Origen, evolución y migración con Julio Sanabria 

Por Rafael Vilches Proenza

Llegué a Honduras por casualidad y desde la distancia, por la amistad y las voces de sus poetas, sus palabras, y de la mano del fotógrafo y escritor Otoniel Natarén Álvarez con la bella antología de poesía que juntos forjamos y armamos con poetas de Holguín y de San Pedro Sula, con la presentación de Helen Umaña: Cuarta dimensión de la tarde fue el puente entre nuestras patrias chicas, esas dos provincias del Universo. 

Madrid me ha brindado otra oportunidad, compartir con artistas hondureños como Claif (Eric Álvarez) y una pintora que fabula su exilio, su alejamiento y el dolor de la distancia, Patricia Nieto, con sus rostros que hablan y nos detienen en un diálogo entre la paz espiritual y la herida invisible de esos seres que nos miran desde sus lienzos, y recientemente con el gran Julio Marcelino Sanabria Mata. 

Julio Sanabria, nacido en Siguatepeque, Comayagua (Honduras), estudió talla en madera en el Centro de Adiestramiento Artesanal de Valle de Ángeles. 

Comenzó su trayectoria artística en 1997, incorporando desde sus inicios una forma muy propia y personal técnicas mixtas, acrílico, madera, lienzo, raíces, piedra, materiales diversos con los que reinventa los ecos de su día a día. 

Su obra se caracteriza por colores vivos, texturas, elementos culturales, exploración técnica, no es divertimento, es conexión con su otra realidad, esa que reacomoda para entender su paso por la vida, de dónde venimos y hacia dónde dirigimos nuestras energías. 

Ha participado en numerosas muestras individuales y colectivas, en su país y el extranjero. Su obra se encuentra en colecciones privadas. 

Su arte se impone como un campo de fuerza, no como simple superficie, distinguiéndose por la experimentación con texturas, colores vibrantes que no rellenan, vienen a irradiar, nos atraviesan como un rayo divino, cada cuadro trae mensajes unos muy visibles, otros ocultos. 

 Sus títulos parecen a primera lectura apacibles, no, aquí la paz es solo apariencia, hay en ellos como en las obras algo que inquieta, que a la vez nos da luz para hacernos comprender ese otro conocimiento vedado que nos rodea para ampararnos: 

Origen. Despegue evolutivo. En bandeja de colores. Observatorio ancestral. Franco visualización. Origen rupestre. El camino al éxito. Un lucero migratorio de esperanza. Evolucionando al futuro. Etapas artísticas evolutivas. Trazos de un migrante. Evolución. 

Ahí residen las coordenadas del mundo pictórico que nos muestra Julio Sanabria, su bitácora, su lenguaje, su legado, desde lo primitivo al ser autodidacta que se emplea a fondo para desvelarnos esa otra realidad que se le ha dado experimentar, visualizar y darnos a conocer. 

Sus motivos vienen relacionados con la tecnología, la cultura maya, la flora, la fauna, la identidad nacional, y siempre lo divino, porque Julio sobre todas las cosas es un artista místico, que juega con mundos sensoriales donde une lo humano a lo omnipotente, lo ancestral. 

Toda su obra parece conversar con los antepasados, revela leyendas que parten de los orígenes, describiendo las andanzas de su pueblo, y nos comparte misterios, los secretos de su gente, al conjugar lo biográfico con el imaginario colectivo. 

Cada color, cada trazo, cada luz, nos atrapa en los hilos de una nueva anécdota. No existe la necesidad de que el artista nos explique sus motivaciones, cada obra es bitácora, frente a ellas nos intrincamos en una región, y observamos tanto lo material como lo místico, estamos en presencia de un elegido, quien nos muestra caminos para entender el viaje definitivo, hace la conexión con quienes ya partieron. 

