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«Vendaval en los cañaverales» de Alberto Lamar Schweyer

Por Ego de Kaska / enero 11, 2021

Por El Coloso de Rodas

El vendaval comienza mucho antes de que los hombres corran hacia la casa de máquinas, antes de que la bandera roja aparezca sobre los hierros del central y de que Gonzalo Maret intente detener una violencia cuyos preparativos no ha sabido reconocer a tiempo. Viene formándose en el jornal insuficiente, en el cansancio de los cuerpos, en la libertad de comprar que el almacén les niega a los trabajadores, en las decisiones tomadas lejos de los cañaverales por personas que jamás tendrán que soportar sus consecuencias. Cuando finalmente estalla, la apariencia de una catástrofe natural encubre una sucesión de actos deliberados. Hay responsables, instrucciones, intereses y una provocación. Lamar escoge una palabra del clima para nombrar un desastre humano, y sobre esa proximidad entre lo que parece inevitable y lo que alguien ha preparado descansa buena parte de la oscuridad de su novela.

Vendaval en los cañaverales (1937) es una novela fundamentada en términos históricos-sociológicos sobre la realidad cubana post-Machadista. Alberto Lamar Schweyer escribe en el exilio —París y Nueva York— la última de sus tres novelas, cinco años antes de morir en 1942.

Marcelo Pogolotti, destacado pintor y comunista cubano la calificó, pese a su aversión contra el narrador, como «la mejor novela que se había escrito hasta entonces en Cuba».[1] Vendaval en los cañaverales avizora una rotunda crisis del patriotismo cubano, cuya identidad es la decadencia de la moral patriótica de la clase criolla nacional, embelesada de cara al creciente influjo del cosmopolitismo internacional, posterior a la Segunda Guerra Mundial.[2]

Dentro de ese mundo en el que casi todos disponen de una explicación para justificar su conducta, la rebelión introduce una pregunta que las conversaciones de los hoteles podían mantener a distancia. ¿Qué ocurre cuando quienes sostienen la vida de los demás reclaman una vida propia? Los trabajadores del central no empiezan por exigir la destrucción del país ni por entregarse a una doctrina que sustituya sus necesidades. Reclaman remuneraciones, descanso, libertad de movimiento, garantías frente al abuso. La precisión de esas demandas importa porque el desastre posterior no procede de una ausencia de razones. Se desencadena a pesar de que existen razones comprensibles, de que algunas reclamaciones pueden satisfacerse y de que los interesados podrían reconocer un beneficio en el acuerdo. Lo que fracasa es la posibilidad de que esa comprensión llegue a gobernar los acontecimientos.

Al colocar la huelga en el lugar hacia el cual terminan convergiendo los viajes, los negocios y las aventuras amorosas, Lamar encuentra una situación capaz de someter a prueba las palabras con que sus personajes se describen. El hombre generoso puede beneficiarse de un contrato injusto. El propietario amable puede consentir una maniobra represiva. El intelectual que habla de libertad puede descubrir que su confianza depende de la amistad con quienes están en condiciones de negársela a otros. La rebelión obliga a pasar de las opiniones a las decisiones, y en ese tránsito las identidades cuidadosamente sostenidas empiezan a deshacerse. Cada personaje queda expuesto por aquello que está dispuesto a conceder cuando conceder significa perder dinero, autoridad o comodidad.

El maldito concepto igualdad, refrendado por los neo-positivistas cubanos trajo consigo la noción de «racismo» en la época del constructivismo técnico nacional patriótico. Los esclavos negros nunca hablaron directamente de igualdad frente a sus amos, sino de justicia ascética, de un valor entrenado en la plantación. Pero la noción positivista de la igualdad racial se convertiría en teoría, en una larga data como si la raza no tuviera espíritu para intuir que se trataba de una degradación artística. ¿Qué pudo ejercer la raza negra (haitianos y jamaiquinos que trabajaron en los cañaverales cortando caña) sobre la evolución de la cultura que no pudo la raza blanca? El dilema es de perspectivas apolíneas, no eugenésicas.

