Por KuKalambe
Llegué al Cementerio Santa Ifigenia una mañana de abril de 1985. El cielo, pesado y cárdeno, parecía arrastrar consigo los siglos. No era la primera vez que cruzaba el umbral de aquel camposanto ilustre, sembrado de mausoleos marmóreos y tumbas olvidadas como libros sin lector. Me había familiarizado con sus pasajes, sus musgos y la melodía chirriante de los portones herrumbrosos. Esta vez no era por nostalgia ni por una cita con los muertos, sino por encargo de un seminario de Historia del Arte. Tenía que realizar un trabajo práctico sobre los valores arquitectónicos del lugar.
Pero lo que encontré fue otra cosa, algo que se movía entre la historia y la herejía, entre lo oculto y lo que aún resuena en los pasillos de la memoria santiaguera.
—¿Busca algo en particular, joven? —me preguntó un sepulturero bajo y ancho, de rostro curtido por el sol y los secretos, al que los demás llamaban Domínguez.
—La arquitectura funeraria del siglo XIX, sobre todo los panteones civiles. Trabajo para la Universidad —respondí con voz vacilante, mostrando mi libreta y un bolígrafo sin tapa.
Domínguez me examinó con sus ojillos inquietos y, tras una pausa, me dijo:
—Usted parece curioso. Tal vez le interese otra historia… una historia que no enseñan en la facultad.
Me sentí intrigado. Siempre he creído que todo cementerio guarda, además de huesos, mitologías privadas.
—Lo escucho.
Domínguez me hizo una seña y caminamos entre cipreses encorvados y lápidas mugrosas por el olvido. Pasamos frente al nicho de Martí, que en esos días parecía dormir en una paz sin vigilancia. El sepulturero me indicó un desvío, una vereda apartada que descendía hacia una zona menos transitada. A medida que avanzábamos, noté marcas extrañas sobre ciertas piedras; cruces invertidas, iniciales, una flecha tallada hacia el sur. Me dijo que eran señales antiguas, dejadas por los jóvenes del movimiento clandestino de Santiago, que venían a «la Tuba».
—¿La Tuba? —pregunté.
—Así le decían a esta parte del cementerio. Un nombre raro, casi cómico, pero cargado de ecos. Aquí se reunían los que no podían hablar en voz alta. Aquí bajaban de noche, con papeles escondidos en las suelas, y rezaban no a los santos, sino a los símbolos. Algunos enterraban mensajes dentro de frascos de vidrio, otros simplemente venían a tocar la placa.
—¿Qué placa?
Llegamos a un rincón sin distinción, cerca del lugar donde años después levantarían el monumento de Fidel Castro. Allí, en un cuadrado de piedra casi cubierto por la maleza, había una placa.
—Lea —ordenó el sepulturero.
Me agaché. La inscripción decía: «Hemos terminado la novela de la Revolución; nos toca ahora empezar su Historia.»
—¿Quién dijo eso? —pregunté.
—Napoleón Bonaparte. Primer discurso como Gran Corso. La frase fue puesta ahí en 1934. ¿Y sabe lo más raro? Que ahí, joven, ahí mismo, dicen que está enterrada la lengua del mismísimo Napoleón.
—¿La lengua?
—Sí. No el corazón, ni el falo glorioso como en otras leyendas. Aquí lo que se enterró fue la lengua. La que dictó sentencias, discursos, traiciones y promesas. La que tejió imperios y encendió hogueras.
—Eso suena a fábula.
Domínguez sonrió como si hubiera estado esperando esa respuesta. El suporturero sabría que esa frase es una advertencia; la Revolución no se cuenta igual cuando se vive que cuando se archiva. Entre la lengua palpitante del Gran Corso y las lenguas muertas que obedecen los académicos, se libra una batalla. La frase, inscrita en una tumba o quizás en una libreta de campo, recuerda que la historia no empieza mientras la ficción todavía manda. La Historia comienza cuando se entierra la lengua del mito.