Escuchar sobre su visión del arte contemporáneo, lo arcaico, la creación del mundo es asistir a un lenguaje paranormal, donde se reinventa un discurso esotérico sobre pasado, presente y futuro, y es que pareciera que estamos en presencia de un Sukia-Chamán en una aldea remota en las profundidades de nuestra América. 

Sin jerarquía alguna y con mucha magia y experiencia visual une ciencia, intuición, espiritualidad, para sin un mensaje explícito hacernos la invitación a abrir los sentidos y sin una doctrina precisa suspendernos por un instante entre lo abstracto, lo simbólico en lo astral y dejarnos en un estado liminar. Su obra funciona como una clave hermenéutica con su universo visual, y va desde su aldea en la tierra, a aquella, en el ciber espacio, y su mirada nos lleva de lo humano a lo divino. 

Es simbólico su mano expuesta en uno de los lienzos, con ella da lumbre a lo astral, a lo que nosotros, simples espectadores, solo hemos de avistar a través de sus trazos. ¿Quién ha dicho que Julio Marcelino no nos relata escenas de su propio entorno?, hay que reconocer que todo en él parece ser, y es fundacional, anterior a Cristo, a Cristóbal Colón, y a su llegada a América. 

Lo suyo es descubrirnos y describirnos los días y las noches, con precisión parte desde un punto cero, donde materia, energía, conciencia, se conjugan para hacer el milagro y nos revela el parto de astros en el cielo . 

Su grandeza rebasa su humildad, se cree obrero, común, ordinario en su bregar por las calles de su comunidad, no sabe el brillo celeste, misericordioso que le acompaña desde ese portal en que se detiene a observar el mundo en el lienzo, ahí todo pasa por un eje central, encima la irradiación; abajo, la expansión. 

Si nos detenemos, no hay paisajes, hay cosmogonía, mensajes, que se escuchan, o le han sido dictados en sueños. Es la vía, el vínculo entre tierra y esos universos que le rondan. Estamos ante un artista distinto, múltiple, que entiende otras voces que viajan en el viento, que solo él escucha, respira, visualiza, estelas para invocar esa otra narrativa que sus pinceles relatan.

En su obra Julio es sincrético, nada tradicional, se reinventa una y otra vez en cada pieza, camina por un misticismo sin dogma, es por ello que gana terreno lo geométrico, una danza con visión de energía, para hacernos ver, con esa gama de colores que toman vida en su paleta: círculos concéntricos, cruces de luz, ejes de simetría, una especie de ojo, núcleo central, que remite a mandalas, el artista busca ponernos a meditar sobre la búsqueda de nuestro propio equilibrio, porque la purificación viene desde ese ojo que observa, que nos ayuda a transformar la mente y el entorno. 

Su arte es cosmogónico, visionario, su pintura es umbral, energía, conciencia, forma, el color es un ente predominante donde lo geométrico construye la mística del origen sin credo, sin un aparente relato nos hace ir por un territorio poco transitado por el arte contemporáneo, representa el mundo desde su conocimiento personal, que llega a través de los sueños, donde ensaya su nacimiento, no la representación del mundo tal cual lo conocemos, su lógica es un misterio porque es anterior al lenguaje. 

Para comunicar sus inquietudes necesita ensamblar soportes para expresarse con soltura, no hay nada preconcebido en sus piezas, la obra surge, avanza en el tiempo como lluvia de astros en el cielo de la medianoche, hay que estarse atento para visualizar sus destellos, el sitio exacto donde metáfora, universo y mirada, coinciden. 

Aquí todo es materia viva, sensorial, todo vibra en sus rojos, dorados, negros, tránsito, disolución, azules profundos, blancos irradiados que se expanden, su pintura no ilustra una cosmología, la encarna. 

Sus piezas no funcionan como objetos de contemplación, mucho menos como objetos decorativos, son iconos de devoción. Diagramas, alquímicos, mapas astronómicos, símbolos de una cosmovisión interior, autóctona, en él lo religioso parece ser cosmogónico, arquetípico, que lo hace dar el salto a un plano cosmopolita. 