La formulación necesita conservar su condición polémica, pues tomada como afirmación histórica absoluta atribuiría a todos los esclavizados una misma conciencia y establecería una separación demasiado rígida entre justicia e igualdad. Tampoco puede deducirse de la novela que el racismo haya nacido de la aspiración igualitaria. Lo que sus escenas muestran con mayor precisión es la distancia entre una universalidad proclamada y la distribución efectiva de la protección. Haitianos, jamaicanos, españoles y cubanos comparten formas de explotación sin disfrutar de las mismas garantías ni ocupar posiciones equivalentes dentro del orden laboral. Las diferencias consulares, nacionales y raciales intervienen en el valor que se concede a sus reclamaciones y hasta en el riesgo que corre cada cuerpo ante la autoridad.

Desde esa desigualdad concreta, la pregunta por el espíritu podría desplazarse hacia la capacidad de producir una experiencia común del daño. No habría que buscar una facultad exclusiva de una raza, sino examinar qué formas de resistencia, solidaridad y conocimiento nacen de una vida sometida al trabajo y a la privación. La justicia deja entonces de ser únicamente una idea que alguien comunica desde fuera. Adquiere una procedencia corporal, aprendida en el corte de la caña, en el descanso negado, en el hambre y en la necesidad de confiar en otros para sobrevivir. La novela reconoce parte de ese saber, pero su narrador no consigue desprenderse siempre de las clasificaciones que limitan la dignidad de quienes lo poseen.

Lamar publicaría en 1937 la novela más dionisiaca de su tiempo en Cuba: La vida apolínea se asumiría en abstracto, en una suerte de epojé que verificaría como el patriotismo cubano había muerto y la revolución mesiánica había ocupado su lugar. La derrota de la fuerza heroica del patriota cubano es descrita en la novela cuando Lamar pone en boca del narrador lo siguiente:

«Se había acostado tarde, después de jugar hasta pasada la una al póker con Mercy y Márquez, buscando distraerse y aligerar de tantas preocupaciones la cabeza cansada. Se ayudó con buenos tragos de whiskey porque el alcohol a la vez reavivaba sus pensamientos daba a la imaginación vuelos ligeros» (pág. 281).[3]

La proximidad entre el juego, el alcohol y las preocupaciones del mediador impide que su conducta adquiera la pureza retrospectiva de una vida enteramente consagrada al sacrificio. Maret busca distracción en la casa de quienes dirigen el central y permanece ligado a las comodidades de su posición. Su voluntad de ayudar no elimina la necesidad de olvidar por unas horas aquello que ha venido a resolver. Dentro de esa escena, lo dionisíaco puede entenderse como una búsqueda de suspensión del sufrimiento, un abandono provisional de la vigilancia sobre sí mismo. La embriaguez aligera la conciencia, pero deja intactas las condiciones que volverán a reclamarla al despertar.

Si se prolonga esa interpretación hacia la totalidad del libro, el vendaval deshace las formas con que la sociedad elegante había hecho soportable su existencia. La conversación, la reputación, el buen gusto y la confianza en la palabra dada pierden eficacia frente a una violencia que no reconoce sus reglas. Sin embargo, identificar sin reservas la rebelión con una irrupción dionisíaca borraría un hecho decisivo. Los trabajadores comienzan organizándose, calculando consecuencias y presentando demandas precisas. El desorden del desenlace ha sido preparado por quienes necesitan atribuírselo. La novela expone la fabricación de una apariencia de caos dentro de un conflicto que había encontrado formas inteligibles de expresión.

Lamar intuía en sus investigaciones como en el patriotismo cubano, a pesar de reservarse una suerte de conservadurismo ideológico, cuajaba una forma trascendente de seguridad en las pequeñas comunidades campesinas, en los campos cubanos. Una pelea cubana de los campesinos y trabajadores agrarios contra la abusiva burocracia y el poder del capital industrial cañero.

Esa seguridad comunitaria tampoco aparece como una posesión indestructible. El hambre modifica la capacidad de resistir, las diferencias de oficio separan a empleados y cortadores, la protección de los extranjeros introduce agravios entre trabajadores y las amenazas vuelven sospechosa cualquier iniciativa. La comunidad existe como necesidad antes de consolidarse como fuerza. De ahí que el conflicto interese a Lamar más allá de sus demandas inmediatas. En él puede observarse la dificultad de convertir una experiencia compartida de subordinación en una voluntad capaz de sostenerse frente a quienes disponen de recursos para dividirla.

