Por Goloso de Rodas
*Fragmento de un texto mayor sobre el libro
Sobre muertos y dioses que se incluye en un libro sobre el pensamiento de Joel James.
Pensar los sistemas mágico-religiosos cubanos y la representación múltiple de las cosas a partir del libro Sobre muertos y dioses exige abandonar de entrada la tentación clasificatoria que los reduce a “sincretismo”, a “supervivencias africanas” o a un folclore religioso de superficie, porque lo que Joel James muestra —aun cuando no lo formule en lenguaje estrictamente metafísico— es la existencia de una coherencia interna que atraviesa muertos, santos, espíritus, fundamentos y prácticas diversas, y cuya clave no reside en la pluralidad visible sino en un principio ontológico subyacente que puede formularse con claridad si se adopta la perspectiva de la ontología de la fuerza, la realidad es energía relacional, el ser es intensidad, y la religión es la práctica que administra, equilibra y reordena esa intensidad en un universo jerárquico de potencias.
Cuando Joel James insiste —como puede leerse en diversos pasajes donde describe la centralidad de los ancestros y la vigencia activa de los muertos— en que el muerto “no desaparece sino que continúa interviniendo en la vida cotidiana”, lo que está sugiriendo no es una metáfora cultural sino una concepción precisa del ser como continuidad dinámica. El muerto no es recuerdo psicológico ni figura simbólica, es fuerza transformada. En términos de la ontología de la fuerza, no hay ruptura ontológica entre vida y muerte, sino redistribución de intensidad. La vida visible se modifica, pero la potencia permanece integrada en la red. De ahí que James subraye —cuando describe las prácticas de atención a los muertos— que el vínculo con ellos no es opcional ni ornamental, sino necesario para la estabilidad del grupo y de los sistemas mágicos religiosos. Ese énfasis no puede comprenderse adecuadamente si no se reconoce que el sistema presupone que la fuerza vital requiere circulación, mediación y reconocimiento.
En Sobre muertos y dioses aparece repetidamente la idea de que los muertos “reclaman”, “orientan” o “corrigen” a los vivos. Tales expresiones —que el autor recoge al describir ceremonias y testimonios— no son proyecciones psicológicas sino indicios de una estructura ontológica donde la causalidad no se limita a lo mecánico ni a lo biológico, sino que incluye la interacción de fuerzas personales. La red de potencias no se interrumpe con la muerte, se reorganiza. El muerto que no es atendido pierde capacidad de influencia, el muerto reconocido refuerza la vitalidad del linaje. Esta lógica coincide plenamente con la concepción según la cual todo ser puede fortalecerse o debilitarse, y donde la mayor desgracia no es simplemente el sufrimiento físico sino la disminución de la fuerza vital.
Joel James describe también la coexistencia de distintos registros religiosos —orichas, espiritismo, palo monte, devociones populares— sin presentarlos como contradicciones doctrinales sino como capas históricas que conviven en la práctica cubana. En un momento señala, aludiendo al entramado cultural caribeño, que las creencias “no se sustituyen unas a otras, sino que se superponen y dialogan”. Esta observación es crucial, porque permite comprender que la multiplicidad no destruye la coherencia, la amplía. Cada sistema aporta dispositivos específicos para intervenir sobre la fuerza, la consulta, el sacrificio, la misa espiritual, el fundamento palero, el collar consagrado. Las diferencias rituales no implican ontologías incompatibles, expresan especializaciones dentro de una misma gramática energética.
La ontología de la fuerza sostiene que el ser no es sustancia fija sino intensidad variable. Joel James ofrece numerosos ejemplos prácticos de esta concepción cuando recoge expresiones populares relativas a la “pérdida de camino”, al “apagamiento”, a la “mala sombra” o al “quebranto”. En esos relatos se evidencia que la enfermedad o la desgracia no se interpretan exclusivamente como eventos fisiológicos o económicos, sino como interferencias entre potencias. Cuando un consultante afirma —como cita James en una de sus descripciones— que “algo me está quitando la fuerza”, la frase no debe leerse como hipérbole emocional, sino como formulación literal de una experiencia ontológica, el ser está siendo disminuido por una fuerza externa.
