Por Kukalambé

Flametti o el dandismo de los pobres, publicada en 1918, ocupa un lugar singular dentro de la obra de Hugo Ball. No es todavía una novela dadaísta en sentido estricto, aunque en sus páginas se reconoce el ambiente humano, teatral y marginal del cual poco después surgiría el Cabaret Voltaire. Ball y Emmy Hennings habían trabajado desde 1915 en compañías de variedades suizas, primero como integrantes del conjunto Maxim y después como fundadores de su propio elenco, experiencia que sirve de materia autobiográfica para la narración. El libro, dedicado a Emmy Hennings, fue escrito cuando Ball conocía desde dentro la pobreza, los desplazamientos y las incertidumbres laborales de los artistas de cabaré.
Max Flametti dirige una compañía compuesta por cantantes, imitadores de mujeres, contorsionistas, pianistas, bailarinas, aprendices y artistas sin prestigio que sobreviven actuando en tabernas, restaurantes y escenarios de segunda o tercera categoría. Flametti no es un empresario poderoso, sino un hombre que administra una bancarrota diaria, aplaza los pagos, negocia anticipos, inventa espectáculos y pesca en el río para alimentar a su conjunto. Al comienzo de la novela calcula los salarios pendientes y descubre que, después de pagar a sus artistas, su fortuna ascendería a nueve francos con cincuenta y cuatro céntimos. Sin embargo, poco después arroja una moneda sobre el mostrador con pose de caballero, compra tabaco, saluda con afectación y adquiere una pipa oriental para completar uno de sus números teatrales. La contradicción esencial del personaje ya está contenida en esas escenas. Flametti carece de dinero, pero no renuncia a comportarse como si poseyera un pequeño reino.
La novela no sigue una intriga rigurosa ni construye una ascensión heroica. Su movimiento nace de la acumulación de episodios, entre ellos las discusiones por los salarios, las comidas colectivas, los ensayos desastrosos, las rivalidades sexuales, los contratos precarios, las enfermedades, las deudas, los abandonos, las pequeñas traiciones y los espectáculos que unas noches producen ganancias y otras conducen al desastre. La compañía alcanza un éxito pasajero con la representación de Los indios, una revista aparatosa en la que Flametti encarna al jefe Fuegosolar. Sin embargo, el triunfo no modifica las condiciones materiales del grupo. La fama dura lo que dura la función. Terminado el aplauso, regresan las cuentas pendientes, los zapatos gastados, las reclamaciones de los artistas y el temor de que el empresario siguiente ofrezca algunos francos más.
Ball presenta este mundo sin convertir a sus personajes en víctimas sentimentales. La miseria está presente, pero aparece mezclada con la vanidad, la vulgaridad, el deseo, la comicidad y la lucha por obtener una posición dentro de un medio que apenas permite sobrevivir. Los artistas se solidarizan cuando se sienten amenazados y se destruyen entre sí cuando aparece una oportunidad. Quieren emanciparse de Flametti, pero reproducen enseguida sus mismos métodos y fundan nuevas compañías destinadas a repetir el ciclo. La pobreza no crea una comunidad moral. Produce una sociedad inestable en la que cada cual representa el papel de director, estrella, seductor, dama distinguida o artista imprescindible.
El estilo de Ball se apoya en la descripción corporal, la caricatura y el movimiento. Los cuerpos comen, sudan, se maquillan, se golpean, se enferman, engordan, se contorsionan y se ofrecen al público. Los objetos también desempeñan una función decisiva. Sombreros, zapatos de charol, vestidos, uniformes, plumas, carteles, instrumentos musicales y decorados construyen una nobleza provisional. En la Fuchsweide, el barrio popular donde transcurre buena parte del relato, los trabajadores se quitan los delantales al anochecer, las mujeres se arreglan frente al espejo y las calles se llenan de comediantes, músicos, cantantes y figuras adornadas con una elegancia excesiva. La iluminación de los locales convierte durante unas horas la suciedad del barrio en un escenario fantástico.
¿Por qué dandismo de los pobres?
El dandismo tradicional suele asociarse con el individuo que convierte su apariencia, sus gestos y su comportamiento en una obra de arte. El dandi no se limita a llevar ropa elegante. Procura gobernar cada detalle de su presencia, mantener una distancia frente al mundo y demostrar que su identidad no depende de las normas ordinarias. En Flametti, Hugo Ball traslada esa actitud desde los salones aristocráticos hacia las tabernas y los escenarios miserables del espectáculo popular.
Los personajes de la novela son pobres en términos económicos, pero intentan compensar esa pobreza mediante una riqueza gestual. No poseen patrimonio, aunque poseen poses. No tienen títulos, aunque se llaman unos a otros “director”, “artista”, “caballero” o “dama”. No controlan sus condiciones de trabajo, aunque procuran controlar la forma en que aparecen ante los demás. El dandismo consiste entonces en producir una imagen de dominio dentro de una existencia dominada por la necesidad.
