Una lectura sobre «Espejo de paciencia» (el sufrimiento, la espera y la fabricación poética de un mundo)

Por Galán Madruga

El título que Silvestre de Balboa escogió para su poema contiene con bastante precisión el movimiento que después recorrerán sus dos cantos, pues la paciencia del obispo Juan de las Cabezas Altamirano, lejos de quedar reducida a una cualidad piadosa que el poeta menciona para ennoblecer a su personaje, acaba proporcionando la forma mediante la cual una experiencia de cautiverio, humillación y peligro puede ser narrada sin quedar abandonada a la arbitrariedad del daño. Balboa lo declara desde las páginas iniciales cuando explica que decidió escribir «la prisión de este santo Obispo, la paciencia con que la sufrió» y que precisamente esa conducta determinó el título del libro, afirmación que permite leer el poema menos como la crónica versificada de un secuestro que como el esfuerzo de una comunidad por otorgar orden a una desgracia después de haberla atravesado.

La elección de la palabra «espejo» pertenece a una tradición moral reconocible, aunque en Balboa adquiere una significación que desborda el repertorio edificante del período, porque aquello que el espejo devuelve al lector no es simplemente la imagen de un hombre virtuoso, sino una manera de permanecer dentro del tiempo cuando el desenlace todavía se desconoce. El obispo ha perdido momentáneamente la capacidad de decidir adónde ir, con quién permanecer y en qué momento recuperar su libertad, mientras conserva, sin embargo, la posibilidad de gobernar la respuesta que dará a esa pérdida, de manera que la paciencia se convierte en la última zona de soberanía disponible para quien ha sido despojado de casi todas las demás.

Balboa anuncia desde las primeras octavas que cantará «la paciencia / con que pasó tan áspero suplicio», junto con «la humildad sufrimiento y obediencia» mediante las cuales el prelado acepta su situación. Estas palabras, que pueden parecer una acumulación convencional de virtudes cristianas, describen en realidad una disciplina frente a la duración, ya que Altamirano no puede acelerar el rescate, desconocemos durante buena parte del primer canto cuándo terminará su prisión y ningún acto de voluntad puede borrar lo sucedido, de modo que la experiencia queda concentrada en la capacidad de atravesar un presente cuya salida todavía no se encuentra a la vista.

La literatura interviene precisamente en ese punto, mientras el cautivo vive los acontecimientos sin conocer su término, el poeta los reconstruye después de que todo ha concluido y puede, por ello, establecer relaciones que el personaje ignoraba mientras sufría. La prisión adquiere un comienzo reconocible, la marcha penosa se transforma en prueba, el rescate aparece como restauración y la victoria posterior completa retrospectivamente una secuencia dentro de la cual el dolor deja de presentarse como una interrupción absurda. La escritura no elimina aquello que ocurrió, pero modifica su temporalidad, porque lo que fue incertidumbre para el hombre sometido se convierte en relato para quienes conocen el desenlace.

Balboa lleva esta transformación hasta extremos que hoy pueden desagradar al lector cuando hace que Altamirano reciba la desgracia «con grande mansedumbre y amor blando» y juzgue su padecimiento como un castigo procedente de Dios, hasta considerar el «tiempo malo» como «amplísimo regalo». La formulación podría confundirse con una exaltación del dolor por el dolor mismo si se separara del mecanismo narrativo en que se encuentra, porque el poema necesita impedir que la prisión sea interpretada como señal de abandono, y para lograrlo la transforma en ocasión donde la fidelidad del personaje puede hacerse visible. El daño sigue siendo daño, la violencia continúa perteneciendo a quienes la ejercen, pero el cautivo conserva una lectura de sí mismo que sus captores no pueden arrebatarle.

