Por Spartacus
Me detengo nuevamente en la lectura de La expresión americana de José Lezama Lima, texto que, más que una obra de erudición o un compendio de ideas estéticas, se despliega como un organismo vivo, un cuerpo verbal que respira, se contrae y se expande en torno a la intuición de que la historia, la imagen, el mito y la filosofía no constituyen territorios separados, sino planos de un mismo movimiento creador que sólo puede comprenderse desde el ritmo interior de la palabra poética. Desde sus primeras páginas se advierte que no estamos ante un tratado académico, sino ante una escritura que intenta rehacer el mapa de lo americano desde una operación poética que rebasa la mera descripción cultural para situarse en la esfera de la visión, en el espacio donde la imaginación sustituye al método como forma de conocimiento, y la metáfora sustituye al concepto como vía de comprensión. Frente al positivismo que dominó la historiografía cubana e hispanoamericana, Lezama elige el resplandor del símbolo, la intuición del misterio, la analogía como método, el exceso como categoría ontológica, y la imagen como órgano del entendimiento.
Cuando la receptividad humana, lentamente formada a lo largo de su evolución, se abre al mundo, ocurre una transformación que no es exclusivamente fisiológica ni perceptiva, sino espiritual y simbólica, un giro de la conciencia que inaugura una nueva relación con lo visible. El mundo deja de ser un conjunto de objetos exteriores y se convierte en interlocutor. Lo que se amplía no es sólo el campo perceptivo, sino el horizonte del alma. Lezama ve en ese instante el punto de origen de lo poético: el momento en que el hombre, al verse rodeado por una realidad más vasta y más densa que su comprensión inmediata, reacciona no con miedo, sino con creación, y transforma el impacto sensorial en metáfora. El conocimiento poético nace de esa respuesta imaginativa ante la complejidad del mundo. Allí donde la inteligencia analítica intenta reducir el caos a orden, la imagen lezamiana lo ordena sin destruirlo, lo abarca sin disecarlo, lo eleva al plano de la revelación. Por eso, la apertura del mundo no significa para Lezama un proceso de conquista exterior, sino de resonancia interior, un acto en el que el espíritu se expande para recibir lo múltiple y lo transforma en una totalidad significativa.
En ese doble movimiento —el mundo que se abre y el hombre que se ensancha para recibirlo— se manifiesta lo que La expresión americana llama experiencia poética del conocimiento, una experiencia que no separa la percepción del pensamiento, ni la sensibilidad de la inteligencia, sino que las hace converger en una misma operación creadora. Así entendido, el conocimiento poético no es un lujo del espíritu, sino la forma originaria de toda comprensión, aquella que mantiene el vínculo con lo sagrado y con lo desconocido. En el universo lezamiano, conocer equivale a imaginar, y la imaginación no es evasión, sino método. El ser humano, enfrentado a una realidad que lo excede, responde mediante la invención de correspondencias, descubre ritmos, establece analogías, y de esa trama de equivalencias surge el símbolo. Donde el hombre antiguo percibía fuerzas hostiles, el hombre poético percibe resonancias; donde el pensamiento utilitario veía obstáculos, el pensamiento imaginativo ve portales.
Lezama describe este tránsito como una transfiguración. La mirada del hombre sobre el mundo deja de ser defensiva y se vuelve creadora. Lo visible se torna revelación de lo invisible. El mundo, que antes parecía una extensión muda y opaca, comienza a hablar, y el hombre aprende a leer sus signos. Esa lectura poética del universo es la que inaugura la cultura. Por eso, cuando el texto filosófico menciona que el hombre primitivo comienza a percibir que los bosques, las aguas y los cielos le hablan mediante fenómenos y estados de ánimo, encontramos una correspondencia exacta con la teoría lezamiana de la imagen. La imagen no es para él una figura decorativa, sino la forma que asume la revelación cuando se encarna en la palabra. El hombre no inventa la imagen, la descubre. La imagen es el punto de intersección entre la materia y el espíritu, entre lo sensible y lo inteligible, entre lo que acontece y lo que se significa. Nombrar algo es traerlo al ámbito del alma sin abolir su misterio. Por eso, en el origen de las civilizaciones no hay conceptos, sino metáforas; no hay tratados, sino cantos; no hay leyes, sino ritmos.
Ese primer gesto de simbolización —la danza, el canto, la palabra grabada en piedra— constituye, según Lezama, la primera manifestación del espíritu humano. No se trata de un artificio secundario, sino de una necesidad ontológica. La existencia se vuelve soportable sólo cuando adquiere forma, cuando el caos se convierte en cosmos gracias al poder configurador de la imaginación. De esa manera, el arte no surge como un lujo de sociedades avanzadas, sino como una respuesta originaria al exceso del mundo. Lo poético no es añadido, sino fundamento. Cuando el hombre siente que la naturaleza le habla, no puede permanecer mudo: debe responderle. Y esa respuesta es la creación. En ese diálogo entre el hombre y el mundo —entre el ojo que mira y la realidad que le devuelve la mirada— nace la cultura.
