Por El Coloso de Rodas

Cuando Mañach reflexiona sobre el estilo en el capítulo El estilo en Cuba y su sentido histórico en Historia y estilo lo hace desde una preocupación que trasciende la mera forma estética para devenir categoría filosófica y política. En su obra, especialmente en Martí, el apóstol, el estilo no es una vestidura de la expresión sino su misma condición de posibilidad, la mediación entre el yo y el mundo, entre el espíritu y la historia[1]. Este desplazamiento del estilo desde el plano de lo ornamental al de lo constitutivo lo acerca a las preocupaciones de Ortega y Gasset, quien afirmaba que «el estilo es el hombre», pero en Mañach esta afirmación adquiere una carga dramática y existencial particular al situarla en el contexto de la experiencia cubana, marcada por fracturas, interrupciones y desgarramientos.

 Para Mañach, la estilización no es una elección estética voluntaria sino una respuesta histórica inevitable: toda sociedad, toda cultura, toda época se enfrenta a la necesidad de dotarse de una forma expresiva que sea acorde a su experiencia vital, a sus tensiones internas, a sus necesidades de representación simbólica[2]. En el caso de Cuba, esta necesidad se vuelve más apremiante por tratarse de una cultura desgarrada entre herencias contradictorias: la hispánica, la africana, la norteamericana, todas ellas operando no como sedimentos armónicos sino como fuerzas en pugna. De ahí que la estilización cubana, según Mañach, sea siempre conflictiva, dialéctica, y muchas veces dolorosa.

Mañach asume así una concepción histórica del estilo que lo inscribe en la línea de pensadores como Croce y Ortega, para quienes el estilo es la expresión de una época y de una sensibilidad colectiva, y no un repertorio formal disponible a voluntad del artista[3]. Pero lo que hace particular la concepción de Mañach es que él articula esta dimensión histórica del estilo con una preocupación por la libertad. Para Mañach, no hay verdadera estilización sin libertad, porque la forma impuesta, la forma mecánica, la forma vacía, es siempre una negación del espíritu creador. Sin embargo, reconoce que esta libertad no es absoluta, sino que está condicionada por las circunstancias históricas concretas. De ahí la tensión constante en su pensamiento entre determinación histórica y libertad creadora, una tensión que atraviesa toda su obra y que lo convierte en un pensador profundamente moderno.

Cuando Mañach se pregunta si las variaciones estilísticas en Cuba no son una simple sucesión de modas sino una continuidad interna, está abonando el terreno a una visión del estilo como expresión histórica de una colectividad. Aquí hace su entrada las tesis de Croce, para quien no existe arte ni estilo sin expresión histórica, es decir, sin una conciencia determinada por el momento vital del sujeto creador[4]. Esta tesis de Croce rompe con la idea de estilos universales, armoniosos y atemporales, subrayando la carga histórica, dramática y conflictiva que toda expresión artística encarna.

Este desplazamiento de la reflexión de Mañach hacia una concepción histórica y política del estilo nos permite también inscribir su pensamiento en un horizonte más amplio donde el estilo deja de ser un mero repertorio formal para convertirse en una categoría que, como señalaba Lukács en Historia y conciencia de clase, media entre la estructura económica y la superestructura ideológica[5]. Desde esta perspectiva, el estilo no es un reflejo neutro, sino una forma concreta de organizar la experiencia social bajo condiciones históricas determinadas. Mañach, aunque desde una tradición idealista y no marxista, pareciera intuir esta dialéctica cuando afirma que toda aspiración a la libertad tiene una traducción estilística, incluso cuando esta traducción es inconsciente o aparece oculta bajo la superficie de las modas y los gustos.

