Por Galán Madruga
La colección Mal de Archivo y el sello editorial Bokeh presentaron en 2018, hace apenas tres meses, la antología Alberto Lamar Schweyer: ensayos sobre poética y política, un volumen cuya edición y prólogo se deben al cuidado escrupuloso y la inteligencia crítica de Gerardo Muñoz. El libro reúne nueve ensayos dedicados a la poética y trece a la política, acompañados por una ficha bibliográfica que no solo organiza la dispersión de títulos, artículos y colaboraciones de Lamar en periódicos y revistas de la República cubana, sino que también ofrece al lector un mapa del tránsito de su pensamiento en un tiempo en que la cultura nacional se debatía entre la aspiración modernizadora y la sombra de los viejos autoritarismos.
La estructura de la obra no responde al orden lineal de una biografía intelectual ni se ofrece como la clausura de un archivo, sino que, tal como sugiere Muñoz en el prólogo, abre la posibilidad de leer a Lamar como un espectro que regresa para desestabilizar el presente. No se trata de un autor que busque cerrar el círculo de sus inquietudes ni de un escritor en busca de síntesis, sino de un ensayista que se proyecta en multiplicidad, que se desdobla y reaparece en registros disímiles, siempre en tensión, siempre fragmentario. Lo esencial, entonces, no es recomponer una historia unitaria de sus textos, sino dejarse arrastrar por el “estilo” de su escritura, un estilo que es a la vez gesto de ruptura y forma de reaparición fantasmática en el horizonte intelectual cubano.
Ese estilo ensayístico se condensa en cuatro movimientos que la antología permite reconocer con claridad. El primero es la exploración de lo que Lamar denomina la poética del futuro, un territorio donde la imaginación no se reduce a adornar la retórica, sino que se convierte en fuerza anticipatoria, capaz de interrogar el porvenir de la nación y de la cultura. El segundo es la interpretación de la razón dictatorial como necesidad de una dictadura soberana, una idea que, lejos de resolverse en la apología del despotismo, funciona como pregunta radical por los fundamentos de la autoridad política y por los límites de la democracia en contextos de fragilidad institucional. El tercero es la reflexión sobre la crisis del patriotismo, que pone en entredicho las narrativas triunfalistas de la nación y abre paso a un examen más sobrio, casi melancólico, del desgaste de los símbolos colectivos. El cuarto movimiento es la formulación de una política esotérica del genio latino, en la que se cruzan los mitos de origen, la reivindicación de la cultura clásica y el intento de elaborar una filosofía de la historia en clave continental.
Estos cuatro ejes muestran a un pensador que no se acomoda en los moldes de su tiempo y que, en lugar de reforzar la pedagogía nacionalista o la retórica patriótica de la República, se mueve por los bordes de su discurso, hurgando en los pliegues donde se manifiesta lo que la historia oficial silencia. Lamar no encarna, por tanto, la figura del “escritor reaccionario” que la posteridad quiso imponerle, sino la de un ensayista que se distancia del minorismo y del positivismo patriótico, al mismo tiempo que inaugura un espacio de escritura donde lo político y lo poético se interpenetran en clave visionaria.
Esta lectura no significa, sin embargo, una ruptura absoluta con lo que podría llamarse un josefismo hermenéutico, entendido como la tradición de los sueños espectrales en la escritura cubana. Por el contrario, su ensayística se conecta con ese linaje, pero lo lleva hacia una forma de mesianismo trascendental, una misión liberadora que se expresa en lo que él mismo llama una poética futurista. Esa misión encuentra resonancia en obras como la reedición de 2016 de Biología de la democracia y se prolonga en los textos inéditos que esperan por publicarse, donde su pensamiento sigue desplegándose en diálogo con los dilemas irresueltos de la modernidad política.
El volumen editado por Gerardo Muñoz, más que rescatar a un autor olvidado, nos coloca frente a una interrogación permanente sobre los usos del archivo y sobre el modo en que los espectros del pasado se infiltran en la escritura contemporánea. En sus páginas, Lamar aparece menos como una figura clausurada en la historia literaria y más como una voz que insiste, que incomoda, que regresa para recordarnos que la cultura cubana no puede comprenderse sin sus desvíos, sus silencios y sus contradicciones.
Queda en manos de los lectores adentrarse en el prólogo, recorrer los ensayos y dejarse interpelar por la densidad de estas ideas. Solo así podrán extraer sus propias conclusiones sobre la vigencia de Lamar Schweyer y sobre los fundamentos ocultos que sostienen esta breve exposición, que no aspira a sustituir la lectura directa, sino a señalar los caminos que se abren en el umbral de un archivo que todavía palpita.