Por KuKalambe
Rolando estaba echado en su taburete cojo, contemplando una esquina descascarada de la pared donde el salitre y el tiempo habían tallado, sin querer, el rostro de Fidel en modo regaño. Ceño fruncido, baba perpetua, y esa mirada de trueno que parecía a punto de invocar una consigna. Hacía años quería pintar la casa. Pero siempre pasaba algo, o no había pintura, o no había brocha, o no había país.
Esa tarde, sin embargo, mientras se rascaba el ombligo con gesto reflexivo, apareció Shago, el merolico, filósofo ambulante y traficante de objetos. Venía empujando un coche de niño donde cabía el caos entero; chancletas , cables extintos, una radio soviética y encima una gallina embalsamada.
—Shago, mi sangre —le gritó Rolando desde el portal—. ¿No tendrás una brocha gorda por ahí, pa’ pintar esta covacha y ahuyentar la tristeza?
Shago frenó con la teatralidad de un vendedor. Escaneó el entorno, hurgó en su carreta y soltó su clásica promesa:
—Déjame revolver entre mis mercancías. Se fue, dejando atrás un rastro de aceite de biela y perfume de contrabando. Volvió minutos después, montado en una bicicleta de tres ruedas que solo tenía dos, y la tercera era un alambre en forma de aro con una foto de una rueda pegada con tape gris. En la mano traía una brocha gorda que parecía la melena disecada de un unicornio tropical.
—Aquí está, Rolando. Pelo negro, como de caballo. Original, edición Revolución.
Rolando la tomó con reverencia,—¿Y cuánto cuesta esta maravilla, Shago?
—Media parada, compay.
Rolando se rascó el pecho, donde guardaba la cuenta bancaria nacional: puro aire.
—Lo que tengo en el fondo del alma es cuarentiña.
Shago se rió con una risa granulada de sobreviviente. Le aceptó los dos billetes de veinte arrugados y un medio paquete de cigarros.
—Los otros me los fumé soñando que Cuba era Canadá —dijo Rolando, entregándolos.
Shago asintió, guardó todo en el bolsillo y preguntó:
—¿Y tú pa’ qué quieres pintar, socio? ¿Quién va a venir a verte? ¿El Espíritu Santo o el inspector de sueños?
—Quiero pintar pa’ ver si el color tapa la tristeza —respondió Rolando, con seriedad que sólo da la falta de sentido.
—¿Y con qué pintura?
—No hay. Pero esta brocha sirve pa’ pintar el aire.
Shago soltó una carcajada y luego se puso solemne. Sacó un frasco vacío de perfume francés y lo llenó de aire como quien embotella un milagro.
—Toma. Pinta con esto. Es la nueva tendencia, pintura invisible, marca Desesperación.
Y se fue en su bicicleta, Rolando pintó el aire. No cambió el mundo, pero el color de su locura se volvió más habitable. Clavó la brocha en la pared, como quien instala una antena para captar realidades paralelas.
Entonces llegó Ñico, preso viejo, recién salido “por error en el papeleo”, según él. Ñico hablaba en jerga carcelaria y verdades comprimidas.
—Compay, si estás pintando el aire, cuida’o no te acusen de conspiración atmosférica. Eso ahora es delito con nombre en latín.
Rolando lo miró con ojo medio cerrado:
—Ñico, aquí todo es delito, pensar, bostezar fuera de horario, tener dudas sin autorización. Pero pintar el aire… eso es revolución interior.
Ñico, que había robado una moto eléctrica a un policía dormido, le ofreció una vuelta.
—Vamos al mercado. A vender aire pintado. Tú con la brocha, yo con el pomo. Arte conceptual. En dólares. Como hacen ellos desde hace sesenta años.
En el camino se les unió un perro flaco que respondía al nombre de Cadete. Parecía haber estado en todos los discursos desde el 59. Olía a consignas oxidadas y le ladraba a los himnos.
Llegaron al mercado. Extendieron una sábana como galería portátil. Pintaron el horizonte. Algunos se burlaban. Otros preguntaban si vendían visa humanitaria.
Un turista alemán pagó veinte euros por ver cómo Rolando le pintaba la frente con un atardecer abstracto. Ñico le guiñó un ojo.
—Esto es el futuro, compay, vender lo que no existe. Economía postmaterialista.
