta nobleza de aquellas ideas? El autor afirma que el estilo no basta para juzgar la filosofía, porque la acción responde a circunstancias. Tiene razón al prevenirnos contra las clasificaciones apresuradas. No obstante, cuando la persecución del discrepante deja de ser un episodio y se convierte en una forma estable de gobierno, el método ya no parece un accidente exterior a la doctrina. Ha pasado a revelar algo de ella, o de lo que sus dirigentes están dispuestos a sacrificar en su nombre.

Mañach tampoco ofrece una celebración ingenua del orden. Su defensa de cierta resistencia frente al impulso revolucionario nace de la convicción de que toda transformación necesita condiciones para durar. Recuerda la frase de Martí según la cual hasta las revoluciones requieren «freno y calderas», y concluye que «no hay libertad útil y segura sin un coeficiente de autoridad». La imagen es poderosa, pero exige vigilancia crítica. Un freno puede impedir el desastre; también puede inmovilizar a quienes esperan una reforma desde hace generaciones. La autoridad necesaria para sostener instituciones no adquiere, por ese solo motivo, derecho a proteger privilegios. La pregunta decisiva es quién aplica el freno, a quién se le exige paciencia y qué vías permanecen abiertas para efectuar el cambio.

El propio artículo sugiere la respuesta al reclamar partidos capaces de juntar «la filosofía innovadora» con «el estilo ordenador». En lugar de elegir entre una derecha satisfecha con lo existente y una izquierda que confía toda mejora a la sacudida, Mañach busca una práctica reformadora con capacidad de gobierno. Su posición cobra mayor nitidez en el pasaje dedicado al caso cubano, donde recuerda que los autonomistas del siglo XIX podían ser considerados de izquierda frente a los integristas y de derecha frente a los independentistas. La ubicación depende del adversario, del momento y de aquello que cada fuerza esté dispuesta a transformar. Ninguna de esas relaciones autoriza, por sí sola, un juicio definitivo sobre su mérito histórico.

Esa relatividad protege al ensayo contra el uso policial de las palabras. Llamar «derechista» a un adversario no demuestra que defienda la desigualdad; proclamarse «revolucionario» tampoco demuestra que se respeten las libertades. Pero el criterio relativo tiene un límite. La posición de los autonomistas frente a los integristas y los mambises puede describirse mediante una escala, sin que la escala decida si su propuesta respondía adecuadamente a la situación colonial. Del mismo modo, conocer el lugar que Mañach ocupaba entre comunistas y conservadores aclara el debate de 1945, pero no sustituye el examen de sus argumentos.

La porción legible del artículo deja ver, además, una preocupación específicamente cubana. Mañach defiende una renovación política de «nacionalismo democrático de acento social», atenta a los trabajadores, a la distribución y a las posibilidades reales del país. Esa formulación impide reducirlo al anticomunismo. Quería cambios sociales y desconfiaba de que pudieran asegurarse mediante la concentración ilimitada del poder. Puede discutirse si su confianza en una reforma ordenada concedía demasiado tiempo a las instituciones existentes; sería injusto, en cambio, atribuirle indiferencia ante los problemas que deseaba corregir.

«Final sobre derechas e izquierdas» merece atención precisamente porque no entrega la absolución a ninguno de los dos campos. Obliga a preguntar qué entiende cada uno por dignidad humana y qué hace, una vez que gobierna, con la discrepancia y con la autoridad. Su punto más vulnerable aparece cuando la separación entre fines y métodos amenaza con prolongarse más de lo razonable. Su mayor lucidez está en haber reconocido el peligro. Ochenta y un años después, todavía resulta fácil heredar una palabra política y mucho más difícil responder por los actos cometidos bajo su amparo.

Nota de lectura. El ejemplar de Bohemia del 29 de julio de 1945 puede consultarse en la colección digital de la Universidad de Florida.

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