Por KuKalambé

Cuando yo era niño, mi madre me llevaba en tren al sitio donde ella había nacido. Íbamos siempre en julio, cuando la escuela cerraba y el calor se pegaba a la piel como un animal dormido que se niega a soltar su presa. El viaje comenzaba al amanecer, en aquella estación remodelada, pero que todavía tenía olor a madera mojada, aceite quemado y fruta podrida. El tren, de color oxidado y sonidos asmáticos, resoplaba como una bestia herida, y al fin, luego de una serie de ruidos, se ponía en marcha con un estremecimiento que no era suyo sino nuestro. Salíamos así de la ciudad con destino a San Benito del Crucero, muy cerca de Songo La Maya…

Yo no entendía la necesidad de ese viaje anual. Mi madre decía que lo hacía por mí. Le creía con esa fe simple que se tiene a los siete años, cuando todavía uno supone que los adultos poseen razones, o al menos caminos. Más tarde comprendí que aquel retorno a su tierra natal era un acto de penitencia, una manera de mantenerse atada a algo que ya no existía. Cada vez que bajábamos del tren, su rostro se tensaba como si volviera a pisar el escenario de una obra que la había exiliado.

Pero el recuerdo más vívido, el que aún hoy me visita con la puntualidad del insomnio, no era ni la llegada ni la partida. Era ese instante breve en que el tren se detenía en el crucero. No se trataba de una estación oficial. Era más bien un accidente del trayecto, una parada sin nombre entre dos puntos del itinerario. Apenas duraba unos minutos. A veces ni eso. Bastaba que una mujer bajara con una canasta o que un joven subiera con un acordeón. En otras ocasiones, el tren no se detenía del todo. Reducía la velocidad, emitía un bufido y seguía su camino sin mirar atrás.

Del lado derecho, justo donde comenzaban los cañaverales, había una tienda siempre cerrada. La pintura verde se caía a pedazos, y un letrero de Bienvenidos colgaba torcido, como si ya nadie esperara a nadie. A un costado, una mata de plátano resistía como podía la intemperie. Del lado izquierdo, en cambio, un camino de tierra roja se adentraba en una arboleda espesa que daba miedo. A mí me parecía un lugar detenido en el tiempo. Un lugar que había sido testigo de algo y se negaba a seguir su curso.

Mi madre siempre decía lo mismo al pasar por allí. Con una voz que no era suya, casi ritual, murmuraba: “Este es el crucero.” No agregaba más. No explicaba. No lo señalaba con el dedo. Lo nombraba al invocar un nombre prohibido. En su tono no había nostalgia ni ternura. Había algo más denso, algo que no supe descifrar hasta muchos años después.

Durante esos breves minutos, el mundo se detenía. Yo sentía que el tiempo se replegaba, como si se cerrara un abanico invisible. El paisaje no parecía cubano, o al menos no correspondía al país que yo conocía. Aquella mata de plátano parecía crecida en otra lógica, en otra estación. El camino de tierra roja no conducía a una finca ni a una casucha, sino a un silencio. En mi infancia, imaginaba que al final de ese camino vivía una mujer ciega que leía el futuro con hojas de yagruma, o que una criatura sin nombre esperaba al próximo viajero para cambiarle el destino por otro.

Nunca bajamos en el crucero. Y, sin embargo, cada año sentía que una parte de mí quedaba allí. Como si ese lugar tuviera la capacidad de arrancarte algo y guardarlo entre sus sombras.

Muchos años después, ya adulto, supe que ese había sido el lugar donde mi abuelo fue arrestado. Allí lo esperaron una madrugada. Iba en bicicleta a entregar un paquete. Nunca más se supo de él. Su nombre apareció en listas, luego en rumores. También allí mi madre se besó por primera vez con un hombre que no sería mi padre. Ese hombre, según mi tía, murió de fiebre amarilla en una cárcel de Santiago. En ese mismo crucero, según la leyenda familiar, pasó una vez un circo itinerante y un niño desapareció sin dejar rastro. Aquel niño, decían, había sido el hijo de la maestra, la misma que luego se volvió loca y hablaba con los pájaros.