La paciencia alcanza entonces un contenido distinto de la resignación, es decir, resignarse podría significar aceptar la superioridad del vencedor y reconocer la inutilidad de cualquier resistencia interior, mientras que el obispo conserva un orden propio en medio del desorden que otros le imponen, orden sostenido por una memoria religiosa que le permite reconocer su padecimiento dentro de historias anteriores. Cuando llega a la cruz y comienza a orar, Balboa hace desfilar a Daniel, los jóvenes condenados al fuego, Israel bajo el dominio egipcio, Pablo, Pedro, Lot y Jonás, figuras cuya presencia proporciona al cautiverio presente una genealogía que impide considerarlo enteramente excepcional.

El procedimiento posee una hondura que se pierde cuando estas referencias se interpretan solo como erudición bíblica. Quien padece suele experimentar el sufrimiento como ruptura, como si aquello que sucede hubiese creado un tiempo separado de todo lo anterior, mientras la memoria introduce semejanzas y permite que el individuo se reconozca dentro de una serie humana que comenzó mucho antes de su propia desgracia. Otros estuvieron presos, otros padecieron persecución, otros atravesaron situaciones cuya salida no podían conocer de antemano y, al ser convocados dentro de la oración, esos antecedentes abren simbólicamente el presente del obispo, que deja de ser una habitación sin puertas para convertirse en episodio de una historia mayor.

Altamirano pide la libertad, por supuesto, y Balboa no pretende que la indiferencia ante el cautiverio constituya la virtud suprema, pero inmediatamente después introduce una cláusula que transforma el sentido de la plegaria, pues declara que, si la prisión debe ser recibida como beneficio, permanecerá «sujeto y obediente». La paciencia se encuentra en esa suspensión entre el deseo legítimo de salir y la imposibilidad de imponer la hora de la salida, allí donde el personaje debe continuar existiendo sin disponer de garantías inmediatas y sin permitir que la incertidumbre agote por completo su relación con el futuro.

El poema conoce desde el comienzo aquello que el obispo desconoce y utiliza esa ventaja retrospectiva para ordenar la desgracia como prueba. Antes de que Girón complete el secuestro, la voz poética afirma que la misericordia divina, «dando paciencia al bueno y mano al malo», quiere «dar un toque a la paciencia». La distribución moral se encuentra ya trazada. El agresor puede actuar, incluso puede parecer dueño de la situación durante cierto tiempo, pero el poema le niega la posibilidad de convertir ese dominio provisional en sentido definitivo de la historia.

Balboa construye así una temporalidad en la cual el mal dispone de iniciativa, aunque nunca obtiene el privilegio de interpretar el desenlace. Girón puede prender, golpear, maniatar y exigir rescate, pero será la narración posterior la que decida qué significaron aquellas acciones, y esa superioridad del relato sobre el acontecimiento implanta uno de los rasgos más fuertes de Espejo de paciencia, habida cuenta el vencedor inmediato puede dominar un cuerpo mientras la escritura reserva para otra instancia el derecho a determinar quién quedará finalmente deshonrado.

La escena donde el poeta invita a los descontentos a contemplar al obispo esclarece todavía más la función ejemplar del sufrimiento. Quienes se lamentan por contrariedades amorosas, comerciales o personales son llamados a Yara para ver al prelado conducido «a pié descalzo al sol y destocado». Balboa establece una escala donde el dolor de uno sirve para medir el dolor de otros, procedimiento frecuente en la literatura moral, aunque aquí posee además una consecuencia estética, pues la desgracia deja de pertenecer exclusivamente al individuo que la padeció y se transforma en imagen que podrá circular entre lectores que jamás estuvieron presentes en el acontecimiento.

El «espejo» comienza a cumplir entonces su cometido, pues Altamirano se convierte en superficie de comparación y el poema aspira a que los lectores observen en aquella paciencia una posibilidad de conducta, aunque la enseñanza permanece ligada a una visión jerárquica del mundo donde no todos los sufrimientos reciben la misma atención. Esta desigualdad se hará especialmente visible más adelante con Salvador, cuya condición de esclavo ocupa un lugar mucho menos problemático para el narrador que la breve privación de libertad sufrida por el obispo.