En el contexto americano, este proceso adquiere una intensidad particular. La historia de América, vista desde Lezama, es la historia de una apertura radical a lo múltiple. En medio del aislamiento geográfico, del mestizaje y del desconcierto ante una naturaleza exuberante y desbordante, el hombre americano tuvo que inventar un lenguaje capaz de contener el exceso. La exuberancia del entorno exigió una imaginación igualmente exuberante. Allí donde faltaban las formas heredadas, hubo que crearlas. Allí donde la tradición europea ofrecía un repertorio cerrado, el americano tuvo que improvisar. El aislamiento, lejos de ser una desventaja, se convirtió en estímulo. El vacío de modelos fue la condición de posibilidad de una nueva plenitud. En ese sentido, La expresión americana no propone una estética del atraso, sino una metafísica de la carencia creadora. La dificultad se convierte en potencia, la ausencia en abundancia, el límite en centro.
Así, el hombre americano, enfrentado a la sobreabundancia de la realidad y al vacío de una tradición unitaria, reacciona creando. Descubre su ser en el acto de expresar lo que lo sobrepasa. La expresión no es mero testimonio, sino revelación de la identidad. La historia de América, entendida desde Lezama, comienza cuando el hombre se atreve a responder al exceso de la realidad con el exceso de la imaginación. El mundo nuevo no podía repetirse con los signos antiguos: requería un nuevo verbo. Ese verbo es el que Lezama busca a lo largo de toda su obra, un verbo capaz de reconciliar lo sensible y lo abstracto, lo arcaico y lo moderno, lo inmediato y lo universal. Y en esa búsqueda se funda, no sólo una poética, sino una ontología americana: la conciencia de que el hombre se realiza cuando convierte la dificultad en imagen y el aislamiento en revelación.
El aumento de la capacidad receptiva del ser humano no solo lo conduce a experimentar el mundo con una intensidad cada vez mayor, sino que también lo enfrenta a una creciente sensación de extrañeza, pues lo que antes se ofrecía como una superficie simple y familiar comienza a multiplicarse en matices y resonancias que reclaman una atención más profunda, y aquello que antes era conocido por costumbre se convierte ahora en un enigma que exige interpretación y sentido. En ese tránsito progresivo hacia una conciencia más amplia se produce una separación inevitable entre el hombre y la naturaleza, una grieta que lejos de representar una pérdida o una decadencia inaugura la posibilidad misma de la cultura, porque en la distancia abierta entre el sujeto y el mundo comienza a operar la imaginación, y es precisamente en esa zona intermedia, en ese espacio de alejamiento y de tensión, donde la imagen encuentra su condición de posibilidad. Sin esa separación no habría arte ni pensamiento, y el hombre, al descubrirse desasido de la inmediata familiaridad con el entorno, se ve impulsado a responder con gestos, con danzas, con gritos que buscan restablecer un vínculo simbólico con lo que ha perdido, de modo que esas primeras manifestaciones corporales del asombro constituyen ya una forma originaria de comunicación, el nacimiento del lenguaje en su dimensión mítica y poética.
Lezama Lima, en su lectura de los orígenes culturales, entendería ese gesto inaugural como el comienzo de la expresión americana, expresión que no puede reducirse a un proceso de supervivencia biológica ni a un desarrollo puramente material, sino que designa una nueva manera de ordenar el mundo a través de la analogía, es decir, un modo de vincular las cosas por su resonancia interior y no por su utilidad. En las culturas originarias del continente americano, el mito no funcionaba como una fantasía desligada de la realidad, sino como una estructura interpretativa que permitía organizar la experiencia dispersa del mundo y otorgarle coherencia. Cada elemento natural poseía su contraparte espiritual, de manera que la montaña se concebía como un cuerpo dormido, el río como un pensamiento que fluye y el relámpago como un gesto divino, y en esa red de correspondencias entre lo visible y lo invisible se hallaba el núcleo del pensamiento poético que Lezama identifica como rasgo esencial de la tradición americana. Cuando en el texto filosófico se dice que los objetos y los procesos comienzan a hablar al hombre, no se trata de una metáfora casual, sino de la misma experiencia de expresividad universal que Lezama convierte en principio de su estética, pues el mundo, al volverse significante, reclama una respuesta creadora que el hombre ofrece a través de la imagen.
