Por Galan Madruga
Confieso —y no sin cierta vergüenza— que cada vez que regreso al célebre ensayo de Jorge Mañach La crisis de la alta cultura en Cuba, me embarga una sensación ambigua, casi indecible, como de haber entrado a un templo profanado que, sin embargo, conserva intacto el olor de los inciensos antiguos. Hay en sus páginas una lucidez incontestable, una precisión de lenguaje que no ha envejecido, una forma de pensar que todavía ilumina las zonas oscuras del presente. Y, sin embargo, hay también un vacío, una elipsis, una región no dicha, una ausencia que no es de información, ni siquiera de sensibilidad, sino de concepción.
Me atrevería a decir que en Mañach hay un amor profundo por la cultura, pero no necesariamente una comprensión de su mecánica íntima. O tal vez no se trata de amor, sino de una nostalgia estructurada, de una veneración hacia un ideal que no termina de encarnarse. Su crítica al empobrecimiento espiritual del país, al reemplazo de las formas nobles por las urgencias del utilitarismo, está articulada con una pasión que solo puede nacer de una herida verdadera. Pero en esa misma crítica hay una suposición tácita, una metáfora insistente que me resulta cada vez más problemática: la de la cultura como algo que se pierde. Como si alguna vez hubiera estado allí, en un estado originario de plenitud, y luego hubiese sido despojada, arrastrada por la barbarie contemporánea.
Esa imagen de pérdida —aunque eficaz— es también engañosa. Porque presupone que la cultura es una esencia, una sustancia, un depósito al que se accede si se tienen las llaves correctas. Y así, la tarea se reduce a custodiar, proteger, restaurar. Pero ¿y si no se trata de una sustancia? ¿Y si la cultura —la alta cultura, en particular— no se posee ni se pierde, porque no es un objeto ni un legado, sino una forma de ejercicio?
No puedo evitar pensar que lo que falta en Mañach no es un juicio más agudo ni una lectura más exhaustiva de su tiempo, sino una intuición antropológica más honda: que lo humano es, ante todo, repetición entrenada, hábito, técnica incorporada. Que toda elevación comienza por el gesto más elemental del cuerpo y que el alma culta, si existe, no nace de la contemplación sino del trabajo silencioso. ¿Cómo no advertir entonces que lo que llamamos cultura es apenas el resultado visible de un largo proceso de ejercitación?
No es una idea nueva, por supuesto. Desde los estoicos hasta los benedictinos, desde Confucio hasta Simone Weil, la cultura ha sido comprendida como una forma de askesis, de disciplina. Una vida no solo pensada, sino encauzada. No como moral, sino como arte del trato con uno mismo. Pero ese hilo se ha perdido, o ha sido relegado al margen de la historia oficial. Lo cierto es que toda cultura que ha dejado huella ha sido también una cultura del ejercicio. Y es allí, creo yo, donde se encuentra el verdadero punto ciego en la obra de Mañach.
Cuando declara que “la alta cultura no se improvisa”, está rozando esa verdad. La intuye, la roza, la enuncia casi como un suspiro. Pero no llega a tematizarla. Porque si no se improvisa, debe entrenarse. Y entrenarse implica un régimen, una temporalidad, una repetición. ¿Dónde están, entonces, los gimnasios del espíritu? ¿Dónde los espacios de cultivo lento, de respiración larga, de atención paciente?
Me viene a la mente una imagen: la de una Cuba que, más que archivos o bibliotecas, necesita claustros. No en el sentido religioso o dogmático, sino en el sentido técnico: espacios cerrados donde se cultiva el gesto, donde se afina el oído, donde se entrena la mirada. Porque sin ese espacio previo, todo lo demás —la crítica, la estética, la erudición— se convierte en espectáculo. En una cultura de superficie.
No quiero caer aquí en la trampa de idealizar la figura del asceta o del sabio solitario. Pero sí enunciar una sospecha: que los grandes espíritus de la tradición cubana no emergieron de contextos fértiles, sino de rutinas severas, de ejercicios ocultos. Que la genialidad de Varela, la agudeza de Martí, la demasía de Lezama, no se explican por el genio o el talento, sino por una forma de vida que se cultivó sin ruido. Me intriga, por ejemplo, la vida interior de esos hombres. Sus hábitos. Sus horas. ¿Qué leían al despertar? ¿Qué ayunos hacían? ¿Qué pausas respetaban? ¿Qué tipo de lentitud cultivaron?
