Por Galan Madruga
Cuando Jacques Derrida introduce el concepto de hauntología en Espectros de Marx[1], no se limita a impugnar las lecturas dogmáticas del marxismo ni a esbozar una hermenéutica alterna. Lo que hace, más bien, es erosionar los cimientos de la ontología occidental al señalar que el ser, lejos de constituirse como presencia plena y originaria, se da siempre como diferimiento, como huella, como aparición espectral. En este marco, la existencia ya no se define por el estar-presente, sino por la persistencia de lo ausente, por aquello que insiste sin haberse instalado jamás por completo. El espectro —figura central de esta ontología— es lo que fue y no cesa de retornar, sin haber sido nunca del todo.
La hauntología se instala como una crítica radical al régimen de la presencia. Su temporalidad es asimétrica, asincrónica, dislocada, el pasado se infiltra en el presente sin clausurarse, el porvenir se anuncia desde lo que aún no ha acontecido, y el presente tiembla ante la intrusión de lo otro. Lo espectral subvierte la linealidad histórica y abre un campo ético. Nos convoca a responder por lo que no está, por lo que fue desechado, suprimido, olvidado[2].
Frente a esta lógica de la desposesión, ¿cómo situar la imago poética en José Lezama Lima, esa imagen densa, reveladora, que constituye para el autor cubano no sólo un recurso estético sino una categoría ontológica? A primera vista, ambas perspectivas parecen incompatibles. La hauntología gira en torno a la ausencia, mientras que la imago parece generar presencias; una trabaja con la discontinuidad y la difracción, la otra con la revelación simbólica. Sin embargo, una lectura más atenta permite advertir una vecindad menos visible, un parentesco oblicuo. La imagen lezamiana —como aparición súbita, como epifanía de lo inasible— no es del todo ajena a la lógica espectral. Podría decirse, incluso, que la imago es el espectro elevado al lenguaje, transfigurado por la potencia poética.
Derrida señala que todo intento de fundar la filosofía sobre una presencia originaria —sea esta la conciencia, la razón o el sujeto— incurre en una metafísica de la estabilidad[3]. Su crítica apunta a mostrar que la identidad está siempre fracturada, que todo origen es ya repetición, y que la huella precede a toda plenitud. En este horizonte, el lenguaje no remite a una esencia previa, sino que despliega un campo de diferencias diferidas: cada signo convoca lo ausente, cada palabra es ya habitada por lo otro[4].
Lezama, por su parte, pareciera dirigirse en sentido inverso. Para él, la imago no representa: hace nacer. No traduce lo real, sino que lo instituye. Su imagen poética no es mediación, sino génesis. En La expresión americana, y más aún en la urdimbre simbólica de Paradiso, Lezama postula una ontología de la imagen como forma primigenia del mundo[5]. Y sin embargo, esta imagen nunca se presenta en su totalidad. Aun cuando fulgura, no clausura; aun cuando revela, no se agota. Es un fragmento de una totalidad no dada, una condensación de sentidos que se escapa a la interpretación unívoca. Por ello, la imagen lezamiana —leída desde Derrida— no se opone al espectro, lo alberga.
La hauntología nos invita a pensar una temporalidad descentrada, donde el pasado retorna como inquietud, y el futuro se anticipa como promesa no cumplida. Esta ruptura del tiempo lineal resuena con el ritmo de la imago, que interrumpe la narración, rasga la sintaxis, fractura la continuidad lógica. La imagen, como el espectro, irrumpe: es una aparición que no puede ser domesticada por la razón, ni explicada por la historia.
En ese sentido, ambas figuras —la imago lezamiana y el espectro derridiano— coinciden en un punto decisivo: el ser no es algo que se posee, sino algo que acontece. No es sustancia, sino inquietud. Y el lenguaje —en su dimensión poética, filosófica o espectral— es la casa de ese acontecer[6]. Así como Heidegger descubrió en Hölderlin la voz poética capaz de decir el Ser[7], Lezama elevó la tradición barroca americana a un sistema simbólico donde el lenguaje se vuelve acto de creación. En ambos, el sujeto no es ya el amo de sí, sino el lugar donde lo sagrado se insinúa, donde lo invisible se dice. Un yo no soberano, sino ardiente. No una conciencia, sino una llama.
En la poética de Lezama, el tiempo no es una línea ni una flecha, sino una espiral perpetua donde los instantes se repiten con variaciones infinitas, como si la historia fuera también ritmo. La imagen no reproduce el pasado; lo revive, lo convoca, lo reinventa. No representa, reanima. La imago no es sólo un signo o una figura estética; es una maquinaria temporal, una forma de condensación simbólica que reúne diversas capas del tiempo y las proyecta en un mismo acto de lenguaje. Se diría que en su obra la imagen no es ni presente ni recuerdo, sino un pliegue donde lo que fue y lo que aún no es se abrazan.
Hablar de la imagen en Lezama es hablar del estatuto de lo ausente. El poeta nos habla desde un lugar donde los cuerpos no están, pero su energía permanece. La imagen poética es, en palabras del propio Lezama, “una tumba sin cadáver”[8]: un espacio donde lo que falta toma forma, donde lo que ya no está regresa sin materialidad, donde la ausencia no es olvido, sino símbolo. La imagen no busca representar el mundo, sino volverlo a hacer aparecer, bajo nuevas claves. No es un reflejo: es una resurrección.