—Así empiezan todas las verdades cubanas. Como fábulas.
Nos sentamos en un banco húmedo. A lo lejos, el canto de un gallo nos recordaba que, pese a todo, aún era mañana.
—¿Y cómo llegó la lengua de Napoleón hasta aquí?
Domínguez carraspeó, sacó un tabaco de la guayabera, lo encendió con parsimonia y comenzó su narración. El humo dibujó espirales en el aire como si también recordara algo. Dijo que un médico francés, desertor y alquimista, la había traído a Santiago en 1902. Que fue entregada como reliquia al primer director de la logia de la Tuba, un tal Maceo Fornés, primo lejano de los mártires. Y que, desde entonces, la lengua había servido de inspiración para encender la chispa de muchos discursos revolucionarios… aunque también de muchos silencios.
—¿Y por qué aquí?
—Porque aquí es donde se borra la historia oficial y empieza otra cosa. Aquí venían los del 26, los del llano, los poetas locos, los desertores, los traidores que aún no sabían que lo eran. Aquí se sentaron una noche Frank y Celia para hablar no de armas, sino de canciones. Y todo eso se quedó en la tierra.
Hizo una pausa. El cementerio respiraba como un animal dormido.
—Lo que está enterrado aquí no es solo una lengua. Es un método. Una manera de hablar sin decir, de mirar sin ser visto, de hacer historia sin pasar por la Historia.
La guayabera de Domínguez olía a tabaco viejo y a tierra recién abierta. Me miró con una mezcla de burla y ternura.
—Si quiere escribir sobre arquitectura, joven, escriba. Pero sepa que este lugar no se hizo solo para guardar muertos, sino también para esconder palabras.
En 1821, cuando Napoleón ya llevaba muerto un par de meses en la isla de Santa Elena, un corsario catalán de nombre Antoni Lluró saqueó la tumba imperial. No buscaba oro ni gloria, ni siquiera venganza. Lo guiaba una idea más antigua que las revoluciones; el poder de los símbolos. La tumba fue abierta en una noche sin luna, en el silencio táctil de la bruma atlántica. Según los documentos apócrifos del Archivo de Cádiz —reproducidos y vendidos a coleccionistas de rarezas durante el siglo XIX—, no encontró medallas, ni corona, ni siquiera una espada. Solo un pequeño relicario de cobre, enterrado bajo el torso embalsamado del Emperador. Dentro, como una reliquia apostólica, yacía una lengua momificada, endurecida y brillante, conservada con esmero. Algunos dicen que era un trozo de cuero reseco; otros aseguran que palpitó en la mano de Lluró como un corazón de lagarto.
—Eso es imposible —dije sin convicción.
—Pero plausible —replicó Domínguez, echando una bocanada espesa que olía a clavo y tabaco viejo—. Lluró la trajo al Caribe, a Santiago. Aquí la vendió a un criollo ilustrado, un tipo raro, culto, de esos masones que creían que el alma de un imperio podía trasplantarse como una orquídea. Un alquimista de ideas.
Me lo imaginé: levita negra, biblioteca francesa, estandartes republicanos escondidos tras retratos de Fernando VII. El criollo había guardado la lengua durante décadas, no por codicia ni superstición, sino por una convicción inconfesable, que en esa carne callada aún latía el principio de un mundo nuevo. Temía que los obispos la requisaran para encerrarla en una urna de dogma, o que los esclavos la descubrieran y la usaran como fetiche en sus ritos de Palo Monte, donde cualquier cosa puede hablar si se le reza en la lengua correcta. Así, entre capas de silencio, la lengua cruzó de siglo y de régimen, esperando, quizá, que alguien la hiciera hablar de nuevo.
—No fue hasta los años treinta —continuó Domínguez—, cuando los nacionalistas republicanos retomaron el lenguaje de la libertad, la fraternidad, el orden, que se le dio sepultura. Fue algo discreto, casi clandestino. Un rito sin misa, sin cura. Solo tierra, cobre, y una frase dicha en voz baja.
