Por Galán Madruga

Alberto Lamar deja claro que el último capítulo de su libro La palabra de Zarathustra está dedicado a un problema central de la obra nietzscheana, la Cristalización del poema como forma suprema de pensamiento filosófico. No se trata de un cierre ornamental ni de un comentario marginal, sino del punto en que Lamar condensa su lectura de Nietzsche como figura anómala dentro de la filosofía alemana de su tiempo. En Nietzsche no encuentra la unidad ideológica que subyuga en Schelling, ni la seguridad dogmática de Kant, ni esa especulación segura y precisa que, en Lotze, va organizando el edificio de la producción filosófica. En el panorama de sistemas organizados en una absoluta regulación de bases y de hipótesis y en una total dependencia especulativa, Lamar sitúa a Nietzsche como un alarde de independencia absoluta. Frente a la lógica ordenada de sus contemporáneos, Nietzsche contrapone afirmaciones categóricas, tajantes, expuestas a modo de evidencias ya consumadas. Lamar subraya el origen del conflicto, Nietzsche da por hechos probados lo que aún permanece en el terreno de lo hipotético y discutible, y por esa razón su aparición resulta primero inadvertida y más tarde combatida con rudeza.
La academia moral, habituada a la deducción y a la derivación lógica, se desconcierta ante esos métodos de afirmación absoluta, ante ese apriorismo reiterado, ante una manera de irrumpir en el pensamiento filosófico que actúa a la manera de un golpe sobre la mesa. En esa irrupción Lamar reconoce el rasgo decisivo, Nietzsche entra soberbiamente iconoclasta, combatiendo y desdeñando los viejos valores. En uno de los pasajes más significativos Lamar recoge la metáfora de Rulpe, Nietzsche es “un viento de borrasca que purifica el aire y arroja de repente al suelo los frutos podridos y las marchitas hojas, sin hacer brotar ningún germen de vida”. La imagen no es complaciente y Lamar la asume sin suavizarla, antes de proponer valores nuevos Nietzsche pretende destruir los existentes, Nietzsche es ante todo un destructor de ídolos, un orgulloso cultivador de negaciones.Pero Lamar no se detiene en esa figura unilateral del demoledor. El interés de su lectura consiste en mostrar el doble movimiento que atraviesa toda la obra. Junto a la negación feroz aparece una potencia lírica que no admite reducción al panfleto filosófico. Aquí se formula una de las tesis centrales del ensayo, Nietzsche posee una doble personalidad que debe deslindarse para penetrar en su obra. Junto al filósofo erudito que recorre toda la tradición, late un poeta admirable, quizá el más alto poeta alemán de su tiempo. Bajo la capa de áspera sabiduría vive un artista de sensibilidad exquisita, cuyas voces no quedan anuladas por las verdades nuevas que conquista su curiosidad intelectual.
Lamar busca un antecedente cercano y lo encuentra en Goethe. Solo que Goethe, más poeta que filósofo, logró dominar su dualismo y ser, según el momento, únicamente filósofo o únicamente poeta. En Nietzsche el caso es distinto. Tan poeta como filósofo, posee una sola personalidad que se prolonga desde Canción de la melancolía hasta Así hablaba Zarathustra, manifestándose indistintamente ya en clave lírica, ya en clave conceptual. Esa confusión de valores poéticos y filosóficos explica muchos de los ataques que ha recibido su obra. Lamar recuerda la afirmación de Giovanni Papini, quien sostuvo que Zarathustra es únicamente un magnífico poema, “el mejor poema alemán después de Fausto”, y decide discutir esa jerarquía sin negar el elogio.
Lamar se pregunta por qué después de Fausto y responde mediante una comparación estructural. Vista la obra nietzscheana a la luz de una crítica imparcial y serena, Zarathustra ofrece múltiples relaciones que lo igualan al poema de Goethe. Ambas obras representan posiciones opuestas frente al problema de la vida. Fausto encarna el pesimismo absoluto, la imposibilidad de decirle al instante “detente, qué hermoso eres”. Zarathustra, por el contrario, se siente capaz de gozar todos los momentos, y si no intenta detener el instante es porque comprende que ese empeño absurdo sería el fracaso de su optimismo, además de esperar siempre que el instante venidero sea superior.
Fausto representa un pesimismo trascendente negador de toda felicidad, Zarathustra es la canción del optimismo afirmativo derivado de la satisfacción del instinto. Lamar pregunta dónde afirmar una inferioridad literaria. La concepción de Goethe no es ideológicamente más amplia que la de Nietzsche. En ambas hay análisis de lo circundante, valoración de posibilidades, tendencia a la realización. Fausto posee el valor de lo original, Zarathustra compensa con superioridad de visión. Nietzsche, al esbozar el plan de Zarathustra, pudo concebir un gran poema de la fuerza, un canto épico del instinto, una cristalización poética de su filosofía básica. Esa intención guarda relación estrecha con la obra de Goethe.