Esa reciprocidad entre mundo y conciencia es para Lezama un proceso de transformación interior, ya que el hombre, al interpretar los signos del mundo, no solo lo descifra, sino que se reinterpreta a sí mismo, y cada imagen que engendra modifica su relación con la realidad, ampliando el horizonte de su espíritu. En El expr Este moradocontra-conquista, con la cual Lezama designa el poder del espíritu para reordenar lo heredado, invertir las jerarquías y apropiarse creativamente de la historia. Así como el hombre del texto filosófico asume la separación respecto de la naturaleza como precio de la conciencia, el hombre americano asume su aislamiento histórico como oportunidad de profundidad poética, y esa Desconocido que a primera vista podría parecer encierro se convierte, en la visión lezamiana, en un laboratorio de la imaginación donde lo limitado se transforma en germen de universalidad.
En torno a ese motivo de la insularidad, Lezama teje una de sus metáforas más fecundas, aquella que ve en la casa, el hogar, la madre y el fuego los cuatro ejes simbólicos que sustentan el surgimiento de la cultura. La cueva primitiva, antes que un simple refugio físico, representa la primera matriz de la palabra y del sueño, el recinto donde el hombre percibe por vez primera la dualidad entre el adentro protector y el afuera amenazante, y donde se origina la conciencia de la frontera que separa y une a la vez lo conocido y lo desconocido. Esa dualidad constituye, en el pensamiento de Lezama, la raíz de toda imagen, porque conocer implica siempre cruzar un umbral, abandonar la seguridad de la cueva para enfrentarse con la intemperie del mundo, pero hacerlo provisto de una reserva simbólica, de una memoria de imágenes que le permite reconocer en lo desconocido una forma transformada de lo ya vivido.
Esa dinámica de expansión y contención encuentra en el barroco su más alta expresión. Lezama sostiene que el barroco americano surge de la necesidad de contener la desmesura del mundo mediante una forma que no reprime el exceso, sino que lo organiza en ritmo. Allí donde la naturaleza se ofrece como un espectáculo exuberante y múltiple, la mente humana responde con un exceso de orden imaginativo, y esa respuesta constituye el verdadero sentido del barroco, que no es caos, sino una estrategia de comprensión frente a la multiplicidad. En ese sentido, el hombre que el texto filosófico describe como dotado de una atención más compleja y de una capacidad superior para ordenar el mundo corresponde al sujeto barroco que Lezama admira, aquel que no huye del desorden, sino que lo transforma en estructura, que convierte la confusión en forma y la abundancia en armonía.
La apertura del mundo, sin embargo, no es solo un fenómeno cognitivo, sino también emocional, y por eso el texto señala que el hombre primitivo comienza a registrar señales antes inadvertidas y que esas señales despiertan en él sentimientos de miedo y asombro. En la poética de Lezama, ese miedo no es paralizante, sino creador, porque el asombro, dice él, constituye el verdadero origen de la poesía. Solo quien se asombra es capaz de ver más allá de lo habitual, de intuir en lo cotidiano la presencia de lo extraordinario. La emoción ante el misterio impulsa la invención de imágenes, y el acto de nombrar se convierte en una forma de reconciliarse con lo desconocido. Por eso, cuando el texto filosófico habla de la capacidad del ser humano para llamar de vuelta al mundo, Lezama lo interpretaría como la facultad del poeta para convertir el temor en forma, pues la metáfora, al nombrar lo que no tiene nombre, domestica sin destruir, ilumina sin anular el misterio.
En esa relación recíproca entre el hombre y el mundo se juega, para Lezama, la totalidad de la historia cultural, porque la poesía no constituye un ornamento de la existencia ni una actividad marginal, sino el medio primordial por el cual el hombre establece contacto con la realidad. La poesía precede a la ciencia y a la religión, ya que ambas derivan de su impulso originario: la ciencia intenta explicar lo que la poesía intuye y la religión intenta preservar lo que la poesía revela. En La experienciayYo, qué diseño
Esa misma integración se entrevé en el texto cuando se afirma que el nuevo ser humano logra comunicarse con los objetos, los estados y los procesos, pues dicha comunicación no debe entenderse literalmente, sino simbólicamente, como la capacidad de interpretar el lenguaje del mundo y, al hacerlo, crear un lenguaje propio que lo exprese y lo prolongue. Lezama denomina a esa operación conversación con la totalidad, expresión que encierra la idea de que toda cultura auténtica es un diálogo con el cosmos, un intercambio en el que el hombre no impone su voz, sino que la entrelaza con la del mundo, produciendo una armonía en la que cada cosa, cada ser y cada fenómeno participa como un tono dentro de una música infinita donde el universo entero se vuelve palabra y la palabra se vuelve universo.
