Image: ©2026 World Economic Forum / Sandra Blaser

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Europa ante el desmoronamiento del orden internacional: lo que revela el discurso de Friedrich Merz en Davos

Por Anna Müller

El Foro Económico Mundial de Davos suele funcionar como un sismógrafo: detecta antes que nadie las tensiones profundas que recorren el sistema global. Pero en 2026, el temblor no vino de un informe técnico ni de un panel de expertos, sino del discurso del canciller alemán Friedrich Merz. Su intervención, lejos del lenguaje diplomático habitual, fue un diagnóstico severo: el orden internacional construido tras 1991 se está desintegrando a una velocidad que Europa no ha sabido asumir. Para una Europa acostumbrada a gestionar la estabilidad, no a navegar el colapso, las palabras de Merz son más que un aviso. Son un espejo.

El fin de una era: Europa sin red de seguridad

Merz describió un mundo que ha dejado de ser previsible. La arquitectura que sostenía la globalización —instituciones multilaterales, acuerdos comerciales, alianzas estratégicas— se ha vuelto frágil. No es una tesis nueva, pero sí lo es que un canciller alemán la formule sin rodeos. Europa, dijo, ha vivido demasiado tiempo en un ecosistema protegido: Reglas estables, mercados abiertos, seguridad delegada en Estados Unidos, energía barata, y una fe casi religiosa en la burocracia como mecanismo de orden.

Ese ecosistema ya no existe. Y la Unión Europea, atrapada entre la sobrerregulación interna y la pérdida de relevancia externa, corre el riesgo de convertirse en una potencia normativa sin capacidad real de influencia.

La responsabilidad alemana: memoria y poder

Uno de los momentos más significativos del discurso fue la referencia al «negro abismo» al que Alemania arrastró a Europa en el siglo XX. No es habitual que un líder conservador recurra a esa memoria en un foro económico global. Pero la intención era clara, Alemania no puede permitirse la parálisis moral ni la inhibición estratégica. El mensaje implícito es que Alemania debe volver a ejercer poder, pero esta vez sin repetir los errores del pasado. En un continente donde el liderazgo está disperso, Merz intenta recentrar a Alemania como actor decisivo. No desde la superioridad, sino desde la responsabilidad histórica.

Mercosur: el síntoma de un continente que duda

El canciller fue especialmente duro con el Parlamento Europeo por bloquear el acuerdo UE–Mercosur. Para Merz, este bloqueo es un ejemplo perfecto de la incapacidad europea para actuar en un mundo que ya no espera. Mientras otras potencias firman acuerdos estratégicos con rapidez quirúrgica, Europa se enreda en sus propios mecanismos internos. El resultado es un continente que pierde oportunidades mientras debate su propio reglamento. El mensaje de Merz es inequívoco, Europa debe abrirse, no cerrarse. Y si hace falta, aplicar acuerdos de forma provisional para no quedarse atrás.

Groenlandia, Rusia y el Ártico: el tablero que Europa no mira

La mención a Groenlandia sorprendió a muchos, pero no debería. El Ártico es uno de los espacios geopolíticos más tensos del planeta, con Rusia expandiendo su presencia militar y Estados Unidos redefiniendo su estrategia. Merz celebró el giro del presidente Trump respecto a la isla, pero advirtió que la región es demasiado estratégica para dejarla a la deriva. Europa, dijo, debe mirar hacia el norte con la misma atención que mira hacia el este. Es una llamada a abandonar la visión continentalista y asumir que el poder global se juega en espacios que Europa ha ignorado durante décadas.

La relación transatlántica: entre la frustración y la necesidad

Merz no ocultó la tensión con Estados Unidos, pero tampoco cayó en la tentación de la ruptura. La OTAN sigue siendo, para él, un pilar irrenunciable. Europa puede —y debe— reforzar su autonomía estratégica, pero no puede permitirse un divorcio con Washington. En un mundo donde China y Rusia avanzan posiciones, la alianza transatlántica es menos una opción que una condición de supervivencia.

Europa como potencia intermedia: ni imperio ni espectadora

El canciller citó al primer ministro canadiense Mark Carney: las potencias intermedias deben redescubrir «el valor de su poder». Europa no será una superpotencia militar, pero sí puede ser una potencia económica, tecnológica y normativa. Para ello necesita tres cosas:

Velocidad: decisiones más rápidas.
Coherencia: menos contradicciones internas.
Ambición: dejar de actuar como un actor secundario.

La pregunta es si Europa está dispuesta a asumir ese papel o si seguirá atrapada en su laberinto institucional.

La Unión Europea ante el espejo

El discurso de Merz no fue un ejercicio de retórica, sino un diagnóstico incómodo: Europa está perdiendo relevancia porque no ha entendido la magnitud del cambio global. Para Europa, este discurso marca un punto de inflexión. No porque aporte soluciones definitivas, sino porque expone con claridad la fragilidad estructural del proyecto europeo y la urgencia de repensarlo. En un mundo que se acelera, Europa ya no puede permitirse el lujo de la lentitud.
Y Alemania, guste o no, vuelve a colocarse en el centro del tablero.

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