El crucero, entonces, no era solo un lugar geográfico. Era un pliegue del tiempo. Un punto de conjunción donde el pasado y el presente se rozaban como dos trenes que viajan en sentido contrario. Allí no comenzaba nada, pero todo podía empezar. No era una estación. Era un umbral.

Y como todo umbral, poseía un carácter ambiguo. Tenía algo de altar, algo de trampa, algo de espejo. Era como esas puertas en las novelas de Lovecraft, donde uno puede pasar sin darse cuenta a otra dimensión. Lovecraft habría dicho que aquel lugar era un vórtice. Un punto de intersección entre lo humano y lo innombrable. Y aunque yo no leía aún a Lovecraft en esa época, puedo asegurar que había algo monstruoso, en el sentido más puro de la palabra, en aquel rincón del mundo.

Con los años, y con la lectura de los poetas menores, comprendí que todos tenemos un crucero. No importa si tomamos trenes o no. El crucero puede ser un gesto, una decisión, un desvío que hacemos sin querer. Algunos lo encuentran en una fotografía vieja, otros en una carta jamás enviada. A veces se manifiesta en la forma de una enfermedad, de una separación, de una voz que escuchamos en sueños. Manuel de Marcos, en su Lamentación del ciego en bicicleta, hablaba de esos lugares donde uno se quiebra para poder seguir. “No hay viaje sin fisura”, decía. “No hay tren sin estación maldita.”

Karl Kraus, tan misántropo como lúcido, escribió que el pensamiento nace del malentendido. El crucero, quizá, no era otra cosa que un malentendido ontológico. Una grieta por donde se cuela lo otro, lo que no cabe en el discurso. Una equivocación necesaria para que el relato se desencadene.

Muchos años después, cuando decidí escribir, volví al crucero. No físicamente, sino con el pensamiento. Cerré los ojos y me vi otra vez en ese vagón de madera, mirando por la ventana, esperando que algo sucediera. Y entonces lo comprendí. Uno no comienza a escribir frente a una hoja en blanco. Uno comienza en un crucero. En ese momento en que el mundo se bifurca y uno debe elegir si sigue o se detiene. Si recuerda o inventa. Si miente o transforma.

Alfred Jarry, que también inventó su propio tren y su propio lugar, habría amado ese crucero. Lo habría cartografiado con una brújula que solo apunta al absurdo. Lo habría convertido en el punto cero del reino de Ubu. Allí, en ese no-lugar, habría declarado la independencia de lo inútil. Habría erigido una bandera hecha con los calzones de un dictador borracho.

Mi madre ya no vive. Nunca supe qué buscaba realmente en ese viaje anual. Tal vez no buscaba nada. Tal vez regresaba solo para asegurarse de que el Sambenito del Crucero seguía allí, intacto, como una cicatriz que no cierra. En los últimos años de su vida, cuando ya no podía hablar bien, repetía esa palabra como un conjuro. “El crucero de sambenito”, murmuraba, como si fuera un rezo o una contraseña para entrar al sueño.

Hoy vivo en una ciudad sin trenes. Aquí todo llega a tiempo, todo funciona, todo tiene una explicación. Pero cada vez que escribo, cada vez que siento que una historia va a comenzar, escucho el bufido del tren. Siento el calor denso de julio. Huelo la madera mojada. Y entonces aparece el crucero.

No tengo mapa para ese lugar. No hay coordenadas. Dicen que aparece en Google y en los archivos del ferrocarril en Cuba, que en ese archivo hay muchas fotos antiguas de aquel paradero ferroviario, de su entorno, de su crucero. Cada vez que me detengo frente a una frase. Cada vez que el pasado me roza con su aliento de circo. Cada vez que me pregunto si todo esto, la escritura, la memoria, el deseo, no es otra cosa que un tren que se detuvo brevemente en medio de un crucero. Como dijo Roland Barthes: “Escribir no es hacer el mundo visible, sino entregarse a un lugar donde el sentido se detiene, donde la frase, en vez de describir, tropieza. No escribimos para decir algo; escribimos para estar allí, en ese punto preciso donde algo ya no se dice, donde el lenguaje se convierte en cuerpo.”

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