Antes de llegar a esa contradicción, el poema introduce otra resistencia que modifica profundamente la aparente sencillez de su moral cristiana. Altamirano renuncia a la venganza, y Balboa insiste incluso en que cuando las divinidades marinas se presentan para ofrecerle ayuda, el obispo rechaza el socorro armado y «a su venganza misma pone freno». La conducta conserva su pureza porque el personaje no devuelve personalmente el daño recibido, aunque el segundo canto estará ocupado casi por entero por hombres que harán exactamente aquello a lo que él renuncia.

La paciencia requiere de este modo una distribución de papeles, puesto que el prelado perdona y la comunidad castiga. El hombre santo conserva la clemencia que sostiene su ejemplaridad, mientras Gregorio Ramos y los monteros transforman la ofensa sufrida por el obispo en causa colectiva, circunstancia que permite al poema preservar simultáneamente dos valores cuya convivencia sería difícil dentro de un solo personaje. Altamirano no puede convertirse en vengador sin debilitar la mansedumbre sobre la cual descansa su autoridad moral, y Ramos no puede limitarse a contemplar el sufrimiento del prelado porque el segundo canto necesita restablecer mediante la acción el orden que el primero vio quebrarse.

Esta separación entre paciencia individual y reparación comunitaria explica el cambio brusco de atmosfera narrativa entre ambos cantos. La primera parte avanza al ritmo de la prisión, la marcha, el cansancio, la oración, el rescate y el regreso, mientras la segunda acelera la acción mediante arengas, enumeraciones de armas, despliegue de combatientes, choques, heridas y muertes. El tiempo retenido de quien espera es sustituido por el tiempo rápido de quien actúa.

La violencia adquiere además una legitimidad que el poema obtiene precisamente del sufrimiento previo, es decir, cuando Ramos anima a los suyos, afirma que Dios ha decidido utilizarlos como instrumento para castigar el agravio cometido contra el obispo, con lo cual la batalla deja de ser presentada como respuesta humana movida por la ira y queda incorporada a una justicia superior que los combatientes se limitan a ejecutar. La construcción merece atención porque la paciencia del ofendido, lejos de cancelar la violencia, termina proporcionando a otros la causa moral desde la cual ejercerla.

El poema sostiene por esa vía una ética donde la víctima ejemplar debe dominar la venganza, aunque quienes la rodean pueden asumirla como deber. Esta distribución permite que Altamirano conserve la semejanza con Cristo mientras Ramos ocupa el lugar del brazo restaurador y la comunidad recupera mediante las armas aquello que interpreta como dignidad lesionada. La paciencia no conduce a la renuncia general a la violencia. Sirve para separar la santidad del sufriente de la violencia que se ejercerá en su nombre.

La muerte de Girón lleva esa construcción narrativa hasta el extremo. Salvador, presentado como «etíope digno de alabanza» y «negro valiente», se enfrenta al francés y le introduce la lanza en el pecho; muerto Girón, otro combatiente le corta la cabeza y la victoria se proclama públicamente. El relato no permite que la muerte quede como simple desenlace militar, ya que inmediatamente la interpreta como pago por las «maldades» cometidas en vida, convirtiendo una relación de fuerza en una relación de justicia.

El episodio de Salvador introduce, sin embargo, una fisura que el poema abre sin poder recorrer hasta sus últimas consecuencias. Balboa elogia al esclavo, pide que Bayamo le conceda la libertad y llega a llamarlo «negro memorable», después de haber afirmado que se encuentra «sin razón cautivo». La expresión tiene un peso difícil de reducir a cumplido retórico, porque reconoce explícitamente la injusticia de una cautividad que el orden colonial considera normal, aunque la libertad que se reclama para Salvador aparece todavía como recompensa extraordinaria obtenida mediante el heroísmo y no como consecuencia general de una condición injusta.

