Infierno, 65 años de tiranía en Cuba y la próxima liberación

Por: Antonio Ramos Zúñiga

La tiranía ha celebrado su revolución, sin rumba truculenta, pero sí con mucha pantomima triunfal. El espectáculo incluyó una levantada de brazo al “presidente” Díaz Canel, manía de Raúl Castro para mostrar su visto bueno, lo hizo con su colega Obama. Desde luego, tal espaldarazo no se debe a los buenos oficios de Canel como estadista, pues Cuba está peor que nunca compitiendo con Haití, sino a la genuflexión, al buen papel que desempeña el susodicho como careta interina del poder. No se puede negar que el teatro del absurdo es lo más revolucionario que hay en Cuba, con Lenin y Freud como directores del manicomio. El mensaje intrínseco, sin embargo, no es dramaturgia, sino una señal de Thanatos, preludio de un posible cambio o metamorfosis, que tal vez sea más revolucionario que quitarle el pan de cada día a los artistas del hambre, los cubanos.  Ojo. Hablo de cambio o metamorfosis estilo Lampedusa, el italiano que elucubró el cambio a lo cortico, gatopardismo a la sombra de Maquiavelo, el maquillaje transformista en política, el cambio sin cambio, que en neolengua comunista significa patear el trasero del pueblo más suavemente.  

      El régimen castrista, pese a toda la ayuda que recibe del comintern moderno, parece incapaz de construir el paraíso de la juguetería utópica. Con la economía estancada, las nuevas generaciones pidiendo a gritos libertad y vida y con las arcas cada vez más precarias, las deudas, las enfermedades, la floja ganancia que da el turismo que solo le sirve para engrasar el aparato represivo y tener los tanques listos por si acaso los esclavos se rebelan, la castrocracia ha optado por dejar que millares de cubanos escapen de la isla rumbo a Estados Unidos, no de gratis, sino mediante el negocio del tráfico de personas. Hay ciertas señales de que buscan una solución salvavidas para evitar el escache definitivo. Nada de dejar el poder, ni de atrincherarse en un bunker a lo Numancia, como en 1989 (ya la gente no se cree el cuento), parece que van a propiciar una seudo dolarización que atraiga más remesas, más permisión a los merolicos, más negocitos informales, más facilidades a los inversionistas extranjeros, más contactos con Estados Unidos para que aflojen el embargo, más dádivas y promesas al partido demócrata estadounidense para que apoye con oxígeno, ahora han metido en el potaje a la mafia petrolera rusa, etc. Claro que un cambio solo se daría cambiando algo que surta credibilidad, ese algo sería una cara del poder con menos arrugas y sin peste en el curriculum.

       Los inversionistas saben dos cosas: el régimen es tramposo, no paga, y la atrofiada economía cubana está en manos de dirigentes mediocres. Saben además que el dinero va a las empresas militares y a las cuentas millonarias de la nomenclatura, y que el día menos pensado podría suceder una reacción popular contra el yugo. La crisis cubana se complica porque quedan vivos pocos comandantes de la revolución reacios a cambiar, pero es probable que en la cúpula no quede nadie pensando en sacrificarse por los enajenados venceremos de Fidel y sus fidelos. A los niños se les sigue adoctrinando con San Fidel, pero es el capitalismo, la dolce vita y el poder absoluto la verdadera doctrina de los nuevos burgueses de la revolución. Deben haber sacado una conclusión: el capitalismo comunista chino es mejor que la mierda legada por el Fifo, es por ahí por donde va la praxis del destino, si no existiera el embargo, verbigracia, bloqueo imperialista, bloqueo invisible desde hace medio siglo. El modelo chino se ha convertido en el nuevo credo neocomunista, pero Cuba no es China, ni quiere ser amarilla, los buenos cubanos, casi todos pobres, que es la verdadera Cuba, prefieren mirar al Norte. El anexionismo mental ronda el corazón de Cuba, otro fruto de la revolución, del que no se habla. No teníamos nada que ver con los rusos, Martí lo advirtió, que Cuba debía ser cubana por encima de las ideologías nefastas y los delirios de grandeza de los malos hombres. El error que nos ha costado perder la soberanía es que nos dejamos engañar por los discursos y promesas, matando nuestro espíritu libertario. En vez de unirnos a nosotros mismos, seguimos el plan de vida equivocado, nos dejamos controlar, a sabiendas de que Martí también nos había advertido que el comunismo era la futura esclavitud y que nuestra razón de ser era la libertad, la prosperidad de la tierra-patria para todos.

