Por Angelazo Goicochea
Alberto Lamar Schweyer escribe Biología de la democracia en un momento en que la República cubana atraviesa tensiones estructurales profundas, acosada por el caudillismo, la inestabilidad institucional y el temor permanente a la regresión autoritaria. Su gesto intelectual consiste en buscar un fundamento más sólido que la mera teoría política para sostener el ideal democrático. No le basta la filosofía liberal ni el contractualismo abstracto; necesita algo que posea la fuerza de lo inevitable, algo que no dependa del capricho histórico ni de la voluntad fluctuante de los hombres. Ese algo será la biología. Sin embargo, cuando leemos esa operación a la luz de Bruno Latour, el efecto se transforma radicalmente. Lo que parecía fundamento natural se revela como ensamblaje, como red, como construcción estratégica en la que la ciencia funciona no como origen puro sino como actor legitimador.
Latour enseñó que la modernidad descansa sobre una ficción central, la separación entre Naturaleza y Sociedad. Los modernos creen que pueden aislar los hechos naturales de los valores humanos y mantener a cada uno en su esfera correspondiente. La ciencia describiría hechos objetivos; la política organizaría voluntades humanas. Pero esa separación es, según Latour, una narrativa tranquilizadora. En la práctica, la modernidad produce constantemente híbridos, mezclas de naturaleza y cultura, de hechos y valores, de laboratorio y parlamento. Virus, tecnologías, mercados financieros, cambio climático, todo ello son entidades que desbordan la frontera artificial entre lo natural y lo social. Desde esta perspectiva, cualquier intento de fundamentar la política en la biología no sería una transgresión de la modernidad, sino una confirmación de su verdadera dinámica híbrida.
En Biología de la democracia, Lamar parece afirmar que la democracia encuentra su legitimidad última en las condiciones orgánicas y psicológicas del ser humano. La organización política no sería simplemente un pacto racional sino una expresión coherente de la naturaleza biológica de la especie. La democracia se convertiría así en el sistema más acorde con la estructura íntima del hombre. Sin embargo, esta apelación a la biología no puede entenderse como un descubrimiento neutro. Desde una lectura latouriana, la biología no aparece como fundamento trascendente sino como recurso movilizado dentro de una red histórica concreta. La ciencia, lejos de ser una fuente pura de verdad, actúa como elemento estabilizador en un contexto de incertidumbre política.
El propio Latour, en La vida de laboratorio, mostró que los hechos científicos no emergen como revelaciones incontaminadas de la naturaleza. Se construyen en laboratorios, mediante instrumentos, debates, financiamiento, reputación académica y redes institucionales. Un hecho se consolida cuando logra estabilizar una red suficientemente amplia que lo sostenga. No es que la ciencia mienta; es que la objetividad es el resultado de una serie de mediaciones materiales y sociales. Si trasladamos este análisis a Lamar, la biología en su obra no funciona como verdad absoluta sino como actor que aporta autoridad dentro de un entramado político-cultural. El prestigio de la biología en el siglo XX, alimentado por el darwinismo social y por la fascinación por las ciencias naturales, otorga a su discurso una potencia que la mera teoría política no poseería.
La biología, entonces, no fundamenta la democracia desde fuera de la historia; la fortalece desde dentro de una red histórica específica. En la Cuba republicana, donde la estabilidad institucional era frágil y el miedo al desorden latente, la apelación a la naturaleza ofrecía una promesa de inevitabilidad. Si la democracia es biológicamente coherente, no es solo una opción entre otras; es la forma política que corresponde a la esencia humana. Este desplazamiento produce un efecto de clausura. El debate político se reduce, porque lo que está en juego ya no es una preferencia ideológica sino una adecuación natural.
Latour insistiría en que este tipo de operación no implica necesariamente manipulación consciente. Se trata más bien de la dinámica habitual mediante la cual los discursos se fortalecen. La ciencia se convierte en actor no humano dentro de la red política. No es solo un conjunto de datos; es un mediador que transforma la relación entre los otros actores. En Reensamblar lo social, Latour propone que la sociedad no es una estructura preexistente sino el resultado de asociaciones entre actores humanos y no humanos. Desde esta óptica, Biología de la democracia es una red en la que interactúan la crisis republicana, el prestigio científico, la tradición liberal, el miedo al populismo y la autoridad del discurso biológico. La democracia no emerge como simple conclusión lógica; se ensambla como resultado de estas asociaciones.