Este giro es esencial, pues desmonta el narcisismo romántico y coloca el estilo en el campo de la política de la representación. Es decir, que el estilo no es nunca inocente, sino una toma de posición frente a las condiciones materiales y simbólicas de la sociedad. Esta idea de que el estilo participa de las luchas colectivas por la expresión, la identidad y la libertad está muy presente en la obra de Auerbach, cuando nos muestra cómo las técnicas narrativas realistas europeas son el resultado de largas luchas por representar al hombre común, a las clases bajas, frente a las imposiciones estilísticas del clasicismo[6]

Esta misma idea fue desarrollada por Bajtín en su teoría del dialogismo, cuando señala que toda forma expresiva —incluido el estilo literario— es un campo de interacción conflictiva entre voces, lenguajes y discursos que portan distintas posiciones sociales e ideológicas[7]. En el caso de la literatura cubana, esta polifonía se hace aún más compleja por la tensión irresuelta entre las voces metropolitanas y las voces locales, entre el canon importado y las expresiones populares, orales, mestizas. Mañach, sin usar los términos de Bajtín, parece señalar esta tensión cuando plantea que la estilización cubana ha sido más una adaptación o traducción que una invención radical, salvo contadas excepciones como Martí. Lo que sugiere, sin embargo, es que en esa misma condición de adaptación hay ya una posibilidad de estilización histórica, de relectura crítica del repertorio recibido.

Es en este punto donde el pensamiento de Mañach cobra una especificidad postcolonial. Cuando sostiene que el estilo en Cuba no ha emergido casi nunca como acento original, salvo en el caso de Martí, pero que, aun así, podemos hablar de una estilización histórica, está abriendo una puerta a una crítica del estilo como construcción histórica colectiva, más allá del genio individual. Aquí también se distancia de la famosa tesis de Buffon, para quien le style c’est l’homme même[8]. Para Buffon, el estilo sería casi una emanación directa del yo, de la individualidad irreductible del artista, mientras que Mañach nos propone pensar el estilo como una construcción en tensión entre el yo y la colectividad, entre la voluntad personal y la presión de las circunstancias históricas.

Esta tensión entre imitación y originalidad, entre dependencia cultural y aspiración a la autonomía, es precisamente la que Edward Said describirá más tarde como la tragedia de las culturas coloniales y postcoloniales, obligadas a hablar en una lengua que no es la suya, a crear en un estilo que ya porta las marcas del dominador[9]. En este sentido, la preocupación de Mañach por la estilización cubana adquiere una resonancia anticipatoria del debate postcolonial contemporáneo. Su insistencia en que el estilo es siempre una elección histórica, aunque sea inconsciente, le permite escapar tanto del esencialismo como del relativismo cultural, situándolo en un campo de tensiones dinámicas y conflictivas donde lo importante no es la pureza de la expresión sino la autenticidad de la lucha por la forma.

Por eso, podríamos decir que Mañach, sin romper nunca con una sensibilidad humanista y liberal, se acerca a concepciones del estilo que hoy consideraríamos políticas, dialógicas y postcoloniales. En su análisis del estilo cubano como un campo de conflicto, donde la libertad es tanto aspiración como carga, tanto posibilidad como trauma, Mañach abre una vía crítica que no ha sido suficientemente explorada en los estudios literarios latinoamericanos, demasiado inclinados todavía a leer el estilo como forma de identidad esencializada y no como espacio de lucha, negociación y transformación histórica.

Es desde esta perspectiva que la lectura de Mañach podría enriquecerse hoy con los aportes de las teorías decoloniales y de la crítica cultural caribeña, que han insistido en ver el estilo no como espejo fiel de una identidad originaria, sino como zona de contacto, de hibridez, de traducción y de mestizaje conflictivo. De hecho, las preocupaciones de Mañach por una estilización histórica cubana pueden dialogar productivamente con las propuestas de Edouard Glissant y su concepción de la poética de la relación, donde la escritura y el estilo no son afirmaciones de una identidad esencial sino prácticas abiertas, rizomáticas, donde se entrelazan memorias, lenguajes, silencios y fracturas[10]. El estilo cubano podría ser visto no como una esencia a descubrir, sino como un campo móvil de experimentación, de apropiación y reapropiación, de resistencia y creación frente a las matrices hegemónicas.

