Por KuKalambe

una historia breve, delicada y poderosa: El albor generoso de Shel Silverstein. En su aparente simplicidad se revela una compleja estructura moral sobre el acto de dar sin esperar nada a cambio. Este relato, por su estructura simbólica y su núcleo afectivo, puede servir como clave interpretativa para comprender El instante, la más reciente novela de José Abreu Felippe publicada por Editorial Silueta. En ambos textos, el amor se manifiesta no como un estado sentimental idealizado, sino como un gesto ético, radical y, sobre todo, como una forma de resistencia frente a una estructura de poder que niega la libertad individual.
El instante es una narración extensa —más de cuatrocientas sesenta páginas— pero no es su volumen lo que le otorga densidad, sino su capacidad para registrar la profundidad de los vínculos humanos en un contexto de represión política y cultural. La relación entre Octavio y Hugo, eje central del relato, se construye sobre la base de una generosidad afectiva que desafía los límites impuestos por el totalitarismo. La novela se desarrolla en un período histórico preciso: entre 1971 y 1980, años marcados por una intensificación del control ideológico y social en Cuba, especialmente sobre las disidencias sexuales e intelectuales. En ese escenario, amar, desear y entregarse se convierten en actos subversivos.
La novela no pretende construir héroes ni idealizar el sufrimiento. Su fuerza reside en mostrar cómo, en medio del miedo, la vigilancia y la separación, puede surgir un instante en el que el amor se manifiesta como forma de lucidez. Octavio no ama a Hugo esperando una recompensa. Lo ama porque solo a través de ese amor puede sostener su propia humanidad. Esa entrega sin cálculo —que recuerda al personaje generoso del cuento de Silverstein— no es una debilidad, sino un gesto de fortaleza ética.
La novela establece así una oposición entre dos temporalidades: la del régimen, sostenida en el tiempo homogéneo de la disciplina, y la del amor, marcada por la irrupción del instante. Ese instante no es sólo un momento efímero de placer o gozo, sino una experiencia que reorganiza el sentido de la vida. En él, el individuo se emancipa del lenguaje opresivo del Estado, deja de hablar en los términos impuestos por la ideología y comienza a construir un discurso propio. Es ahí donde se edifica una subjetividad libre, no porque escape del control, sino porque encuentra un núcleo interior de autonomía: la capacidad de dar, de desear, de amar.
Frente a la concepción de la vida como mera adaptación a las circunstancias del poder, El instante propone una ontología del amor como fundamento ético. Es por eso que el desenlace —la separación de Octavio y Hugo— no debe ser leído como una derrota. Al contrario, es la afirmación de que la libertad no radica en el destino externo de los cuerpos, sino en el gesto interior de la voluntad. En este sentido, Abreu Felippe se aparta de la perspectiva de Vasili Grossman, quien en Vida y destino retrata una lucha que, aunque digna, siempre acaba siendo aplastada por las fuerzas totalitarias. El instante sugiere que incluso en el más duro encierro ideológico, el sujeto puede encontrar, en el otro, una forma de trascendencia.
La novela traza así una cartografía afectiva de la resistencia. Cada encuentro entre los protagonistas —cada gesto, cada caricia, cada silencio compartido— se convierte en un espacio de reapropiación del cuerpo y del deseo, territorios que el Estado pretende normar y vigilar. La relación homosexual, lejos de ser un simple motivo narrativo, es aquí una forma de denuncia y también de proposición: el amor entre hombres, tan censurado por la retórica revolucionaria, se presenta como posibilidad de redención frente a la miseria moral del régimen.
Lo más inquietante que plantea Abreu Felippe es que, en Cuba, la necesidad del posthumanismo surgió no desde las teorías académicas, sino desde la experiencia vivida del amor en condiciones de opresión. La crítica al humanismo cubano no parte aquí de una abstracción filosófica, sino del reconocimiento de que la homofobia institucional no era una anomalía, sino parte constitutiva del aparato de poder. Los intelectuales cubanos, atrapados en la defensa de un humanismo ilustrado, no supieron ver que en la represión de la disidencia sexual se estaba gestando una crisis antropológica mucho más profunda: la negación del otro como sujeto legítimo de deseo, de afecto y de ciudadanía.
El valor de El instante reside en recuperar, a través de la ficción, aquellos momentos de revelación íntima que se enfrentaron a la maquinaria represiva con la única arma posible: la entrega amorosa. La escritura de Abreu Felippe es deliberadamente sobria, casi pudorosa. No hay retórica grandilocuente ni dramatismo exacerbado. Esa contención estilística acentúa el carácter verídico de los sentimientos narrados. Lo que importa no es el exhibicionismo emocional, sino la autenticidad de una vivencia compartida. En ese tono contenido, la novela se hermana con el legado de escritores como Reinaldo Arenas, pero también se distancia al buscar en la sobriedad una forma de dignidad narrativa.
Es significativa la escena en la que Octavio, desolado por la pérdida de Hugo, contempla cómo las mariposas se apiñan en torno a un foco de luz. Esa imagen, cargada de simbolismo, condensa el espíritu de la novela. La luz no es la promesa de una redención futura, sino el momento presente en el que el deseo se vuelve acción. Octavio no huye de la realidad, sino que, por un instante, la ve desde otra perspectiva. El amor se vuelve entonces una forma de conocimiento, una ventana hacia lo real, no como lo que es, sino como lo que podría ser.
En definitiva, El instante es una obra que va más allá del testimonio o de la denuncia. Es un tratado íntimo sobre la libertad, el amor y la dignidad en un contexto de silencios impuestos. Es también un ejercicio de memoria, no en el sentido de la nostalgia, sino como acto político: recordar los instantes luminosos que pueden fundar otra historia. Una historia en la que el amor no sea un privilegio ni un crimen, sino una forma legítima de habitar el mundo.
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