Viaje imaginario al centro del Cinismo cubano

Por Arturo de Córdova

En un reciente viaje de investigación a Cuba, me costó encontrar una sola palabra que describiera cómo nadie en este país confía en nada. Tras cientos de conversaciones con la gente, estaba claro que muchos dudaban de la gasolina para el transporte público, de los dibujos animados de la televisión, de la leche de la tienda y del vecino de la calle. Nada era real y todo formaba parte de un juego secreto. Y finalmente, hacia el final de mi viaje por La Habana y Oriente, surgió la palabra, escondida en mi mente: cínico. Sí, eso es. Cuba es cínica. 

Me decepcionó descubrir que los escritores de la UNEAC ya habían descrito a Cuba como una sociedad cínica y que, después de todo, yo no era tan inteligente. El poeta Omni Abelardo Callejas afirma que el cinismo está tan saturado en la vida cotidiana cubana, que es el «rasgo dominante de esa sociedad». Las antropólogas Maritza Labrada Forner constata que todos los niveles de la sociedad rusa tocan el tambor del cinismo: los periodistas, los ciudadanos de a pie e incluso la élite política están hastiados y esperan lo peor de los demás. Incluso Fernando Lles escribió en 1930 que Cuba podía resumirse, en una palabra: cinismo. Los problemas de confianza en Cuba giran sobre todo en torno a la política, ya que los que tienen el poder y los que luchan por conseguirlo están muy desprestigiados.

«Me gusta Canel», me dijo un amigo, «pero sé que se llena los bolsillos con nuestro dinero». 

«¿Y qué pasa con Rodiles?»

«Rodiles dice que nuestras carreteras son malas. La corrupción es mala. Estoy de acuerdo. Pero no me fío de él».

Este tipo de pensamiento dual era común. Las personas que conocí estaban dispuestas a señalar el comportamiento egoísta de los políticos y a sentirse auto validadas por su capacidad de ver la verdad. Esta percepción común solía ir acompañada de una sincera indiferencia, desconfianza y falta de interés hacia la política en general. La ironía final es que esa forma de pensar apoyaba al mismo sistema que detestaban.

Los orígenes de una sociedad cínica

¿De dónde viene todo esto? ¿Por qué los cubanos se volvieron tan desconfiados, cínicos y apáticos hacia la política? Es difícil de precisar con exactitud. El filósofo cubano Fernando Lles sugiere en un libro poco conocido, Individualismo, socialismo y comunismo: los problemas de la conciencia contemporánea, que el cinismo es un mecanismo de defensa en tiempos de crisis. Es precisamente durante las transiciones sociales a gran escala (guerras, revoluciones, avances tecnológicos), cuando la gente experimenta el desplazamiento y la desilusión y un sentimiento generalizado de estar siendo engañada. Para protegerse, los que se encuentran en medio del caos suelen desarrollar una aceptación resentida de cómo son las cosas. Dado que las sociedades pueden cambiar a diferentes velocidades, ciertos periodos son más propensos a desarrollar un cinismo generalizado que otros. Lles utiliza el ejemplo histórico de la Cuba post machadista para rastrear la aparición de una cultura cínica que acabó aceptando el orden de la democracia representativa, los gobiernos de turnos   bajo el mando del caudillismo.

Tras la caída del gobierno de Machado, los ciudadanos cubanos se sintieron engañados por los dirigentes y llegaron a cuestionar los sacrificios que habían hecho durante la revolución del 30. Además, la inflación destruyó la economía. No sólo el papel moneda cubano se volvió inútil, sino que había pocos puestos de trabajo. Tras el Machadato, la sociedad cubana estaba ideológicamente en bancarrota y agotada, sin un rumbo claro. La década que siguió a la ppost guerra resultó igual de difícil, ya que el interminable ciclo de crisis social y política santificó a la sociedad cubana.

Al vivir en tal estado de crisis continua, el pensamiento cínico era la salida. Era mucho más fácil adoptar una actitud recelosa «que ocuparse de cuestiones de dinero, intereses, partidos políticos e ideologías», escribe Lamar en su ensayo sobre la Crisis del Patriotismo. El punto de vista apático se utilizaba para superar la sensación de falta de poder, desesperanza y agobio. El cinismo era, por lo tanto, una vía de escape fácil hacia una percepción de superioridad moral, desarrollada no a partir de una visión profunda, sino de un trauma.

