Por Sol de Rodela Ocoso
En 2025 se cumple un siglo del nacimiento de una de las mentes más brillantes y tormentosas de la arquitectura latinoamericana. Ricardo Porro (Camagüey, 1925 – París, 2014) no fue un arquitecto común. No le interesaban las cajas de cristal ni los edificios mudos. Él quería que las paredes gritaran, bailaran y abrazaran. Para entender a Porro, hay que viajar a un momento muy específico en el tiempo. Un momento en el que parecía que todo era posible, antes de que el sueño se topara con la realidad. Hoy, en la primera parte de este especial, viajamos a La Habana de 1961.
Un campo de golf y una idea loca…
La leyenda cuenta que Fidel Castro y el Che Guevara caminaban por el Country Club de La Habana, el campo de golf más exclusivo de la burguesía cubana. Entre greens impecables y lagos artificiales, tomaron una decisión radical: ese símbolo del elitismo se convertiría en la escuela de arte más hermosa del mundo, gratuita y abierta a todos los talentos del país, desde los hijos de los campesinos hasta los de los obreros. Para esta misión titánica, llamaron a Ricardo Porro. Él, un hombre culto que había viajado por Europa y absorbido las vanguardias, aceptó el reto. Pero no lo hizo solo; invitó a dos colegas italianos, Roberto Gottardi y Vittorio Garatti.

El encargo era el sueño de cualquier arquitecto: libertad absoluta. No había presupuesto límite, ni plazos lógicos, ni burócratas diciendo «no». Solo había una orden: crear algo extraordinario.
Crear sin acero: El ingenio nace de la escasez
Aquí es donde la historia se pone interesante. Justo cuando empezaban a diseñar, el embargo estadounidense comenzaba a apretar. En Cuba se acabó el acero y el cemento portland escaseaba. ¿Cómo construyes edificios monumentales sin los materiales básicos de la construcción moderna?
Porro y su equipo miraron al pasado para salvar el futuro. Decidieron usar lo único que tenían de sobra: tierra y manos. Recuperaron la técnica de la bóveda catalana (construir techos curvos usando capas de ladrillos y cerámica). Esto definió la estética de las escuelas. No serían edificios cuadrados y rígidos; serían orgánicos, llenos de cúpulas, pasillos serpenteantes y arcos. Sería una arquitectura hecha de barro, nacida de la propia tierra cubana.

La sensualidad hecha edificio
Ricardo Porro se encargó personalmente de dos de las cinco escuelas: la de Artes Plásticas y la de Danza Moderna. Y aquí es donde su personalidad se volcó por completo.
- La Escuela de Artes Plásticas: Porro la imaginó como una aldea africana, reconociendo la herencia negra de Cuba. Pero también le dio una carga erótica innegable. Si caminas por ella, sientes que entras en un cuerpo vivo. La fuente central, con su forma de papaya (una fruta que en Cuba tiene una fuerte connotación sexual), y las cúpulas que recuerdan a pechos femeninos, eran una celebración de la fertilidad y la vida.
- La Escuela de Danza Moderna: Aquí, Porro quiso capturar la angustia y la euforia de la creación artística. El edificio parece estar en movimiento, con láminas de cristal que chocan y bóvedas que saltan. Es una arquitectura que no descansa.
La arquitectura no es solo para ser vista, es para ser sentida. Tiene que tocarte. — Ricardo Porro.


El final del sueño
Durante dos años, el sitio fue una fiesta. Arquitectos, albañiles, estudiantes y artistas convivían en una especie de comuna creativa. Las escuelas subían como la espuma, hermosas y extrañas.
Pero la luna de miel política terminó pronto. Hacia 1963-1964, la influencia de la Unión Soviética empezó a pesar en Cuba. Los soviéticos traían otra idea de la arquitectura: bloques prefabricados, grises, idénticos y, sobre todo, baratos y fáciles de montar. De repente, las curvas sensuales de Porro y sus bóvedas artesanales empezaron a ser mal vistas. Los burócratas las etiquetaron de «elitistas», «burguesas» y «egocéntricas». ¿Para qué gastar tanto en ladrillos colocados a mano cuando se podían hacer cajas de hormigón en serie?
La construcción se frenó. El ambiente se volvió hostil. La obra maestra de Porro, a medio terminar, fue abandonada a la selva, que poco a poco empezó a tragarse los ladrillos. El arquitecto, que había soñado con dar forma a la Revolución, se dio cuenta de que ya no había espacio para su poesía en la nueva realidad pragmática. Era el momento de tomar una decisión dolorosa.
(Continúa en la Parte II: El exilio y la memoria)