A veces pienso que la historia de la cultura en Cuba debería escribirse como un tratado de ejercicios. Una especie de manual de técnicas olvidadas. No una genealogía de ideas, sino un inventario de prácticas. Porque no se piensa sin respirar, ni se contempla sin haber antes caminado en silencio. La cultura no se hereda como una casa, se ejercita como una danza.
Y así, mientras Mañach lamenta la pérdida de un mundo, yo no puedo evitar pensar que ese mundo, tal vez, nunca existió plenamente. Que fue más imagen que cuerpo, más símbolo que técnica. Y que por eso no basta con reclamarlo, ni con denunciar su desaparición. Es necesario —si acaso— rehacerlo desde el principio. Reaprenderlo, no como contenido, sino como forma de vida.
Pero incluso esta idea —esta intuición que a veces me parece tan luminosa— se resiste a cristalizar. Y no porque carezca de fundamentos, sino porque implica un cambio de mirada demasiado profundo. Exige abandonar la lógica de la cultura como capital simbólico, como prestigio o reconocimiento, para entenderla como un largo camino sin nombre. Un camino que no promete nada, que no garantiza éxito, que no conduce a ningún lugar visible. Solo a una cierta calidad del alma. Una cierta vibración. Una cierta postura ante el mundo.
Y cuando contemplo el paisaje institucional cubano, tanto en el pasado como en el presente, descubro con una tristeza que ya no es solo intelectual, sino casi fisiológica, que esa voluntad de ejercicio ha sido la gran ausente. No hemos tenido gimnasios culturales, sino templos efímeros. No hemos construido laboratorios de formación, sino vitrinas de exhibición. No hemos forjado sujetos ejercitados, sino improvisadores brillantes, capaces de deslumbrar en un instante y desvanecerse en el siguiente. Nuestra cultura ha sido más del gesto que del hábito, más de la inspiración que del método, más de la llama que del fuego lento. Un fulgor que arde y se apaga sin haber dejado brasas suficientes para la continuidad.
Basta mirar con detenimiento las grandes figuras de la cultura cubana para advertir una constante, el brillo individual no ha estado acompañado por una estructura que lo sostenga. La mayoría fueron excepciones, anomalías, islas de lucidez en medio de un océano que no parecía preparado para acogerlas. Si existió alguna tradición del pensamiento, fue siempre intermitente, más parecida a una tormenta que a un río. Y si alguna vez hubo un sistema de formación, fue clausurado antes de consolidarse. Como si el país no hubiera querido, o no hubiera podido, institucionalizar el ascenso del alma. Como si la cultura elevada fuera tolerada como adorno, pero no aceptada como forma de vida.
Mañach, con su mirada aguda, percibe el síntoma, pero no su etiología. Intuye la decadencia, pero no alcanza a nombrar su raíz. Por eso su crítica, aunque penetrante, queda atrapada en una suerte de melancolía aristocrática: una nostalgia por un mundo que ya no existe o que, tal vez, nunca existió del todo. Él espera que las masas asciendan al nivel del espíritu, pero no se pregunta por los peldaños que harían posible esa ascensión. Ve la altura, pero no la escalera. No se detiene a pensar que la cultura, como la música o el deporte, exige repetición, ensayo, sacrificio, estructuras de acogida, arquitecturas del cuidado. Que de nada sirve invocar a Sófocles si no se ha cultivado, previamente, la sensibilidad que permita recibirlo.
