Por KuKalambé
Afuera llovía de manera constante; adentro, las lámparas encendidas daban a los libros un brillo tibio y uniforme. En el mostrador de préstamos, una mujer de cabello recogido sellaba fichas con una calma que parecía extenderse por la sala entera. El ruido seco del sello marcaba el ritmo de la tarde, mientras la lluvia golpeaba los ventanales con regularidad.
Se llamaba Clara y era bibliotecaria no por vocación romántica, sino por disciplina. Le gustaba que los lápices estuvieran alineados, que las fechas en las fichas fueran exactas, que cada volumen regresara al punto preciso del estante. Miraba el mundo con el mismo criterio con que ordenaba el catálogo. En su rostro había una severidad leve, casi bondadosa, la de quien piensa que el desorden no es un pecado, pero sí una forma de descuido que termina afectándolo todo.
A esa hora, cuando la lluvia vacía las calles y convierte la ciudad en un espacio más silencioso, entró el primer visitante. Era un hombre alto, de gabardina oscura, con el paraguas goteando sobre el suelo. Caminaba despacio, aunque en la manera en que se ajustaba las gafas se advertía una inquietud contenida. Se llamaba Salcedo; profesor jubilado, llevaba en el bolsillo una lista de libros pendientes que revisaba como si temiera olvidar algo esencial.
Se acercó al mostrador con una cortesía exagerada.
—Busco un libro —dijo—, pero no sé si existe. O si existe, no sé cómo se llama.
Clara no se sorprendió.
—¿De qué trata?
Salcedo bajó la voz.
—De aprender a morir.
Clara levantó la vista y señaló la sección de filosofía, al fondo, donde las estanterías eran más altas y el silencio más profundo. Salcedo caminó hacia allí con paso lento.
Entonces entró el segundo visitante.
No abrió la puerta con cuidado, la empujó con el hombro. Venía sin paraguas, empapado, el cabello pegado a la frente y una sonrisa inquieta. Traía bajo el brazo una carpeta llena de papeles sueltos; en la mano, una tiza.
—Buenas tardes, sacerdotisa del archivo —dijo.
Clara no mostró molestia.
—No es tarde. Son las cuatro.
—En una biblioteca siempre es noche. Los libros no tienen sol. —Se inclinó hacia el mostrador—. Aquí están los fantasmas.
—Está prohibido hablar en voz alta.
—Prohibido. Vengo a devolver lo que no se puede devolver.
Clara miró la carpeta.
—¿Eso es un libro?
—Es una herida con páginas.
En los registros figuraba como Héctor Lobo. Los estudiantes lo llamaban el Loco de la Deconstrucción.
—¿Qué quiere hoy, señor Lobo?
—Quiero un lugar. Un estante para lo que no cabe en ningún estante. —Bajó la voz—. Quiero el libro que no enseña a morir.
—Los libros no enseñan eso.
—Entonces existe —respondió él.
Clara volvió a su trabajo. Héctor Lobo caminó hacia el fondo, siguiendo la ruta de Salcedo. Ella tuvo la impresión de que aquella tarde no terminaría en silencio.