El sueño, que en el texto se presenta como una dimensión privilegiada en la formación de la conciencia, ocupa también en la obra de José Lezama Lima un lugar central, pues para él no constituye una evasión ni un simple refugio frente a la vigilia, sino una de las formas más puras del conocimiento, una región del espíritu donde las imágenes circulan sin las restricciones impuestas por el tiempo, la causalidad o la lógica, y donde el hombre accede a una segunda realidad, más libre, más dúctil, más cercana a lo que podríamos llamar la esencia del ver poético. En ese espacio intermedio, donde los límites entre lo real y lo imaginado se desvanecen, la conciencia humana se ensaya a sí misma, aprende a reconocer sus propios mecanismos de creación y se abre a una experiencia de totalidad que la razón despierta rara vez puede alcanzar. La vigilia representa el dominio del orden racional, el territorio donde las cosas se definen y se separan, mientras que el sueño es el laboratorio de la creación, el lugar donde las formas se funden y las jerarquías se suspenden, permitiendo que el espíritu, liberado de las exigencias del pensamiento lógico, transite entre los distintos planos de la experiencia sin que medie el principio de contradicción. De la fusión de ambos mundos, del diálogo continuo entre la atención y el ensueño, surge lo que Lezama denomina la conciencia poética, una forma de conocimiento que no separa el pensar del imaginar ni el entender del sentir, porque sabe que toda comprensión profunda nace de esa zona de tránsito donde la metáfora sustituye al concepto y la imagen ilumina lo que el análisis solo delimita.
A medida que el hombre desarrolla esa capacidad simbólica, su relación con el mundo deja de ser puramente reactiva para adquirir una dimensión contemplativa, pues ya no se limita a responder a los estímulos del entorno, sino que se detiene, observa, medita y convierte su mirada en un acto de comprensión. Lezama sostiene que la contemplación constituye el acto más alto de la cultura porque implica una atención desinteresada, una apertura del espíritu hacia lo existente sin intención de dominio ni afán de posesión, sino como reconocimiento de lo que el mundo tiene de inagotable. Contemplar, en este sentido, es el ejercicio supremo de la libertad, pues quien contempla no busca utilizar, sino entender. Esa actitud, que el texto filosófico describe como una familiaridad superior, no se deriva del instinto, sino del conocimiento sensible, de una forma de cercanía que transforma la distancia en intimidad, que convierte el mirar en comunión. Así entendido, el hombre que contempla participa del misterio de las cosas, no como un observador exterior, sino como alguien que se reconoce en lo contemplado, que percibe en el objeto una prolongación de su propio ser.
La expresar, en la visión lezamiana, encarna precisamente esa familiaridad nueva que nace de la fusión de múltiples tradiciones culturales. América es, para Lezama, el escenario donde el mestizaje deja de ser una carencia para transformarse en un principio creador. En las culturas originarias, en las aportaciones africanas, en los ecos europeos, en la superposición de lenguas, de mitos y de ritos, Lezama ve no una confusión, sino un sincretismo fecundo que alimenta la imaginación. Cada fragmento de herencia cultural, lejos de disolverse, se reintegra en una imagen mayor, en una totalidad simbólica donde todo puede transformarse en forma poética. Así como el texto filosófico afirma que la apertura del mundo produce una mayor plasticidad en la percepción humana, Lezama entiende que la mezcla de culturas produce una mayor capacidad de resonancia, una elasticidad espiritual que permite absorber y reorganizar la multiplicidad. América, dice, es el lugar donde todo puede convertirse en imagen porque nada está definitivamente fijado, y esa inestabilidad, que desde la perspectiva biológica o política podría parecer desventaja, se convierte en una ventaja poética, pues obliga al espíritu a inventar constantemente su propio equilibrio y su propio ritmo.
El hombre americano, heredero de ese proceso evolutivo descrito en el texto filosófico, aparece en Lezama como un ser dotado de una sensibilidad amplificada, de una atención más fina y de una necesidad incesante de ordenar el mundo mediante la metáfora. No recurre a la abstracción fría ni a la deducción lógica, sino que busca el sentido a través de la imagen, porque solo la imagen puede unir lo visible y lo invisible sin sacrificar la riqueza de ninguno de los dos planos. En El e, Lezama afirma que el barroco de Indias es una respuesta poética al exceso de realidad, una tentativa del espíritu para contener la desmesura mediante un orden imaginativo que no destruye el caos, sino que lo organiza en ritmo. Frente a la enormidad de la naturaleza, el artista americano erige un mundo verbal igualmente vasto, un universo de signos que rivaliza con la selva, con el cielo, con la multiplicidad del trópico, de modo que la cultura americana se convierte en una cultura de la imagen, donde la palabra no traduce lo real, sino que lo prolonga, lo transfigura y lo recrea.