Desde esta perspectiva, el paralelo con la hauntología de Derrida se torna no sólo posible, sino necesario. Ambos, el filósofo francés y el poeta cubano, trabajan sobre ruinas, fragmentos, despojos. En ambos, el sentido no surge de una plenitud, sino de una falta. Lo que se dice está atravesado por lo que no se puede decir. En Derrida, el espectro es una figura de lo que insiste sin cuerpo, de lo que reclama justicia sin haber sido nunca del todo presente. En Lezama, la imagen es igualmente una figura de lo inasible: reclama ser pensada como posibilidad, como génesis, como umbral de un mundo aún no realizado.
La imago lezamiana no es una simple metáfora visual, sino una forma barroca del espectro. No se trata de un fantasma que espanta o aterra, sino de uno que convoca, que funda, que abre un espacio para lo otro. No es un espectro marginal, sino una figura liminal que atraviesa el centro del discurso poético. Pero sigue siendo, como todo espectro, una presencia inestable: se aparece sin asentarse, habla sin dejarse traducir plenamente. La imagen poética es aparición diferida, no revelación inmediata.
Lezama afirmaba que la imagen “es el crecimiento de una cosa en otra cosa”[9]. En esa frase habita la lógica del desplazamiento, del tránsito continuo, del sentido que nunca se fija. Es, en esencia, la lógica de la huella: nada está donde parece estar, todo se constituye en movimiento. La imagen no señala un contenido, sino un desvío; no aclara, sino que complejiza. En ella, el lenguaje se pliega sobre sí mismo, se transforma en superficie de múltiples capas.
El símbolo, en Lezama, no clausura el sentido. No es una llave que abre una sola puerta, sino una constelación en la que se cruzan memorias, visiones, afectos, genealogías. Cada imagen es un nudo de significados posibles, un punto de intersección donde lo sensible y lo espiritual se encuentran sin fundirse. Por ello, cada imago puede entenderse como figura de la memoria espectral, lo que se recuerda no es un hecho, sino una posibilidad; lo que se recupera no es la historia, sino su aura.
Esta concepción de la imagen repercute en la idea del sujeto. Tanto en Lezama como en Derrida, el yo no es origen ni centro, sino lugar de tránsito. El sujeto es una casa por donde pasan voces, imágenes, espectros. En Lezama, el poeta no es creador, sino médium. No produce, sino que invoca. No habla desde un yo soberano, sino desde una escucha radical. El poeta es, en sus propias palabras, un organizador de visiones, alguien que articula lo recibido, lo heredado, lo presentido. En Derrida, el sujeto está siempre ya habitado por la alteridad: es un lugar de paso por donde circulan fuerzas que no le pertenecen, voces que lo preceden y lo desbordan.
Podríamos imaginar, entonces, al poeta lezamiano como un médium hauntológico, es decir, alguien que escribe con palabras cargadas de tiempo, que trabaja con lenguajes sedimentados, con signos que ya llevan una historia, una violencia, un linaje. El poema no fija, no resuelve, convoca. Se convierte en una forma de conversación con los muertos, con los no-nacidos, con los que aún no han llegado. Y esta conversación no tiene como fin establecer una verdad, sino mantener encendido el fuego.
Ambas nociones —hauntología e imago— coinciden en asumir que lo real no se presenta, sino que se difiere.[10] Que lo simbólico no representa, sino que convoca. Que lo poético no revela, sino que resuena. Ni la hauntología se propone develar una verdad oculta, ni la imagen lezamiana busca cristalizar una esencia. Ambas operan desde el pliegue, desde el borde, desde la sombra. Trabajan el exceso, lo inasimilable, lo que interrumpe.
En ese cruce, la imago de Lezama se torna aún más opaca, más espectral. Deja de ser solo invención o fulgor para convertirse en estrategia: una forma de resistir la disolución de la memoria, de interrumpir el flujo de sentido.[11] Se trata de una imagen que no remite a un original perdido, sino que trabaja como eco, como aparición de lo no-lugar. Es, en sí misma, archivo: no documento de lo que fue, sino inscripción de lo que no llegó a ser.
A su vez, la hauntología derridiana encuentra en la imagen poética un modo de mantener abierto lo ausente, de rehusarse a clausurar la herencia. Como si cada metáfora tropical, cada giro lezamiano, hiciera vibrar los restos de una historia que no ha sido dicha aún. No hay una temporalidad progresiva, sino un tiempo roto, interrupto, en el que lo que falta se manifiesta por insistencia.
Tal vez por eso, esta poética espectral no pretende fundar el ser, sino espantarlo hacia un porvenir incierto. No fija identidades; las disuelve en una deriva incesante. Cada imagen es una invocación. Cada frase, una aparición. No hay origen: sólo eco. No hay sujeto, sólo huella. No hay verdad, sólo temblor.Sobre la relación con el concepto de acontecimiento en Heidegger, la imago posee un vínculo especial que abordaremos en otro momento muy pronto.
[1] Jacques Derrida, Espectros de Marx, París: Galilée, 1993.
[2] Ibid., p. 30–45
[3] Jacques Derrida, La voz y el fenómeno, París: PUF, 1967
[4] Jacques Derrida, De la gramatología, París: Minuit, 1967.
[5] José Lezama Lima, La expresión americana, México: Fondo de Cultura Económica, 1957.
[6] Jacques Derrida, La escritura y la diferencia, París: Umbral, 1967.
[7] Martin Heidegger, Camino hacia el habla, Pfullingen: Neske, 1959.
[8] José Lezama Lima, Paradiso, La Habana: UNEAC, 1966, p. 211
[9] Lezama Lima, La expresión americana, p. 28.
[10] Mark Fisher, Fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, Londres: Libros Cero, 2014., quien retoma y expande la noción derridiana en un contexto cultural.
[11] José Lezama Lima, La expresión americana, En este ensayo fundamental, Lezama conceptualiza la imago como una operación que liga imagen y ritmo, invención y tradición.