La apelación a la biología también cumple otra función decisiva. Reduce la contingencia. La política es, por definición, el ámbito de la disputa y la incertidumbre. Fundarla en la naturaleza significa disminuir esa indeterminación. Si el orden democrático responde a leyes biológicas, entonces su legitimidad no depende de la opinión pública ni de las mayorías circunstanciales. Se transforma en algo casi orgánico, necesario. Latour vería aquí un intento de estabilizar la red mediante un actor particularmente poderoso, la ciencia, que introduce un efecto de objetividad y necesidad.
Pero esta estabilización revela al mismo tiempo una fragilidad. Si la democracia necesita apoyarse en la biología para afirmarse, es porque no confía plenamente en su propia fuerza normativa. Busca en la naturaleza lo que no logra garantizar únicamente con argumentos éticos o políticos. La biología actúa como suplemento de autoridad. Este gesto no es trivial. Indica que la República percibe su propia vulnerabilidad. La ciencia es convocada para reforzar un orden que teme ser desbordado por fuerzas históricas imprevisibles.
Latour, en Jamás fuimos modernos, señala que la modernidad produce híbridos mientras finge purificarlos. Lamar participa de ese movimiento. Presenta la biología como fundamento natural, pero en realidad produce un híbrido entre ciencia y política. No estamos ante una naturaleza pura que dicta el orden democrático, sino ante una red donde la naturaleza es movilizada para cumplir una función política. El efecto es poderoso precisamente porque se oculta su carácter híbrido. La biología aparece como origen, cuando en realidad actúa como mediador.
Este análisis no despoja a Lamar de valor intelectual. Al contrario, permite comprender la sofisticación de su operación. No se limita a defender la democracia; la reconfigura como necesidad orgánica. Desde una perspectiva latouriana, esto equivale a ampliar la red de actores que sostienen el orden político. La democracia deja de depender solo de ciudadanos y leyes; incorpora la biología como aliada estratégica. El discurso se vuelve más robusto porque se apoya en un actor que goza de alta credibilidad.
La lectura latouriana también invita a preguntarse por los laboratorios simbólicos que hicieron posible esta obra. ¿Qué debates científicos circulaban en ese momento? ¿Qué instituciones otorgaban legitimidad al discurso biológico? ¿Qué crisis políticas convertían en urgente la búsqueda de un fundamento natural? Estas preguntas desplazan la atención del contenido abstracto hacia las condiciones de producción. No se trata solo de analizar la teoría, sino de rastrear la red que la hizo viable.
En última instancia, Biología de la democracia puede entenderse como un intento de recomponer el mundo político a través de la ciencia. Latour, especialmente en sus obras tardías sobre ecología, sostuvo que la política debía ampliarse para incluir a los no humanos. Lamar hace algo distinto pero análogo. Introduce la biología como componente central del orden democrático. Sin embargo, mientras Latour busca pluralizar los modos de existencia y reconocer la complejidad de las asociaciones, Lamar parece orientado a reducir la contingencia mediante la naturalización.
La diferencia es sutil pero crucial. Latour desestabiliza la idea de fundamento; Lamar la refuerza. Para Latour, la ciencia no cierra la política sino que la complejiza. Para Lamar, la biología parece cerrar el debate, al convertir la democracia en expresión natural. Desde la perspectiva latouriana, esta clausura es siempre provisional, porque ninguna red permanece estable sin constante mantenimiento. La autoridad científica que hoy legitima puede mañana ser cuestionada.
Leer a Lamar con Latour no implica descalificarlo, sino comprender la arquitectura de su gesto. La biología no es simplemente contenido doctrinal; es actor dentro de una red histórica. La democracia no emerge como esencia natural, sino como efecto de ensamblaje. Esta lectura permite ver la potencia y al mismo tiempo la fragilidad del proyecto republicano. La apelación a la naturaleza revela la aspiración a estabilidad, pero también la conciencia de que el orden político es siempre precario.
Así, el cruce entre Latour y Lamar ilumina algo más amplio que un texto particular. Muestra cómo la política recurre a la ciencia en momentos de crisis, cómo la naturaleza se convierte en aliada del orden, cómo la modernidad produce híbridos mientras proclama purezas. Biología de la democracia deja de ser un tratado aislado y se convierte en un caso ejemplar de ensamblaje moderno. La biología no fundamenta la democracia desde fuera de la historia; la estabiliza dentro de una red compleja de actores humanos y no humanos. Y en esa red, como Latour enseñó, nunca hay pureza absoluta, sino asociaciones que se sostienen mientras logran convencer y movilizar.