Al escoger esta rebelión, el novelista encuentra también una prueba para la pertenencia nacional. Los trabajadores producen una riqueza que circula lejos de ellos, pero viven bajo restricciones que convierten derechos elementales en concesiones patronales. La nación existe como nombre, sentimiento y motivo de conversación antes de existir de manera suficiente como protección. Las reflexiones de Maret sobre una patria que tendría que ofrecer bienestar, servicios y garantías adquieren su sentido dentro de esa distancia. Si pertenecer al país no modifica la indefensión de sus habitantes, el patriotismo corre el riesgo de convertirse en una exigencia de fidelidad dirigida a personas a las que se les niega reciprocidad.

¿Existe el espíritu entre las cosas concretas? ¿El anti-positivismo de Keyserling en su «Diario de viaje» logra influir en el alma de los intelectuales del siglo XX de América? Nada más relativo. Entre las cosas concretas, el espíritu se intercomunica creando una relación de amistad con la técnica. El espíritu en el siglo XX constituye la técnica visible en la concreción de algo empíricamente constructivo.

La pregunta puede acompañar la novela sin convertirse por ello en prueba de una influencia directa de Keyserling sobre Lamar. Dentro del central, la técnica ofrece una concreción especialmente contradictoria. Los empleados conocen las máquinas, los procesos, los tiempos de la molienda y las condiciones necesarias para interrumpir o reanudar el trabajo. Ese conocimiento representa una capacidad humana incorporada a las cosas y compartida mediante el oficio. Frente a ella, la dirección puede desconocer operaciones esenciales y conservar, a pesar de esa ignorancia, la facultad de ordenar, castigar y sustituir. El dominio técnico y el poder de decisión no coinciden.

Los cables, los teléfonos y los transportes enlazan a personas situadas a grandes distancias, pero la rapidez de la comunicación no vuelve más justa la relación. Una orden puede viajar con extraordinaria eficacia desde el espacio del ocio hasta el lugar donde otros sufrirán sus consecuencias. La cercanía material de las voces convive con una lejanía moral que el dispositivo no corrige. Entre una conversación sostenida durante el viaje y una intervención armada en el batey, la técnica establece continuidad sin exigir a los interlocutores una experiencia del daño que están preparando.

La enajenación por la técnica devora lo concreto y lo reduce a una visión abstracta. Una enajenación patriótica. Una burocracia administrativa proclive al turismo y a los viajes a Europa, sin importar lo que sucede en el cañaveral. De eso trata, en perspectivas epistémicas, la gran novela de Lamar Schewer «Vendaval en los cañaverales».

Lo concreto desaparece de la decisión cuando el trabajador se vuelve cifra, costo, riesgo o cantidad reemplazable. Su cuerpo fatigado y su familia hambrienta pueden quedar fuera de una conversación que, sin embargo, decide su existencia. La abstracción no pertenece aquí únicamente al pensamiento. Se realiza en procedimientos que separan la orden de sus efectos y hacen posible beneficiarse de una violencia sin presenciarla. El turismo de las élites adquiere, desde esa separación, una dimensión más grave que la frivolidad. Expresa la posibilidad de disfrutar del país como fuente de ingresos sin compartirlo como destino.

En Niza, donde el dinero y la experiencia deberían asegurarle una vida satisfactoria, Maret comienza a sentir que los placeres se repiten y que los desplazamientos ya no modifican sustancialmente su relación con el mundo. Cambian los hoteles, las mujeres y las ciudades, pero una fatiga persistente vuelve semejantes las experiencias. El aburrimiento anuncia que la vida puede continuar sin ofrecer nada verdaderamente nuevo y que su habilidad para disfrutarla depende de un cuerpo que empieza a retirarle su colaboración. Antes de afrontar el destino de Cuba, Maret se encuentra con la posibilidad de que su propio destino consista en repetir, cada vez con menos fuerzas, los gestos que lo hicieron reconocible.