Los cuatro libros de Zarathustra forman el resumen de la filosofía nietzscheana. El propagandista de la nueva fe es, moral, intelectual y sentimentalmente, la síntesis de todo lo que Nietzsche expone en sus libros anteriores. En su lirismo cristalizan aforismos y conclusiones que en otros textos aparecen expuestos de forma seca. Por esa razón, al estudiar Así habló Zarathustra resulta una necesidad absoluta deslindar los valores poéticos de los filosóficos. Los primeros se presentan desde el inicio, el poema de los días futuros, la canción de las posibilidades, el elogio de la fuerza, el propósito de destruir la concepción hamletiana de la vida negativa por un optimismo que concibe la vida como fin en sí misma.
Pero Lamar insiste en que existe en la obra un valor filosófico superior al poético, valor que muchos críticos han ocultado mediante lecturas hostiles. Es necesario leer con amor e interés comprensivo las parábolas saturadas de verdad y extraer de ellas lo que vive en el símbolo. Se trata de buscar la ideología en el punto donde lo poético se mezcla con lo filosófico y separar lo medular de lo que actúa solo como medio expresivo. Eso es precisamente lo que no han hecho los analistas combativos. Lamar ejemplifica con la frase de Zarathustra, “yo solo creería en un dios que supiese bailar”.
Las burlas y los escándalos morales han pasado por alto el espesor simbólico de la afirmación. Ese dios que baila no es una simple provocación, es un dios pagano, creador de placeres, fecundo origen de felicidad, radicalmente opuesto al legislador del Sinaí. Lamar afirma que vale más ese símbolo que el gesto orgulloso con el que Nietzsche repite la declaración atea de Spinoza, “si hubiera un dios, cómo soportaría yo el no ser Dios”. La tarea crítica consiste en hacer cristalizar el poema en verdades posibles. No todo lo que Nietzsche afirma es aceptable, pero ningún filósofo revolucionario lo es en su totalidad. Hegel, Kant y Rousseau han requerido depuración, y Nietzsche no constituye una excepción.
El superhombre que ha de surgir no será idéntico al anunciado por Zarathustra. En el fondo, cuando se penetra en su obra, Nietzsche gira en torno a un reducido núcleo de ideas fundamentales que reaparecen en todos sus libros y convergen en un mismo objetivo, fundar una moral superior para un hombre superior. A partir de ese núcleo Lamar sitúa a Nietzsche frente al punto de vista social dominante del siglo XIX. Desde Comte, la sociedad se convierte en medida de los valores y el individuo queda reducido a simple componente. Nietzsche rompe esa identificación y afirma que la humanidad vive únicamente en los individuos, no en la sociedad como abstracción.
No obstante, Lamar introduce una precisión decisiva. Nietzsche no se interesa por los individuos en general, sino por aquellos en los que el tipo humano alcanza máxima potencialidad cultural e intelectual. La sociedad queda reducida a medio para el advenimiento de esos hombres superiores. De ahí el carácter abiertamente egoísta de su filosofía. El superhombre vive por sí y para sí, incluso a costa de la felicidad ajena. Lamar no elude el término egoísmo, pero lo somete a una inversión crítica, toda moral se basa en el egoísmo, toda acción moral busca la felicidad propia, incluso cuando se disfraza de altruismo.
En este punto Lamar sostiene que la moral cristiana y la moral nietzscheana difieren más en teoría que en práctica. El cristiano se resigna esperando recompensa ultraterrena, el nietzscheano afirma la vida como fin en sí misma. De ahí el recurso al sentido de la tierra y al eterno retorno, expresado poéticamente por Zarathustra en la fórmula “todo pasa, todo vuelve, es eterno el rodar de la existencia”, interpretación que Lamar vincula con concepciones evolucionistas y científicas contemporáneas. Nietzsche intenta desligar la moral de sus antiguas dependencias metafísicas y reorganizarla en relación con nuevas apreciaciones de la vida.
Finalmente Lamar examina la recepción de Nietzsche en Alemania y en el mundo latino. Alemania lo acepta de manera parcial y utilitaria, sin comprenderlo del todo, y lo abandona cuando resulta incómodo. En cambio, el espíritu latino encuentra en Nietzsche un terreno propicio. D’Annunzio, Barrès, Ferrero y Valle-Inclán encarnan diversas formas del superhombre literario. Para Lamar, el mundo latino ha llegado a un punto histórico en el que la cristalización del sueño nietzscheano se vuelve posible. La decadencia occidental prepara el advenimiento de una nueva moral.
El poema ha cristalizado en verdad. La vida, afirma Lamar, se justifica en sí misma. “Aprendamos a bendecir la vida que sonríe en la boca roja de las mujeres”. La vida es bella para el superhombre y el momento es propicio. Si podemos, por qué no hacer nuestro el doble símbolo de la serpiente y el águila. “Así hablaría Zarathustra”.