Flametti representa con mayor claridad esta contradicción. Puede pasar la mañana pescando para conseguir dinero y comida, pero después camina por la ciudad con la desenvoltura de un hombre importante. Se lleva la mano al sombrero, utiliza saludos distintivos, compra objetos decorativos y mantiene frente a sus subordinados la autoridad de un gran empresario. Incluso cuando todo se desmorona, conserva el tono del director que todavía maneja la situación. Su dignidad depende de la representación. Dejar de representar equivaldría a reconocer que no posee compañía, prestigio ni poder.
El dandismo de los pobres no debe entenderse solo como una imitación cómica de las clases altas. También constituye una técnica de supervivencia. Los personajes necesitan presentarse como algo más de lo que son para conseguir contratos, atraer público, seducir clientes y evitar que los demás descubran su desesperación. La apariencia funciona como capital. Un traje bien planchado, un sombrero, una fotografía teatral o una palabra francesa pueden producir durante unas horas el crédito social que el dinero no puede comprar.
Sin embargo, Ball no idealiza esa resistencia. El dandismo protege a los personajes de la humillación, pero también los encierra en una comedia permanente. Todos saben que los decorados son falsos, que las joyas son baratas y que los títulos de los números exageran la pobreza de lo que se ofrece. Aun así, necesitan creer en la representación. De esa tensión surge la ironía del libro. La falsedad del espectáculo permite soportar una realidad que, sin disfraces, resultaría intolerable.
En una de las escenas centrales, el narrador describe al verdadero dandi como aquel que contempla desde fuera el ruido de los locales y disfruta el conjunto con la inteligencia de quien ya no espera que la realidad deje de ser contradictoria. Inmediatamente después aparece una expresión decisiva que habla de una autenticidad en medio de un mundo de apariencias. Esa fórmula resume la estética de la novela. Los artistas son falsos cuando se disfrazan de indios, aristócratas, soldados o mujeres fatales, pero son auténticos en su necesidad de transformarse. La máscara es artificial. El deseo de escapar de la insignificancia es verdadero.
El dandismo de los pobres es, por tanto, una soberanía imaginaria. Quien no posee una casa estable gobierna su sombrero. Quien no controla su salario controla el gesto con que enciende un cigarro. Quien no puede cambiar su destino cambia de traje. La elegancia no elimina la miseria, pero introduce dentro de ella una diferencia, un intervalo durante el cual el individuo puede verse a sí mismo como personaje y no como simple objeto de la necesidad.
Esa soberanía, sin embargo, es frágil. La compañía comienza a desintegrarse, los artistas abandonan a Flametti, los locales donde actúa son cada vez peores y las deudas se acumulan. Flametti conserva hasta el final su grandilocuencia, redacta su propia defensa judicial, fuma con ostentación y actúa como si todavía pudiera invertir el curso de los acontecimientos. Cuando viaja a Berna para afrontar el proceso, promete que todo saldrá bien. Después no escribe y Jenny conoce el resultado por el periódico. Incluso entonces ella lleva su mejor vestido y procura que nadie perciba su dolor. La representación continúa cuando ya no queda espectáculo.
Flametti es una novela sobre la pobreza artística, pero también sobre el poder creador de la apariencia. Ball observa a sus personajes con ironía, aunque no los desprecia. Sabe que son grotescos, egoístas, violentos y ridículos, pero también que han sido expulsados hacia los márgenes de la sociedad burguesa. A diferencia del ciudadano respetable, que oculta sus ficciones bajo la estabilidad económica y las buenas costumbres, los artistas de variedades exhiben las suyas sobre el escenario. Su impostura resulta más visible y, en cierto sentido, más honesta.
El libro puede interpretarse como una antesala humana del dadaísmo, no debido a que emplee todavía las rupturas lingüísticas de los poemas fonéticos de Ball, sino a que encuentra belleza, libertad y verdad entre los residuos del espectáculo urbano, entre canciones vulgares, cuerpos deformes, decorados usados, anuncios luminosos, trajes baratos y artistas fracasados. La posterior experiencia del Cabaret Voltaire nacería, en parte, de ese ambiente de músicos, magos, cantantes, bailarines y marginales que Ball había conocido en los escenarios populares.
El dandismo de los pobres designa finalmente la voluntad de no aceptar la identidad que la pobreza asigna. Flametti y su compañía saben que el mundo los considera seres secundarios, pero responden convirtiéndose en espectáculo. No pueden abandonar la miseria, aunque pueden adornarla, exagerarla y transformarla durante una noche. Su dandismo no es el refinamiento tranquilo de quien posee demasiado, sino el gesto desesperado de quien posee tan poco que debe inventarse a sí mismo cada vez que sale a escena.