He llegado a creer —no como tesis, sino como sospecha insistente— que la crisis de la alta cultura en Cuba no es, en el fondo, una crisis del espíritu, sino de la anthropotécnica: de las técnicas de formación del alma, de los mecanismos a través de los cuales se educa no solo el intelecto, sino también el carácter, la atención, el temple, la respiración del pensamiento. No es que el país haya olvidado a sus clásicos —de hecho, los cita con frecuencia— sino que nunca construyó los entornos necesarios para ejercitarlos. Y cuando estos existieron —en ciertas escuelas exigentes, en algunos seminarios casi monásticos, en proyectos editoriales de largo aliento, en círculos de lectura que parecían conspiraciones del espíritu— fueron siempre excepciones, nunca sistema. Islas, nunca archipiélago. Fuegos fatuos, nunca hoguera. Lo que ha fallado no es el gusto, sino la arquitectura que lo forma, la pedagogía que lo entrena, el tiempo que lo cuece.
Hoy, más que nunca, se impone la necesidad de pensar la cultura no como un archivo a conservar, ni como una herencia a proteger, sino como una gimnasia del alma. Como una práctica cotidiana, deliberada, encarnada. No basta con defender el canon; hay que construir el músculo interior que lo vuelve legible, deseable, significativo. Hay que pensar no en el contenido de la cultura, sino en las condiciones mínimas de su posibilidad. No en los nombres consagrados, sino en los ritmos que los preceden, en los ejercicios que los hacen posibles.
Se requiere, en otras palabras, una nueva arquitectura del tiempo cultural. Una pedagogía del intervalo. Un régimen de repeticiones lentas. Una coreografía del pensamiento que no desprecie la dificultad, que no tema la demora, que no ceda ante el vértigo de lo inmediato. Y todo eso —lo sé— no se construye con decretos ni con reformas de superficie. Se construye desde abajo, desde lo invisible: en el aula, en el libro subrayado, en la conversación sin apuro, en la biblioteca que huele a madera y polvo, en el silencio que prepara al oído.
Y cuando esto ocurra, si alguna vez ocurre —si conseguimos crear las condiciones mínimas de ese ejercicio—, podremos decir, sin nostalgia y sin heroísmo, que la cultura no se ha perdido. Que lo que se perdió fue el hábito de ejercitarla. El músculo que la sostenía. La disciplina que la volvía real. Y eso —ese hábito—, lo confieso, es lo que más echo en falta. No por mí, que aún puedo reconstruirlo a fuerza de voluntad, sino por los que vienen, por los que no saben aún que leer, pensar y percibir no son actos espontáneos, sino disciplinas. Técnicas. Rituales. Y que sin ellas, la vida se vuelve ruido. Un ruido cada vez más perfecto, más pulido, más brillante. Pero también cada vez menos humano. Menos capaz de sentido. Menos capaz de detenerse.
Y sin embargo, hay algo más que se vislumbra desde esta perspectiva ejercitante: que el verdadero sentido de la alta cultura no es permanecer inmóvil frente a la intemperie del tiempo, sino desarrollar una forma de autopoyesis, una capacidad de reproducirse a sí misma en condiciones adversas, de resistir a la dispersión a través de la repetición significativa, de preservarse sin estancarse, no como contenido fijado de una vez y para siempre, sino como práctica viva que responde con disciplina a la mutación constante de lo real. En este sentido, la alta cultura no es una torre que se eleva contra la tormenta, sino un organismo que se adapta sin traicionarse, un conjunto de gestos, ritmos, hábitos y formas de vida que, al entrenarse cotidianamente, adquieren la flexibilidad necesaria para permanecer sin diluirse en el vértigo de lo cambiante.
Así entendida, la alta cultura no se opone a la naturaleza, no pretende dominarla ni aislarse de su flujo evolutivo, sino que se convierte, paradójicamente, en una forma obediente de esa misma naturaleza, no de la naturaleza bruta y caótica, sino de aquella que se expresa en los ciclos, en la repetición, en la demora fértil, en la memoria encarnada, en la respiración pausada de lo vivo. La cultura elevada, cuando es fiel a su régimen ejercitante, no se resiste a la transformación, sino que se inscribe en ella, encuentra su modo de subsistencia dentro del movimiento, no como resistencia pasiva ni como adaptación servil, sino como fidelidad rítmica, como estructura interna que pulsa al compás de lo natural sin disolverse en él.
Y es allí, precisamente allí, donde radica su potencia civilizatoria, su capacidad de sostener el sentido en medio del caos, su virtud de formar almas capaces no de huir del mundo sino de habitarlo con atención, con arte, con rigor, con hondura.