Con Paulette cree descubrir una excepción a esa repetición. La relación promete convertir en comienzo lo que hasta entonces parecía una sucesión de episodios. El seductor, acostumbrado a conservar una distancia que le aseguraba la salida, empieza a necesitar permanencia. Su desengaño resulta por eso más profundo que una derrota frente a un rival joven. Paulette le revela que la intensidad de su sentimiento no obliga al mundo a corresponderle y que ninguna experiencia acumulada garantiza la libertad ajena a favor de sus deseos. El saber del hombre mundano se vuelve insuficiente precisamente cuando más necesita utilizarlo.

De esa pérdida nace una disposición hacia Cuba que sería demasiado sencillo celebrar como conversión patriótica. Maret regresa herido, y su voluntad de intervenir en la huelga conserva algo de la búsqueda de una ocupación capaz de rescatarlo de sí mismo. Eso no vuelve falsa su solidaridad. Le da una procedencia humana, mezclada, ajena a la pureza con que suelen contarse los sacrificios. Quiere ayudar a los trabajadores y necesita que su vida vuelva a significar algo. La causa pública le ofrece la posibilidad de salir del circuito de sus satisfacciones privadas, pero no borra el pasado que lleva consigo ni garantiza que haya aprendido a juzgar mejor a los hombres.

Desde esta elección narrativa puede proponerse una interpretación existencial del pesimismo de Lamar, sin atribuirle una adhesión sistemática a una escuela filosófica. La novela muestra a un hombre cuyas explicaciones dejan de protegerlo, obligado a actuar dentro de unas circunstancias que comprende de manera incompleta y que pueden destruirlo. Tampoco necesita anunciar que Cuba carece de porvenir. Le basta con conducir una tentativa razonable de reparación hacia un desenlace en el que la buena voluntad no encuentra instituciones capaces de sostenerla. El problema del destino aparece cuando tener razón deja de equivaler a disponer de un lugar desde el cual hacerla valer.

En la confianza depositada en Goldenthal reaparece una dificultad que la experiencia amorosa de Maret tampoco había resuelto. Concede a una relación personal una capacidad de garantía que esta no posee. Cree que el acceso al propietario, la conversación razonada y la amistad pueden corregir lo que los subordinados han deformado. El lector, que conoce la deliberación empresarial sobre la provocación, sabe más que el mediador. La diferencia produce una ironía dolorosa. El hombre que pretende aclarar el conflicto interviene desde un conocimiento incompleto, y una parte de su ignorancia procede de su proximidad a los poderosos. Los privilegios que lo hacen útil para negociar dificultan también su juicio.

La discusión sobre el reconocimiento de los gremios muestra otro límite de su intervención. Una concesión salarial puede negociarse y retirarse. Una organización reconocida introduce un interlocutor que aspira a permanecer. Al aconsejar que ciertas demandas se aplacen para evitar una derrota mayor, Maret actúa con una prudencia comprensible, pero conserva abierta la pregunta sobre quién defenderá mañana lo obtenido hoy. La reparación necesita una duración que la benevolencia personal no asegura. Su esperanza sigue dependiendo de personas cuya voluntad no puede obligar y cuya palabra carece de una garantía suficiente.

Sobre ese terreno, la maniobra de la compañía convierte la protesta en la imagen que necesita para reprimirla. La bandera roja colocada por Panchito forma parte de una operación destinada a producir una apariencia y extraer de ella una autorización para la violencia. Otero conduce a los trabajadores hacia el papel que sus adversarios les han preparado. El aspecto más sombrío del episodio reside en esa expropiación de la acción. Los hombres salen a defender intereses propios y terminan participando en una escena cuyo significado público ha sido decidido contra ellos.

La revolución mesiánica mencionada antes adquiere aquí un sentido que exige cautela. El desenlace no demuestra que toda aspiración revolucionaria haya ocupado espontáneamente el lugar del patriotismo. Presenta una retórica de liberación utilizada para conducir a los trabajadores hacia una derrota preparada. La promesa de un futuro absoluto puede convertirse en instrumento de intereses inmediatos, y quienes creen actuar en nombre de ese futuro pueden ignorar el uso que otros hacen de sus gestos. La tragedia procede de esa separación entre el sentido atribuido a la acción y el resultado para el cual ha sido organizada.

