Por El Coloso de Rodas
«No, no había nada de eso en ella. Todo en ella era maternal.
Un desbordamiento de la maternidad presentida».
Gustavo Pittaluga/ Diálogos sobre el destino.
Gustavo Pittaluga, reconocido no sólo por su generosidad y su refinada capacidad de observación, sino también por la lucidez crítica de su pensamiento, fue un biólogo distinguido cuya trayectoria intelectual y vital lo situó en una posición privilegiada para contemplar las complejidades y las finas texturas de la existencia humana. Su sensibilidad lo llevó a percibir aspectos del mundo que escapaban a otros, permitiéndole vincular su ejercicio profesional con una reflexión de alto contenido filosófico. Para Pittaluga, nociones como intuición, pasión, heroísmo, esfuerzo y espiritualidad no se reducían a categorías abstractas o a meros recursos retóricos: se trataba, en cambio, de elementos fundamentales, constitutivos de su experiencia personal, de su compromiso con el conocimiento, y de una disciplina interior que elevaba su existencia a una forma de ascesis. Estas ideas, lejos de permanecer en la teoría, se articulaban como los cimientos de su subjetividad y como las columnas portantes de una ética vivida, activa, que definía su actuar y su forma de estar en el mundo.
Durante su estancia en Cuba —un periodo fecundo tanto para su pensamiento como para el diálogo intercultural—, Pittaluga alcanzó una comprensión de la espiritualidad que se podría calificar, sin exageración, como excepcional dentro del horizonte intelectual de su época. Ningún otro autor de su tiempo pareció haber penetrado con tanta hondura el entrelazamiento entre destino nacional y dimensión espiritual. Su preocupación no se limitaba a una observación externa de los problemas del país: se trataba, más bien, de una inquietud íntima, profundamente enraizada en la conciencia del devenir de Cuba como proyecto político, cultural y ético. Así, en el centro de su reflexión emergía una interrogante radical: ¿cuáles eran las fuerzas —visibles o no— que amenazaban con desfigurar la nación cubana? Esta pregunta orientaba su crítica y su diagnóstico.
Mientras pensadores como Ramiro Guerra y Fernando Ortiz enfocaban sus análisis en las estructuras económicas y los procesos de integración étnico-cultural, y Jorge Mañach problematizaba la ausencia de una voluntad colectiva de estilo, Pittaluga apuntaba hacia una dimensión menos cuantificable, pero no por ello menos determinante: la renuncia al esfuerzo como valor civilizatorio y la decadencia moral causada por una repetición sin trascendencia. Para él, el mayor peligro no era la carencia material o la debilidad institucional, sino la disolución del heroísmo ascético, es decir, de la capacidad de sacrificio, de autodisciplina, de entrega desinteresada que debe sustentar toda comunidad política duradera.
En este sentido, su mirada —penetrante y crítica— recuerda al diagnóstico genealógico nietzscheano. Pittaluga no se contentaba con identificar síntomas; buscaba las causas profundas. Observaba, con un espíritu semejante al del filósofo alemán, cómo las generaciones cubanas contemporáneas y venideras parecían inclinarse a evitar el esfuerzo, replegándose en una pasividad que, bajo la apariencia de libertad, descomponía los fundamentos del cuerpo político. Esta evasión, más que una estrategia coyuntural, se le presentaba como una claudicación espiritual, y por ello lo preocupaba profundamente. Se preguntaba si delegar el destino de la nación al azar, sin mediación de la voluntad, no equivaldría, en el fondo, a incurrir en una forma de error ontológico.
Este errar —término que en Pittaluga se carga de densidad histórica y existencial— no era simplemente un desvío: se manifestaba como una sinergia activa, una deriva propia de una existencia que, al desentenderse de sí, se aventuraba en una travesía ambigua, a la vez con y sin destino. Frente a la falta de una teleología clara, la existencia poseía, en su opinión, la facultad de corregirse a través del ejercicio del espíritu. Sin embargo, el hecho de que, después de medio siglo republicano, Pittaluga vislumbrara en el devenir cubano un errar reiterado y dictado por el destino, sugiere una sospecha más honda: la de que existía un equívoco estructural, quizá incluso inscrito en la gramática del tiempo.
