«Las raíces del tamarindo», de Sindo Pacheco

Por KuKalambe

Hay en Las raíces del tamarindo, de Sindo Pacheco, una meditación tácita, acaso involuntaria, sobre el tiempo y sus artimañas. Lejos de ser una novela lineal sobre las tribulaciones de un adolescente, la obra encierra una paradoja antigua, la nostalgia de lo que aún no se ha perdido, el anhelo de un tiempo que no se habita, la tentativa de abolir, mediante gestos pueriles, la fatalidad de la infancia.

Tony, el protagonista, no es tanto un individuo como una alegoría; en él se aplifica el eco de todos los adolescentes que han confundido la prisa con la libertad y que han querido apresurar el ritmo de las horas para precipitarse hacia ese espejismo que llamamos adultez. La novela podría leerse, sin forzar demasiado, como una versión menor y doméstica de la tragedia de Fausto, en la que el pacto no se firma con Mefistófeles, sino con la rutina escolar, con la disciplina familiar, con los tediosos rituales de la rebeldía adolescente. Tony no quiere saber del tiempo circular de la infancia, ese tiempo de repeticiones y juegos, de espacios cerrados y horarios impuestos. Quiere, como todos, acceder al tiempo lineal y vertiginoso de los adultos, al tiempo que cree lleno de gestos libres, de actos definitivos, de decisiones que marcan destinos.

Pero el tiempo no se deja atrapar tan fácilmente. Quien se adelanta a su hora paga un precio; la falsificación de su ser. Tony se cree libre cuando imita los gestos de los mayores, cuando desprecia el aula, cuando presume de novias y amistades peligrosas, pero en realidad no hace más que profundizar su esclavitud. Hay una escena reveladora en la que Belkis, personaje que encarna una conciencia superior, le espeta a Tony una frase brutal: “Eres un estúpido”. No es el enojo de una adolescente despechada; es la sentencia de quien ha vislumbrado, aunque sea fugazmente, la farsa del ego, la maquinaria de simulacros con la que los hombres, desde siempre, han intentado negar la evidencia de su fragilidad.

La obra de Sindo Pacheco se desliza, a ratos, hacia una suerte de epistemología narrativa, en la que el relato de Tony es apenas la superficie visible de una inquietud más profunda, la imposibilidad de conocer el sentido último de la niñez. Los sabios antiguos, los místicos y los poetas han intuido que la infancia no es una etapa inferior de la vida, sino su centro secreto, su cifra más pura. La adultez no es sino una máscara, una convención, una impostura asumida para sobrevivir en el laberinto de los días. Tony, en su arrogancia, no comprende que el deseo de ser adulto no es sino el síntoma de una derrota interior, de una rendición ante la linealidad del tiempo.

En este punto, es inevitable recordar aquella sentencia que Antoine de Saint-Exupéry puso en boca del Principito: “Todos los adultos han sido primero niños”. Pero tal vez habría que añadir, con cierta melancolía, que no todos los niños han logrado conservar intacta su infancia. Muchos, como Tony, han querido deshacerse de ella como quien se despoja de una carga inútil, sin advertir que en esa renuncia está la pérdida de su libertad esencial.

En el contexto cubano, la novela adquiere una dimensión suplementaria. La experiencia de la beca, que para tantos adolescentes fue una vía de escape de la opresión familiar, se revela como una metáfora nacional: el país entero parece haber querido precipitarse hacia una adultez política y social, negando las etapas intermedias, despreciando la lentitud de los procesos. Esa adultez forzada, esa adultez de manual, trajo consigo no la libertad prometida, sino nuevas cadenas, nuevos simulacros, nuevas nostalgias.

La nostalgia es, de hecho, el hilo invisible que atraviesa la novela. Pero no se trata de una nostalgia por lo vivido, sino por lo que nunca se vivió plenamente. Tony no añora su niñez; ni siquiera parece recordarla con ternura. Lo que añora, en todo caso, es un tiempo hipotético, un tiempo que nunca fue, un tiempo en el que la adultez habría podido alcanzarse sin renunciar a la inocencia. Esa imposibilidad, ese deseo por definición irrealizable, es la esencia misma de la nostalgia. En Tony, esa nostalgia se expresa como furia, como hastío, como agresión; acumula amigos y enemigos, acumula gestos y palabras, acumula experiencias que cree decisivas, sin advertir que todas son sombras de un vacío interior que no logra llenar.

Sindo Pacheco nos entrega, así, una novela que no es tanto un relato de formación como una meditación sobre la imposibilidad de la formación. La adultez que persigue Tony no es un destino alcanzable, sino una ficción construida a partir de las imágenes que los adultos proyectan. Como en aquellos cuentos orientales que Borges solía evocar, Tony persigue una imagen que no tiene correlato en la realidad; persigue, en el fondo, una quimera.

¿No es, acaso, toda la vida humana una fuga hacia adelante, una huida del presente hacia ese porvenir que creemos más pleno, más libre, más nuestro? En Tony reconocemos el gesto de todos los hombres que han querido acelerar el tiempo, evadir el peso insoportable de su circunstancia. Y en su fracaso vislumbramos una enseñanza amarga: que la verdadera libertad no reside en la fuga, ni en la imitación de gestos ajenos, sino en la aceptación serena de nuestro propio ritmo interior.

La novela de Sindo Pacheco, con su apariencia sencilla, encierra así una advertencia que atraviesa los siglos y las geografías: no hay mayor estupidez —como dice Tony, o como le dice Belkis— que deshacerse de la inocencia y de la niñez, que son las únicas patrias verdaderas, las únicas moradas donde el tiempo no puede herirnos. Todo lo demás es un espejismo, una ilusión, una forma de olvido.

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