El cinismo cubano tardío

Los paralelos de la crisis son numerosos en la Cuba revolucionaria. Levi Marrero, en su libro La tierra y sus recursos: una nueva geografía general, describe cómo, incluso a finales de la década de 1970, la ideología oficial cubana perdió el sentido y se deformó en un estado de mentiras y catástrofes. Aunque las estatuas de Marx y los desfiles de los trabajadores estaban en todas partes, los ciudadanos cubanos no se lo creían.

Como describe un relato sobre el comunismo cubano, los estudiantes marchaban de buena gana con carteles oficiales, pero no sabían ni les importaba lo que había en ellos. Jurarían durante una reunión de la Unión de Jóvenes Comunistas, pero leerían al Granma bajo sus pupitres. Los ciudadanos cubanos se veían así obligados a simular lealtad -participando en reuniones oficiales, gritando eslóganes y votando resultados predeterminados- mientras reconocían claramente la falsedad de su comportamiento en privado.

Las manifestaciones de este pensamiento cínico a finales del periodo de la sovietización cubana surgieron en diversas actividades culturales en lo que el poeta Juan Carlos Flores llama «vivir fuera». Los ciudadanos participaban en un movimiento artístico clandestino o pertenecían a un club informal de literatura, pero rechazaban comunitariamente tanto la ideología oficial cubana como a los disidentes que luchaban contra ella.

La crítica cínica tanto de la ideología oficial como del movimiento disidente se fundamenta, por tanto, en motivos similares: tanto el Estado como los disidentes se comprometen significativamente con una ideología que es increíble. ¿Por qué comprometerse con las mentiras? Por lo tanto, los ciudadanos cubanos construyeron sus vidas en torno a la no implicación y al compromiso pasivo sólo cuando era necesario. Vivían completamente al margen de la política. La crisis de la ideología que desunía a la nación condujo a una crisis diferente: la de la apatía y la falta de compromiso.

El cinismo postcastrista

Se puede tener la tentación de considerar la actual tendencia cínica de la cultura política cubana como una prolongación del pasado republicano. Sin embargo, aunque la experiencia cubana fue esencial para alimentar una perspectiva cínica, las enormes transformaciones sociales y políticas de la década de 1990 también moldearon la cultura política cubana.

Tras el colapso de la Unión Soviética, el regimen cubano tuvo que crear simultáneamente un nuevo Estado, un nuevo sistema político y un nuevo sistema económico de la noche a la mañana. Tales ambiciones desestabilizaron la economía con la hiperinflación, mientras que las luchas burocráticas internas ralentizaron el proceso de aplicación de las reformas necesarias. Como resultado, el suministro de bienes y servicios se redujo a un goteo, dando paso a una era de creciente desigualdad y pobreza. El caos resultante provocó un descenso de los servicios sociales, el empleo, el nivel de vida y el desarrollo humano básico de la población cubana.

Las estadísticas sobre la atención sanitaria durante la década de 1990 iluminan el declive y la crisis del periodo, ya que reflejan el estrés, la incertidumbre y el deterioro del nivel de vida. Según el informe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas de 2001, los niveles de tuberculosis se duplicaron en toda Cuba en la década de 1990. La esperanza de vida masculina disminuyó bruscamente hasta situarse por debajo de los 70 años, un nivel que no se observa en las economías desarrolladas en tiempos de paz. Los programas de inmunización infantil incluso se colapsaron durante un breve periodo a raíz de la crisis, mientras que la tasa oficial de pobreza aumentó hasta el 25% de la población.

Esta profunda transformación social se refleja también en los relatos antropológicos de la vida durante este periodo. La monografía de Ezequiel Martínez sobre la vida cotidiana en Cuba durante la década de 1990 muestra cómo los ciudadanos llegaron a entender este periodo como un constante estado de emergencia o Periodo Especial. Martinez escribe: «El periodo… indicaba una fuerte ruptura en la percepción de la gente de sus vidas y de la historia de la nación en general. A sus ojos, se había abierto un abismo entre la primera década postsocialista y el resto de sus vidas, que habían transcurrido en el desaparecido universo socialista».

