De la furia al silencio: el «tumulto» que no deviene «masa»

Por Ángelo Goicochea

Se ha repetido durante décadas, con la persistencia de una fórmula que busca confirmarse en la realidad, que el pueblo, llegado cierto umbral de fatiga, hambre o desencanto, deviene fuerza general, se reconoce a sí mismo y decide modificar el curso de la historia en un solo movimiento, pero lo que la experiencia cubana muestra, en una secuencia que atraviesa episodios distintos y temporalidades separadas, es otra cosa, es decir, que el tumulto aparece, irrumpe, se hace visible y parece condensar en un instante una posibilidad histórica, pero no logra convertirse en masa, no alcanza ese estatuto de unidad sostenida que permitiría hablar de una fuerza general capaz de persistir, organizarse y proyectarse, y esta diferencia, que en apariencia podría parecer meramente terminológica o incluso secundaria dentro de la retórica política, resulta en realidad decisiva para comprender la persistencia del orden político y la repetición de irrupciones que no se consolidan.

Es dable, por tanto, establecer una diferencia conceptual más precisa, porque el tumulto designa una agregación inmediata de cuerpos atravesados por una misma afección, una coincidencia intensiva que se produce sin mediación estable, sin articulación duradera y sin proyección temporal, mientras que la masa, en cambio, supone una forma, una organización mínima de esa energía, una duración que permite la repetición, una estructura que sostiene la coincidencia más allá del instante y que permite su reproducción en el tiempo, de modo que el tumulto es acontecimiento, irrupción, descarga que se agota en su propia aparición, mientras que la masa es consistencia, continuidad, posibilidad de acción sostenida, lo que implica que no toda reunión es ya masa, ni toda intensidad deviene fuerza general, y que entre una y otra existe un umbral que en la experiencia cubana no se alcanza.

El tumulto, en este sentido, no es ausencia de energía, sino exceso sin forma, acumulación momentánea sin articulación, coincidencia sin duración que se manifiesta en múltiples escenas cotidianas que parecen anunciar una posible transformación, y basta observar una cola que se transforma en discusión colectiva, un apagón que deriva en cacerolazo o una concentración espontánea en una esquina de barrio, para advertir que la intensidad existe, que el malestar se expresa, que los cuerpos se reúnen y que la voz colectiva emerge, pero que esa reunión no se prolonga ni se organiza ni se convierte en estructura, de modo que el tumulto no se transforma en masa y no se estabiliza en una forma capaz de reproducirse. Resulta pertinente introducir una observación que encuentra resonancia en la reflexión de Elías Canetti, en Masa y poder, para quien el tumulto carece de dirección firme y se encuentra estructuralmente desprovisto de liderazgo, no en el sentido de una ausencia accidental, sino como una condición constitutiva de su propia forma, ya que en el tumulto los individuos se agregan bajo una misma descarga afectiva, pero sin una instancia que organice, estabilice o prolongue esa coincidencia en el tiempo, de modo que la energía se disipa en la misma medida en que se manifiesta.

El Mariel constituye un ejemplo inaugural de esta lógica, ya que en 1980 lo que se produjo fue un tumulto extendido en el tiempo, una acumulación de decisiones individuales que coincidieron en un punto de salida, el puerto, pero que no se transformaron en una unidad política interna ni en una confrontación organizada, de modo que más de cien mil personas abandonaron el país sin que esa coincidencia derivara en una estructura colectiva capaz de actuar dentro del espacio nacional, lo que indica que el tumulto, aun cuando alcanza una escala considerable y parece adquirir una forma masiva, puede resolverse en dispersión, en fuga, en desagregación, sin devenir masa.

El Malecón, en 1994, ofrece una imagen más cercana a la irrupción clásica del tumulto, con cuerpos en la calle, gritos, desplazamientos, enfrentamientos, una ocupación momentánea del espacio público que durante horas pareció concentrar una dirección posible y una intensidad acumulada que podía derivar en continuidad, pero esa intensidad no se tradujo en organización ni en duración, no se extendió de manera sostenida ni generó una estructura que permitiera su repetición, y al disiparse dejó intacta la forma general del sistema, lo que permite afirmar que el tumulto, incluso en su forma más visible y concentrada, no garantiza su transformación en masa.

En julio de 2021, la simultaneidad en distintas ciudades produjo la impresión de que el tumulto podía finalmente articularse, que la coincidencia temporal entre San Antonio de los Baños, La Habana, Matanzas y otras localidades podía dar lugar a una unidad nacional en formación que superara la fragmentación anterior, pero lo que se observó fue una multiplicación de tumultos locales, conectados por imágenes y mensajes, pero no integrados en una estructura común ni en una dirección compartida, de modo que la simultaneidad no derivó en masa, sino en una serie de irrupciones paralelas que se extinguieron sin consolidarse ni prolongarse en el tiempo.

