Por Blanca Caballero
Ha llegado la hora.
La tribu está pasando una gran hambruna.
Soy viejo, no tengo dientes; no puedo ablandar la piel de foca.
Perderlos es perder el arma de la vida.
Es el momento de abandonar este cuerpo y que mi nombre viaje a través de la aurora boreal, donde jugaré con el cráneo de la morsa, sumergido en un estallido de colores.
Tengo que pedirlo, para mí es un honor sacrificarme en pos de la supervivencia de mis nietos.
Viajaré tomado de la mano de Sedna, iré al fondo del mar y contemplaré cómo se peina su larga cabellera con los dedos que le restan.
En ese lugar no hay hambre, solo abundante grasa y carne de foca.
Estaré abastecido y disfrutaré de ellas.
Luego, regresaré con un cuerpo joven, un tierno bebé, que iniciará el ciclo de la vida, al igual que lo hice yo.
He tenido una vida áspera, despiadada como el paisaje que me envuelve.
He cazado, siempre he respetado el espíritu del animal que he tenido que tomar.
Lo he hecho pidiéndole permiso y con una plegaria dirigida a la madre tierra, mientras la sangre caliente baña la nieve; dejando un rastro de muerte y vida.
Poner comida no es tarea fácil en este agreste paisaje, pero es lo que he conocido, y para ello me han educado: ser certero y tener una voluntad del hielo, fría y dura.
Nunca escondí mi caza ni mi grasa.
Reconocerán mis hazañas, así como mis debilidades, que en algún momento tuve, y seré agasajado por mis ancestros.
Tomé de esposa a Anana.
Vivimos juntos veinticinco años, pero envejeció más rápido que yo y tuvimos que tomar la decisión de dejarla sola.
Para ello construí un iglú, la acomodé con cuidado; ya casi no podía caminar.
Me senté a su lado, aunque no pude esperar mucho, porque una tormenta enorme se acercaba y debía reunirme con el resto de mi tribu, que caminaba en busca de nuevos territorios vírgenes.
Ese año fue otro de dolores y necesidades, aunque nosotros, los inuit, somos personas hechas del gélido viento y témpano.
Cuando llegó el minuto del desgarro, puse mi mano en su cabeza y solamente dije adiós.
Sabía que sería recompensada en el cielo o en el mar; que estaría pronto con nuestros dioses y antepasados, que aún no han regresado, aquellos cuyos nombres permanecen en la inmensidad de lo divino.
La miré, y en mi mirada se reflejaron todos los años vividos juntos, desde que la conocí, joven y fuerte, con su destreza para coser las parkas. Tenía una fuerte dentadura y sus ojos brillantes como la llama que nos calienta.
Ella me miró e hizo un movimiento suave con su cabeza, invitándome a seguir mi camino.
Me fui, no miré hacia atrás…
Ahora sé que la volveré a ver, y juntos contemplaremos el cabello negro y extenso de Sedna.
No quiero un iglú para mí, quiero un pedazo de hielo desprendido de su totalidad.
En él navegaré una vez más e iré internándome al infinito, a donde se cumplen los ciclos de la vida.
Estoy listo, y ansío el instante de mi disolución en la aurora boreal.
Aquí yazco en el hielo duro y frío, mi piel se cuartea y quiebra como el hielo, mis sentidos adormecidos…
el frío, implacable, penetra y arrulla.
Con mis ojos apenas abiertos distingo una figura que se acerca, como nieve que se desliza por la montaña.
Percibo su presencia en el calor de sus ojos.
Tiene los brazos extendidos hacia mí.
Tomo sus manos y desciendo hasta el mar, donde veo una larga cabellera ondeando al ritmo de las olas.Bottom of Form