En este universo no hay entidades aisladas. La causalidad es relacional y jerárquica. James alude en distintos pasajes a la importancia del rango espiritual, a la diferencia entre muertos comunes y ancestros elevados, a la autoridad particular de ciertos orichas o fundamentos. Esa jerarquía no es capricho cultural, responde a la lógica según la cual las fuerzas difieren en intensidad y posición. Dios —cuando aparece en el horizonte del discurso religioso cubano— es invocado como potencia suprema, pero no anula las mediaciones, las sostiene. Los orichas ocupan dominios específicos, los muertos familiares actúan en proximidad, las fuerzas naturales —hierbas, tierras, aguas— se movilizan como vectores subordinados de energía.
La representación múltiple se convierte así en emblema unificador porque cada figura encarna una modalidad de la misma realidad dinámica. El muerto es fuerza ancestral, el oricha es fuerza arquetípica, la prenda es fuerza condensada, el espíritu guía es fuerza orientadora, el iniciado es fuerza reconfigurada. La pluralidad de nombres y ritos no fragmenta el sistema, lo despliega. Joel James parece consciente de esta coherencia cuando afirma, en referencia a las prácticas religiosas populares, que ellas constituyen “una manera de ordenar el mundo”. Ordenar el mundo significa aquí reorganizar la red de fuerzas para restituir equilibrio.
La muerte ocupa un lugar central precisamente porque confirma la continuidad ontológica. James señala que para muchos practicantes “la muerte no es final sino tránsito”. Ese tránsito no es abstracción doctrinal sino hecho operativo, el muerto sigue influyendo, aconsejando, reclamando atención. Si pierde vínculo, su fuerza disminuye. Si es atendido, refuerza la vitalidad de los vivos. Este intercambio no es sentimentalismo, es mantenimiento de circuito ontológico.
La llamada magia, que los discursos ilustrados tienden a caricaturizar, aparece en el libro como técnica reguladora. James describe cómo determinadas acciones rituales no buscan violar leyes naturales sino activar relaciones preexistentes. Desde la ontología de la fuerza, ello es perfectamente coherente, las fuerzas creadas interactúan según su naturaleza, no es intervención sobrenatural arbitraria, sino causalidad vital. El sacrificio, la ofrenda, el despojo, la palabra ritual son medios de transferencia o reordenamiento de intensidad.
La modernidad no ha eliminado esta estructura porque no se trata de simple tradición arcaica sino de concepción profunda del ser. Incluso en contextos urbanos y contemporáneos, como muestra James en testimonios recogidos en ciudades cubanas, la consulta y la atención espiritual reaparecen cuando la vida se fractura. La crisis activa la ontología subyacente. La representación múltiple se adapta sin perder su núcleo.
La fuerza explicativa de esta lectura reside en que permite comprender la pluralidad religiosa cubana como arquitectura y no como acumulación. Cada práctica responde a la misma pregunta fundamental, cómo sostener la vida como intensidad en un universo de potencias jerarquizadas. Joel James no formula la pregunta en términos metafísicos, pero la insinúa en cada descripción donde el muerto interviene, el oricha orienta o el ritual restituye equilibrio.
Si se quiere sintetizar la tesis en una formulación clara, podría decirse que la representación múltiple del sistema mágico-religioso cubano —tal como se despliega en Sobre muertos y dioses— no es dispersión sincrética sino expresión histórica de una ontología dinámica de la fuerza, donde ser y energía coinciden, donde la vida se mide por intensidad relacional y donde la religión constituye la técnica colectiva destinada a reforzar, proteger y transmitir esa fuerza a través de la jerarquía de muertos, dioses y vivos que conforma el tejido invisible del mundo.