Por Galán Madruga
La colección Mal de Archivo y el sello editorial Bokeh presentaron en 2018, hace apenas tres meses, la antología Alberto Lamar Schweyer: ensayos sobre poética y política, un volumen cuya edición y prólogo se deben al cuidado escrupuloso y la inteligencia crítica de Gerardo Muñoz. El libro reúne nueve ensayos dedicados a la poética y trece a la política, acompañados por una ficha bibliográfica que no solo organiza la dispersión de títulos, artículos y colaboraciones de Lamar en periódicos y revistas de la República cubana, sino que también ofrece al lector un mapa del tránsito de su pensamiento en un tiempo en que la cultura nacional se debatía entre la aspiración modernizadora y la sombra de los viejos autoritarismos.
La estructura de la obra no responde al orden lineal de una biografía intelectual ni se ofrece como la clausura de un archivo, sino que, tal como sugiere Muñoz en el prólogo, abre la posibilidad de leer a Lamar como un espectro que regresa para incomodar el presente sin prestarse a reconciliaciones. La operación crítica se funda en un desplazamiento metodológico que organiza todo el enfoque. En lugar de convertir la recuperación de Lamar en una disputa moral sobre su adhesión al machadismo o en un expediente de “rehabilitación” tardía, el prólogo propone atender a su estilo como la vía más sobria y eficaz para comprender el ethos de una época. El estilo, entendido aquí como brillo singular y como síntesis material de racionalidad objetiva y subjetiva, permite acceder a la zona donde literatura y política no se suceden como planos separados, sino que se traban en una sutura irreductible.
Ese punto de partida determina la figura de Lamar que se perfila a lo largo del texto. Nacido en Matanzas en 1902 y fallecido en La Habana en 1942, fue una de las plumas más inquietas de las primeras décadas republicanas. Transitó el ensayo filosófico, el periodismo, la intervención pública, la novela, e incluso el trabajo de ghost writer. Fue miembro fundador del Grupo Minorista y luego expulsado, ingresó como secretario de prensa en la dictadura de Gerardo Machado, escribió Biología de la democracia como justificación teórica de la razón dictatorial, y dejó dos novelas fundamentales, La roca de Patmos y Vendaval en los cañaverales. Esa trayectoria, que la historiografía oficial ha tendido a omitir o a simplificar bajo la etiqueta de “reaccionario”, es presentada por Muñoz no como la historia de una coherencia doctrinal, sino como la emergencia de un tipo de mirada contramoderna que responde a la crisis de lo político en las décadas de entreguerras.
Por eso, cuando el prólogo recurre al gesto de imaginar a Lamar como un escritor apócrifo digno del catálogo de La literatura nazi en América, no se trata de un ornamento intertextual, sino de una clave de lectura. La comparación con Bolaño instala una escena de archivo donde lo que importa no es absolver ni condenar, sino hacer visible la forma. El estilo brilla en la figura del mal, no para embellecerlo, sino para volverlo legible como síntoma, como sensibilidad histórica, como modo de organizar un repertorio de mitos y un programa de percepción. La recuperación de Lamar, en esta lógica, no busca “volver actual” su ideario. Busca comprender qué produce un estilo reaccionario cuando la modernidad democrática se experimenta como degradación y cuando la técnica comienza a transformar el horizonte mismo de lo político.
Desde ese marco, la antología permite reconocer con claridad cuatro grandes movimientos de la escritura lamriana, que no operan como etapas cerradas sino como ejes que se entrecruzan y se responden. El primero es la exploración de una poética del futuro, nacida en el entorno modernista y vanguardista, donde el poema deja de ser adorno y deviene vehículo de una Idea que aspira a liberar el lenguaje y a orientar una temporalidad histórica absoluta. El segundo es el desplazamiento de esa poética hacia la esfera de la política. La “razón dictatorial” aparece como traducción práctica del poema, de modo que lo que antes fue futurismo estético se vuelve futurismo de Estado, y la liberación de la sintaxis se convierte en liberación del Ejecutivo frente a las mediaciones parlamentarias. El tercero es la reflexión sobre la crisis del patriotismo, que en Lamar alcanza su expresión más compleja al dramatizarse literariamente en Vendaval en los cañaverales, donde la brecha entre la abstracción patriótica y la realidad material deshace la alianza nacional y pone en escena una patria imposible. El cuarto es la formulación del arcano latino, el mito del genio y del héroe como freno a la secularización moderna, una apuesta por la forma orbicular del orden, el equilibrio y la armonía contra las elipsis y deformidades constitutivas del ethos moderno.
