«Sentado en el aire», de Juan Carlos Recio

Por El Coloso de Rodas

En La doctrina suprema, Hubert Benoit sostiene que el mayor regalo que la existencia ofrece al ser humano es conferirle la condición de poeta. Esta afirmación, lejos de ser una metáfora romántica, se erige como una revelación filosófica de hondas implicaciones: todo individuo lleva en sí mismo una potencia poética aún no descubierta, una capacidad latente de afirmación personal, de comunión íntima con el mundo, cuyo despertar depende únicamente de un acto decisivo de conciencia: Let’s go. Liberarse de los prejuicios, despojarse de las rigideces que impiden una realización plena y armoniosa con la naturaleza, constituye el paso previo hacia esa afirmación poética de la existencia.

En esta línea, el poemario de Juan Carlos Recio representa, antes que nada, un gesto de voluntad: un intento de partida, un deseo explícito de irse. Esta voluntad de movimiento —de desarraigo, incluso— se enuncia también como un deseo de liberación. Pero, paradójicamente, este mismo impulso se convierte en el primer obstáculo. El poeta quiere marcharse, pero la nostalgia lo retiene. Quiere liberarse, pero la memoria actúa como ancla.

En la poesía de Recio, la honestidad ocupa un lugar central. Es tal vez su rasgo más inmediato, más tangible. No se trata simplemente de sinceridad como virtud literaria, sino de una forma de inserción digna y frontal en el mundo que lo rodea. Su palabra es directa, sin afeites innecesarios, sin pretensiones de trascendencia impostada. Su poesía nace del contacto vivo con la experiencia personal, con lo vivido, con lo que se vive. Es en este cruce —entre el tiempo de la memoria y el tiempo presente— donde emerge el dilema que vertebra su obra: avanzar sin perderse, avanzar sin traicionar aquello que lo conforma.

Este dilema, sin embargo, no debe confundirse con una encrucijada existencialista. Aunque ciertos tonos y gestos puedan remitir al sinsentido o a la incertidumbre que caracterizan al pensamiento existencial, la poesía de Recio no parece sucumbir del todo a esa angustia. Por el contrario, hay en su palabra una voluntad de reconciliación con la incertidumbre, una aceptación lúcida de la fragilidad como condición esencial. Estar “en el crepúsculo”, como él mismo sugiere, no es una condena, sino un inicio. Un lugar desde donde se puede mirar con más claridad. El poeta, como el hombre moderno, siente que no pertenece a ninguna parte. Está desarraigado, pero en esa misma inestabilidad encuentra la posibilidad de crear un lugar imaginario, un espacio aéreo, metafórico, desde donde repensar su identidad.

Este “estar en el aire” no es una pérdida, sino una posibilidad. La ausencia de arraigo físico se convierte en una forma de libertad poética. La literatura, en este caso, actúa como refugio pero también como plataforma. Recio no escribe desde la certeza ni desde la pertenencia, sino desde la oscilación constante entre el deseo de irse y la imposibilidad de hacerlo del todo. Este es el drama silencioso que recorre su cuaderno: una barca dispuesta a partir, pero un remero que aún duda. Un pie en el muelle y otro en la orilla incierta de lo porvenir.

En cuanto al estilo, su poesía se podría catalogar como una forma de “poesía en actos”, en el sentido en que cada poema parece ser el registro de un gesto vital, de una reacción emocional, de una pequeña revolución interior. No hay en Recio ornamento gratuito ni juego retórico vacío. Cada verso tiene la urgencia de lo vivido, la gravedad de lo que se dice sin cálculo. Se trata, en ese sentido, de una poesía necesaria. Una palabra que busca desenmarañar los prejuicios que lo habitan, y que lo hace con una calidad literaria notable. No se limita a exponer, sino que intenta comprender, avanzar, encontrar una salida.

Sin embargo, este intento no está exento de contradicciones. Hay momentos de retroceso, de vacilación. El poeta se aproxima a la otra orilla, pero titubea. La incertidumbre lo detiene. Y sin embargo, aun en ese ir y venir, hay una ganancia invaluable: la conciencia del movimiento. Recio es, antes que nada, un poeta en tránsito. Y en ese tránsito encuentra la dignidad de su palabra.

Es natural, por tanto, que en ciertos pasajes su poesía adopte un tono cínico. No como pose, sino como estrategia de supervivencia emocional. El cinismo, aquí, funciona como una válvula de escape, como una forma de aliviar la presión del desarraigo, de convivir con las penas sin ceder ante ellas. El poeta se sienta “en el aire”, sí, pero desde ahí observa, analiza, se recompone. No se trata de evasión, sino de un modo particular de resistencia.

El retorno a la infancia, tan frecuente en su cuaderno, no obedece a un impulso nostálgico banal. Responde más bien a una necesidad del ego, que busca en la niñez una fuente de sentido, una matriz emocional que pueda redimirlo del desencanto. Y es que el folclorismo —no como estética sino como sensibilidad— constituye un elemento determinante en la identidad del cubano, especialmente de aquel que ha tenido que abandonar su patria. Esa naturaleza mestiza, afectiva, profundamente simbólica, genera un recogimiento que afecta incluso al más racional de los exiliados. Y es precisamente ese recogimiento, esa conmoción íntima, lo que se percibe con fuerza en el último poema del libro.

Ese poema, el último en el orden del cuaderno pero el primero que el lector encuentra al abrir el libro, posee una delicadeza particular. Es temprano en la mañana y la lectura ocurre casi en secreto, como si se tratara de un ritual íntimo. Durante la presentación del libro, en el Delio Photo Studio, el poeta lee varios de sus textos, y algo se remueve en el corazón del oyente. La escena no tiene nada de grandilocuente, pero sí una potencia simbólica profunda: el poeta se despide. O al menos, ensaya una despedida. La barca está lista. Sólo falta que diga: vámonos. Como si el desarraigo, en efecto, se hubiese convertido ya en una cuestión de estilo, o peor aún, en una moda.

En última instancia, el valor del poemario de Juan Carlos Recio reside en su coherencia interna. No se trata de una coherencia programática, sino de una fidelidad profunda a una experiencia vital. El empuje hacia adelante, aun en medio de las dudas y de los retrocesos, confiere al libro una unidad secreta, una forma de verdad. Leer este cuaderno es participar de ese impulso, sentarse también en el aire y, desde ahí, contemplar el mundo con ojos nuevos.

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