—¿Y Alejo Carpentier?
—Ah —dijo Domínguez, con una sonrisa casi invisible—. Alejo vino por esos años. De paso a Haití, a recoger historias de zombis, caudillos y mulatos proféticos. Le contaron la historia. Visitó la tumba. Anotó la frase. Años después, como quien siembra una espora en el tiempo, escribió El siglo de las luces. Todo empezó con esa lengua. La lengua del Gran Corso.
Callé un instante. Recordé el comienzo de la novela, con el ataúd de Víctor Hughes flotando por el puerto, cargado de pólvora y panfletos. La Revolución bajando en barco a las Antillas como una infección necesaria. Recordé la frase: «La historia era como una gran respiración. A veces contenida, a veces súbita. Pero jamás ausente.» Pensé entonces que tal vez no era una invención. Que la lengua de Napoleón —más allá de su carne muerta— había encontrado su manera de seguir hablando.
—Eso no está en ningún libro de historia —dije.
—Por eso sigue siendo cierto —respondió Domínguez.
Nos quedamos en silencio, fumando sobre la piedra caliente. El cementerio era un mosaico de mármol y abandono, donde los vivos venían a fingir respeto y los muertos a murmurar verdades. Luego apareció otro trabajador, un mulato alto y callado, al que llamaban Vicente. Empujaba una carretilla llena de tierra negra. Nos saludó con un gesto leve, sin hablar.
—Vicente fue el último que vio la lengua —me susurró Domínguez, como si nombrara un testigo sagrado.
Me volví hacia él, incrédulo.
—¿Usted vio la lengua?
Vicente se detuvo. Se secó el sudor de la frente con un pañuelo rojo y tardó unos segundos en responder.
—Una vez —dijo, escueto—. Durante unas reparaciones en los nichos antiguos. Se abrió la tumba por accidente. Había una caja de cobre, pesada. Dentro, una especie de raíz seca, como una lengua animal, retorcida. Cuando la miré, escuché una voz en francés, muy suave. Dijo: La Révolution n’est pas finie.
No supe qué decir.
—¿Y qué hicieron?
—La volvimos a enterrar. Y echamos concreto encima. Algunos secretos deben quedarse con los muertos.
Quise reír, pero no pude. Había algo en la forma en que lo dijo, algo entre ritual y amenaza, que me estremeció.
—¿Y si es cierto?
—¿Y si no lo es? —replicó Domínguez, poniéndose de pie con dificultad—. Las revoluciones se hacen con la lengua, no con las balas. La sangre se seca. Las palabras no. Fíjese en la suya, joven, que estudia historia: ¿acaso no sigue obedeciendo lenguas muertas? ¿No cita usted a Cicerón, a Rousseau, a Martí, como si aún dictaran órdenes desde sus tumbas?
Caminé solo por el cementerio. Frente al túmulo sin nombre donde reposa, tal vez, la lengua del Emperador, comprendí que los cementerios no son lugares para llorar, sino para escuchar. Allí, donde el silencio se acoda con el musgo, donde los muertos murmuran en frases rotas y placas oxidadas, encontré un relato que ningún profesor me habría contado. Una versión subterránea de la historia, alimentada por símbolos, susurros y ficciones que, de tanto repetirse, acaban por volverse verdad.
Aquella noche escribí mi trabajo académico. Lo titulé La arquitectura del verbo: monumentos de lengua en Santa Ifigenia. Argumenté que en América, más que estatuas, tenemos frases. Que nuestros altares son de palabra. Que el verbo funda ciudades, incendia tronos, y hasta se momifica. Hablé de Carpentier, de la lengua como órgano de contagio político, del verbo encarnado en la Revolución. Nadie comprendió del todo. Pero aprobé con sobresaliente.
Nunca mencioné la tumba.
Nunca olvidé la frase: La Révolution n’est pas finie.
Ni tampoco la otra, dicha por Domínguez con una convicción sin estudios: “Las revoluciones se hacen con la lengua”.