Por Galán Madruga
Semejante al amor no es, o no parece ser, una novela que se contente con contar lo que ocurre, ni siquiera con sugerir lo que podría haber ocurrido en un tiempo más o menos reconocible, sino que se adentra, con esa parsimonia que a veces se confunde con la vacilación y que sin embargo encierra una obstinación silenciosa, en el territorio incierto donde el amor y la muerte dejan de ser acontecimientos y se convierten en sospechas, en rumores persistentes que atraviesan la conciencia de quienes los padecen y los narran, y donde los sistemas mágico-religiosos de Cuba no aparecen como telón de fondo pintoresco, sino como una respiración subterránea que sostiene el relato incluso cuando este parece ocuparse de asuntos íntimos y domésticos.
No hay estridencia en sus páginas, ni voluntad de asombrar con lo exótico, sino una manera de deslizarse por los intersticios de la experiencia, como si cada escena estuviera a punto de revelar algo que no termina de revelarse nunca, algo que se insinúa en los silencios más que en las palabras, en las miradas prolongadas más que en los gestos decisivos, y es en ese clima de suspensión donde Enma, la protagonista, se nos ofrece no tanto como heroína trágica ni como figura destinada a un desenlace ejemplar, sino como conciencia inquieta que se interroga a sí misma con una tenacidad que roza la obsesión.
Enma, cuyo nombre parece encerrar una vibración oscura, acaso una advertencia, es llamada la destructora, y sin embargo su destrucción no es la de quien arrasa con violencia, sino la de quien desmonta certezas, la de quien deshace las tramas invisibles que sostienen la tranquilidad ajena, porque en su interior no hay reposo sino preguntas que regresan una y otra vez, preguntas sobre el significado último de la muerte, sobre la consistencia de la vida que creemos poseer y que tal vez solo nos atraviesa durante un tiempo, preguntas que no buscan respuesta definitiva sino que se instalan como compañía constante, como sombra que acompaña cada acto de amor.
Y es que el amor, en esta novela, no es exaltación ni júbilo incondicional, sino inquietud, expectativa y, en ocasiones, temor, porque amar a Enma —y amar en general— implica aceptar que aquello que se desea puede desaparecer, que todo vínculo está amenazado por la interrupción, y que la muerte, lejos de ser un acontecimiento lejano, se encuentra agazapada en cada promesa, en cada gesto de ternura, como si amar fuera una manera de anticipar la pérdida y al mismo tiempo de negarla, de decir que algo continuará incluso cuando ya no esté.
Hay momentos en los que el relato parece detenerse para escuchar los ecos de una tradición espiritual que ha aprendido a convivir con los muertos sin expulsarlos del todo, y entonces los cultos sincréticos y afrocubanos no se presentan como espectáculos misteriosos, sino como formas discretas de reorganizar la ausencia, como ceremonias que no buscan probar nada sino acompañar, sostener, transformar el dolor en una narrativa compartida, y en ese punto las palabras de Joel James, que alguna vez habló del mito como fuerza actuante y del amor como velo que transforma la muerte cotidiana, adquieren una resonancia que no es doctrinal sino casi íntima, como si se tratara de una confidencia susurrada en medio de un velorio.
Graciela, que aparece tras múltiples fallecimientos y ritos, no se impone como médium espectacular ni como portavoz de revelaciones deslumbrantes, sino como figura que introduce la duda en la duda, que sugiere que la muerte quizá no sea el final que tememos ni la liberación que a veces deseamos, sino un tránsito que nos obliga a reconsiderar nuestra manera de estar en el mundo, y sus palabras, o los mensajes que dice transmitir, no pretenden convencer sino inquietar, abrir una grieta en la confianza positivista que reduce la realidad a lo comprobable, como si lo esencial se encontrara precisamente en aquello que no puede verificarse sin desvanecerse.
En el trasfondo de la novela late una pregunta que no se formula de manera directa pero que impregna cada escena: si la caribeñidad no habrá construido, a lo largo de su historia convulsa, una relación singular con la muerte, una manera de integrarla en la identidad colectiva sin convertirla en obsesión morbosa ni en negación ingenua, sino en presencia discreta que acompaña y modula la experiencia del amor, del deseo y de la memoria, de modo que el difunto no sea solo recuerdo sino interlocutor silencioso, alguien que, aun ausente, sigue formando parte del diálogo.
Las categorías del «Increado», el «Sin Nacer», el «Nacido» y el «Muerto» atraviesan el relato como si fueran estaciones de un itinerario que ninguno de los personajes puede evitar, aunque apenas lo comprendan, y el narrador, que en un momento afirma ser el difunto, el increado y el nacido al mismo tiempo, no lo hace para proclamarse excepcional sino para insinuar que toda identidad es provisional, que todos habitamos simultáneamente el presente y la memoria, la vida y su anticipación, y que tal vez la verdadera tarea no sea escapar de ese ciclo sino reconocerlo.
Escribir sobre la muerte en Cuba, parece sugerir la novela, implica enfrentarse a una tradición que no separa con nitidez lo visible de lo invisible, y que ha encontrado en el rito una manera de negociar con lo irreparable, de modo que la literatura que se atreve a abordar estos asuntos no puede limitarse a describir ceremonias ni a catalogar creencias, sino que debe internarse en la zona ambigua donde el amor se parece a la pérdida y donde la pérdida se convierte en forma de permanencia.
Semejante al amor avanza así con una cadencia que rehúye la prisa y que, como las olas que regresan sin estrépito, va erosionando poco a poco las convicciones del lector, invitándolo a considerar que quizá la muerte no sea lo contrario del amor sino su sombra inevitable, y que solo en esa convivencia tensa entre deseo y finitud se revela algo que no sabríamos nombrar sin traicionarlo, algo que la novela no explica ni resuelve, pero que deja vibrando en la conciencia mucho después de que la última página haya sido leída.