Y entonces, como epifanía de locos, Rolando, con la brocha alzada como si fuera cetro, dijo:
—¡Este país se arregla con imaginación y brocha!
Pero ya era tarde. El aire estaba lleno de color invisible y el perro Cadete ladraba en francés.
Al día siguiente, Rolando amaneció con la brocha clavada en la cabeza como pluma de coronel azteca. Ñico leía un viejo panfleto titulado Manual del Combatiente Económico.
—Ñico —dijo Rolando, resucitando con dolor de patria—, anoche soñé que fundábamos una universidad.
Ñico se carcajeó como quien bebe de un cubo de realismo socialista.
—¿Universidad de qué? ¿De cómo comer sin tragar?
—De arte. Pero sin lienzo. De aire. Brochismo Superior. Pintura del vacío.
Ñico se lo pensó. Escupió una ideología rancia.
—Hagámosla. Pero con nombre de proyecto internacional.
Así nació la Facultad Libre de Brochismo Atmosférico. FLBA. Sede portátil. Matrícula abierta. Requisitos: no creer.
El primer aula fue una banca en el parque Martí. La pintaron con aire de océano. Una señora vieja se apuntó. Traía una brocha de los años sesenta y una sonrisa con cincuenta octubres.
—Pinté al Che en una cortina de baño. Sé del oficio —dijo con orgullo.
Ñico propuso como examen final pintar una embajada. No por política. Por espacio. Eligieron la de la República de Nadie, edificio abandonado donde antes se tramitaban permisos para desaparecer.
Cadete llevaba una cartulina con el lema:
“Brocha invisible, patria intangible.”
Un agente del orden invisible apareció.
—¿Qué hacen aquí?
—Restauración simbólica, curso de posgrado. Financiado por la desesperación colectiva —respondió Rolando.
El agente miró la brocha. Miró el aire. No entendió. Se fue. O se evaporó.
Rolando subió a una caja:
—¡Todo espacio es un muro! ¡Todo aire es una protesta! ¡Toda brocha, una bandera!
Cadete ladró en código Morse. Ñico se secó una lágrima con pan sin sal. La señora del Che repartió cafunga con sabor a utopía.
El Ministerio del Aire emitió un comunicado alertando sobre una red de pintores clandestinos que operaban sin pigmento, pero con influencia psíquica.
La FLBA sigue funcionando, bajo la sombra de un flamboyán. Rolando enseña Técnica de Pincelazo Vacío. Ñico da Estética de la Desesperación. Cadete es director honorario.
Y al entrar, todos repiten:
—El color que no se ve, se respira.
Y Rolando, con la brocha alzada como si fuera cetro, exclamó:
—¡Este país se arregla con imaginación y brocha!
Un trueno seco, como un portazo cósmico, respondió desde algún rincón en ruinas del Capitolio. Pero ya era tarde. Las palabras habían sido soltadas al viento, y el viento, esa criatura entrometida y sin rostro, ya se llenaba de color invisible. Un perro —Cade-te— ladraba en francés como si recordara alguna instrucción olvidada de la época napoleónica en El Caribe.
Aquella mañana, Rolando amaneció con la brocha gorda clavada en el cráneo como si fuera una pluma ceremonial de coronel azteca recién destituido. Parecía una aparición o una burla arqueológica: un Quetzalcóatl proletario. Ñico, que ya llevaba horas despierto, leía un panfleto viejo, doblado como si fuera mapa del tesoro. En letras desvaídas decía Manual del Combatiente Económico. Subrayado, no con tinta ni marcador, sino con ketchup. Puro realismo sucio, literal.
Cadete dormía de lado, como siempre, pero esa vez con el hocico abierto, babeando consignas rotas que flotaban en el aire como promesas de campaña que nadie quiso recordar.
—Ñico —dijo Rolando, levantándose como quien resucita con un dolor de patria metido entre los omóplatos—, anoche soñé que fundábamos una universidad.
Ñico no pudo más que reírse. Una carcajada con sabor a caldosa del Combinado del Este. Sonó a sopa sin carne, a nostalgia de menú carcelario.
—¿Universidad de qué, compay? ¿De escape? ¿De cómo comer sin tragar?
—De arte —respondió Rolando con la voz grave de los visionarios que ya se están yendo del mundo—. Pero no arte con lienzo. Arte con aire. Brochismo superior. Pintura sin materia.
