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Cuerpo deseante

Por KuKalambé

Ana trabajaba en su pequeño taller de costura, un espacio que respiraba entre el olor a tela vieja y el crujir de una máquina que hacía años se resistía a funcionar sin algún arreglo. Allí, en medio del polvo y la penumbra, Ana se movía con la precisión de quien ha hecho del invento y la paciencia su oficio.

A su alrededor, la escasez marcaba la vida. Las tiendas oficiales apenas tenían los productos básicos; las largas colas en los mercados y farmacias eran la norma. No había materiales nuevos para coser, ni hilos en los colores deseados. Los botones se conseguían como reliquias, y las cremalleras, esas piezas diminutas que parecían insignificantes, eran tesoros que se guardaban para ocasiones especiales. La realidad se imponía en cada costura: menos era más, y el ingenio era ley.

Una mañana, Ana recibió la visita de Juan, el carpintero del barrio, un hombre de manos rudas pero mirada amable, que venía con un paquete envuelto en papel de periódico.

—Ana —saludó, dejando caer el bulto sobre la mesa—. Te traje estas tablas que recogí del derrumbe de la vieja casa de la esquina. No son perfectas, pero pueden servir.

—¡Gracias, Juan! —respondió Ana, mientras tomaba las tablas con cuidado—. Ya sabes que no se puede esperar nada nuevo aquí. Cada cosa que conseguimos es un milagro.

—Y tú haces milagros con esos retazos —dijo Juan, sonriendo—. El otro día vi la chaqueta que le hiciste a Milagros. ¿Quién iba a pensar que con esos trapos podrías armar algo tan bonito?

Ana bajó la mirada, tímida.

—Es que la escasez nos enseña a ser creativos, a no rendirnos. Aunque a veces siento que es una batalla interminable. El otro día estuve casi una semana buscando un cierre para un vestido. Terminé usando un cordón y botones que me dio Lila.

En ese instante entró Lila, la vecina que tenía un pequeño huerto en la azotea de su edificio.

—¿Me mencionan? —preguntó, mientras depositaba una bolsa con ajíes, tomates y unas ramas de hierba buena sobre la mesa.

—¡Lila! Justo venías a tiempo. Ana estaba contándonos lo difícil que es encontrar un cierre.

—Ay, sí, eso me recuerda cuando intenté arreglar la ventana de mi casa con una bisagra que nunca llegó. Tuve que usar un alambre que encontré en la calle para que no se cayera. La vida es un permanente parcheo.

Juan se sentó y tomó un ají.

—Así somos, ¿verdad? Parches, inventos, milagros cotidianos. Pero, ¿cómo haces para no perder las ganas, Ana?

Ella suspiró, mientras se ponía a ordenar las tablas.

—La vida de escasez es dura, y a veces parece que apaga el deseo. Pero el cuerpo tiene su voluntad propia, su manera de resistir. No somos solo carne que sufre, sino cuerpos deseantes que inventan, crean, se entrelazan.

Lila asintió, con un brillo en los ojos.

—Exacto. Mira mi huerto: empezó con unas semillas que me dio una amiga, luego con agua recogida de lluvia, con macetas improvisadas. A veces los tomates se pierden, otras brotan con fuerza. Mi cuerpo quiere que la tierra dé frutos, y por eso sigue cuidando esas plantas, a pesar de todo.

—Eso es cuerpo deseante —dijo Ana—. No es solo lo que falta, sino lo que se puede hacer con lo que hay. Mi taller no tiene hilo de color, pero tengo ganas de coser, y esas ganas me hacen buscar, pedir, compartir.

Juan tomó una tabla y la golpeó suavemente.

—¿Sabes? Eso me recuerda que no somos una línea recta ni una pirámide. Somos rizoma, caminos que se cruzan, sin un jefe ni un centro. Aquí nadie manda, pero todos aportamos.

—Así —confirmó Ana—. Yo soy un nodo que conecta con ustedes, y ustedes con otros. Cuando me das tablas, Juan, ayudas a que yo haga moldes. Cuando Lila comparte sus plantas, alimenta cuerpos y ánimos. Y todos juntos hacemos que este barrio siga vivo.

De pronto Ana se levantó y fue hacia una esquina del taller, donde estaba un maniquí sin brazos.

—Les cuento —empezó— que la semana pasada llegó un niño con zapatos rotos. En la tienda no había ni cuero ni pegamento. Usé hilos, retazos y alambre para crearle unos zapatos nuevos, diferentes, pero resistentes.

Juan y Lila la miraron con atención.

—El niño se fue feliz —dijo Ana—. Su sonrisa fue como un estallido de luz en este barrio oscuro.

—¿Y qué aprendiste de eso? —preguntó Juan.

—Que el cuerpo deseante no se rinde. Que la escasez puede ser campo de batalla, pero también es terreno fértil para la creatividad. Que no estamos solos, sino entrelazados, multiplicándonos.

Lila asintió y agregó:

—Mira también cómo aquí nadie espera que el Estado nos resuelva todo. Nos organizamos, compartimos lo que tenemos. El rizoma crece en lo pequeño: en una planta, en un arreglo, en un favor.

—Como cuando Raúl me trajo piezas para reparar mi radio —dijo Juan—. Nadie más quería ocuparse de esas viejas máquinas, pero ese aparato nos conecta con el mundo, nos trae noticias, música, esperanza.

Ana sonrió.

—Y así, con cada nodo que suma, tejemos una red que no se ve, pero que sostiene la vida. Porque la escasez intenta rompernos, pero no puede con el deseo que impulsa cada cuerpo a crear, resistir y soñar.

Lila, mirando el cielo que ya comenzaba a teñirse de naranja, cerró los ojos un momento.

—El sol se va, pero mañana volverá a brillar. Y nosotros seguiremos aquí, rizoma y cuerpos deseantes, multiplicándonos en cada esquina, en cada gesto.

Juan levantó la mano para brindar con un ají.

—Por la vida que inventamos, aunque no sea perfecta ni fácil.

Ana y Lila chocaron sus manos con la de Juan, y en ese pequeño gesto resonó la fuerza de una comunidad que no se rinde. Los tres se sentaron en el portal.

—He pensado —dijo Ana— que la escasez es como ese hormigón que intenta cubrirlo todo. Pero bajo él crecen raíces invisibles, y esas raíces somos nosotros.

—Sí —agregó Juan—. Un rizoma no espera permiso para crecer. Se expande en todas direcciones, conecta lo que parecía separado.

—Y el deseo es lo que lo empuja —dijo Lila—. Porque si no tuviéramos ganas de plantar, de coser, de arreglar, ya nos habríamos secado.

Ana sonrió, mirando a la calle donde jugaban unos niños con una pelota hecha de trapos.

—Mira, ahí está la prueba: no hay nada que los detenga.

El sol caía, pintando las paredes desconchadas de un color casi dorado. Y mientras las voces del barrio se mezclaban con el olor de un fogón cercano, Ana, Juan y Lila sabían que, aunque la escasez fuera dura como el cemento, el rizoma y el cuerpo deseante seguirían creciendo, encontrando grietas para brotar.

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