Esta diferencia obliga a releer la propia palabra «paciencia». La prisión episódica del obispo moviliza todo el aparato moral del poema, mientras la cautividad permanente del esclavo permanece incorporada al paisaje social hasta que una acción excepcional lo convierte en individuo digno de memoria. Altamirano necesita soportar durante un tiempo aquello que Salvador ha debido soportar como condición ordinaria de existencia, pero la escritura reserva al primero el lugar de espejo y sólo accidentalmente reconoce en el segundo una injusticia de mayor duración.

La contradicción no invalida el poema, sino lo vuelve históricamente más espeso, porque permite observar los límites del horizonte desde el cual Balboa puede imaginar el sufrimiento. Hay dolores que la sociedad reconoce como escándalo y otros que ha aprendido a naturalizar. La literatura puede transformar el padecimiento del obispo en acontecimiento ejemplar precisamente porque su prisión constituye una ruptura del orden, mientras la esclavitud de Salvador forma parte de ese mismo orden y sólo se vuelve visible cuando el esclavo realiza algo que lo eleva por encima de la condición que le ha sido asignada.

Tras la liberación del obispo, la naturaleza entera parece encargarse de compensar la estrechez del cautiverio mediante una abundancia desbordada. Sátiros, faunos, ninfas, hamadríades y náyades aparecen combinados con guanábanas, caimitos, tabaco, mameyes, piñas, aguacates, jutías, peces y frutos del paisaje insular. La combinación de mitología clásica y materia americana, tantas veces examinada como uno de los rasgos más singulares del poema, puede concebirse también como respuesta formal a la privación anterior. El cautivo había sido reducido, atado, golpeado y trasladado bajo vigilancia; el hombre liberado recibe ahora un mundo que se ensancha a su alrededor.

La compensación posee una lógica casi corporal, puesto que al cansancio corresponde el reposo, al miedo la celebración, al aislamiento una multitud, a la reducción del espacio la proliferación de montes, ríos, frutos y animales. Balboa no se limita a decir que Altamirano ha recuperado la libertad, sino que construye alrededor de él un exceso sensible mediante el cual la restitución parece alcanzar incluso al paisaje.

La naturaleza deja así de comportarse como escenario indiferente y participa moralmente del acontecimiento. Balboa había explicado en las páginas preliminares que haría acudir a las ninfas de montes, fuentes y ríos para mostrar «la falta que hace un bueno en una república» y el júbilo que produce su regreso, hasta comprometer en esa alegría a animales y objetos inanimados. El sufrimiento individual se expande hacia una comunidad que incluye hombres, instituciones y naturaleza, como si la ausencia del prelado hubiese alterado durante cierto tiempo la respiración del territorio.

La imagen pastoral facilita esa expansión ya que Altamirano aparece repetidamente como pastor y los fieles como rebaño, estructura que permite convertir el secuestro de un hombre en desorden colectivo, porque la separación del pastor amenaza simbólicamente la integridad de quienes dependen de él. Cuando regresa, el poema puede describir la restauración de un vínculo y no simplemente la devolución de una persona.

El río Bayamo termina hablando en nombre de esa totalidad cuando afirma que durante la ausencia del obispo sus fuentes se secaron, la alegría se volvió dolor y el regreso transforma el desconsuelo en «contento y esperanza». La paciencia que comenzó dentro del cuerpo del cautivo ha pasado así a organizar la imaginación del territorio, porque el período de espera ha sido vivido simbólicamente por una comunidad entera que encuentra en el regreso la confirmación de que la desgracia no era definitiva.