Cuando el texto filosófico habla del desarrollo de una nueva capacidad de comunicación del ser humano consigo mismo, Lezama vería allí la confirmación de su idea de que la imaginación no solo produce imágenes, sino que también se observa produciéndolas, se contempla a sí misma en el acto de crear. Esa reflexividad es, para él, la esencia del espíritu, entendido no como sustancia inmutable, sino como actividad incesante de interpretación, como un proceso de autoconstrucción simbólica mediante el cual el hombre se constituye como sujeto poético. El poeta, al crear, no solo inventa el mundo, sino que se inventa a sí mismo, se reconoce en el gesto de su imaginación. Por eso, cuando el texto filosófico concluye que el hombre puede expresarse ahora en secuencias de movimiento, Lezama entendería que ha nacido la conciencia poética, que es al mismo tiempo conciencia del cuerpo, del ritmo y de la forma, una conciencia que no distingue entre lo físico y lo espiritual porque sabe que ambos comparten la misma sustancia dinámica.
El ritmo, en La expresión americana, no es una simple repetición sonora ni una medida métrica, sino una estructura vital que atraviesa todas las manifestaciones de la existencia. Todo lo que vive, todo lo que se transforma, todo lo que deviene posee un ritmo interno, una cadencia que expresa su modo de ser, y la tarea del hombre consiste en reconocer ese pulso interior y armonizarlo con el suyo propio. La danza, la poesía, la música o la arquitectura no son, en esta perspectiva, actividades separadas, sino manifestaciones diversas de una misma operación esencial: la de transformar la energía dispersa en forma, la de convertir el flujo caótico del mundo en armonía perceptible. Cuando el hombre danza, no imita los movimientos del universo, sino que los encarna, los reinterpreta, los devuelve en una forma simbólica que restituye la unidad entre el cuerpo y el cosmos.
De esta manera, el proceso evolutivo descrito por el texto filosófico no se limita a la esfera biológica ni al perfeccionamiento de las facultades materiales, sino que alcanza la dimensión espiritual y cultural, porque el hombre, además de adaptar su cuerpo a las condiciones del entorno, adapta también su alma, modelando sus emociones y su pensamiento conforme a los ritmos del mundo. En ese gesto de adecuación interior reside la raíz de toda cultura. El ser humano, al armonizarse con el universo, se convierte en mediador entre lo visible y lo invisible, entre la naturaleza y el espíritu, entre el sueño y la vigilia. En esa continuidad profunda entre ambos planos —el físico y el simbólico— se despliega la enseñanza de Lezama Lima: la convicción de que el conocimiento verdadero no consiste en reducir el mundo a conceptos, sino en participar de su ritmo, en reconocer que cada imagen, cada sonido, cada forma es una puerta hacia la totalidad, y que solo quien se atreve a atravesarla puede alcanzar la plenitud de la experiencia poética que constituye, en última instancia, la más alta expresión de lo humano.
El precio de esa expansión espiritual y perceptiva del ser humano es, sin lugar a dudas, la pérdida de la antigua unidad con la naturaleza, aquella connivencia original en la que el hombre vivía integrado en un ritmo cósmico que no exigía mediaciones simbólicas ni distancias reflexivas, pero que, precisamente por su inmediatez, carecía de conciencia. Cuando el hombre se ve separado de esa unidad primigenia y descubre que lo que antes le era familiar se le vuelve extraño y distante, comienza una nueva etapa de su destino, pues esa extrañeza que podría parecer una caída constituye, en realidad, la condición de toda grandeza. Solo quien se sabe separado puede desear el reencuentro, y en ese deseo se funda el principio poético de la existencia. En el pensamiento de Lezama Lima, la imagen poética representa el esfuerzo del espíritu por restablecer la unidad perdida, la tentativa incesante de reunir, mediante el acto creador, lo que el proceso evolutivo ha escindido. Cuando el hombre nombra el mundo, cuando transforma en palabra la vastedad de lo real, no hace sino intentar recomponer el vínculo roto, devolver a la naturaleza una voz que ya no le pertenece, pero que persiste como nostalgia. Esa reconciliación no llega nunca a consumarse del todo, porque entre el hombre y el mundo media una distancia irreductible, aunque precisamente en esa distancia, en ese movimiento interminable hacia la unidad, se genera la cultura como forma superior de respuesta a la pérdida.