Esta sospecha se intensifica si dirigimos la atención a los niveles más íntimos de la enunciación, a esos diálogos maternales donde el pensamiento se entreteje entre el sujeto (el que narra, el que piensa) y el objeto (el destino errante). En esta intersección, el errar ya no es sólo histórico o político, sino también epistémico. La nación misma se revela como objeto de una conciencia que participa en la construcción de su sentido. Y es precisamente en esta zona de confluencia entre la figura femenina y el flujo de la información donde se despliega una resistencia fecunda al error. En otras palabras, lo femenino, comprendido como matriz de información y de sentido, actúa como una fuerza contraria a la desorientación metafísica que ha dominado la historia del pensamiento occidental.
Este campo informativo, impregnado de una cualidad materna, irradia una objetividad particular. En su seno, el esfuerzo se transfigura: ya no se trata simplemente de una imposición ética o un imperativo moral, sino de una experiencia de iluminación, una revelación en la que el sujeto y el objeto —tradicionalmente separados— se reconcilian. Así, el esfuerzo maternal, en tanto fuente formativa, se vuelve portador de una memoria que es simultáneamente individual y colectiva, histórica y simbólica. Esta memoria genera juicios, ordena las fuerzas del espíritu y abre posibilidades de configuración para el destino.
La objetivación que surge de esta matriz escapa, o al menos desafía, las estructuras clásicas de poder articuladas en la dialéctica amo-esclavo, cuyo fundamento filosófico reside en el dictum cartesiano del cogito ergo sum. En contraste, Pittaluga parece postular, si no explícitamente, al menos implícitamente, un horizonte donde el destino de Cuba depende menos de las ideologías como sistemas de dominio que de la activación de un espíritu subjetivo capaz de autorregularse, de gobernarse a sí mismo. En este marco, el verdadero conflicto no se da entre opresores y oprimidos, sino entre el olvido del esfuerzo y su reapropiación.
En sus Diálogos sobre el destino, Pittaluga propone una ética del esfuerzo que va más allá de la retórica independentista o del gesto simbólico de emancipación. Frente a un discurso nacional que muchas veces se limita a la repetición de consignas heroicas, él exige la realización concreta de la libertad: no como mera declaración, sino como ejercicio cotidiano de autorregulación. Influido por su lectura de Nietzsche, concibe el cuidado de sí como vía para la materialización de la libertad individual. El sujeto cubano, al desdeñar el heroísmo y rehuir el esfuerzo, se aleja de su posibilidad de autorrealización, y con ello pone en riesgo su autonomía futura.
Este descuido por el otro —por el prójimo como reflejo de uno mismo— es, para Pittaluga, indicio de una enfermedad más profunda: el abandono de la ética como cuidado mutuo. En consecuencia, su preocupación última por Cuba se orienta hacia esta ética: no la del deber impuesto, sino la del esfuerzo como realización espiritual del sujeto en comunidad.
Una figura femenina ocupa un lugar central en Diálogos sobre el destino. Gustavo Pittaluga, influido por la obra Cartas biológicas a una dama de Jakob von Uexküll tras un intercambio con Ortega y Gasset en 1925, adoptó a la mujer no sólo como objeto de estudio, sino como vía para acceder a una comprensión ascética de la vida.
Diálogos sobre el destino, publicado en 1954 y galardonado con el Premio Veloso de la Cámara Cubana del Libro, representa la culminación del pensamiento de Pittaluga. Esta obra, que vio su segunda edición en 1969 bajo el sello de Mnemosyne Publishing en los Estados Unidos, con prólogo de Jorge Mañach, reúne las inquietudes filosóficas, éticas y culturales que definieron su madurez intelectual. Médico y biólogo de origen italiano, nacionalizado español en 1904, Pittaluga se exilió en Cuba en 1936 tras la Guerra Civil Española, y allí consagró sus últimos años al estudio del destino nacional cubano y del papel de la mujer en su configuración. En Cuba dirigió el Departamento de Climatología e Hidrología Experimental del Ministerio de Salubridad y fundó los Archivos del Instituto Nacional de Hidrología y Climatología Médicas.