Ñico se quedó pensativo. Se rascó la cabeza con la punta de una cuchara de aluminio que usaba como peine ideológico. Escupió una ideología antigua, casi petrificada.
—Vamos a hacerla. Pero ponle nombre serio, que suene a proyecto financiable por alguna ONG suiza.
—Se va a llamar: Facultad Libre de Brochismo Atmosférico. FLBA. Sede portátil. Matrícula abierta. Requisitos: no creer.
El primer aula fue un banco del parque Martí, de esos que la intemperie había descascarado con ternura. Pintaron la banca con aire de océano. Literalmente: el gesto fue de pintarla, pero la brocha no tocó la madera. Solo el ademán quedó flotando.
La gente los miraba como se mira a los locos o a los profetas: con miedo, con burla, con curiosidad. Uno preguntó si era performance. Otro creyó que era propaganda para un nuevo partido. Una señora mayor se apuntó. Traía una brocha de los años sesenta, de esas que aún conservan olor a esmalte y revolución. Su sonrisa tenía al menos cincuenta octubres.
—Yo pinté la cara del Che en una cortina de baño. Sé del oficio —dijo, con una dignidad que nadie le discutió.
La aceptaron con honores. Ñico propuso que el examen final fuera pintar una embajada. No por razones políticas —dijo—, sino por espacio, por visibilidad, por necesidad de marco.
Eligieron la embajada de la República de Nadie, un edificio abandonado donde, en otros tiempos, se tramitaban papeles para desaparecer del mapa. Cadete llevaba en la boca una cartulina roída con un lema pintado en lápiz invisible:
—Brocha invisible, patria intangible.
Rolando subió primero. Con la brocha alzada hizo gestos sobre las paredes grises, como si dibujara los sueños que no se cumplieron. Ñico silbaba el himno del no me da la gana. La señora del Che coreaba consignas que nadie entendía, pero todos sentían con una punzada en el pecho. Entonces, como en toda aparición oficial, llegó un tipo vestido de agente del orden invisible.
—¿Qué están haciendo aquí?
Rolando le extendió un pomo vacío, lleno de intenciones.
—Restauración simbólica, compañero. Curso de posgrado. Financiado por la desesperación colectiva.
El agente miró la brocha. Miró el aire. Luego volvió a mirar la nada. No entendió nada. Y como buen burócrata del absurdo, preguntó:
—¿Y eso tiene permiso?
—Más que permiso: tiene sentido —respondió Rolando, con una solemnidad que le quedó inmensa—. Lo cual es raro, pero legal.
El agente se fue. O desapareció. O se evaporó como parte de la instalación. Nadie supo si era real o una performance del Estado.
La fila empezó a crecer. Doce personas. Unos eran poetas frustrados. Otros, exboxeadores. Había un tipo que aseguraba haber sido miembro del Comité de Pintores del Aire Cubano, disuelto en los noventa por “subversión cromática”.
Ñico trajo certificados impresos en hojas de yuca. Decían:
—Este documento acredita que Fulano de Tal ha completado satisfactoriamente 48 horas de Brochismo Atmosférico, Nivel 1: Pintura del Vacío.
Rolando subió a una caja de cartón y declaró, con voz de mártir institucional:
—¡A partir de hoy, todo espacio es un muro, todo aire es una protesta, toda brocha es bandera!
Cadete ladró en Morse. Ñico se secó una lágrima con un pan sin sal. La señora del Che repartió cafunga con sabor a utopía sin fecha de vencimiento.
El Ministerio del Aire —recién fundado para estos menesteres de emergencia simbólica— lanzó un comunicado oficial advirtiendo sobre “una red de pintores clandestinos que operan sin pigmento, pero con influencia psíquica”. Se ofrecía recompensa a quien entregara brochas sospechosas o pinceles con aura rebelde.
La Facultad sigue funcionando, ahora bajo la sombra generosa de un flamboyán que parece entender todo.
Rolando enseña Técnica de Pincelazo Vacío. Ñico da la materia Estética de la Desesperación. Cadete es director honorario y duerme su cargo con dignidad. La señora del Che ahora es decana espiritual y reparte frases que parecen tatuajes en el aire.
Cada día, al comenzar la jornada, repiten en voz alta, con solemnidad de misa y gozo de carnaval:
—El color que no se ve, se respira.
Porque pintar el aire, compay, no es locura. Es resistencia. Es arquitectura invisible de un país que todavía no existe, pero que un día quizás… será respirable.
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