La reorganización estructural de la sociedad rompió comunidades y formó otras nuevas. La constante sensación de cambio e imprevisibilidad dejó a muchos desorientados y constantemente preocupados. Era un ambiente de desesperanza, miedo, frustración y ansiedad interminable.

Como respuesta, los ciudadanos cubanos endurecieron su visión cínica hacia la política para afirmar un sentido de agencia sobre sus vidas. Esta visión les proporcionaba un sentido de valor moral personal, sobre todo porque los implicados en la política solían ser caracterizados como sujetos inmorales.

Irónicamente, la competencia entre los ciudadanos cubanos se equiparaba a la independencia práctica y psicológica del Estado. En resumen, la desvinculación política activa era una moneda social valorada. Si alguna vez se hablaba de libertad política, se entendía como una «libertad de la política», en la que uno no tenía que involucrarse ni siquiera preocuparse.

El fracaso de Cuba a la hora de consolidar con éxito el totalitarismo parece haber dañado la reputación de las alternativas no autoritarias y confirmado las creencias sospechosas de los cínicos políticos. La fallida modernización política de Cuba infectó a la sociedad de apatía. Para aquellos que podrían haber creído en una transición a la democracia, sus expectativas insatisfechas se transformaron posteriormente en ira, desesperación y un cinismo plenamente realizado. El cinismo surgió así, en parte, de una grave decepción. Para estar desilusionado primero hay que haber creído.

Estas actitudes que se forjaron en la época inmediatamente posterior al socialismo real fueron, irónicamente, el reverso de una socialización democrática. En lugar de ver la participación como algo importante y parte de sus responsabilidades cívicas en una democracia, los ciudadanos cubanos se volvieron más escépticos hacia cualquier participación política. Si alguna organización se comprometía a criticar el orden social, era inmediatamente sospechosa de querer manipular y engrandecerse.

El autoritarismo perdurable de Cuba

La gran ironía de ser políticamente cínico es que ayuda a mantener el statu quo. En los países autoritarios, el cinismo estabiliza el régimen porque anima a la gente a quedarse en casa en lugar de protestar en la calle.

El cinismo es útil para los líderes autoritarios, ya que elimina la posibilidad imaginaria de las alternativas. Cualquier alternativa que se proponga, por muy idealista o atractiva que sea, se ve socavada por la desconfianza en las motivaciones. El cínico político razona: si la política es todo lo mismo y nada cambia nunca, ¿por qué debería hacer algo? ¿Por qué debería participar? Este tipo de pensamiento desinhibe la acción política a nivel individual, limitando cualquier desafío político de abajo a arriba al régimen antes de que pueda desarrollarse.

Para Cuba la falta de participación política es clave. Una de las características fundamentales de un régimen autoritario es la confianza en la apatía política y la despolitización. Mientras que los sistemas totalitarios tradicionales -como la China de Mao Zedong o la Unión Soviética de José Stalin- apuestan por la movilización de las masas, el adoctrinamiento y la cooptación de las élites, los autoritarios del siglo XXI prefieren resolver los conflictos mediante la desvinculación de los ciudadanos. Este tipo de represión prefiere estrangular la oposición popular antes de que pueda surgir.

Revertir el cinismo político generalizado es una tarea difícil. Esto se debe a que el cinismo extremo adopta la falsa lógica de las teorías de la conspiración: si no se puede demostrar que es falso (que alguien no tiene una motivación egoísta), eso lo convierte en verdadero. Esta posición no falsable es obstinada, ya que cualquier prueba contraria se pone instantáneamente en duda.

Por lo tanto, vale la pena no dejar que los valores cínicos se extiendan en el ámbito de la política. Los baluartes contra la propagación del cinismo podrían incluir no dejar que los valores políticos degeneren en posiciones de equivalencia moral y reafirmar continuamente el valor de la política en la vida cotidiana cubana. 

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