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El delfín del cambio y las antípodas

El año pasado, el régimen dejó pasar a la prensa algunas señales, una de ellas fue mostrar a la Asamblea popular, (parlamento castrista), en algunas discusiones que se  ventilaban con cierta autocrítica, especialmente en la esfera cultural. Pero lo que llamó la atención fue la presencia del general de brigada Alejandro Castro Espín, el hijo de Yo el Supremo, Raúl Castro. Por ser hijo de su padre, es general de brigada sin haber comandado tropas en una guerra. Los cubanos lo apodan el Tuerto, y los disidentes lo tildan de continuista, y de ser más comunista que Lenin. Da risa. Alejandro se crió en una atmósfera burguesa, con lujos que los cubanos de abajo no imaginan. Por supuesto, no puede quitarse la fachada comunista, aunque Putin lo hizo, todo está en que la realidad le quite la máscara. Este hombre, que hoy tiene más poder que todos los generales juntos de Cuba, es lógicamente la opción que se guarda Raúl, es su delfín, su alter ego, el guardián de una dinastía bien maquinada tipo sucesión coreana, el llamado de un momento a otro a dar solución o “rectificación de errores” a los males de Cuba comunista acumulados durante 65 años (pésima dirección económica, corrupción, miseria, arte de hacer ruinas). Pero hay otros problemas que no le será fácil resolver apelando a las consignas, a la limosna revolucionaria o a la tranca para que el pueblo cambie en su favor: el tiempo perdido, las ilusiones deshechas, los miles de muertos, los millares de presos políticos, el resentimiento, el dolor, el hambre, el éxodo, la hijoeputada, el imperdonable descaro del poder. No podrán  bloquear la influencia del capitalismo que ahora llega por internet, el celular y los exiliados. Y hay otro problema que es lo que temen, la competencia política, la venganza de Némesis. De la ley del Talión está hecha la historia del mundo.

       ¿Cómo será visto el heredero Delfín? Como redentor, claro que no. Ni como el bueno de la película. Cuando llegue el momento, la propaganda comunista y de la izquierda fascista lo volverá un dios o un ángel, pero con los tanques a su lado. El pueblo tendrá que entrar por el aro, pero qué harán los relegados, los hijos y nietos de Fidel Castro, la nueva hornada de generales y la nueva disidencia de una generación más cojonuda. Remember la Unión Soviética, la libertad puede provenir de un Yelsin o Gorvachov cubano, o de sabe dios quién, la dictadura sabe que hay muchos héroes y egos esperando su momento.

       Para la sucesión se han manejado otros nombres: Mariela, la hija de Raúl Castro. Antonio Castro, hijo de Fidel. Se dice que un general tracatán puede reemplazar a Díaz Canel cuando lo hagan hacedor de culpas y lo pongan en plan piyama, hasta que terminen de maquillar al delfín. Fíjense que en Cuba la culpa de la mala situación se la echan a Díaz Canel, no se menciona al culpable mayor: Fidel. Es ilegal decirlo, pero se dice a escondidas. A veces acusan a los rusos de ser los culpables del desastre por abandonar el comunismo, los ignorantes y los esbirros culpan a Batista, al exilio, el bloqueo yanqui, y a todos los absurdos que surgen de la hipertrofia síquica que produce el soma que les regaló el Gran Hermano soviético. En esa comedia solo falta que culpen al esqueleto de Machado por lo malo que está el país. Levitación del no ser, solo Stalin puede sentirse feliz en ese teatro del engaño.

La solución idealista factible

Todo es posible en un país con dictadura cuyo pueblo ha padecido todo tipo de represión, iniquidad, totalitarismo, angustia material y sacrificio innecesario sumido entre el absurdo, la necesidad y todas las categorías del mal mezcladas con patria o muerte y panóptico. En 1959, simplemente, no triunfó una revolución, sino una guerrilla, una conjura contra la historia cívica cubana, el anhelo democrático y el apostolado de José Martí. Los vencedores no debieron fusilar gentes, llenar las prisiones y crear desgracias, debieron pactar con la constitución reestablecida, como habían prometido. En 1961, Lezama Lima, el gran poeta cubano, fue censurado, sufría y pasaba hambre, se dio cuenta que el mundo de Paradiso había finalizado y comenzaba otra historia, otra novela, la de Moloch en Cuba, la antinovela Inferno, la fatalidad que arrancaría de cuajo toda ilusión y libertad en el pueblo, proceso que persiste. Pero como la historia no falla, un día de estos el pueblo va a demandar que le devuelvan lo que es suyo, el derecho a la libertad y el progreso, el derecho de soberanía, el derecho a una vida normal y el mundo apoyará una petición tan justa. Y ya verá el dictador de turno, que el remedio no es la masacre y el panóptico, sino la existencia.

       En esta etapa, la masacre de un pueblo equivale a declarar la guerra a la dignidad y la sensibilidad de la humanidad y la civilización. El militar o el policía castristas que utilice la violencia, la porra y el arma de fuego contra el pueblo noble que pide pacíficamente un cambio, debe saber que nadie va a perdonar sus actos ni la persistencia de la calamidad. A los asesinos nadie los quiere. La liberación de Cuba, el gran sueño cubano de la democracia, es un proceso que el castrismo no puede detener y ya se concreta. Así que, bajando el machete y la hoz y el martillo, demoliendo los muros y la prisiones, el delfín o quien sea pasaría a la historia como gentil, no como verdugo. La otra solución, plegarse a Moloch y seguir gobernando el campo de concentración, no es recomendable.  

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