Lezama sostiene que la misión espiritual de América consiste en prolongar ese movimiento de reconciliación infinita, en convertir su propia historia de dispersión, de violencia y de mestizaje en una búsqueda de sentido y de unidad. La historia americana, que en su superficie parece marcada por la fragmentación, la ruptura y la discontinuidad, puede leerse, bajo la mirada poética, como una serie de tentativas por restablecer la comunicación entre lo arcaico y lo abstracto, entre la naturaleza exuberante y la forma que aspira a contenerla, entre el cuerpo que siente y el espíritu que ordena. En el texto filosófico se afirma que el hombre moderno alcanza una familiaridad superior a través de la experiencia de la dificultad, y Lezama, desde su estética barroca, amplía esa intuición al afirmar que la dificultad constituye el terreno donde germina la gracia, pues allí donde la realidad se vuelve más opaca, más impenetrable y más compleja, la imaginación intensifica su poder de revelación. La dureza del mundo no destruye la poesía, la provoca; el obstáculo no impide la creación, la fecunda; y la distancia que nos separa del origen se transforma, bajo el impulso del deseo, en espacio para la invención.
La apertura del mundo, lejos de agotarse, se renueva perpetuamente, porque cada avance del conocimiento amplía no solo el campo de lo visible, sino también la profundidad de la distancia que nos separa de aquello que fuimos. Sin embargo, esa distancia no equivale a un vacío, sino a un ámbito propicio para la creación, un intersticio donde el hombre, desprovisto de certezas, se ve obligado a inventar símbolos para restablecer el contacto con lo real. En este sentido, La expresión americana puede considerarse una filosofía de la esperanza, una meditación sobre la capacidad del ser humano para seguir descubriendo correspondencias ocultas y crear nuevas formas de sentido en medio de la dispersión. Para Lezama, la evolución no se detiene en el plano biológico ni en la esfera de la adaptación material, sino que prosigue en el ámbito poético, donde el espíritu continúa su trabajo de transformación, buscando en cada imagen una nueva posibilidad de revelación.
De esa manera, el proceso descrito en el texto filosófico —la apertura recíproca entre el ser humano y el mundo, el incremento de la complejidad, la pérdida de las antiguas familiaridades y la aparición de una nueva forma de comunicación simbólica— encuentra en La experiencia su correspondencia espiritual y estética, porque lo que en el pensamiento biológico se presenta como crecimiento perceptivo, en el pensamiento lezamiano se traduce en revelación poética, y lo que en la evolución natural aparece como adaptación al entorno, en la poética americana se convierte en creación de un cosmos interior. En ambos casos el hombre se define por su capacidad de responder al mundo no mediante la reacción instintiva, sino mediante la forma simbólica, por su aptitud para transformar la experiencia en metáfora y el conflicto en imagen.
Lezama, fiel a su visión barroca del universo, transforma esta dialéctica entre separación y reencuentro en una poética de la abundancia, donde la pérdida no se lamenta, sino que se sublima en forma, y donde la ausencia se vuelve principio de generación. El mundo, dice Lezama, es inagotable, y el hombre, al abrirse a su infinitud, se convierte en su espejo más complejo, en el lugar donde la materia adquiere conciencia de sí. La historia de la cultura puede entenderse, bajo esta luz, como la historia del reflejo entre el hombre y el mundo, como la serie de tentativas mediante las cuales el espíritu humano se ha contemplado en la materia y la ha devuelto transfigurada en arte, en pensamiento o en símbolo. Cada época, cada estilo, cada mito, constituyen modos diversos de ese reconocimiento mutuo entre lo visible y lo pensante, entre lo creado y lo creador. Cuando el texto filosófico menciona que el mundo comienza a hablarle al ser humano, Lezama, de haberlo leído, habría sonreído, porque toda su obra es la prolongación de ese diálogo infinito, la convicción de que el universo está lleno de voces que esperan ser interpretadas y que el hombre, al responderles con la imagen, contribuye a la continua creación del mundo.
Tanto la reflexión filosófica como la intuición poética convergen en una misma certeza, la de que la evolución no es un proceso puramente biológico ni la historia una simple sucesión social, sino manifestaciones distintas de un mismo impulso hacia el sentido. El hombre se abre al mundo y el mundo, al ser percibido, se transforma en imagen, y esa imagen se convierte en el verdadero lugar del encuentro, en el espacio donde la realidad y la imaginación se abrazan y donde el conocimiento deja de ser una operación racional para volverse experiencia de comunión. Allí, en esa zona donde la ciencia encuentra complejidad y Lezama descubre misterio, florece lo humano en su expresión más alta, porque el mundo se hace más vasto, más arduo, más impenetrable, pero también más íntimo, más nuestro, ya que solo en la dificultad aprendemos a ver y solo en el esfuerzo por comprender lo inabarcable alcanzamos la claridad del amor. En esa visión que une la extrañeza con la familiaridad y el límite con la gracia, se cumple el destino poético del hombre, el mismo que Lezama soñó para América, convertir la distancia en comunión, la carencia en sobreabundancia y la apertura del mundo en una forma de revelación.