En su interpretación de la historia y de la metafísica occidental, Pittaluga identificó el error como consecuencia de la separación tajante entre sujeto y objeto. Contra esta lógica, propuso un modelo en el que la figura femenina —particularmente la materna— encarna una forma alternativa de conocimiento, una racionalidad no instrumental. La información, entrelazada con la experiencia femenina, adquiere un carácter formativo, y el esfuerzo, lejos de ser simple voluntad de poder, se convierte en mediación transformadora entre la experiencia individual y la conciencia histórica.
Este esfuerzo no es sólo acción: es memoria activa, tejido de sentido, juicio encarnado. Su génesis no se explica sin la dimensión subjetiva del cuidado y la formación. Por eso, Pittaluga propone que la historia de Cuba —más allá de los relatos políticos o económicos— debe leerse como una pedagogía del esfuerzo. Frente al modelo hegeliano de la lucha entre amo y esclavo, regido por el cogito, él propone una ética relacional, donde el destino nacional se construye en el entrecruzamiento de subjetividades históricas que no se reducen a ideologías dominantes.
En Diálogos sobre el destino, Pittaluga articula esta ética del esfuerzo como camino hacia la autorrealización. Para él, la libertad no podía limitarse a ser una narrativa de emancipación política. La libertad debía practicarse, ejercerse mediante el autocuidado, la autodisciplina y la responsabilidad hacia el otro. Influido por Nietzsche, concibe el ascetismo no como negación del mundo, sino como forma activa de intervención en el devenir histórico.
La figura del sujeto cubano, tal como la analiza Pittaluga, ha dejado de lado el esfuerzo y el heroísmo, lo cual compromete su capacidad de autogobierno. Esta negligencia espiritual suscita su preocupación por el cuidado del prójimo, entendido no como caridad, sino como reconocimiento activo de la interdependencia en la construcción del futuro común.
A una década de la publicación de Diálogos, en Buenos Aires se editó Grandeza y servidumbre de la mujer, texto que María Zambrano consideró fundamental para una ética del feminismo. En este libro, lo ético se asocia con la formación del carácter, la autodisciplina y el autocuidado. ¿Qué relación guarda esta obra con los Diálogos? La clave está en la intuición femenina como forma de acceso a la verdad. Mientras el hombre se inclina por la predicción y el cálculo, la mujer, según Pittaluga, intuye los signos del destino. Esta diferencia no implica jerarquía, sino modos distintos de relación con lo real.
La elección de la mujer como interlocutora no es casual. Años antes, en el contexto español, Pittaluga ya había intuido que el mundo social podía interpretarse desde una lógica biológica que no excluía la subjetividad. En una reunión celebrada en el Hotel Palace en 1926, con la participación de Ortega, María Zambrano y Claudio Donoso, se debatía precisamente el sentido del ascetismo en la tradición nietzscheana. En ese marco, Pittaluga empezó a elaborar su idea de que el conocimiento verdadero exige una disposición ética sostenida por el esfuerzo y la intuición —una disposición que, en su visión, encontraba su forma más completa en la figura femenina.
«Las corridas de toros, sin duda, no desaparecerán, ¡y por suerte! ¿No te das cuenta de la locura que siguen despertando? Es que el espectáculo que te parece bárbaro no lo es, porque encarna la belleza misma; sí, es la belleza misma… ¿Lo niegas, María, aunque lo intentes? No se puede negar eso, aunque quieras. La belleza no se encuentra en los banderilleros, ni en las capas rojas, ni en los trajes de luces. La belleza reside en el desprecio por el peligro, en el riesgo asumido por el torero, en la falta absoluta de amor por la vida, ese vil amor a la vida que el torero no siente. Porque, mira, eso eleva al torero, un ser que en su mayoría es vulgar, a alturas desmesuradas. Deja de ser un ser primitivo para convertirse en un ser superior. ¿En qué se diferencian las razas inferiores de las más elevadas? En que las primeras son infinitamente más susceptibles al terror que las últimas… ¿Que el torero no arriesga su vida? Entonces, ¿qué hace en todo momento si no arriesgarla segundo a segundo? Y en cuanto al caballo, ¡qué honor se le otorga! El caballo es un animal al que el hombre honra al hacerlo partícipe de una fiesta heroica. El caballo en el ruedo se dignifica como en un campo de batalla».