Morón, en tiempos recientes, permite observar esta diferencia con particular claridad, porque allí el tumulto surge en condiciones muy concretas, apagones prolongados de más de diez horas, calor extremo, escasez de alimentos y deterioro de servicios, lo que lleva a los vecinos a salir a la calle, golpear calderos, gritar, bloquear momentáneamente algunas vías y reunirse en la noche en medio de la oscuridad, produciendo una escena de alta visibilidad y fuerte intensidad que parece anunciar una posible continuidad, pero esa reunión no se transforma en masa, no se articula en una estructura duradera, no se expande hacia otras ciudades ni se sostiene en días posteriores, y tras la intervención policial, el restablecimiento parcial del servicio eléctrico y la dispersión progresiva, el tumulto se disuelve sin dejar una forma estable.

El malestar, por tanto, no está en cuestión, lo que está en cuestión es su forma, porque el tumulto no carece de energía, sino de articulación, y en una misma calle pueden coincidir decenas de personas protestando, otras observando, otras participando de manera intermitente, sin que esa coincidencia se transforme en unidad duradera ni en proyecto común, lo que evidencia que el paso del tumulto a la masa no es automático ni inevitable, no depende únicamente de la acumulación de presión o de la intensidad del malestar, sino de una forma que aquí no se produce.

La paradoja se vuelve más evidente cuando se observa que en las marchas convocadas por el poder sí aparece algo que se aproxima a la masa, porque miles de personas se reúnen en espacios como la Plaza de la Revolución, marchan organizadas, repiten consignas, mantienen una sincronización temporal y espacial que se sostiene durante horas y que puede repetirse en el tiempo, lo que indica que la masa no es imposible, pero tampoco es espontánea, sino que requiere una estructura que garantice su existencia y su reproducción.

Esa diferencia permite introducir un elemento clave, ya que en el caso de las protestas espontáneas, el tumulto se expresa muchas veces a través de formas rítmicas, cacerolazos, congas, comparsas improvisadas, donde el descontento se convierte en sonido, en desplazamiento colectivo, en sincronización corporal momentánea, como ocurrió en Morón durante los apagones nocturnos, pero esa sincronización no se traduce en estructura ni en continuidad ni en organización que supere el momento inmediato.

En estas formas, el tumulto encuentra una expresión, pero no una forma, ya que el ritmo organiza lo inmediato, permite la coincidencia, genera visibilidad y produce una intensidad compartida, pero no se convierte en proyecto ni en estructura, y al finalizar la conga o el cacerolazo, los participantes se dispersan, regresan a la rutina, y la energía no se acumula ni se proyecta, lo que implica que el tumulto, incluso cuando se sincroniza, no deviene masa.

A este punto se añade una dimensión más profunda, que puede describirse como una forma de desprecio de las masas, no en el sentido de un rechazo explícito o ideológico, sino como una erosión progresiva de la confianza en la posibilidad misma de lo colectivo, porque cada tumulto que no se convierte en masa, cada protesta que no se sostiene, cada coincidencia que se disuelve sin producir transformación, deja una huella que se acumula y debilita la expectativa de unidad, de modo que la masa deja de ser anticipada como posibilidad y comienza a ser percibida como límite.

Ese desprecio no se declara ni se formula en términos teóricos, sino que se incorpora en la práctica cotidiana, en la decisión de participar brevemente, de observar sin implicarse, de no esperar continuidad ni transformación, de modo que el tumulto ocurre sin proyección, la reunión sin duración, la coincidencia sin expectativa, y así la masa no se constituye, no porque falte energía, sino porque falta la confianza en su propia posibilidad de devenir forma.

De este modo, la diferencia entre tumulto y masa se vuelve central, porque el tumulto es inmediato, visible, intenso, pero efímero y discontinuo, mientras que la masa requiere duración, organización, continuidad y una forma que permita su reproducción, y en la experiencia cubana reciente lo que se repite es el tumulto sin transición, la aparición sin consolidación, la intensidad sin forma.

La hipótesis que se desprende de esta observación no es que el conflicto no exista, ni que el descontento sea insuficiente o marginal, sino que el tumulto no logra convertirse en masa, que la energía no encuentra la forma que permitiría su proyección en el tiempo, y que en esa imposibilidad se instala una estabilidad particular, donde el conflicto se repite sin transformarse en fuerza general, donde cada irrupción contiene en sí misma el límite de su duración, y donde la masa, más que una realidad efectiva, permanece como una expectativa que no se realiza.

A esta altura, Cuba, para liberarse, va a necesitar una intervención, o de la ayuda directamente de los norteamericanos.

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