Esto lo acerca también, aunque de manera no explícita, a la noción derridiana de que el estilo no es un accidente sino una estructura fundante de toda posibilidad de sentido[11]. Pero mientras Derrida radicaliza esta idea hasta disolver cualquier centro o esencia estable, Mañach mantiene una aspiración humanista: que en esa lucha del estilo se afirme la conciencia cubana, que en esa tensión entre formas impuestas y elecciones colectivas emerja una expresión que sea, no reflejo servil de las modas, sino testimonio profundo de una experiencia histórica singular.

Mañach, desde su sensibilidad humanista, no llegó a formular estas ideas en los términos contemporáneos, pero abrió sin duda el camino para pensar el estilo cubano como una zona de lucha por la expresión en condiciones adversas. En esa lucha, el estilo se convierte en campo de batalla, en terreno minado de tensiones políticas, estéticas y éticas, donde cada elección formal es también una toma de posición frente a la historia. Y es quizá allí, en ese reconocimiento de la historicidad dramática del estilo, donde Mañach nos ofrece una lección todavía vigente para pensar la literatura cubana y latinoamericana más allá de los cánones nacionalistas o esencialistas.

La pregunta por la estilización histórica que Mañach plantea no sólo atraviesa la literatura, sino que se expande al campo de la filosofía, de la política y de la ética. Si como decía Nietzsche, el estilo es la mirada que la voluntad imprime sobre el caos de lo real, en el caso cubano esa voluntad ha debido luchar contra el desarraigo, la alienación y la dependencia cultural. Mañach, al colocar el acento en la dificultad misma de esa estilización, nos alerta sobre la tentación de absolutizar cualquier estilo como definitivo, como acabada conquista, olvidando que el estilo es siempre una lucha inacabada, una negociación permanente con el tiempo, con la historia y con el otro.

Esta visión dramática y dialógica del estilo que se vislumbra en Mañach, podría pensarse como una anticipación de lo que hoy llamaríamos una estética de la precariedad, una estética de la fragilidad, donde la forma no es un refugio seguro sino un campo de tensiones, un territorio de inestabilidad creativa. Y es precisamente en esta fragilidad constitutiva donde Mañach localiza la posibilidad de una autenticidad cubana: no en la afirmación de una esencia fija, sino en la capacidad de asumir la propia inestabilidad como signo de una voluntad de estilo que no renuncia a la libertad, aun sabiendo que esa libertad es siempre histórica, situada, conflictiva.

Mañach nos lega, en suma, una concepción del estilo como expresión de una ética política de la forma, donde la estética no es nunca neutral ni decorativa, sino campo de tensiones éticas e históricas. En un tiempo como el nuestro, donde el discurso identitario y nacionalista tiende a esencializar el estilo como marca de pertenencia, la lección de Mañach adquiere una vigencia particular: el estilo cubano, como toda estilización histórica, es un campo de batalla, no un refugio; es una construcción conflictiva, no una esencia preexistente; es una elección ética y política frente a las condiciones históricas concretas, no una afirmación de una identidad sustancial.


[1] Mañach, Jorge. Martí, el apóstol. La Habana: Editorial Lex, 1933

[2] Ibid.

[3] Ortega y Gasset, José. La deshumanización del arte. Madrid: Revista de Occidente, 1925.

[4] Croce, Benedetto. Estética como ciencia de la expresión y lingüística general. Madrid: Revista de Occidente, 1921

[5] Lukács, Georg. Historia y conciencia de clase. México: Grijalbo, 1970

[6] Auerbach, Erich. Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. México: Fondo de Cultura Económica, 1950

[7] Bajtín, Mijaíl. Problemas de la poética de Dostoievski. México: Fondo de Cultura Económica, 1986.

[8] Buffon, Georges-Louis Leclerc, conde de. Discours sur le style. París, 1753

[9] . Said, Edward. Cultura e imperialismo. Barcelona: Anagrama, 1996.

[10] Glissant, Édouard. Poética de la relación. Buenos Aires: Ediciones Godot, 2019.

[11]Derrida, Jacques. De la gramatología. México: Siglo XXI, 1971.  

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