A partir de ahí, el pesimismo sobre Cuba puede entenderse como el temor a que la nación sea incapaz de convertirse en autora de sus actos. La protesta existe, el sufrimiento existe, la necesidad de cambiar existe, pero otras voluntades consiguen apropiarse de sus expresiones y utilizarlas para prolongar lo que se quería combatir. El porvenir parece cerrado porque incluso los movimientos dirigidos a abrirlo pueden ser desviados. La novela muestra la posibilidad de que una rebelión justa quede subordinada a la estrategia de quienes necesitan verla fracasar.

Llegado el momento de la violencia, Maret abandona la protección relativa de su posición y entra en el espacio donde su cuerpo puede recibir el daño. Hasta entonces había hablado, calculado, negociado y confiado. Al interponerse ante los trabajadores, acepta una exposición que ninguna de esas actividades exigía de la misma manera. Participa en el peligro que intentaba explicar desde fuera. La decisión no resuelve el conflicto, pero modifica su relación con él y hace que su última intervención pertenezca a una responsabilidad asumida personalmente.

El disparo de Otero interrumpe esa posibilidad antes de que Maret termine de hablar. Lamar le niega el discurso final que habría convertido su muerte en una lección inequívoca. No conocemos una reparación posterior ni una comunidad reconciliada alrededor del sacrificio. Quedan un cuerpo en el fango, los trabajadores amenazados y el mecanismo represivo en funcionamiento. La muerte demuestra el valor de una acción sin demostrar su eficacia histórica. Entre ambas cosas se abre la distancia desde la cual puede hablarse de un existencialismo pesimista. Un acto puede ser moralmente verdadero y no encontrar un mundo dispuesto a recogerlo.

Todavía más revelador resulta que, en el instante de caer, Maret conserve el pensamiento de Paulette. El hombre que interviene para impedir una matanza no se ha desprendido de su herida amorosa. Muere sin alcanzar una unidad perfecta entre su vida privada y su conducta pública. Su generosidad pertenece a un ser inconcluso, que ha comprendido algunas cosas demasiado tarde y que sigue sin comprender otras. La existencia no recibe una explicación total antes de terminar. El último clavel, formado por la sangre sobre la ropa del hombre elegante, reúne la continuidad de una vida y la violencia que la corta.

Al dejar el porvenir del central fuera del cierre, Lamar concentra la emoción en la desaparición del intelectual y revela también el límite de su propia imaginación política. Los trabajadores habían demostrado capacidad para formular demandas y organizarse, pero la esperanza narrativa acaba depositada en un mediador excepcional. Su muerte puede adquirir entonces la apariencia de una derrota de toda posibilidad de reparación. El fracaso de Maret no prueba, sin embargo, la imposibilidad de Cuba. Prueba la insuficiencia de una salida confiada a la lucidez, al prestigio y al valor de un individuo frente a poderes que cuentan con dinero, armas y capacidad para fabricar la versión de los hechos.

Quizá Lamar escoge esa rebelión porque en ella puede llevar hasta sus últimas consecuencias una sospecha que el hastío europeo apenas había anunciado. La vida ofrece ocasiones de actuar, pero ninguna promesa de que la acción encuentre correspondencia con su intención. El país puede ser amado sin llegar a ser habitable, la justicia puede reconocerse sin obtener protección y el sacrificio puede consumarse sin inaugurar un futuro. Bajo el nombre del vendaval, esas posibilidades adquieren la apariencia de un destino. La novela, al mostrar quién prepara la provocación, quién coloca la bandera y quién dispara, deja abierta otra interpretación dentro de su propio pesimismo. Aquello que se presenta como fatalidad cubana ha sido producido por hombres concretos. Lo terrible es que, cuando Maret intenta decirlo, ya han decidido no dejarlo terminar.

[1] La valoración atribuida a Marcelo Pogolotti se conserva tal como aparece en el texto aportado. Para publicarla como cita literal hace falta identificar su fuente.

[2] La referencia a un cosmopolitismo posterior a la Segunda Guerra Mundial es incompatible con una novela publicada en 1937. El marco correspondiente sería el período de entreguerras. Se mantiene la formulación original por la indicación de no suprimir nada.

[3] En Ediciones Exodus de 2020, el pasaje está en la página impresa 286. Su segunda oración dice «Se ayudó con buenos tragos de whiskey, porque el alcohol a la vez que reavivaba su pensamiento daba a la imaginación vuelos ligeros». La transcripción aportada presenta pequeñas diferencias.

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