La cohesión del prólogo depende, en última instancia, de cómo se enlazan estos cuatro ejes bajo una misma hipótesis interpretativa. Lamar sería un testigo existencial de la crisis de la autoridad moderna y, al mismo tiempo, un escritor que intenta dotarse de un “arcano” para resistirla. Ese arcano no se define ante todo como doctrina, sino como forma de mirar. De ahí que Muñoz insista en el registro mitológico. El mito, tal como lo entiende la tradición de Furio Jesi, no funciona aquí como superstición, sino como nudo tropológico donde heroísmo, sacrificio, espiritualismo y luminiscencia permiten leer el humus de época. De este modo, la obra de Lamar se ordena en una tipología donde esteticismo futuro, positivismo dictatorial, narración de la crisis patriótica y mito del genio latino son diferentes modulaciones de una misma voluntad de forma.
La primera modulación se reconoce en los textos juveniles sobre futurismo y en la lectura de Nietzsche. Lamar concibe el poema del futuro como una claridad de ideas y como entelequia conceptual. La poesía no debe limitarse al caos de la descomposición formal, sino servir de vehículo para una liberación del lenguaje orientada por la Idea. Nietzsche aparece entonces como inventor de un poema profético que anuncia “los días futuros” y deshace la indecisión de una vida negativa. En ese punto, Lamar introduce una figura decisiva, el “practicismo”, que desplaza al filósofo y al hombre de ciencia y se presenta como agente de un porvenir realizable. Esta figura, que en apariencia pertenece al ámbito estético, prepara el salto político, porque la debilidad presentista y la indecisión hamletiana que se combaten en la poesía se convierten, en el Estado, en una crítica a la representación parlamentaria y a sus oscilaciones.
La segunda modulación, por tanto, no es un giro caprichoso, sino una traducción de energía. En Biología de la democracia y en textos afines, la democracia aparece como artificio demagógico incapaz de ajustarse a la composición psíquica y a la evolución social de América Latina. La forma parlamentaria, con su delegación y su representación, fracasa ante la incertidumbre y ante la necesidad de decisión, de modo que el Ejecutivo encarna mejor que el Congreso la representación del Estado. La dictadura soberana se presenta como forma que legisla la totalidad del espacio social y asume una metapolítica que no se limita a la excepción puntual, sino que busca rediseñar el fundamento mismo de lo político. Ese gesto, aunque se aproxime a intuiciones schmittianas, se apoya en una metáfora biológica de la orfandad americana y en una convicción elitista. Solo minorías aristocráticas estarían en condiciones de encarnar una voluntad de Estado contra el peligro constante del parlamentarismo, y ese elitismo se alimenta de un nietzscheanismo que sueña con una nueva aristocracia capaz de salir del nihilismo democrático.
Sin embargo, lo decisivo es que el prólogo no se conforma con describir esa apología de la dictadura como un simple “pecado” de época. La sitúa dentro de un movimiento más vasto de crisis y de movilización de la técnica, donde muchos intelectuales percibieron la degradación del orden liberal y respondieron desde esperanzas frustradas. Lamar sería uno de esos casos en los que la estética, al no poder resolver la crisis espiritual, se vuelve energía política. El poema del futuro deviene razón dictatorial. Esa continuidad es el nervio que da unidad a la lectura.
La tercera modulación, la crisis del patriotismo, es donde el prólogo logra su mayor potencia interpretativa, porque desplaza el análisis al terreno narrativo y permite ver en Vendaval en los cañaverales la dramatización concreta de los dilemas teóricos. En esta novela, escrita entre París y Nueva York y publicada en La Habana en 1937, Lamar escenifica la catástrofe posterior al derrumbe de Machado y la fractura de una soberanía atravesada por el intervencionismo norteamericano. La novela organiza su mundo mediante una tropología espacial que vuelve legible el conflicto. El mar es el espacio del desplazamiento burgués sobre un mismo cielo, la movilidad cosmopolita donde todo resbala y la experiencia se vuelve abstracción. La tierra es el cañaveral, la materialidad sudorosa de la explotación, la conspiración obrera, el enterramiento de los muertos. La corporación azucarera aparece en todas partes y en ninguna, como soberanía planetaria del dinero y la gerencia. La huelga irrumpe entonces como interrupción del firmamento, y la abstracción se revela no como lujo estético sino como imposibilidad de coincidir vida y expectativas.