Este ojo metafórico que Lezama ejerce y que su propia obra tematiza se comporta como una cámara mística que no registra lo visible en su evidencia, sino lo que está a punto de aparecer, aquello que se insinúa entre la sombra y la forma. La imagen, en su pensamiento, no constituye un simple adorno retórico ni una herramienta del lenguaje, sino el modo esencial en que el mundo se da, se configura y se transfigura ante la conciencia. Como en los lienzos del barroco o en las visiones cosmogónicas del Popol Vuh, donde el espacio primordial aparece como una monstruosidad gnóstica, la naturaleza y la cultura no se oponen, sino que se entrelazan en una morfología resplandeciente, en una urdimbre de correspondencias donde lo sensible y lo espiritual se funden. La expresión americana es, en este sentido, una ontología de la imagen, un intento de pensar el ser desde su capacidad de aparecer, una filosofía del resplandor que convierte la experiencia del mundo en acto poético y que hace del hombre no el espectador pasivo de la realidad, sino su más alta forma de conciencia.
Es en esta lectura demorada y minuciosa donde se impone con una fuerza casi inevitable la figura de Walter Benjamin, ese otro pensador que hizo de la imagen no un instrumento de la razón sino un campo de revelación y de relámpago. En Benjamin, la constelación de significados no se construye por acumulación ni por deducción progresiva, sino que se capta en el instante súbito de la fulguración, en ese momento en que los fragmentos de la historia se enlazan y estallan en una visión. Su método, lejos de seguir la línea del discurso sistemático o del desarrollo conceptual, se funda en la irrupción, en la iluminación que interrumpe la continuidad del pensamiento para mostrar lo que estaba oculto. Y acaso no sea esa misma fulguración lo que Lezama Lima llama resplandor, esa iluminación poética que no explica, sino que encarna, que no traduce, sino que manifiesta. En ambos autores, la imagen deja de ser ilustración del concepto para convertirse en su condensación sensible, en el punto donde el pensamiento se vuelve materia y la materia se vuelve pensamiento. Así como Benjamin encuentra en la imagen dialéctica el lugar en que el pasado irrumpe en el presente no como huella muerta sino como posibilidad viva, Lezama concibe la historia americana como un campo de epifanías en el que los fragmentos dispersos del mito y de la memoria se reagrupan para formar un cuerpo barroco, una totalidad todavía en gestación, un continente espiritual que no se limita a existir, sino que se sueña.
Ambos comparten la sospecha profunda hacia el tiempo homogéneo y vacío que la modernidad impone, ese tiempo sin hondura donde los instantes se suceden sin resonancia. Benjamin lo combate desde un mesianismo profano que busca redimir el pasado en el presente, mientras Lezama lo subvierte desde una poética de la recurrencia, del milagro y de la resurrección de las formas. Para el primero, la figura emblemática de ese gesto es el holgazán, que deambula sin rumbo por la ciudad moderna en busca de las huellas perdidas del sentido; para el segundo, la imagen misma es una forma de andar ontológico, un caminar por los territorios invisibles del ser. La Habana barroca de Lezama, con su rumor de patios, sus columnas y sus penumbras solares, se presenta como una Alejandría tropical, un lugar donde los signos antiguos todavía vibran y el presente se enlaza con lo arcaico en una especie de sincronicidad mística. Ese cruce entre el Caribe y el Mediterráneo presocrático confiere a la escritura lezamiana un carácter que trasciende lo poético y se convierte en una exploración ontológica, en una tentativa de acceder al ser a través de la imagen, de hacer del verbo un modo de existencia.
En este punto, el diálogo con Martin Heidegger se vuelve no solo pertinente, sino ineludible, pues en El o el filósofo alemán también rechaza la concepción representativa de la imagen y propone en cambio comprenderla como el lugar donde el ser se desoculta, donde el mundo no se refleja sino que se abre y se deja habitar. En la obra de arte, el ser no se enuncia como proposición ni se demuestra como verdad empírica, sino que acontece, se revela como pero, como acontecimiento de desvelamiento. Lezama comparte ese pathos ontológico, aunque lo reviste con la opulencia de su verbo tropical, porque para él la poesía, al igual que la pintura barroca o el mito indígena, es un modo de hacer comparecer lo oculto, de convocar mediante la palabra una dimensión de la realidad que la razón no puede capturar. La imagen no es un signo que remite a otra cosa, sino un acto de instauración, una epifanía donde el mundo se constituye de nuevo.
Sin embargo, entre ambos se abre una diferencia esencial. Allí donde Heidegger cultiva el silencio del claro del bosque, Lezama prefiere la selva de signos; el alemán busca la esencia en el despojamiento, el cubano en el exceso. Heidegger se adentra en el espacio despejado donde el ser se dice en su sobriedad; Lezama se abandona a la proliferación barroca donde el ser se multiplica en resplandores. La imagen heideggeriana tiene la sobria dignidad del templo griego, la lezamiana la exuberancia ritual de la ceiba. Pero aun en esa divergencia ambos coinciden en lo fundamental: la imagen verdadera no se copia ni se inventa, sino que acontece, se manifiesta como irrupción, como aparición inaugural del mundo en su modo más propio.
