Por Sol de Rodela Ocoso
En la primera parte de esta historia, dejamos a Ricardo Porro en La Habana de mediados de los 60, viendo cómo su sueño de ladrillo y selva era devorado por la burocracia y el abandono. Hoy, en el cierre de este homenaje por su centenario, cruzamos el océano para descubrir cómo un arquitecto tropical sobrevivió al invierno de Europa sin perder su fuego caribeño.
La isla en la maleta (1966)
Irse nunca es fácil, pero para un arquitecto, dejar su tierra es dejar su lienzo. En 1966, con el ambiente político en contra y acusado de elitista, Porro hizo las maletas y se mudó a París con su familia.
Llegó a una Europa dominada por el racionalismo, donde la arquitectura era seria, gris y funcional. Imaginen el choque: un cubano que concebía los edificios como cuerpos sensuales y danzantes, aterrizando en un mundo de líneas rectas y hormigón frío. Sin embargo, Porro no se «afrancesó» en el sentido de volverse aburrido. Al contrario, decidió que, si no podía construir en el Caribe, traería el espíritu barroco y exuberante a las afueras de París.
Dragones y laberintos en Francia
Durante años, Porro se dedicó a la enseñanza, influyendo a generaciones de jóvenes arquitectos. Pero cuando volvió a construir, lo hizo a lo grande.
Sus obras en Francia, como el Colegio de Cergy-Pontoise o los conjuntos de viviendas en Saint-Denis, no dejan indiferente a nadie. No son bloques de apartamentos normales. Son esculturas gigantes.
- En Cergy, el edificio parece una criatura mitológica recostada.
- En sus viviendas sociales, rompió la monotonía de las «cajas de zapatos» creando fachadas que parecen máscaras o guerreros.
Los críticos franceses a veces se quedaban perplejos. ¿Qué era eso? ¿Postmodernismo? ¿Locura? Para Porro, era simplemente humanismo. Él decía que el racionalismo había olvidado que dentro de las casas viven personas con sueños, miedos y pasiones. Una casa no puede ser solo una «máquina para vivir»; tiene que ser un «marco poético» para la vida.














El renacer de las ruinas
Mientras Porro construía en Francia, en La Habana, las Escuelas de Arte seguían su propio viaje. Inacabadas, la selva las invadió. Los árboles crecieron dentro de las aulas de danza y el río inundó los pasillos. Pero, curiosamente, esa decadencia las hizo aún más mágicas. Se convirtieron en un lugar de culto secreto. Durante décadas, fueron el «secreto mejor guardado» de la arquitectura moderna. Hasta que el mundo las redescubrió.
A finales de los 90 y principios de los 2000, el clima cambió. Libros y revistas empezaron a publicar fotos de esas extrañas ruinas de ladrillo. En 2011, el documental Unfinished Spaces (Espacios Inacabados) contó la historia al gran público. De repente, el mundo entero vio la injusticia que se había cometido.
El gobierno cubano reconoció el valor de las escuelas y las declaró Monumento Nacional. La obra maldita se convertía, por fin, en orgullo nacional.




El último retorno
Ricardo Porro pudo ver este reconocimiento antes de morir. Aunque vivió el resto de su vida en París, su corazón nunca salió de Cuba. Falleció en 2014, a los 89 años, siendo reconocido nuevamente como un maestro.
Ahora, en su centenario, ¿qué nos enseña Ricardo Porro? En un mundo lleno de torres de cristal genéricas que son iguales en Dubái, Nueva York o Madrid, Porro nos recuerda que la arquitectura debe tener identidad. Nos enseñó que un edificio puede ser imperfecto, puede estar inacabado, pero si tiene alma, sobrevivirá al tiempo y a las modas.
Las Escuelas Nacionales de Arte siguen allí, luchando contra la gravedad y la vegetación, como un testamento de que, una vez, hubo un momento en que la revolución intentó ser curva, sensual y libre. Y el hombre que soñó esas curvas, cien años después de nacer, sigue más vivo que nunca en cada ladrillo.