Pasemos ahora, de manera sucinta pero rigurosa, a examinar el contenido de Diálogos sobre el destino, una obra que articula con claridad los recursos del ensayo filosófico y la meditación literaria, proyectando una visión compleja del pensamiento sobre el devenir histórico y cultural.
La estructura de la obra se organiza en nueve diálogos y un monólogo, donde se explora la interacción entre los factores que configuran el destino y el papel de las generaciones futuras en su desenvolvimiento. En estos textos, confluyen dimensiones geográficas, históricas, demográficas, económicas, culturales y políticas, todas atravesadas por la noción de azar y fortuna, bajo una orientación espiritual de raíz ecuménica. El monólogo final, en particular, expone una reflexión desde una voz femenina, que interroga el pasado y anticipa el porvenir, vinculando estos tiempos con la noción de disciplina entendida desde una sensibilidad distinta a la tradicionalmente masculina.
Lejos de concebir a la mujer como figura secundaria o subordinada, Pittaluga la sitúa como agente activo en la configuración de un nuevo horizonte. En esta perspectiva, la mujer no es solo portadora de valores éticos, sino que se presenta como catalizadora de una forma superior de disciplina, orientada al crecimiento personal y colectivo. Frente al hombre, sugerido como epígono de una humanidad en crisis, la figura femenina encarna una posibilidad renovadora: la nación no se concibe únicamente como construcción política o delimitación territorial, sino como expresión ética de una idiosincrasia común.
El concepto de destino, tal como aparece en la obra, se deslinda de toda visión reduccionista de corte economicista. La nación no puede entenderse como simple mercado, ni la historia como suma de intercambios materiales. En cambio, se propone una ética del ascetismo y una aspiración a la unidad entre los pueblos, con especial énfasis en el contexto centroamericano. Allí, la obra sugiere una posible federación de estados como modelo de integración espiritual y cultural con proyección universal.
La tradición hispánica es asumida como fundamento formativo de la cultura cubana. Los elementos determinantes del destino nacional —historia, geografía, demografía, cultura— son interpretados como sedimentos civilizatorios, de los cuales se desprende la fisonomía moral de un pueblo.
Desde esta óptica, la obra plantea un imperativo: despertar una conciencia colectiva orientada a la trascendencia. No basta con asumir el destino como resultado de fuerzas externas o contingentes. Se impone, más bien, una comprensión del destino como construcción deliberada, fundada en el esfuerzo, la autodisciplina y la responsabilidad ética.
En suma, Diálogos sobre el destino se presenta como una reflexión sistemática sobre la conformación del destino nacional, en la que convergen múltiples factores, destacando el papel central de la mujer y la necesidad de una conciencia común para construir un futuro verdaderamente humano.
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¹ “Científicos españoles exiliados en Cuba” En: Revista de Indias (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) 62 (224), págs. 184-85
² Nació el 10 de noviembre de 1876 en Florencia, Italia. Hijo del general italiano Giovanni Pittaluga. Dr. En medicina de la Universidad de Roma 1900. Participo en 1902, en Madrid, en el XIV Congreso Internacional de Medicina. Nombrado jefe del Servicio de Desinfección del Instituto de Higiene Alfonso XIII en España en 1905. Desde 1911 catedrático de Parasitología y Patología Tropical de la Universidad de Madrid. En 1913 descubre la forma endémica de kala-azar (leishmaniasis). En 1915 ingresa en la Real Academia Nacional de Medicina. A partir de 1920 asume el cargo de la organización de la lucha contra el paludismo en España. En 1923 diputado por Alcira. En 19244 participó como delegado del Comité de Higiene de la Sociedad de las Naciones en una comisión que realizó un largo viaje de estudio por los Balcanes y la Rusia de los soviets. En 1931 diputado de las Cortes republicanas Constituyentes, por la Derecha Liberal Republicana en Badajoz. En 1935 director del Instituto Nacional de Sanidad. Nidia Sanabria: “Pittaluga, España y Cuba”. En: periódico ABC, 21 enero, 1995.
³ María Sambrano: “A propósito de la grandeza y servidumbre de la mujer”. En Sur, revista argentina, No. 150, 1947
⁴ A bordo del “Manuel Arnús”, en el mes de febrero de MCMXXVI.
En Atenea, año III, Nº 4, junio 30 de 1926.