Si Benjamin trazó el camino hacia la imagen como constelación crítica y Heidegger la pensó como epifanía ontológica, Lezama la concibe como milagro barroco, como combustión verbal en la que el lenguaje, al arder, transforma la historia en mito y la materia en visión. En su obra, la imagen no representa, sino que transubstancia, convierte la realidad en verbo y el verbo en sustancia. El lenguaje deja de ser medio de expresión para volverse un órgano del ser, una herramienta de encarnación. Sin embargo, este entramado de resonancias puede ampliarse todavía si se convoca la figura de Gaston Bachelard, quien en La poética del espacio propuso que la imagen poética no nace de una elaboración racional, sino de una intimidad cósmica, de una memoria elemental. Los elementos —el agua, el fuego, la tierra, el aire— son en su pensamiento materias imaginantes, sustancias del alma que permiten al hombre habitar el mundo no como espectador sino como soñador.
Y si el barroco lezamiano remite al milagro y el pensamiento bachelardiano a la ensoñación, José Martí aparece como otro vértice de esta constelación donde la imagen se vuelve gesto ético. En Martí, la palabra no se encierra en un sistema ni se disuelve en alegoría, sino que actúa como vehículo de una moral poética. Su prosa, suspendida entre la energía solar del deber y la delicadeza lunar del sueño, oscila entre la acción política y la contemplación espiritual. Lo americano no es para él una esencia ya dada, sino una tarea en devenir, una vocación por cumplir. En ese sentido, su expresión americana no es solo estética ni ontológica, sino también moral: una manera de encarnar un continente que todavía no ha terminado de nacer. Lo que en Lezama se presenta como irrupción imaginaria, en Martí se convierte en encarnación ética; pero en ambos, ser americano equivale a inventar una mirada, a engendrar una lengua que todavía no ha sido pronunciada.
En este tejido de influencias y correspondencias, la figura de Edmund Husserl aporta quizás el marco fenomenológico que permite comprender la imagen no solo como contenido simbólico, sino como modo de aparición. En su análisis de la conciencia imagenal, Husserl distingue entre el objeto físico, el objeto representado y el acto de conciencia, de modo que la imagen no se identifica con el objeto ni con su representación, sino con el modo en que algo se nos da, con la forma misma de su aparecer. Esa operación requiere una suspensión del mundo natural, una epojé que permita que el fenómeno se manifieste en su pureza. Lezama realiza, a su manera, una versión caribeña de esa suspensión, pues su ojo metafórico no describe ni analiza, sino que interrumpe el mundo cotidiano y lo transforma en un signo ardiente, en una aparición cargada de espesor simbólico.
La imagen en Lezama no es medio para acceder a otra realidad, sino el acontecimiento mismo de lo real, la forma en que el ser se entrega a la conciencia. Como en Husserl, lo visible es siempre un aparecer, una donación que excede al sujeto, aunque en el cubano esa donación adquiere una temperatura mística, una densidad verbal que sustituye la claridad eidética del fenomenólogo por la exuberancia encendida del poeta. Ambos coinciden en considerar la imagen como fenómeno, como modalidad del espíritu que se da a sí mismo su mundo, pero divergen en el tono y en la finalidad: uno se orienta hacia la transparencia de la esencia, el otro hacia la embriaguez del símbolo.
Lezama Lima no escribe desde la erudición, aunque su saber sea vasto y profundo, ni desde el sistema, aunque su pensamiento posea una rigurosa coherencia interior. Escribe desde la visión, desde la certeza de que el lenguaje no explica la realidad, sino que la hace nacer. No es un filósofo ni un poeta en el sentido convencional, sino un teólogo del verbo, un visionario que convierte la isla en altar y la palabra en ofrenda. La expresión americana Sin búsqueda de defensa Popol Vuh, Lezama se levanta con su ojo metafórico, no para construir un sistema de pensamiento, sino para convocar un mundo, para devolver al lenguaje su poder de fundar realidades.
Y así, al concluir esta travesía entre imágenes, ideas y resplandores, acaso lo más sabio sea dejar que el silencio vuelva a ocupar su lugar, ese silencio que no significa vacío sino espera, y seguir leyendo a Lezama como se escucha una voz que todavía resuena en el corazón de América, una voz que no pertenece al pasado ni al presente, sino al futuro de lo que aún no ha sido dicho y sin embargo ya comienza a arder.
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