¿Acaso su obra es pura intuición, su talento y saberes son primigenios? Su mundo es místico, no irónico, no es posmoderno ni conceptual, autorreferencial, tampoco pretende inscribirse en una tradición religiosa concreta, su espiritualidad viene a ser transversal, más del intelecto, del gesto, lo visual, lo simbólico desde lo que no ha sido nombrado, como si él viniese a nombrar las cosas, y es ahí donde nuestros sentidos permanecen atentos. 

Su ciencia es poética, originaria, ancestral, eso lo acerca de forma personal a lo contemporáneo, porque en él conviven sin conflicto, la geometría sagrada, el diálogo con lo imaginario, las pulsaciones tecnológicas. Recupera la dimensión visionaria de la pintura como espacio de revelación. 

Ese diálogo interno abriéndose a tradiciones diversas —arte visionario, abstracción simbologías indoamericanas, pensamiento cosmogónico ancestral— sin adscribirse a ninguna de ellas, su lenguaje es de resonancia mística y cósmica. Sus imágenes funcionan como vehículo de conocimiento. 

Como las propuestas de ciertos artistas latinoamericanos visionarios, su pintura no describe estados ordinarios de la realidad, cartografía niveles de conciencia, energías, lecturas invisibles, en su discurso lo racional y lo mítico se superponen. Su abstracción es estructural, lo geométrico es luz, tensión cromática. 

Hay piezas en las que evita el exceso iconográfico. Su visión de arriba/abajo, concentración/expansión, fuego/agua, nos remite a culturas mesoamericanas. Estructuras binarias que no se oponen, hay en ellas una dinámica que las complementa y lo conecta con lo ancestral, no es nostalgia de lo primitivo sino de una espiritualidad del tiempo que transcurre en el universo que habita. 

Es espejo, conciencia que rehúye de un discurso didáctico, explícito, ahí su diálogo se reactiva y confluye con voces poéticas y pictóricas de su país, y el objeto deja de existir para tornarse movimiento, indagación, y las respuestas quedan como polvo lunar flotando al viento. 

Cada obra invita a detenerse frente a un caos contenido, a habitar dentro de su propuesta en un espacio psíquico, cósmico, sobrio. Su andar no es meramente religioso, su tensión y atención es crítica, entre lo intuitivo y su rigor en la composición, nos remite a un orden previo a la palabra, al intercambio.

Julio Sanabria no es un heredero directo de la tradición esotérica europea, no es un continuador del muralismo simbólico latinoamericano, un visionario en el sentido estricto es el puente entre lo ancestral y lo astral, memoria de las culturas originarias, una sensibilidad contemporánea que arropa un poco de ciencia y la conciencia humana

Sanabria reactiva una interrogante que cruza la tradición simbólica hispanoamericana: ¿es la imagen por sí sola, terreno de conocimiento? No formula respuestas, el espectador tiene que experimentarlas. Julio tiene muy bien ganado el cielo, un lugar dentro de la abstracción simbólica hispanoamericana. Hay en su arte una intuición que lo conecta con lo universal, con un orden oculto que solo él y sus ancestros, han de saber.


Rafael Vilches Proenza (El Cero de Las 1009, 10 de diciembre de 1965).  Lic. Artes Plásticas, poeta y novelista. Se dio a conocer en 2001 con la novela Ángeles desamparados, le siguieron las novelas Inquisición roja, 2019; Sálvame si puedes, 2020, Premio Internacional de novela Reinaldo Arenas. Ha publicado una veintena de libros de poesía que lo confirman como una firma imprescindible. Traducido a varios idiomas. Su obra ha sido publicada en numerosos países.  Premio Internacional de Poesía Dulce María Loynaz por La luna entre nosotros. Reside en Madrid. Miembro de Honor de la Unión Nacional de Escritores de España.

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