«Sanctasanctórum», de Jesús “Tinito” Díaz

Por Spartacus

Hay un instante, siempre furtivo, en que el hombre despierta del letargo de las cosas. No es el despertar cotidiano de quien abre los ojos y se entrega al mundo, sino otro más hondo, más tembloroso, es decir, el despertar que atraviesa las apariencias y vislumbra, por un resquicio de asombro, la latencia de lo sagrado. En ese umbral entre el olvido y la visión se sitúa el poemario Sanctasanctórum de Jesús “Tinito” Díaz, como si en cada verso se oyera aún la respiración detenida de los difuntos, y la palabra poética se volviera ceniza que preserva el fuego.

Todo comienza, quizá, con un balbuceo. Un intento por nombrar aquello que no se deja decir; la infancia, la casa, la madre, el umbral, el zaguán, la lámpara que colgaba en la penumbra, el perro que dormía al pie de la cama. Nombrar no para clasificar ni dominar, sino para rozar con palabras lo que ya se va desvaneciendo. Es allí donde el lenguaje se torna rito, y la poesía, exorcismo del olvido.

En este ejercicio de recuperación, Tinito Díaz transita por tres dimensiones del mundo, o más bien, tres maneras de habitarlo. La primera —nos diría Buber— es la del “yo-ello” cuya relación instrumental con los objetos, donde el mundo se convierte en inventario y función. Luego vendría el “yo-tú”, más cálido y vincular: la madre, el hijo, el amigo, la esposa. Pero hay una tercera región, apenas accesible, que no es ya un vínculo humano ni una cosa disponible, sino un temblor ante lo innombrable: “yo y aquello”. Ese “aquello” que no se ve ni se toca, pero cuya presencia es absoluta, como el vértigo ante un abismo o el silencio espeso que se cuela en la hora del sueño.

Sanctasanctórum se instala en esa tercera región. Y lo hace con una conciencia aguda del peligro que implica nombrar. Porque toda nominación es también una pérdida: al decir “árbol”, se extingue el temblor único de las hojas al viento; al decir “madre”, se aleja el perfume exacto de su voz. Pero ¿qué otra cosa puede hacer el poeta sino nombrar? Nombrar como quien rescata; nombrar como quien convoca lo que se ha ido.No poderlo nombrar hace que constituya un misterio, que devenga una divinidad. En palabras del autor: “Cada cosa que nombro muere dos veces: / una en la vida, otra en el poema.”

El poemario no sólo indaga en los objetos del pasado, sino que los dota de una gravitación metafísica. La casa de la infancia —ese hogar hecho de luz y penumbra, de cuchicheos y ausencias— no es sólo una morada material sino un axis mundi, un centro sagrado desde donde todo adquiere sentido. De ahí el título: Sanctasanctórum, el lugar más íntimo, más reservado, donde lo profano se abstiene y lo sagrado tiembla. Pero ese lugar —lo sabe el poeta— está en ruinas. Su acceso no es inmediato; exige un descenso. Y ese descenso se hace con palabras.Como él mismo escribe: “He venido a mirar las cosas que olvidamos: / la lámpara vencida, el plato de la abuela, / el perro que murió sin un ladrido.” (Inventario) Y también: “El sanctasanctórum ya no existe, / pero aún tiembla su nombre / cuando alguien dice ‘mi infancia’.”

No es casual que en la sombra de este poemario se advierta la figura de Eliseo Diego. En ambos hay una mirada que intenta redimir lo pequeño: la silla de mimbre, la mesa, la lámpara, el pan en la cocina. Pero mientras Eliseo —en su afiliación católica— tiende a simbolizar esos objetos como huellas de lo divino, Tinito Díaz parece desconfiar de esa trascendencia impuesta. Su sacralidad es más densa, más terrestre. Lo sagrado no está más allá del mundo, sino en lo más concreto, en lo más frágil, en aquello que ya está desapareciendo. Nombrar es aquí un acto de melancolía, no de fe. Y esa diferencia es esencial. Lo importante no es el factor tiempo. Un poco más de tiempo y se pierde lo eterno. Un poco más de tiempo y todo queda en un sueño absoluto, en la penumbra. Esa es la ansiedad de Eliseo por nombrar las cosas. Tiene miedo a perder su identidad, su cultura, todo lo que lo sustrae de darle sentido a su vida. Y es así como la ansiedad del olvido parafrasea y enmascara la ansiedad de las influencias. Como escribe Díaz: “Todo lo que amamos nos devuelve / en su forma más triste: / sombra.”

La ansiedad que recorre Sanctasanctórum no es la de alcanzar lo eterno, sino la de no olvidar lo esencial. Y sin embargo, en esa voluntad de memoria hay también una trampa: la ansiedad de las influencias. Como si la mirada del poeta, al intentar recuperar lo vivido, no pudiera evitar filtrar sus emociones a través del tamiz de otros. Eliseo, Lezama, Cernuda. Entonces, lo que parecía una mirada original, se ve teñida de ecos. No por imitación, sino por gravitación cultural. El poeta, en su deseo de recuperar lo suyo, se ve asediado por lo ajeno.

¿Es posible escapar a esa red de influencias? ¿Es posible nombrar sin repetir? La pregunta no es nueva. Ya Borges advirtió que toda palabra es una cita, y que todo escritor escribe bajo la sombra de otros. Pero hay grados. Hay poetas que repiten porque no encuentran, y otros que repiten porque, al encontrar, descubren que ya había sido dicho. Tinito Díaz parece estar entre estos últimos. Su nostalgia no es mimética, sino existencial. Nombrar no es para él una estrategia literaria, sino un acto de supervivencia.

Pero toda supervivencia implica un precio. Y el precio es la imposibilidad de recuperar lo perdido. Se nombra para salvar, pero al nombrar se confirma la pérdida. Lo que fue, ya no es. Lo que queda es palabra. Por eso Sanctasanctórum no es sólo un poemario, sino un mausoleo. Cada poema es una lápida que intenta fijar algo del pasado, aunque sólo consiga preservar su sombra.

¿Es esto un fracaso? No. Es el modo en que la poesía se enfrenta al tiempo. Y es también el modo en que el hombre —cuando no se resigna— logra dar un salto, como decía Jaspers. Un salto no hacia la fe, sino hacia el sentido. Porque el sentido no está en poseer algo, sino en establecer una relación con ello. Yo no poseo mi casa, mi infancia, mis muertos. Pero me relaciono con ellos a través de la palabra. Y esa relación es la que da forma —dolorosa, pero también luminosa— a mi identidad.

El dilema que atraviesa a Tinito Díaz no es sólo poético, sino ontológico: ¿qué es mío?, ¿qué soy yo cuando intento decir “yo”? La respuesta no viene de la filosofía ni de la religión, sino de esa zona intermedia donde habita la poesía. Una zona donde la palabra no afirma ni niega, sino que sugiere, murmura, invoca. Y allí, en ese murmullo, lo innombrable se deja oír. Por un instante. Por un poema. Por un nombre que no es nombre, sino invocación.

Sanctasanctórum es ese intento. Un ritual de nombramientos que no buscan definir, sino acompañar. Palabras como luces débiles en el corredor de la memoria. Palabras que tiemblan como velas encendidas en la noche. Palabras que no salvan, pero que sostienen. Y acaso eso sea lo único que podemos pedirle a la poesía: no que nos devuelva lo perdido, sino que nos ayude a soportar su ausencia.

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