Por Waldo González López
Publicada por la Editorial Lunetra, recién concluí la amena lectura de la novela La Pandilla del periodista cubano Eddy Fernández Llanes, de quien publiqué, poco tiempo atrás, siempre por Ego de Kaska, otra de mis Notas al Margen, sobre su segunda novela Diario Habanero, aparecida por la propia casa editora.
Con prólogo de la también narradora y poeta Zenaida Ferrer ―quien con acierto define La Pandilla como «una lúcida reflexión sobre el valor de nuestra identidad»― el texto, de apenas 170 páginas, resulta, a no dudarlo «un libro de memorias sincero y audaz».
Con la síntesis aportada por décadas de cotidiano diarismo ―decisiva praxis que le evita un mal común en narradores “sin fondo”, gestores de paupérrimos ‘parrafismos’ y ‘verborreísmos’― Fernández Llanes, dota a su prosa, entre otras cualidades, de la válida dimensión que alcanza la crónica, suerte de ‘género’ mayor, del que se vale en no pocos capítulos, dotándole a sus páginas una soltura que agradece el lector.
La brevedad y la síntesis, características asimismo necesarias, contribuyen a la presteza de estas páginas que, tal la rica galería de personajes, enriquecen esta prosa no de prisa; lo más opuesto: bien pensada, mejor desarrollada y jamás repetitiva que, en cada capítulo, evoca obras canónicas de germinales narradores cubanos: Onelio Jorge Cardoso [Abrir y cerrar los ojos y Gente de pueblo] y Félix Pita Rodríguez [San Abul de Montecallado y Tobías].
Del primero, la honda cubanía y, del segundo, el agudo humor absurdo que marcara la narrativa y la poesía del recordado narrador, precursor del surrealismo en Cuba.
Mas de 30 cuentos/crónicas/capítulos incluye Fernández Llanes en su novela, que convence y vence «con la voz de sentimientos que hablan un idioma universal, y un deseo sincero y natural de autenticidad», tal con acierto expresa Zenaida Ferrer.
No pocos textos incluiría este cronista, si le pidieran escoger y, entre ellos, por supuesto, estarían los muy logrados: “Julieta”, “Alberto Paleta” ―donde recuerda el repentismo ―que lo cautivara en su inolvidable San Nicolas de Bari de la niñez―, al que homenajea en las siguientes líneas: «Siempre me intriga de dónde brotan esas imágenes de los poetas repentistas; es como si las sacaran de un saco de piedras preciosas y las lanzaran al vuelo convertidas en mariposas»―, “El tío Pancho”, «La Loma de Candela» ―en el que describe con aliento cinematográfico un accidente, cuyo realismo obliga al lector a verlo―, «El gallo pinto» ―dedicado al pasatiempo de los gallos que devendría vicio en Cuba―, «Rosalba» ―sobre el amor primero: «Llegó a mí como un perfume lejano. Reía, siempre reía, y tenía una mirada picaresca y seductora que atrapaba con sus ojos color del tiempo…»―, «La Habana… y Maritza», «Julieta», «King Kong» ―con el redescubrimiento del cine y su ensoñación―, «La primera vez» ―la revelación del sexo con una “mujer de la vida”― y «Las Lomas» ―evidencia de su temprano vínculo con la lectura y los libros, como lo que pretendía ser en nuestra hoy, más que nunca antes, paupérrima Isla ¿cambio político? y devino La Gran Estafa (v.g. Eudocio Ravines).
En este volumen, sin duda, Fernández Llanes vuelve a demostrar su talento como narrador, antes evidenciado en su Diario habanero, como en Grandes pensadores y un intruso e Historias en dos tiempos.
Amigos, espero que mis breves Notas al margen les decidan a adquirir y disfrutar La pandilla, cuya lectura les evocarán gratos momentos de su infancia y adolescencia.