El Motete final reúne y fija esta interpretación cuando proclama que «la paciencia y la humildad / hoy muestran su majestad» y afirma que la omnipotencia acostumbra conceder al justo «un disgusto / para probar su paciencia». El padecimiento que comenzó en la soledad del capturado entra finalmente en la iglesia convertido en canto colectivo. La experiencia personal ha sido transformada en ceremonia, y la ceremonia permitirá que el acontecimiento sobreviva a quienes lo protagonizaron.

Este tránsito explica mejor que cualquier definición la fuerza del título del poema, por tanto la paciencia de Altamirano pertenece al hombre mientras padece, pero el «espejo» pertenece a la escritura que conserva esa conducta y la pone delante de otros. Balboa no puede devolver al obispo las horas perdidas, borrar los golpes ni impedir retrospectivamente la prisión, aunque puede impedir que aquellos hechos desaparezcan dentro de la indiferencia del tiempo, convirtiéndolos en una figura que otro lector podrá contemplar después.

La misma operación modifica la escala literaria del acontecimiento. Balboa comienza apartándose de Troya y de las grandes materias tradicionales de la épica para afirmar que él cantará «la prisión de un Obispo consagrado», y poco después llega a declarar que «nuestra Troya es hoy Bayamo». Un episodio ocurrido en Yara y Manzanillo recibe así el derecho a ocupar el espacio que la tradición reservaba a ciudades, héroes y guerras consagradas por la literatura europea.

La paciencia participa de esa elevación porque permite que el acontecimiento alcance una dignidad que su magnitud militar, considerada aisladamente, difícilmente habría proporcionado. El secuestro y rescate de un obispo podía permanecer como noticia local, episodio de corso, contrabando y conflicto atlántico; la conducta del cautivo ofrece al poeta la materia moral mediante la cual ese suceso puede convertirse en ejemplo y aspirar a una permanencia que exceda su circunstancia inmediata.

Balboa somete para ello la historia a una arquitectura rigurosamente compensatoria. Quien comienza sometido termina honrado; quien comienza dominando termina decapitado. El obispo pasa de la sábana, las manos atadas y los golpes a las procesiones, los abrazos, las músicas y las alabanzas; Girón pasa de la iniciativa armada y la arrogancia a convertirse en una cabeza llevada como trofeo. Ya uno de los sonetos preliminares había condensado ese movimiento al afirmar que Dios «al humilde levanta y le da loa, / y al soberbio arrogante echa por tierra».

Todo el poema desarrolla esa geometría moral, aunque la hace más inquietante de lo que su formulación religiosa podría sugerir, porque la restauración del justo exige violencia, la clemencia del prelado necesita el brazo armado de otros y la celebración de la paciencia termina acompañada por una cabeza enemiga exhibida en la plaza. La serenidad espiritual y la crueldad política no aparecen como mundos separados. Conviven dentro de la misma ceremonia de restitución.

El Motete termina uniendo aquello que parecía contradictorio cuando declara que «la paciencia y la humildad» conceden a Ramos «la gloria / de tan famosa victoria». La formulación concentra la lógica completa del poema. La gloria del combatiente procede de un sufrimiento que él no padeció y la paciencia del obispo alcanza una eficacia histórica mediante una violencia que él mismo se negó a ejercer. La paciencia no elimina el sufrimiento. Lo atraviesa sin permitir que el instante del daño clausure todo futuro posible. El poema hace después algo semejante con el acontecimiento histórico, porque lo recibe cuando ya ha terminado, lo dispone en una secuencia, lo vuelve canto y lo conserva para un lector que no estuvo allí.

El espejo del título es, finalmente, la obra misma. En él queda fijada la imagen de un hombre que soportó la incertidumbre, pero también la de una sociedad que necesitó convertir esa espera en relato para comprender lo que había sucedido. La prisión tuvo una duración limitada. La forma poética que Balboa construyó alrededor de ella aspiraba, en cambio, a vencer esa otra pérdida contra la cual ninguna paciencia individual basta, la desaparición del acontecimiento en el tiempo.

Total Page Visits: 15 - Today Page Visits: 15