En ese teatro de fuerzas, Gonzalo Maret encarna una figura sacrificial: médico, solterón, mujeriego, patriota a destiempo. Su decisión de volver a Cuba a mediar en la huelga no nace de una conversión ideológica, sino de una fisura íntima, de un fracaso afectivo que lo empuja hacia el protagonismo moral. Al defender a los comunistas, defiende en realidad el último resto de una pertenencia ligada a la tierra, pero lo hace desde una clase profesional incapaz de comprender las nuevas dinámicas de la movilización. La patria aparece entonces no como idea elevadora, sino como farsa para el guajiro, porque la ciudadanía no retribuye, exige, y entrega mala escuela, malos caminos, bancos extranjeros y hospitales sin medicina. La brecha entre idealidad patriótica y realidad social exhibe una nación tardía incapaz de dar forma a sus fuerzas materiales. Y el desenlace, con el asesinato de Maret, no produce redención, sino una desnarrativización que agujerea la posibilidad de mediación política y deja el cuerpo sucio como inscripción del fin de la alianza nacional.
La importancia de esta sección para la unidad del conjunto es central. No se trata solo de un “capítulo” sobre una novela. Es el punto donde el programa político del reaccionario se confronta con la ruina de su propio ideal. La dictadura, concebida antes como forma del futuro, se revela incapaz de resolver la crisis del destino nacional y de los insumos del espíritu burgués. El sacrificio ya no sintetiza una forma redentora, y la política aparece como stasis, como conflicto irreconciliable. De ahí que la crisis del patriotismo no sea un tema aislado, sino el lugar donde el arcano se resquebraja y donde el estilo deja ver su costura interna.
La cuarta modulación, el arcano latino, recompone la apuesta reaccionaria después de esa ruina, no para salvarla, sino para mostrar su mecanismo profundo. El arcano se define como freno a la irreversibilidad moderna, y su figura principal en Lamar es el genio latino, que se opone a la decadencia civilizacional anglosajona y germánica, y en menor medida al catolicismo español. Ese genio es doble. Es una Gestalt que da forma a un ideal ante la hegemonía técnica, y es también una espiritualidad mediterránea orientada por equilibrio, organicidad y orden, hostil al individualismo liberal y a la democracia revolucionaria. En ocasiones, el genio converge con el poeta; en otras, con el héroe sacrificial que revela la esencia de la patria. El arcano latino se articula así como mito político y geopolítico, como última apuesta contramoderna que sueña con un espacio romano y latino capaz de reordenar el mundo frente a los gigantes modernos.
El cierre del prólogo encuentra su unidad conceptual al formular la tesis geométrica de la mirada reaccionaria. El reaccionario no admite el punctum excéntrico ni la elipsis, no tolera la falla constitutiva de lo moderno, y por eso busca volver al círculo, al orden sin deformación. El círculo es equilibrio, belleza, grandeza, organicidad. Es, también, el deseo de clausurar las brechas por donde se cuela el ius reformandi de la modernidad. Así, la defensa de la latinidad en Lamar y su invocación de Francia como matriz espiritual en la guerra se entienden como parte de una forma de compensación ante el déficit democrático y ante la inferioridad geopolítica. El mito imperial romano se transmuta en el genio que busca refugio en mitologemas absolutos, no para comprender la contingencia, sino para conjurarla.
Leída desde esta unidad, la antología no se limita a reunir textos dispersos de un autor incómodo. Presenta el recorrido de una sensibilidad que pasa del futurismo estético a la política de la dictadura, de la dictadura a la narración de una patria imposible, y de esa patria imposible al arcano latino como intento de freno. La coherencia no reside en una doctrina, sino en una insistencia de mirada. Lamar aparece menos como un “reaccionario” en el sentido reductivo de etiqueta, y más como un ensayista que interpenetra lo político y lo poético en clave visionaria, al mismo tiempo que expone, quizás sin quererlo, las contradicciones internas de esa visión.
Por eso el volumen editado por Muñoz no “rescata” a Lamar como se rescata una pieza para el escaparate, sino que lo devuelve como espectro que desestabiliza el archivo. Su valor no está en ofrecer un programa para hoy, sino en obligar a mirar cómo se construyen los arcanos cuando la democracia se vive como caos, cómo la estética se convierte en política, cómo la patria se vuelve farsa cuando no retribuye, y cómo el genio, el héroe y el mito funcionan como estrategias de cierre frente a un mundo que ya no permite círculos perfectos.
Queda en manos de los lectores adentrarse en el prólogo, recorrer los ensayos y dejarse interpelar por la densidad de estas ideas. Solo así podrán extraer sus propias conclusiones sobre la vigencia de Lamar Schweyer y sobre los fundamentos ocultos que sostienen esta exposición, que no aspira a sustituir la lectura directa, sino a señalar los caminos que se abren en el umbral de un archivo que todavía palpita.
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